Crónicas de Viaje

¡Ballena a la vista!

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por: Jbontigui

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Avistaje de ballenas con el capitán Pinino

Había salido a ver ballenas con el Capitán Pinino, un “loco lindo”, como dicen los argentinos. Durante la excursión supe que cuando llegó a Puerto Pirámides vivió en una cueva en la que sólo se podía entrar y salir con marea baja. Allí tenía un pequeño salón con un sofá, una mesa y algunas sillas. Una cama de casi un metro de altura - por si algún día entra el agua – y frente a ella, en lo alto, una televisión donde sólo se veían documentales de naturaleza. La cueva terminó derrumbándose; ¡por lo menos no había nadie en su interior! Cuando sucedió, creyeron que se encontraba en el interior un amigo con una “mina”. Todo quedó en un susto cuando apareció “el desaparecido” agarrado de la mano de su amiga preguntando a los que estaban escarbando en los escombros qué había sucedido.

-Hagamos que el barco es un gran reloj – dijo Pinino gesticulando con los brazos subido en un banco en medio de la embarcación–. La proa son las 12, estribor las 3, la popa las 6 y babor las 9.

Todo el mundo lo miró con una sonrisa nerviosa. Para la mayoría de ellos era la primera vez que salían a ver ballenas y seguramente, también la primera vez que navegaban.

-Sé que es difícil – dijo sonriendo como un niño-. Sobre todo para los que tienen reloj digital: ¡Que lo intenten!

La gente comenzó a reír con mayor libertad viendo a su capitán decir esas tonterías. Todos se convirtieron rápidamente en cómplices de aquel hombre barbudo y grande que les llevaba en su catamarán para mostrarles lo que más quería en el mundo: las ballenas.

-Si alguien cree ver una ballena, que avise al resto – continuó -. ¡Ballena a las tres! ¿A dónde miramos?

Todos respondieron con un gesto avergonzado hacia el lugar correcto. El capitán sabía por su experiencia que había captado la atención de todos y había creando la expectación necesaria. Podía continuar dando explicaciones sobre lo que íbamos a ver en poco tiempo.

-Dense cuenta que vamos a ver animales en estado salvaje; en libertad. Nadie puede saber lo que va a suceder. Esto no es un parque acuático dónde los animales responden a la señal del entrenador. Las ballenas no están domesticadas, hay que tener paciencia.

Durante los años que permanecí en Puerto Pirámides nunca hubo dos avistajes iguales, siempre sucedía algo diferente. Tal vez porque al cabo del tiempo comienzas a darte cuenta de otros detalles y situaciones; ya no buscas que las ballenas muestren su aleta caudal de forma espectacular o den un gran salto. Sin darte cuenta, todo se vuelve más íntimo y comienzas a apreciar otras muchas cosas. El comportamiento del animal, su relación con el entorno y sus compañeros… Algunas veces las ballenas se acercan al catamarán sacando la cabeza fuera del agua y mirando a la gente que las observaba. Otras, pasaban a pocos centímetros bajo el casco de la embarcación o se rascan el lomo contra él.

La mayoría de las personas que salen de avistaje desean ver un gran salto o la cola fuera del agua para poder sacar una foto que podrán enseñar a sus amigos. Pocos buscan una experiencia en medio de la naturaleza, a excepción de los niños que desean verlas y sentirse junto a ellas. Parece que las ballenas se dan cuenta de su presencia colaboran para ofrecerles los mejores avistajes.

Durante los avistajes, el Capitán Pinino habla sobre la relación tan estrecha que hay entre los hombres y las ballenas. Cada una de las ballenas, si han sido vistas otros años, han recibido un nombre y forman parte de un catálogo de identificación. En estos catálogos está su fotografía, toda la información que se ha logrado recoger sobre ella y las fechas y lugares en las que se han visto. El capitán Pinino es el único Capitán Ballenero de Puerto Pirámides que además de mostrar las ballenas, hace partícipes a los pasajeros de diferentes proyectos científicos; les enseña a echar las redes para realizar catas de plancton y fitoplancton, incluye sus fotografías en un proyecto de foto identificación de ballenas y les muestra arpones, huesos de ballenas y cientos de fotografías que ha ido guardando durante los últimos años.

 

-¡Ballenas a las dos! – Gritó un pasajero.

-Capitán, – dijo Pinino dirigiéndose a quien gobernaba la embarcación – ponga rumbo a las dos.

En estos momentos se nota un mayor nerviosismo en el barco. Se ha visto una ballena y nos dirigimos hacia ella. Todas las personas que salen de avistaje participan de una u otra manera en que todo salga bien. El capitán les incita a que pregunten, se interesen y quieran escuchar cosas cobre las ballenas. A los balleneros es lo que más les gusta, hablar de ballenas. Aquello es su vida y se nota.

-¡Un salto a las 12! – gritó Pinino -. ¡Atentos todos, volverá a saltar!

Un instante después y un poco más alejado que el salto anterior, la ballena volvió a saltar. Los motores del catamarán rugieron con fuerza queriendo acercarse lo más rápidamente posible al lugar dónde la ballena que seguía saltando. Llegamos en el instante en que la ballena resurgía del océano a poco más de veinte metros del catamarán y caía golpeando la superficie del mar. El capitán detuvo los motores, el silencio de la cubierta se inundó con los chapoteos del casco contra las olas. Todos esperábamos que sucediera algo mágico.

Al poco tiempo, como si los saltos fueran una llamada, nos vimos rodeados por un grupo de cópula de unos siete animales. La mayor de todas era una hembra. El resto de animales comenzaron a empujarla con sus cabezas, mientras se colocaba panza arriba sacando su hendidura genital del agua e impidiendo así que los machos se acoplaran a ella.

-Los machos colaboran entre ellos para dar la vuelta a la hembra – comenzó a explicar Pinino– debajo hay un macho esperando para acoplarse. ¡Que los niños cierren los ojos! – Bromeó mientras tapaba los ojos a un niño que se encontraba junto a él.

Movimientos bruscos, golpes de aleta sobre la superficie del agua, salpicaduras. El catamarán no estaba más alejado de cinco metros del grupo de ballenas.

Con las explicaciones de Pinino todos pudimos comprender lo que sucedía ante sus ojos. Si no fuera por él nos hubiera sido imposible. Solamente se veían los lomos de algunas ballenas y cabezas que se hundían bajo el agua. La hembra giraba sobre ella misma una y otra vez. Era imposible saber quién era la hembra y cuales los machos.

Sin darnos cuenta habíamos pasado más de una hora viendo al grupo de ballenas peleando o, como dijo Pinino, <<colaborando con bastante ímpetu en perpetuar su especie>>. La embarcación puso rumbo al puerto. Todos hablaban del espectáculo que nos acababa de ofrecer la naturaleza. Pinino iba de uno a otro explicando lo que habíamos visto y respondía a todas las preguntas que le hacían. Todos sonreían. Parecían sentirse extrañamente felices. Poco a poco nos fuimos acercando a la playa donde nos espera el tráiler.

Con el paso del tiempo he ido conociendo a todos los que trabajan con Pinino. Unos han dejado su empresa y han comenzado en otras, pero todos tienen el mismo sello. La mayoría de los capitanes balleneros de Puerto Pirámides comenzaron aprendiendo y trabajando con Pinino, tal vez, por ello sea el capitán más apreciado y con el que todos pueden contar.

 

16 de Diciembre, 2012

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