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Arte, viñedos y algunas cosas más

La capital de Neuquén ya no es sólo la entrada a la provincia homónima para quien llega del este. El MNBA, la ruta del vino, la paleontología, sus novedades hoteleras y gourmet son razones para detenerse en ella unos días.

Otoño en Valle Perdido Wine Resort.

La verdad. Hasta no hace mucho los turistas pasaban de largo por Neuquén. Seguían hacia otros destinos patagónicos, más al sur. Últimamente, ese comportamiento ha tenido una variación. La proximidad del circuito de bodegas, la sede del Museo Nacional de Bellas Artes, el casino y una mejora en la oferta gastronómica y hotelera de la ciudad lograron que cada vez más viajeros incluyan Neuquén en su hoja de ruta.

Suena Cat Power, es mediodía de jueves y en Olivetto, uno de los nuevos restaurantes de la capital, casi no quedan mesas libres. Los cuatro hombres de traje y corbata sentados cerca de la puerta, parecen abogados de una empresa petrolera; uno de ellos es venezolano. La pareja de más atrás podría ser dueña de una posada en San Martín de los Andes. O quizás de un restaurante y vino a pispear cuál es la oferta por aquí.

“Hago cocina de autor, con productos de la región”, me cuenta Mauricio Couly, el chef de Olivetto. Con productos de la región se refiere a que usa chivitos de Chos Malal, corderos de Andacollo, truchas de Piedra del Águila, hongos frescos de la barda, manzanas del Valle de Río Negro, higos y membrillos del campo. Un toque de su autoría es cocinar en el infiernillo, que nada tiene que ver con el tucumano.

“El infiernillo es una forma de cocción en varias planchas para trabajar diferentes carnes, con fuego arriba y abajo. Son cocciones rápidas, violentas, permitiendo sellar o dorar formando costras o caramelizaciones de los propios jugos”, explica Couly, que trabajó con Francis Mallmann en Punta del Este, Mendoza y Brasil.

En el Casino Magic, entre el hotel cinco estrellas y la sala de juegos, Seasons es otro buen restaurante. Sí, está adentro del casino, pero no suenan maquinitas ni cataratas de fichas. Tampoco se escuchan croupiers que recitan: “No más apuestas”. El ambiente es armonioso y la propuesta del chef Emanuel Leiva, convincente. Ahora que recuerdo, el día que comí en Seasons sonaba… ¡chino! En la mesa vecina había un grupo de orientales en plan de negocios.

Eso parece, que Neuquén está cada vez más internacional. Hasta tendrá su propio show de Ricardo Arjona en el casino, el próximo 12 de noviembre.
A pesar de las novedades y la puesta a punto turística, la ciudad no resigna la siesta. Pasado el mediodía, los habitantes se guardan y los negocios cierran.

Sin embargo, la sede neuquina del Museo Nacional de Bellas Artes (ganadora del Premio Lugares 2009) permanece abierta. Si, esa caja de zapatos de cemento plantada hace algunos años en el Parque Central, no cierra. Y no podría ser de otra manera con un director tan activo como el Secretario de Cultura de la provincia, Oscar Smoljan. Por ahí lo llaman el Sr. Museo; creen algunos que el MNBA no habría sido posible sin su insistencia. “La cosa empezó en 1999, cuando propuse hacer un museo de arte contemporáneo con el objeto de federalizar el patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes, que sólo exhibe el cinco por ciento de lo que tiene, y para acercar la cultura a los ciudadanos de la Patagonia. No fue fácil. En el 2001, cuando todo se caía, nosotros empezábamos”, explica Smoljan.

A juzgar por su agenda es raro haberlo encontrado. Recién regresa de Venecia y en breve se va a Nueva York para la inauguración de la muestra de León Ferrari en el MoMA. A propósito, la obra de Ferrari, que tan bien recibida fue en Nueva York y que nunca se pudo mostrar en Buenos Aires, ya se vio en el MNBA de Neuquén, donde el artista donó una obra: es un pequeño y alto cañaveral de hierro que está en la entrada.

Además de importantes muestras temporarias, como la de Picasso, el patrimonio del museo está integrado por 250 obras de arte europeo, argentino y latinoamericano. Mejor calcular por lo menos una hora y media en el museo, eso sin contar el café en la cafetería del museo. Algunos imperdibles para los que llevan apuro: Orquesta Típica, de Berni; El Hundimiento del Santos Vega, de Quinquela Martín; La Visita, de Horacio Buttler; Asalto a la 4ta. columna argentina a Curupaytí, de Cándido López; La siesta, de Bernaldo de Quirós; La Pampa, de Pedro Figari; Predicador, de Xul Solar; Composición, de Raquel Corner; Pueblito, de Tarsila do Amaral

La ciudad tiene más museos, monumentos y el Mirador de las Tres Ciudades, miradores desde donde se ve Cipolletti, Cinco Saltos y Neuquén. Si bien todavía está en construcción, pronto se podrá recorrer el Paseo de la Costa –el Puerto Madero neuquino, así lo llaman algunos– y que estará a orillas del río Limay.

Entre viñedos

La novedad más escondida de la zona es el exclusivo wine resort inaugurado en la bodega Valle Perdido, en la ruta del vino, a 45 km de Neuquén. Fue la última bodega que abrió y, hasta el momento, es la  única opción para dormir entre los viñedos patagónicos.

Digo escondida porque llegar es casi una búsqueda del tesoro, siguiendo los carteles que señalan picadas vecinales entre de cortinas de álamos, sauces y un poco más allá, los viñedos. De repente, en el medio de la estepa solitaria aparece un inmenso portal de hierro. Al final del sendero, antes de la barda, se ve una construcción nueva donde está la bodega, el hotel –que pertenece a la cadena Small Luxury Hotels of the World– y el spa, con un menú de tratamientos a base de vino.

La mayoría de los hoteles y posadas en establecimientos vitivinícolas está en el predio de la bodega. Son cabañas entre los viñedos o habitaciones dentro de una casa antigua y cercana a la planta elaboradora. La curiosidad de este lugar es que el hotel está en el corazón de la bodega; ésta se construyó aprovechando el desnivel de la barda, circunstancia que les permite encarar la elaboración del vino por gravedad, desde el movimiento de la uva cuando ingresa a planta hasta el trasiego del vino en las distintas fases del proceso.

Para llegar a la habitación es necesario atravesar un puente suspendido sobre la cava desde el que se ve la zona de barricas privadas. El wine resort tiene sólo 16 habitaciones, cada una de 40 metros cuadrados y con un deck a pasos de los viñedos. Abriendo el ventanal por la noche uno se encuentra con un manto inusual de estrellas porque no hay luces de ciudades en los alrededores. Salvo alguna chicharra si es verano, la noche es muda en la estepa patagónica. Por la mañana, la cercanía de los viñedos inspira para salir a dar un paseo, incluso antes de pedir un desayuno a la carta en el primer piso, un amplio espacio con mesas antiguas, sillones rojos y con piel de cebra, un diván violeta y mucha luz.
Valle Perdido tiene 143 hectáreas de viñedos en producción. Hay Merlot, Cabernet, Chardonnay, Sauvignon Blanc y las dos variedades que mejor se adaptan al terroir neuquino: Pinot Noir y Malbec. El 90 por ciento del vino que se produce aquí se exporta, aseguran, pero en el restaurante del hotel es posible degustar, por ejemplo, el Patagonia Malbec 2006 ($50) o el Malbec Reserva ($90).

En el spa hay opciones de vinoterapia y masajes y varios tratamientos para quedarse un buen rato. Si prefiere un panorama más activo, puede hacer un paseo hasta un yacimiento en Lago Barreales, donde un grupo de paleontólogos jóvenes y fanáticos busca ¡y encuentra! huesos dispersos y hasta dinosaurios enteros enterrados en el suelo semidesértico del Complejo Los Colorados.
Desde 2000, se hallaron restos de dinosaurios herbívoros y carnívoros como el Megaraptor, reptiles, aves y vegetales fosilizados.

Juan Domingo Porfiri es el subdirector del Proyecto Dino, como se llama este museo a cielo abierto enmarcado por bardas de tierra colorada. El lugar parece un campamento, y eso tiene que ver con los orígenes. “Vinimos por seis meses y nos quedamos siete años”, cuenta Porfiri y pone su mano como una visera en la frente para tapar el sol fuerte de las dos de la tarde. En ese momento compruebo su fanatismo: tiene tatuadas en la mano las huellas de un dinosaurio. “No son huellas de cualquier dinosaurio, son las huellas del Abelisaurus, un dinosaurio carnívoro”, aclara.

En el circuito guiado se ven troncos fosilizados, un dinosaurio reconstruido y pintado de azul en el medio de un pastizal y algunos paleontólogos recién recibidos trabajando al rayo del sol. Apenas levantan la vista de sus huesos. Usan puntas, masas, pinceles y raspadores para ir desenterrando vértebras y cráneos, garras y falanges. Son unos 20 y hasta hay una pasante de Brasil, “muy contenta porque allá no había articulados”. No es necesario preguntar, se puede deducir que todos vieron Jurassic Park más de una vez.

Saliendo temprano de Valle Perdido, da el tiempo para hacer la excursión y llegar a almorzar en Saurus, el restaurante de la bodega Familia Schroeder, al mando del suizo Boris Walker, un artista de la cocina. Paréntesis: el que se haya quedado con ganas de más dinosaurios puede bajar la escalera y justo debajo del restaurante verá un Aeolosaurus rionegrinus, un hallazgo que hubo durante la excavación para la construcción de la bodega, en 2003. El Aeolosaurus fue uno de los últimos dinosaurios patagónicos que habitó esta región hace 75 millones de años. Familia Schroeder tiene la custodia legal y los huesos se pueden ver detrás de una vitrina y en el lugar exacto del descubrimiento.

De vuelta en el restaurante, uno almuerza, sí. Y también entra en el planeta de Boris, que por cómo transforma la albahaca en espuma podría haber sido mago pero es cocinero. La oferta culinaria como se lee en el menú cambia todas las semanas y lo nuevo tiene mucho que ver con lo que el Boris consiga fresco. Si es verano habrá alcauciles, espárragos, morrones, frambuesas, lechuga, muchas veces cosechados esa misma mañana.

Los ingredientes frescos se suman a una bondiola de cerdo cocinada como le enseñaron hace 25 años en el Hotel Krone de Solothurn, en Suiza, un lugar que tiene más de 400 años y donde se hospedaron, entre otros, Napoleón, Giacomo Casanova y Sophia Loren. En ese lugar antiguo y elegante, Boris hizo sus prácticas de la escuela de hotelería y aprendió a cocinar el jabalí marinado en vino tinto con verduras “y diez por ciento de vinagre”. En cocción prolongada, como los platos más tradicionales del centro de Europa. “Acá no consigo schwein, que es jabalí, pero con la bondiola me arreglo”, dice Boris y después se pone a contar sobre las mini milanesas de lomo de cerdo, la degustación de tomates y su gusto por la cocina con sentido del humor.

Hace un año Saurus inauguró un deck desde donde los viñedos quedan más cerca. El restaurante abre sólo al mediodía y suelen venir ejecutivos y empresarios de la zona, además de turistas y clientes, gente que sabe que una cucharada de sopa de verduras de Boris Walker le bastará para darse una vuelta por su infancia. Para llegar a la casa de la abuela en un sorbo.



Por Carolina Reymúndez.
Fotos de Denise Giovaneli.


Publicado en Revista LUGARES 161. Octubre 2009

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