Crónicas de Viaje

Termas de algodón en Pamukkale

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por: Cintigrinchy

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Las terrazas calcáreas de Pamukkale, junto a la antigua ciudad de Hierápolis, son una maravilla natural de Turquía

La combi del tour nos dejó en un hotel en las afueras del pueblo de Kusadasi. El lugar era una belleza, paradisíaco. Desde el balcón de la habitación vimos un increíble atardecer sobre el mar y una pequeña playa llena de sombrillas debajo. Nos posicionamos muy cómodamente en el deck donde estaba la pileta para ver la puesta de sol y cómo se zambullía en el agua un ruso (al que los escasos 18 grados le parecerían clima tropical). Unas olas perezosas rompían en la arena trayendo montones de algas, las palmeras se mecían con el viento, el sol teñía todo el cielo de color naranja y el mar era un enorme manto denso.

 

Incapaces de prever la puntualidad de los guías turcos, estábamos desayunando cuando uno de ellos asomó la cabeza para preguntar por nosotras. Nos esperaba Pamukkale, uno de los mayores atractivos turísticos de Turquía. En medio de un territorio árido de suaves montañas, sobre la ladera de una colina se encuentra una formación alucinante, como si un lado de la montaña estuviera cubierto por una capa blanca de glaseado. Aunque puede verse desde varios kilómetros de distancia, el sol se reflejaba en el blanco lastimando los ojos, así que era difícil distinguir las famosas piletas que forman terrazas.

 

Se entra al complejo por un camino de palmeras (con aspecto de oasis), trazado encima de la antigua calzada Hierápolis, una ciudad romana construida alrededor del 180 a.C. de la que hoy en día quedan en pié el antiguo anfiteatro, parte de los templos y los baños termales. Todo está siendo excavado y reconstruido. Junto a las ruinas de Hierápolis hay un complejo termal moderno que recibe turistas durante todo el año gracias a su clima templado y los agradables 25 grados del agua. La mayor parte de visitantes provienen de Rusia, curiosamente.

 

La llamada "pileta de Cleopatra" en la que se cree que se bañaron ella y su amado Marco Antonio durante un viaje, se encuentra en medio del complejo y es una piscina rústica cubierta de vegetación y con antiguas columnas romanas que hacen las veces de decoración. Está indefectiblemente llena de rusos durante las horas más concurridas, pero fuera de ellas, es posible bañarse con tranquilidad e incluso nadar en medio de tan curioso sitio histórico. Se cree que el agua, además de ser agradable, tiene propiedades curativas, así que la gente llena sus botellas plásticas en alguna de las bombas que hay esparcidas por el complejo y la bebe.

 

Como si el beneficio a la salud fuera inversamente proporcional al sabor, el agua es horrible, sabe a metal oxidado, a sangre, a que no deberíamos estar bebiéndola.

 

La cuidad romana está establecida en torno a las termas que formaron Pamukkale, que quiere decir "castillo de algodón". Como resultado del movimiento de las placas tectónicas en la zona, de la tierra brota agua rica en minerales (sobre todo bicarbonatos y calcio) que se escurre colina abajo revistiendo el suelo a su paso de una capa blanquecina de piedra caliza y travertinos. La acumulación de agua crea piletas naturales, unas sobre otras formando terrazas que cubren toda la ladera de la montaña que, con sus estalactitas colgando dan un aspecto de catarata congelada. La combinación entre el suelo de estas piletas y el agua rica en minerales crea un efecto óptico asombroso: un mar de piscinas calcáreas llenas de agua celeste.  Es imposible quitar la vista de ese paisaje, la gente se apresta a sacar miles de fotos como si de un momento a otro fuera a desaparecer.

 

La gente camina por los bordes, bajando de una pileta a otra, hasta encontrar un lugar donde sentarse a contemplar el maravilloso paisaje. Las piscinas no suelten tener más de un metro de profundidad pero el suelo es rugoso y está lleno de sedimentos, así que cuesta caminar por allí. Aún así el sacrificio vale la pena porque una vez ubicadas en algún rinconcito, con el agua cálida relajándonos las extremidades, pudimos apreciar la belleza de esas piscinas sin fin, donde el agua se va desbordando y se escurre llenando las inferiores, también del azul del agua que compite con el cielo y de la amplia vista del valle cubierto de vegetación, gracias a los increíbles 250 litros de agua termal que se vierten por segundo.

 

El "castillo de algodón" es una maravilla natural imperdible, la humanidad disfruta de ella desde hace tanto tiempo que resulta tranquilizador pensar que no hay apuro. Pamukkale lo espera a uno.

 

Cintia A.M.

crónicasdecintia.blogspot.com

 

18 de Enero, 2014