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<description>Guía de viajes online con la recomendación de la revista LUGARES y la valoración y la experiencia de los usuarios. Todo lo que necesitás para armar tu próximo viaje</description>
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<titulo>Planalto Central.Autor: Celine Frers</titulo>
<descripcion>Desde las alturas del Planalto Central en Goiás, Brasil.</descripcion>
<tags>Planalto central, goiás, chapada, veadeiros</tags>
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<date>2012-11-22 17:49:20</date>
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<titulo>PN Chapada dos Veadeiros</titulo>
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<resumen><p>Cerrado, Así se llama el particular bioma que protege este Parque Nacional a 260 km de Brasilia. Similar a la sabana, coincide geográficamente con el Planalto Central. Entre ríos, cascadas y piscinas naturales, la esotérica villa de Alto Paraíso es la localidad con más servicios que rodea la Chapada y la pequeña <span class="st">São Jorge es la puerta de entrada de todos los trekkings</span> . ¿Escuchaste hablar o tuviste la oportunidad de visitar este parque? ¡Contanos!</p></resumen>
<contenido><p>El <strong>cerrado</strong> es el segundo mayor bioma de América del Sur. No tiene la prensa del primero, la Amazonia, pero aquí habita el 5% de la fauna y la flora del planeta. Sus límites son tan exuberantes y misteriosos como su nombre mismo: la catinga, el pantanal y las selvas atlántica y amazónica. Dicen que –puesto que la zona central del actual Brasil ya existía como formación continental cuando todo lo demás yacía bajo el océano– sus rocas son las más antiguas de estas latitudes. Los ambientalistas la llaman <em>Berço das Águas</em> (Cuna de las Aguas) y los nuevos místicos, <em>Berço do Novo Milénio</em> (Cuna del Nuevo Milenio). Es “la flor del cerrado”: la Chapada dos Veadeiros. <br /><br /><span style="color: #99cc00;"><span style="font-size: medium;"><strong>Alto Paraíso </strong></span></span><br />Alto Paraíso es el más esotérico de los tres pueblos - los otros dos son  Cavalcante y São Jorge - que rodean la Chapada. Es diciembre y llueve como nunca. Acaba de comenzar la esperada temporada de lluvias después de la larga seca: una cortina líquida que vela, en sutiles transparencias, la silueta modernista de Brasilia recortada contra el cielo. Dejando atrás la ciudad de Niemeyer nos dirigimos hacia uno de los lugares más auráticos de América Latina. Meca de terapistas naturales, filósofos esotéricos, ovnitólogos y curiosos de toda laya en busca de energías positivas, presencias angélicas, huellas extraterrestres, la anhelada sanación o simplemente un nuevo estilo de vida, acaso más acorde con los tiempos que corren. Vale decir, respetuoso de lo único de lo cual no podemos prescindir: nuestro planeta.<br />“<em>Llegan en un día de júbilo para nosotros</em>,” nos recibe Leide Castanho, nuestra guía e instructora de yoga. Esta tarde la <em>Féria de Produtos Regionais do Cerrado</em> –una carpa improvisada donde productores, artistas y artesanos locales exhiben y comparten el fruto de sus quehaceres– abre sus puertas por primera vez. Mientras preguntamos, miramos y probamos –hay zumos de sabores deliciosamente extraños, golosinas indescrifrables, jabones aromados, rejuvenecedores aceites de barú y sésamo, collares, hortalizas enanas y hasta instrumentos musicales– Leide va contándonos la historia de Alto Paraíso, donde reside desde hace más de 10 años. Es paulistana y, como tantos otros, un buen día decidió dar un giro de 180 grados en su vida. ”<em>A fines del siglo XIX esto era una fazenda de café y ganado, nada más. Pero su propietario, el médico Moisés Bandeira, hizo construir ranchos para atraer a los trabajadores golondrina. Ese fue el origen de nuestra ciudad</em>”. También recuerda que el capitán Lysias Rodrigues –el primer aviador que sobrevoló el río Tocantins allá por 1931– describió a Veadeiros (hoy Alto Paraíso) como “un caserío con una sola vivienda de barro y otras pocas recubiertas de palmera indaiá”. <br />Sin embargo, la historia de la colonización es más larga: arranca en el siglo XVII con el ”ciclo del oro” –encabezado por los bandeirantes, dio por resultado muchos esclavos negros e indios muertos–, continúa en el siglo XVIII con el “ciclo del cuero” –que diezmó a los venados de la región– y culmina en el siglo XX con el “ciclo de los cristales” –consagrado a la explotación del cuarzo hasta fines de la Segunda Guerra Mundial– y el “ciclo del turismo” –a partir de la creación del <strong>Parque Nacional Chapada dos Veadeiros</strong> en <strong>1961</strong> y con renovado interés por los cristales de cuarzo, ahora en su dimensión energética espiritual. <br />Mucho antes de todos los ciclos, la región estaba poblada por los indios akroá y xacriabá, a los que luego se sumaron los caboclos (mestizos de indio y blanco) y los esclavos negros fugitivos o quilombolas: gentes que por sabiduría atávica, por contacto sensible con la naturaleza o por imperiosa necesidad, vienen practicando desde tiempos inmemoriales ese estilo de vida al que otros aspiran; ellos son las <em>herveiras</em>, los <em>curandeiros</em>, las <em>benzedeiras</em>, los <em>raizeiros</em>, los <em>pajés</em> que han dejado y dejan su impronta en la Chapada. <br />Atardece y –dice Leide– ha llegado la hora mágica de conocer los hitos arquitectónicos que reflejan las diversas energías que aquí convergen: l<strong>a Gota</strong>, un templo de meditación que fue diseñado por el arquitecto Shanti Deva (discípulo de Osho que recibió su nuevo nombre otorgado en Puna, India); la <strong>escultura del Plato Volador </strong>en la entrada de la ciudad; los <strong>Domos de Saint Germain</strong> (resabios de la primera oleada de “alternativos”, hoy abandonados); la verde silueta de ET y su plateada nave en los jardines de Camelot, una posada que pretende remedar el nunca hallado reino de Arturo y Ginebra. <br /><span style="color: #99cc00;"><span style="font-size: medium;"><strong><br />Cataratas dos Couros</strong></span></span><br />A la mañana siguiente Leide nos conduce hacia uno de los hits de la Chapada, del que nos separan 51 km en camioneta más 1,5 km a pie. Bajo un cielo inestable, emprendemos la marcha por una empinada trilha de tierra arcillosa moteada de cuarzo pulverizado, <em>capim estrela</em> (pasto con una florcita blanca en forma de estrella) y líquenes. Poco a poco nos adentramos en el extraordinario paisaje del cerrado: una meseta surcada por ríos y nacientes y sendas intermitentemente flanqueadas por veredas de <em>burití</em> (ubicua palmera de usos múltiples), <em>morros testemunhos</em> (cerros cuyos estratos geológicos testimonian el encuentro de las placas tectónicas) y árboles achaparrados de troncos retorcidos. Antes, muchísimos eones antes, esto era el fondo del Mar de Araí. Vamos rumbo al <strong>río dos Couros</strong>, en la <strong>sierra de São Vicente</strong>, así llamado porque sobre sus piedras se ponían a secar los cueros en la época de los veadeiros. (Los veadeiros eran los perros de los cazadores de venados, el primer eslabón del “ciclo del cuero”.) Leide nos va mostrando y convidando –ritual que se impondrá en todas las caminatas– los frutos silvestres que bordean la senda: tinge-língua, pequí, barú, todos ellos con poderes curativos. Y aprovecha para contarnos la historia de Doña Flor, una legendaria hervista y madre de 18 hijos oriunda del poblado de Moinho que, con uma sabedoria que vem do Deus, practica partos naturales y cura males diversos escuchando hablar al cuerpo y a las mismísimas hierbas: “<em>cada planta tem un segredo. É só escutar</em>”. (Ya lo cantaba en nuestros pagos Atahualpa Yupanqui en homenaje a Doña Guillermina, una viejita trenzadora de mandiles gauchos: “el monte da sus secretos al que hierve su raíz”.) Y así, llamadas por el rumor cada vez más intenso del agua, llegamos a la <strong>Cachoeira da Muralha</strong> y el trayecto se resume en contemplar, admiradas, los altos paredones y contar... una, dos, tres, cuatro... ¿cuántos saltos van cayendo a pique en extrema belleza y potencia? Literalmente un portentoso y atronador muro de agua azul hielo, con reflejos cobre y marfil, que proyecta una espuma levísima. Los audaces se zambullen en la inmensa piscina que se forma debajo, pero nosotras optamos por las orillas pedregosas del río, donde la corriente brinda un reparador masaje natural. Un poco más adelante está la cascada Franja donde, cayendo desde 50 metros de altura, las aguas se escurren cañón abajo. Y luego siguen <strong>Bujão</strong> y <strong>Parafuso</strong> (son cuatro en total). <br />Así las cosas, en los próximos días repetiremos la aventura desde Alto Paraíso: visitaremos la <strong>Fazenda São Bento</strong> (ideal para los chicos porque tiene granjita ad hoc) con su capilla de bambúes y su inefable cascada –una de las más accesibles porque parte del trayecto se transita por un puente colgante de madera– con caverna semisumergida en una de sus márgenes. (Allí mismo está, aunque no la probamos, la <strong>Tirolesa Vôo do Gavião</strong> –así llamada por la inmensa cantidad de gavilanes que sobrevuelan la zona–: 850 vertiginosos metros de largo a una velocidad de 55 kilómetros por hora y a una altura promedio de 1.200 metros.)<br />También llegaremos a las retiradas cascadas Almécegas I y II y comprobaremos por qué llaman “velo de novia” a la II, de 50 metros de altura, al contemplar su níveo y compacto telón de agua.</p> <p><span style="color: #99cc00;"><span style="font-size: medium;"><strong>Cavalcante<br /></strong><span style="font-size: small;"><span style="color: #808080;">Cavalcante, una de las ciudades más antiguas de<strong> Goiás</strong>, fundada <em>circa</em> 1737, supo ser epicentro del “ciclo del oro”: se estima que allí fueron a parar casi diez mil esclavos recién bajados de los navios <em>negreiros</em> e hicieron su agosto (o perecieron en el intento) miles de buscadores. Pero, agotado el mineral y tras una serie de hambrunas devastadoras, hacia 1875 sólo quedaban varios cientos de personas que pedían comida a los viajeros y no aceptaban dinero en compensación. Dicen que el primer automóvil, un camión, llegó en 1940 y que hasta entonces la gente se trasladaba en carros de bueyes. De aquellas épocas se conservan algunas casas coloniales, un dejo melancólico que no enturbia la alegría de los buhoneros que ofrecen sus mercancías a voz en cuello, y la <strong>Trilha Histórica dos Bandeirantes</strong>: una caminata de 8 km por la antigua <em>estrada cavaleira</em> (camino de caballos) que une <strong>Cavalcante</strong> con <strong>Alto Paraíso</strong>, acompañando el sinuoso y a veces peligroso curso del arroyo Santana.<br />A 27 km de Cavalcante se encuentra el <strong>Poblado Engenho II</strong>, donde residen los <strong>Kalunga</strong>. Cirilo dos Santos Rosa, el jefe de la comunidad, se acerca a darnos la bienvenida. <em>Seu </em>Cirilo desciende, como el resto de los pobladores, de los primeros quilombolas: negros que huyeron de la esclavitud y se organizaron en quilombos en las inmediaciones del río Paraná. “<em>Es una historia larga</em>,” empieza, enderezando el ala de su sombrero. “Nosotros estamos aquí desde hace 250 años, pero hará unos 40 que entramos en contacto con los blancos”. Su mirada fija en el horizonte indica que aún falta mucho por contar. Entre otras cosas, que quedan unos cinco mil kalungas; que algunos residen en el pueblo –donde hay escuela, agua corriente y otras bienvenidas ventajas– y otros en lugares apartados como el Vão do Moleque y el Ribeirão dos Bois; que poco a poco se hicieron amigos de los indios de la región, quienes “les hacían bromas” –como robar comida o incluso raptar un niño kalunga, al que unos días después devolvían sano y salvo– para ponerlos a prueba; que los más viejos se resisten a entrar en contacto con los blancos por temor a la esclavitud; que el gobierno les devolvió 230.000 hectáreas de territorio en 1991; que son católicos practicantes y conservan algunos rituales de raíz africana como la sussa (danza de agradecimiento), la caçada da rainha (una suerte de persecución de la futura esposa) y las folías (músicos que van tocando de casa en casa); que cultivan porotos, maíz, mandioca y tabaco para el indispensable cigarro de palha; que el vocablo kalunga podría significar, en alguna lengua africana, “hombre feliz”... Pero más acá de la esclavitud y las asimilaciones, hoy el pueblo Kalunga tiene su Asociación de Guías Turísticos: 60 en total, disponibles a toda hora y sin previo aviso, perfectamente equipados y expertos conocedores del terreno y sus peripecias. Y tienen en su territorio la más hermosa de todas las cascadas: Santa Bárbara, a 4 km a pie.<br />Como siempre, se trata de bordear las márgenes de un río o recorrer anchos senderos punteados por barbatimãos (árboles cuyos troncos parecen hechos de innúmeras tablitas superpuestas) y flores de corolas diminutas (las famosas flores do cerrado) que sólo delata la insistencia de una mariposa o detecta el ojo avezado del guía. Ahora nos toca cruzar un río con el agua hasta la cintura, cosa que puede ocurrir muchas veces en la temporada de lluvias. Por eso Mauricio, nuestro guía cavalcantense, recomienda la “seca”: el paisaje es menos vistoso –las cascadas traen menos agua–, pero pueden hacerse todas las caminatas sin peligro y las orquídeas están en su plenitud. ¿Qué cómo es posible? Gracias a los lençois freáticos, corrientes subterráneas que abastecen de agua al suelo cuando no llueve.<br />Meditando esas cosas nos internamos en la mata profunda; esquivando ramas ásperas y tomándonos de las lianas bajamos por piedras resbaladizas a una piscina natural color esmeralda. Al levantar los ojos... la cascada de Santa Bárbara, intensa y solitaria, de 35 metros de altura, rodeada de muros pétreos tapizados de un verdor oscuro, casi nocturno. Y más arriba el cielo: una inmensa nube negra interrumpida por algún resquicio de sol. El agua está tibia e invita a sumergirse. Mientras los turistas ensayan saltos ornamentales o se dejan mecer por el leve oleaje, le pregunto a Mauricio por los animales de la Chapada: cuáles son, cuántos quedan. Hace un rápido recuento: “Tem anta (tapir), capivara (carpincho), lobo guará, onça pintada e onça suçuarana (dos variedades de puma). Tem tiú (cerdito salvaje). Tem tucanos, araras (papagayos), maritacas (loritos), ema (ñandú) y siriema (una zancuda pequeña); carcará (carancho); tem tamanduá (oso hormiguero), cupim (termitas)... E tem corujinhas do mato (lechucitas)”. En el camino de vuelta nos topamos con una pareja de corujinhas. Firmes como centinelas sobre su nido de barro (en realidad, un termitero abandonado), no se arredran ante la proximidad de la cámara.<br />Ya de regreso en Cavalcante visitamos la reserva particular de la posada Vale das Araras, a la vera del río São Bartolomeu. Al río y su magnífica cascada se llega pronto, siguiendo la trilha do ouro (un canal abierto por los bandeirantes). El recorrido también incluye el avistaje de aves (hay más de 300 especies): armándose de paciencia, en un mismo día pueden verse araras, tucanes, soldadinhos, araçaris, benteveos rayados, carpinteros, pipiras rojas, alma de gato (anda como gato por los árboles), acauãs y chora-chuvas.<br />A manera de despedida llegamos hasta las primeras cascadas del río Prata, uno de los más cristalinos y accidentados. Estamos en el punto más alto del Planalto Central (1750 metros), rodeados por extensísimos campos verdes de pastos salvajes. La primera cascada aparece a sólo cien metros del lugar donde dejamos la camioneta, la segunda a 600 metros... y así van sumándose y ascendiendo en altura. Este paseo es el más buscado por los turistas con niños o con dificultades de desplazamiento, ya que la dificultad de acceso es mínima y las piscinas son poco profundas. Pero el sendero sigue hasta completar siete cascadas: en la última, Rei do Prata, un mirador domina el Vão do Moleque, el recóndito refugio de los kalungas que todavía eluden a los blancos. Emprendemos la retirada antes de llegar a la tercera cascada, en este momento inaccesible porque habría que bordear un desfiladero que acaba de ser cubierto por el río.</span></span><strong><br /><br />São Jorge<br /></strong><span style="font-size: small;"><span style="color: #808080;">La Vila de São Jorge es, de los tres centros urbanos donde nos hospedamos, el más próximo a la entrada del Parque Nacional: tan sólo un kilómetro. Con sus calles de tierra, sus casas bajas y sus escasos habitantes (sumarán unos 500 en total), posee el sencillo encanto de una aldea del interior. No hay contaminación ni carteles luminosos: sólo un cielo inmenso donde las constelaciones parecen estar al alcance de la mano. Basta con salir a caminar para encontrarse con algún garimpeiro de otrora dispuesto a narrar su periplo o toparse con el atelier de Moacyr: un artista nativo cuya bizarra conjunción de imágenes religiosas con figuras de alto voltaje sexual harían las delicias de Foucault y Sade. Dicen que una galería de San Pablo quiere representarlo y que los europeos le compran obra en cantidad. Lo cierto es que allí está Moacyr, enteco y perdido en su mundo de crayones y diablitos priápicos, mascullando palabras que sólo él comprende. Así suceden las cosas en São Jorge: de pronto, al pasar frente a un camping sale a buscarnos Mãe da Lua, una cabocla alta y firme que me invita a sentarme en una piedra y apoyar los pies descalzos sobre sendos cuarzos que proyectan reflejos púrpura. Acepto el convite, y la sensación es grata. Cuando salimos, le pregunto a Mauricio hace cuánto tiempo que la Mãe es la dueña del camping. Y me desasna: no es la dueña, simplemente está ahí porque quiere estar. “En cierto sentido”, dice, “aquí las cosas no tienen dueño. Las casas no tienen llave, algunas ni siquiera tienen puerta”. Y es cierto: sin caer en la ingenuidad idílica podría decirse que en São Jorge predomina una sensación de comunidad, de espontánea solidaridad y de compañerismo que pocas veces se encuentra.<br />El Vale da Lua es la gran estrella de la Chapada. Su cuasi galáctica configuración es producto del encuentro de placas geológicas de dos eras: las del grupo araí (2,3 billones de años) y las del grupo paranoá (1,6 billones). Según parece, unas bajaron y las otras subieron, dejando como resultado una inmensa explanada de rocas anchísimas y completamente lisas, como toboganes gigantescos. Los temerarios se arriesgan hasta el borde del precipicio: allá abajo corre el torrentoso São Miguel, que parece querer arrancar de cuajo los árboles que pugnan por enraizarse en sus orillas. Yo avanzo deslizándome, como si patinara, en la dirección opuesta: hasta una pared de roca desde cuya cima se avista el Vale da Lua hacia los cuatro puntos cardinales. La inquietante superficie, donde se superponen todos los matices del gris, cautiva los ojos como un imán, y el vértigo se adueña de las piernas. Casi no hay vegetación: apenas algunos cactus y bromelias asomando tímidos. Como la vasta luna, el Vale tiene sus espacios intangibles e intocados. Iluminado por ella, resplandece misterioso por las noches.<br />Antes de partir, recalamos en los Saltos do Rio Preto, de superficie oscurísima y siempre revuelta, y la Cachoeira do Garimpão: un recorrido de 12 km, escabroso por tramos, donde seguiremos bajo un amenazante cielo de tormenta las sendas abiertas por los garimpeiros y avistaremos algunos garimpos inactivos desde los años 50. Hay quienes aseguran que los vestigios del cuarzo dan un brillo fantasmal cuando la noche cae sobre el cerrado.<br />En los saltos, los bañistas nadan de una orilla a otra –hay por lo menos cien metros entre ambas– y otros se dedican a meditar, contemplar o practicar asanas. ¿Será la fama anticatástrofe del Planalto Central, que convocó a tantos temerosos de que el mundo acabase en el año 2000? ¿El paralelo 14, el mismo que pasa por Machu Picchu? ¿Lo diáfano del cielo? ¿Lo eterno de las rocas? Estiro las piernas y me relajo: este es el lugar indicado para reflexionarlo.</span></span></span></span></p> <p> </p> <p>¿Te interesan otros destinos energéticos?  <a href="http://www.lugaresdeviaje.com/nota/escapadas-energeticas-parte-i">Conocé los destinos de nuestra guía de escapadas energéticas.</a></p> <p><strong><br /></strong></p> <p><strong>Por Teresa Arijón. Extracto de la nota pulicada en <a href="http://www.lugaresdeviaje.com/revista/223/lugares-196-agosto-2012">revista Lugares 196.</a></strong></p></contenido>
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