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Chaco & Formosa: Monte seco, monte húmedo

Del enmarañado Impenetrable al extenso Bañado de La Estrella en Formosa, LUGARES recorrió sus caminos ocultos en un viaje a la medida de los espíritus aventureros.

El Bañado de la Estrella. Autor: Esteban Widnicky. PRINCIPAL.

Esta recorrida por el noreste comienza una noche en el aeropuerto de Resistencia. Mientras esperamos a que nuestras mochilas aparezcan en la diminuta cinta transportadora, conocemos a Jorge Sánchez, alias el Pulpo, nuestro guía de Chaco Aventuras durante los próximos seis días. “Hoy está fresquito, estamos por los 30 grados” dice, y se le dibuja una sonrisa en la cara. Al salir, una bocanada de aire tropical nos da la bienvenida.  

Al otro día tomamos la RN 16 con rumbo este, en dirección al puente General Manuel Belgrano que comunica  las provincias de Chaco y Corrientes. Al costado de la ruta, las sabanas dominadas por palmeras caranday se suceden con esteros y lagunas. En los terrenos más elevados, hay densas islas con montes de algarrobos, tatanés, guaraninás y churquis.

Por el alto Paraná

Diez kilómetros después estamos ante este monumental  puente colgante que se eleva 40 metros sobre el Paraná. Bajo la cabecera chaqueña, hay una playa donde los  pescadores o, como le dicen por acá, “mayoneros” (término derivado, muy probablemente, del vocablo trasmallo, arte de pesca), atracan sus coloridos botes en la fangosa costa. Descendemos por la barranca y caminamos hacia un grupo que prepara sus redes para la tarde, todos habitantes del barrio vecino de San Pedro Pescador. Cuentan que aquí se pescaba mucho pacú, surubí y dorado, pero eso era antes.

Volvemos al camino y enfilamos por la RP 63 que va bordeando el Paraná para luego doblar al norte, en el Río Ancho. Después de cruzar un pequeño puente de madera que vincula el continente con la Isla del Cerrito, nos detenemos a los 15 minutos en un obraje donde dos hombres se aplican a fabricar ladrillos de adobe. Se trata de Amado Gómez y su hijo quienes, amistosos, nos cuentan cómo lo hacen y nos invitan a compartir un tereré.

Más adelante, pasamos una tranquera que da a un camino que se mete monte adentro para concluir en una  laguna. Allí, de entre los camalotes que flotan a la deriva, el viento nos trae los sonidos guturales de los yacarés, pero, camuflados como están, no alcanzamos a distinguirlos.        

A los 20 km aproximadamente, llegamos a la Isla del Cerrito, así llamada por ser un montículo de 18 metros de altura que se levanta justo en la confluencia del Río Paraguay con el Paraná. Su estratégica ubicación fue de vital importancia en la época colonial, circunstancia que se confirmaría a sangre y fuego durante la Guerra de la Triple Alianza.

A principios del siglo pasado, unas monjas francesas establecieron allí un leprosario, cuyos edificios donde funcionaban los distintos pabellones siguen en pie. Dos años antes de su cierre definitivo, en 1968, el periodista Rodolfo Walsh visitó el lugar y escribió su célebre artículo La isla de los Resucitados

Este destino se ha convertido en sinónimo de pesca deportiva, sobre todo de dorados y surubíes, y sus dos balnearios en “el” punto de encuentro de los lugareños cada verano. La mejor opción para alojarse es la Hostería del Sol, que ofrece lo básico. Para compensar, las puestas de sol que regala el Paraná son magníficas; mientras cae la noche, comienzan a titilar las luces de Paso de la Patria en la orilla de enfrente.

Rumbo al chaco oriental

Desandamos el camino hasta Resistencia. Luego de cargar algunas provisiones, enfilamos hacia el centro de la provincia por la RP 16, una línea recta que atraviesa longitudinalmente Chaco y norte de Santiago del Estero, para morir en Salta.

A unos 15 km de la capital chaqueña está Puerto Tirol, localidad en la que aún funciona una de las tres últimas “tanineras” de la provincia, industria muy ligada a la historia de la región y  responsable de la devastación de un millón y medio de hectáreas de monte chaqueño. El olor acre del tanino que exhalan sus chimeneas precede la triste visión de la fábrica, rodeada por miles de toneladas de troncos de quebracho colorado.

A medida que avanzamos hacia el oeste, nos internamos en la región del denominado Chaco de transición. El monte se va haciendo cada vez más seco, y las palmeras van dejando lugar a un bosque más achaparrado que se continúa con pastizales. Poco más de una hora de marcha y llegamos a la localidad de Machagai, corazón de la producción algodonera.

En las afueras visitamos una granja de ñandúes. Don Castelán es el dueño del establecimiento en donde cría una veintena de estas aves autóctonas, hoy casi al borde de la extinción. Tras la recorrida, la sombra de unos lapachos nos permite disfrutar de un picnic.

En Roque Sáenz Peña hacemos base en la Estancia Las Curiosas (LUGARES 143), donde nos recibe y atiende Marilú Quiroz, dueña de este bienvenido oasis a 33 km de la ciudad. Confort rural, el valor agregado de un spa y el misterio de un hábitat impregnado de todas esas voces del monte que sólo despiertan con el crepúsculo, justifican haber llegado hasta aquí. Ni con la lluvia cede el encanto en Las Curiosas, cuyo jardín reverdece después de cada chaparrón; palos borrachos y aromos brillan límpidos y en el aire se impone el olor a tierra mojada.

El Impenetrable

Partimos muy temprano. Vamos hasta el cruce de la RN 16 con la RN 95, para doblar por esta última y continuar al norte; a la altura del paraje Pampa Cabá Ñaró, en vez de seguir por la ruta asfaltada que va a Tres Isletas, tomamos un camino de tierra alternativo que nos lleva derecho a Villa Río Bermejito.

Situada entre los ríos Bermejito y Teuco, la localidad es la puerta de entrada al Impenetrable y cuenta con un complejo turístico donde, además de balneario, hay cabañas para hospedarse. Desde aquí también se organizan excursiones a la Reserva del Interfluvio, con 150 mil hectáreas de monte chaqueño en estado puro y poblaciones tobas. Cruzamos el Bermejo para conocer una de ellas, “la Pelolé”. Cabe aclarar que, si bien estas comunidades no están preparadas para recibir turistas, es posible visitarlas siempre que se haga con guías que ya las conocen.

De vuelta en ruta y a los pocos kilómetros, nos topamos con un hipódromo improvisado. Y por supuesto, no seguimos de largo. La idea fue de los criollos de los campos cercanos a Fortín Lavalle, que organizaron una carrera entre una yegua y un caballo. Entre el gauchaje, congregado del otro lado de una cuerda a modo de valla, corre la fija de que la hembra va a ganar. Las apuestas corren hasta último momento. Entonces largan. Pero la yegua pronto se ve superada por el caballo que hacia la meta le saca dos cuerpos. Dejamos a muchos de los paisanos gritando de alegría y a otros tantos mirando el suelo con cara de qué pasó.

Sin abandonar la RP 95, entramos en la  provincia de Formosa. Con la noche llegamos a la RN 81; viramos a la izquierda y no paramos hasta Las Lomitas para alojarnos en el Hostal El Portal del Oeste, de lo mejorcito por acá. Cenamos milanesas de surubí en el restaurante del hotel, nos damos las buenas noches. Inauguramos el día en este pueblo con una breve recorrida antes de encontrarnos con Gisela Infantino y Carlos Spagarino, de la agencia El Jabirú.

Nuestros nuevos guías se muestran un tanto preocupados porque para la noche pronostican tormenta. Si bien en esta región las lluvias son muy escasas, cuando se dan son torrenciales y convierten los caminos en intransitables. Después de mucho cavilar, nos decidimos a seguir con el plan inicial y pasar la noche en el refugio que Carlos y Gisela tienen en pleno Impenetrable. Pero antes debemos abastecernos.

Seguimos por el asfalto de la 81 hasta Laguna Yema y de aquí enfrentamos 40 km de ripio siguiendo la RP 28, hasta llegar a la proveeduría de Mario Rodríguez. Sorteamos una tranquera y nos perdemos monte adentro por un accidentado camino que entre quebrachos colorados y blancos, itines, yuchanes y breas, nos conduce hasta la choza, elevada sobre pilotes, donde dormiremos.

El Bañado de la Estrella

Hacemos una pausa para almorzar y aprovechamos para acomodar campamento. Entonces, nos dirigimos unos cinco kilómetros al norte hasta el denominado Vertedero, formado por la propia ruta 28, obra que sirve para contener este gran humedal, el tercero más importante del continente después del Pantanal de Brasil y los Esteros del Iberá.

Este bañado se originó por los desbordes del Río Pilcomayo que comenzaron en 1940 y se intensificaron a partir del 1966. Así, en el lapso de esto últimos 60 años el otrora bosque semiárido se transformó en un medio ambiente húmedo, con una flora y fauna acorde al nuevo hábitat.

Si bien el exceso de agua causó la muerte del antiguo bosque típico del Impenetrable, la dureza de la madera de sus especies arbóreas hizo que el monte se mantuviera en pie. Con el tiempo, muchos de estos troncos se cubrieron por enredaderas dando lugar a unas extrañas figuras verdes que los lugareños llaman chámpalas, o chámpales.

Al llegar al Vertedero nos topamos con una boa curiyú de casi dos metros de largo que, tranquila, toma sol en una de las banquinas. Ni bien nos percibe, se escabulle como un rayo en al agua, dejándonos por unos segundos la estela de su huída. Observar animales aquí, lejos de ser una excepción, es la regla. También es común encontrarse con lobitos de río, vizcachas, carpinchos y, con algo de suerte, osos hormigueros.  Pero son verdaderamente los pájaros los que reinan en el bañado, especialmente garzas, cigüeñas y jabirús.

Echamos el bote al agua y nos aprestamos para internarnos por los intrincados canales que forman el desplazamiento de millones de repollos de agua que forman una tupida alfombra verde sobre toda la superficie del bañado. Pasan las horas mientras navegamos entre los antiguos árboles y avistando numerosos yacarés, a los que es posible acercarse lo suficiente como para sacarle una foto del ojo.   
Se nos viene la noche. El cielo todo se vuelve fuego y los esqueletos de madera son negras figuras retorcidas en el contraluz. En silencio, regresamos al Vertedero y como ya está oscuro y nosotros cansados, nos cuesta mucha fuerza y maña sacar el bote de la cenagosa costa. Rumbo al campamento, celebramos la hazaña con unas cervezas bien frías en la proveeduría de Mario.

El punto final lo pone Gisela: nos recibe con exquisita sopa paraguaya que ella misma se preocupó en preparar, contundencia que acompañamos con un vinito y arrimados a un fogón. Las llamas danzan en la oscuridad de la noche sin luna pero vestida de estrellas.

Desde el aire

Entre sueños percibo un golpecito en el techo de paja del refugio, y después otro, y otro, hasta que la voz de Carlos me despierta. “Tenemos que irnos, se viene la lluvia”. A tientas levantamos campamento y encaramos el regreso. A medida que salimos del monte, el aguacero se hace más intenso y para cuando llegamos a la ruta, el camino es sólo barro.

Pulpo pone la primera de fuerza de su Land Rover y con mucho oficio lo va llevando, pese a las patinadas. Ahora entendemos por qué nuestros guías del Jabirú se habían mostrado reacios a pasar la noche en el refugio. Haciendo de tripas corazón, transitamos de vuelta los 40 km que nos separan de Las Lomitas.

Tardamos unas dos horas en llegar al pueblo. Desayunamos y seguimos.
Retomamos la RN 81 para enfilar derecho a la capital formoseña, adonde llegamos cuando ya está oscureciendo. Buscamos alojamiento en el primer hotel que encontramos, cenamos rápido y a dormir se ha dicho.

Con el nuevo día nos dirigimos temprano al aeroclub. Allí nos espera el piloto Claudio Cañete para llevarnos en su Cessna 182 de nuevo al Bañado de la Estrella. A  la hora y media estamos aterrizando en Las Lomitas, sólo para cargar combustible y continuar.

Sobrevolamos el bañado y así, desde el aire, es posible entender de qué se trata ese gigantesco humedal que parece no tener fin, extendiéndose más allá de lo imaginable en una planicie de agua de 400 mil hectáreas y verdes multiplicados al infinito. Desde arriba también se hace evidente aquello que habíamos percibido transitando el único camino que se adentra en el bañado: se trata de una experiencia fascinante, pero no es un viaje fácil ni apto para aprensivos a los climas subtropicales y a  la vida salvaje que prohíjan.

El recorrido concluye donde se inició. Así que volvemos sobre nuestros pasos, dejamos atrás Formosa y tomamos la RP 11 en dirección a Resistencia.
La despedida es un adiós con otra espectacular puesta de sol, que tiene lugar más allá de la sabana y sus palmeras.

Por Martín Astigueta
Fotos de Esteban Widnicky

Publicado en Revista Lugares 145. Mayo 2008

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