Aventura en Punilla y Los Gigantes
El oeste cordobés propone acción en todas sus variables. Esta vez, anduvimos en cuatriciclo, recorrimos una caverna durante horas e hicimos rappel cerca del cielo. Después nos fuimos a descansar a San Marcos Sierras, pero no pudimos con nuestro genio y terminamos en una cabalgata.
Valle Hermoso está muy cerquita de La Falda, centro turístico típico del valle de Punilla, y fue desde allí que entramos en contacto con Marcelo Puchatt y Santiago Patamia, dos fanáticos del off road quienes de un tiempo a esta parte se dedican a las travesías en cuatriciclos.
Mientras hacíamos un recorrido por el lugar que nos llevó a cruzar el río San Antonio y nos permitió admirar paisajes increíbles, Marcelo nos contó que antes de dedicarse a esto había sido un apasionado de las motos y luego de las camionetas 4x4, para terminar descubriendo los quads, que encontró muy parecidos a la unión de ambas cosas.
Desde el 2004, junto a Santiago, hacen recorridos guiados en cuatriciclos. Cuentan con diez unidades –dos de ellos tamaño familiar, es decir, para más de una persona– dotadas de cambios automáticos y son muy fáciles de manejar. Para las travesías más largas, además, agregan una 4 x 4 de apoyo. A su escuadrón suman también a aquellos pilotos que tengan vehículo propio y quieran prenderse en la aventura.
Todos los años preparan un calendario de salidas de distintos niveles de complejidad, entre las que figuran ir a ver el rally, subir al Champaquí, llegar hasta Cosquín por el río e incluso se extienden hasta la selva misionera. Como sea, los itinerarios se arman a medida de las necesidades de los viajeros. El objetivo es mostrar lugares a los que no se podría llegar si no fuera con los quads, ya que no hay otro tipo de acceso.
La propuesta es apta para todo público, porque con este tipo de vehículos ni la habilidad para manejar ni la velocidad determinan el éxito de la salida. Hay mucha adrenalina, eso sí, desde que se ponen en marcha hasta que se apagan los motores. ¡Ah! No hay que olvidarse de llevar ropa para cambiarse después: es muy difícil no terminar con los pies mojados y mucho barro encima.
Como topo por su casa
Después de pasar el dique La Falda, de dejar muy atrás la colonia cervecera (esa megaestructura edilicia que llena todo el paisaje a la derecha del camino) y de seguir por tierra y ripio, llegamos hasta El Sauce, el campo de Sebastián Ceballos.
No se trata de un campo cualquiera, ya que además de caballos, vacas, gallinas y hasta trampas para vizcacheras, tiene la particularidad de contar con una caverna natural. Desde que Sebastián compró el lugar en el ’98, se la pasa investigándola al punto de haberse transformado en un espeleólogo adoptivo y ha llegado a conocerla casi de memoria: es capaz de meterse unos cuantos metros en la negrura total y absoluta, sin encender luz alguna.
Mientras nos disfrazábamos de mineros, con mamelucos, cascos y linternas, nos contó que desde la década del 60 hasta la del 80, cuando quedó en desuso, aquello había sido una cantera de cal. Fue una explosión la que permitió descubrir la primera de las cuatro bocas de la cueva que él usa ahora como entrada. En ella, la temperatura promedio es siempre la misma, 17º C, perfecto para no sentir ni frío ni calor si se está en movimiento. El aire nunca falta, pero la sensación de encierro no es apta para cualquiera; este interior es un laberinto de muchos pero muchos pasadizos estrechos, algo así como un gran queso gruyère hecho por un río subterráneo que fue erosionando la tierra hasta abrir espacios (salas) a los que Sebastián bautizó la llave o de la luz.
A diferencia de otras cavernas en ésta no hay estalactitas ni estalagmitas, sino otro tipo de formas raras que se llaman arrepolladas, coralinas y elititas, originadas en un proceso de formación similar: el agua fría de las lluvias se filtra por las grietas, disuelve el carbonato de calcio (o sea, la cal) a su paso y a medida que desciende, cada gota se hace más ácida y va esculpiendo la roca. Las formaciones se toman su tiempo: a razón de un centímetro cada cien años, por lo que se calcula que el socavón tiene varios millones.
Salimos cuando sentimos que ya no podíamos más de subir, bajar, trepar, gatear y arrastrarnos y, una vez afuera, nos dimos cuenta de que habíamos estado bajo tierra casi tres horas, perdidos en ese submundo paralelo que nos permitió vivir una experiencia totalmente distinta a todo lo que habíamos conocido.
Characato y Los Gigantes
A una hora de La Falda, en las últimas estribaciones de las Sierras Centrales, está Characato. El pueblo tiene menos de 20 habitantes y se creó a partir de un puesto de estancia que fue loteando sus terrenos. Con caminos de tierra pero buenos accesos, se convirtió en una excelente base para explorar la zona y llegar hasta el macizo de Los Gigantes para hacer rappel, nuestra próxima aventura.
El hotel Río Characato, de Gabriel Mansilla y su familia, nos recibió con sus vistas impresionantes al cerro Tres Picos y deliciosos panes recién horneados por Consuelo, que además resultó ser una excelente cocinera.
Junto con Edgardo Avaca, experto guía de montaña, recorrimos los alrededores y encontramos muchísimas cuevas de aborígenes, con morteros y otros utensilios, a pasos del hotel. Characato quiere decir Tierra de Aguas en la lengua de los comechingones y claro que lo es. Una de esas cavidades está justo en frente de una cascada de seis metros y el mismo hotel está pegadito al río. Una vez más, lamentamos disponer de poco tiempo para investigar y disfrutar más este maravilloso lugar.
Por suerte, el camino a Los Gigantes nos ofreció un paisaje más que atractivo en un sinuoso discurrir bordeando quebradas, ríos y canteras de mármol azul. La belleza del recorrido se sumaba a los cuentos e historias que Edgardo, incansablemente, nos iba contando.
Después de dos horas de viaje por campos surcados de pircas, llegamos a destino, en el extremo norte de las Sierras Grandes. Con sólo ver esas montañas entendimos el porqué del nombre. Especialmente elegido por los escaladores gracias a la calidad de su roca que tiene fisuras de granito, Los Gigantes reproduce perfectamente la forma de un hombre acostado.
Una vez en la base nos enteramos de que se pueden utilizar varios ascensos, aunque los preferidos son el cerro de La Cruz, de 2.250 metros, y el Mogote, de 2.374 metros. Cargamos las mochila y simplemente trepamos hasta encontrar un buen lugar para acampar. Por un momento dudé y casi me eché para atrás; la altura desde la que íbamos a descolgarnos al precipicio, era considerable. El vértigo estaba ahí, acechando, pero la impresión inicial fue superada con éxito. Por empezar, no cualquiera goza todos los días de la espectacular vista que nos rodeaba y la saboreamos mientras preparábamos el equipo para el rappel. Resultado: nos pasamos el resto de la mañana subiendo y bajando la montaña, felices de la vida.
Antes de partir, hicimos un alto en el puesto Bazán, al pie del macizo, donde nos esperaba doña Felipa con unas empanadas sencillamente deliciosas. Volvimos a Characato por Cuchilla Nevada, que separa el río San Guillermo del Santa Catalina, atravesando campos y pasando también por la muy antigua estancia jesuítica de La Candelaria, la más aislada de todas las propiedades que tuvo la Orden. Y muy extensa además: para 1767, año de la expulsión de la Compañía de Jesús, la propiedad que supo pertenecer por merced real de 1619 al capitán García de Vera y Mujica, acusaba 300 mil hectáreas.
No pudimos entrar a la iglesia, un auténtico tesoro, porque estaba cerrada y nadie había a quien pedírsela. Nos resignamos a seguir rumbo al hotel, recorrido sólo interrumpido para observar pequeñas águilas y lechuzas.
Al día siguiente -siempre guiados por la curiosidad de ver un poquito más de cerca aquellos maravillosos lugares de los que nos había hablado Edgardo-, salimos de Characato por Iguazú, un pueblo fantasma que se creó a partir de una cantera de cal que ya no se explota, y atravesamos el distrito aurífero de La Candelaria.
Llegamos a Cañada de Blanco y de allí continuamos el viaje por la antigua ruta nacional que hizo abrir Sarmiento para unir las estaciones de tren de La Falda y la de Villa de Soto, cruzando puentes adoquinados que datan de 1800, hechos para llevar y traer el oro de las minas.
Cuando pensamos que ya no teníamos más por ver, Edgardo recomendó desviarnos hacia Río La Población por un camino bastante malo y sinuoso, pero que nos llevó a un paraíso de colores otoñales, escondido entre los montes de Chilca. Aquí vive sólo una familia, la de Doña Ersilia, aislada del mundo y aplicada a hacer del autoabastecimiento una saludable forma de vida. Recorrimos la carpintería, la herrería y hasta la bodega, donde hacen un vino patero con el fruto de la vid que ellos mismos han plantado a la vera del río. Nos quedamos un buen rato en este lugar, paseando y descubriendo objetos que aquí forman parte de la utilería cotidiana, como una paila de cobre donde hacen dulce de membrillo, un par de árganas de cuero antiguo que aún utilizan para llevar los cabritos a Soto, piedras de hachas y boleadoras de los comechingones que habitaban la zona y varios ovillos de la lana que Ersilia teje con manos expertas.
Mucho antes de lo que nos hubiese gustado, nos encontramos de nuevo en camino. Atravesamos Negro Huasi, cruzamos el río Ávalos y pasamos por un caserío llamado El Vallecito. Más allá del río Pinto, tuvimos que atravesar la Pampa de Olaen hasta Valle Hermoso, a donde llegamos agotados.
Vida pancha en San Marcos Sierras
En el kilómetro 112 de la RP 38, dentro del departamento de Cruz del Eje y pasando el pueblo de Los Sauces, San Marcos se esconde entre senderos y quebradas. El enclave, que no tiene calles asfaltadas pero sí una tranquilidad que pasma, fue el que eligieron Leda y Quique Pessoa para vivir.
Su historia es parecida a la de muchos otros sanmarquinos adoptivos, que llegaron buscando un cambio radical. Ella rosarina, él porteño; ambos amantes de la paz y la naturaleza. Hasta 2003 vivieron en Callao y Corrientes, pleno centro de Buenos Aires, y desde hacía 15 años venían a San Marcos de vacaciones. Hasta que decidieron mudarse definitivamente. La casita ya la tenían. Entonces compraron los terrenos linderos y se abocaron a la construcción de una hostería. Con lo que había aprendido en sus años de estudiante de arquitectura, Quique armó planos y maqueta. El proyecto original se fue ampliando y con sus ahorros, más la ayuda de algunos buenos amigos, en un año y medio pudieron terminar La Merced, que inauguraron en diciembre de 2005.
Con su fachada de estilo español, la hostería tiene en su planta baja un pequeño desayunador con una gran chimenea de piedra y una cava donde guardan el vino que ellos mismos producen. En el piso superior, un living-estar con una gran biblioteca y mil y una chucherías antiguas y lindísimas (una rockola, discos de vinilo, radios viejas, lámparas de gas, un esterilizador de barbería y unas cuantas curiosidades más) une las dos alas de la casa. La escalera y las columnas interiores son de quebracho colorado; las paredes, de ladrillo y todos los pisos y baños fueron revestidos con cerámicas.
Dotes de anfitrión a un lado, Quique sigue con su actividad de siempre, es decir la radio. Tiene un programa que sale al aire todos los domingos y lo transmite desde el estudio pegado a su casa. Leda es quien se ocupa a tiempo completo de la hostería y sus diez habitaciones y vela personalmente por el bienestar de sus huéspedes.
La Merced propone cabalgatas por la quebrada del río San Marcos con el gaucho Sergio Pautassi, experto baqueano con quien esta revista ya había tomado contacto hace cuatro años. Aceptamos de buena gana la idea de volver a la quebrada a caballo, un excelente final que no habíamos previsto.
El paseo obligado en San Marcos es el callejón de los duendes y la ida al mirador, desde donde se ven las Altas Cumbres. Visitamos la iglesia del 1700, almorzamos en El Colonial, una muy buena parrilla cuya construcción hace honor al nombre, y concluimos con cena en el Macondo Bar, del chef Tuni Piñeiro, otro porteño que después de varios años de trabajar en restaurantes en Palermo y Pilar se vino a estos pagos. El lugar, justo en frente de la plaza, ofrece comida tailandesa vegetariana y todo tipo de masas elaboradas con harina integral.
Repuestas las fuerzas, bien descansados y mejor atendidos, nos despedimos. A sabiendas de que íbamos a extrañar los dulces caseros de Leda y la miel sanmarquina –producto local por excelencia–, nos trepamos nuevamente a la camioneta y seguimos viaje.
Agradecemos a Marcelo Pagano, de Agencia Córdoba Turismo, por su gran ayuda para la realización de esta nota.
Por Lucía Jutard
Fotos de Ignacio Sánchez.
Publicado en Revista LUGARES 122. Junio 2006.
Para dejar un comentario es necesario estar registrado a lugaresdeviaje.com
Registrate sin cargo o ingresá tu usuario y clave.
