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Aventura en Catamarca

Travesía en cuatriciclos por el circuito minero de Catamarca: una propuesta a pura adrenalina del ATV Experience de esa provincia.

En el Campo del Arenal, uno de los pilotos se anima a una osada maniobra.

La mañana en Andalgalá está serena, seca y fresca como todos los días de primavera. El sol, que apenas se asoma por encima del cordón del Aconquija, se filtra entre sauces, cardones y las casas de adobe. Pero la calma se quiebra con los motores de los dieciocho ATV -all terrain vehicles-, más conocidos como cuatriciclos, el UTV -utility terrain vehicles- y las dos camionetas 4x4 de apoyo, que comienzan a subir la cuesta Mina Capillitas, la más larga de latinoamérica, con sus 51 km de extensión. Así se inicia el primero de los tres días de una emocionante travesía por el circuito minero de las montañas de Catamarca, ideado para aquellos que tengan cuatri propio y sed de aventuras.

Bien temprano la columna de conductores gana altura. De un lado del camino de ripio, la enorme ladera de la montaña forrada de arbustos bajos. Del otro, el precipicio. “Nuestro peor enemigo es la belleza”, nos había dicho la noche anterior Raúl Kotler, el guía. “El recorrido es de una hermosura tan grande que puede llegar a distraernos y eso sería fatal”.

Diego Patamia es cordobés y ex corredor de motocross. El hombre conduce el UTV, una especie de carrito de golf todo terreno con ruedas de cuatriciclo. Me invita a viajar con él y no dejo pasar la oportunidad. Desde el asiento del copiloto se siente la adrenalina de las curvas. Lo único que molesta de verdad es el polvo que desprende la caravana y ataca sobre todo la nariz y los ojos.

En Mina Capillitas nos reciben con una ración de pollo con arroz, fruta y agua fresca. La idea es comer liviano porque la altura ya se empieza a sentir. En poco más de tres horas subimos 800 metros pero todavía hay que llegar a los 3000. La mayoría comienza a coquear para bajar los efectos del apunamiento.

Por la tarde llegamos al Globo, una antena gigante que funciona como repetidora de televisión y radio. El GPS marca 4.002 metros de altura y el grupo entero posa para la foto con la cumbre del Aconquija nevada, allá a lo lejos, como un centinela omnipresente.

El hombre que descubrió una mina


Al atardecer regresamos a Mina Capillitas y nos alojamos en El Refugio del Minero. Su dueño, don Miguel Yiampa, nos recibe junto a su familia con una merienda exquisita, que abunda en panes caseros y dulce de cayote. Su historia merece ser contada.

Allá por el año 1965 don Miguel trabajaba para Fabricaciones Militares en esta zona donde se explotaba el cobre y el oro. Era un minero pobre que cargaba herramientas y hacía mantenimiento. Un día lo mandaron a buscar a un grupo de geólogos que se habían perdido en la montaña. “Como llovía, se hizo un pequeño cauce de agua que limpiaba el suelo y ahí pude ver que se asomaba una piedra de rodocrosita”, cuenta Miguel.

Pasaron los años, Fabricaciones Militares cerró y en 1990 el hombre subió caminado la montaña con otros diez más. Tardaron setenta días en cargar un enorme compresor que les permitiera buscar la veta de esta piedra semipreciosa. Hoy don Yiampa es dueño de una mina de rodocrosita.

Segunda jornada

A la mañana siguiente nos adentramos por el cauce seco del río El Ingenio. Esta vez mi anfitrión es Carlos Silva, representante de una marca de cuatris canadiense que me va contando las bondades de su unidad de 600 cm3 de cilindrada. Cada tanto Raúl levanta la mano para que se detengan todos detrás de él: piedras grandes o bajadas muy pronunciadas son pequeños desafíos que hay que atravesar con mucho cuidado. A la media hora de haber salido, pasamos frente a una ladera de más de treinta metros que se yergue vertical, plagada de agujeros, allí anidan los famosos loros barranqueros.

De pronto, la pequeña quebrada se desdibuja y salimos a la planicie del Campo del Arenal. Como su nombre lo indica, el suelo se torna arenoso y se forman dunas; aquí los pilotos más temerarios hacen maniobras con tintes de exhibición.

Llegamos a la ruta 40. Unos kilómetros más y estamos en Santa María, nuestro último punto antes de pegar la vuelta. Durante este tramo tengo la suerte de viajar en el cuatri de Diego Puente quien me regala un momento inolvidable. “Tomá maneja vos”, me dice, mientras los otros todo terreno encaran como anfibios la corriente suave del arroyo. “Parate, parate y no dejes de acelerar”, me indica, para que no nos quedemos en el agua. En las zonas más profundas siento que la corriente nos empuja. Hacemos 5 km más y el río se desvía hacia la mina La Alumbrera. Seguimos por el cauce seco que tiene una arena pareja sobre la que el cuatri se desliza. La noche de Santa María nos espera con un desfile de carrozas de primavera. Al día siguiente hacemos los 170 km que nos llevan de regreso hasta Andalgalá.


Relato y fotos Nicolás Anguita


Publicado en Revista LUGARES 154. Febrero 2009.

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