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Chile arriba

Iquique, Arica, Parinacota, Colchane son los vértices de un rico itinerario que va enhebrando desiertos y salares de altura, geoglifos y volcanes, altiplano y océano Pacífico, salitre y fronteras calientes, pobladores y fauna en un territorio norteño absolutamente excepcional.

Laguna Chungará (de 21,5 km2), hábitat rico que alberga fauna y vegetación singulares. Al fondo, el volcán Parinacota

Arica es el corazón verde de Tarapacá, la región más extrema del norte de Chile, con parajes donde ni los cactus se animan. Pero en este histórico enclave portuario el invierno es amable (con su rango entre los 15 y 22 grados), el mar, templado y, en los valles (que albergó la cultura chinchorro entre los años 7020 y 1500 a.C.), se expande el orden vegetal de la agricultura y los olivares son un homenaje a la memoria bíblica. Un oasis, eso es Arica. Y una Puerta Nueva, según el significado en aimara de su nombre, pues fue lugar de aprovisionamiento para los españoles (en 1545) y activo puerto (un año más tarde) para el intercambio entre los bienes del Alto Perú, Potosí y la costa.
Llegamos aquí desde Iquique, punto en el que concluirá el largo itinerario que trazaremos bajo las precisas de un experto en esta región: el guía Jaime Droguett, de Extremo Norte Expediciones. Jaime será nuestro faro y compañero de viaje durante una semana signada por el movimiento perpetuo y sus horas atravesando la aridez y el vacío soberano de las alturas, por ciertos hallazgos milenarios grabados en la piedra, por los relatos sobre lugareños y aconteceres vividos en tal y cual pueblo, por el cansancio inevitable de cada final de día y las treguas reparadoras junto al calor de alguna salamandra. Sin Jaime, el viaje sería un viaje igual a tantos otros y no habría relato por lo tanto.

Geoglifos en el camino


Desde Iquique sale el (único) camino en dirección al este para luego torcer rumbo al norte, en dirección a Arica. Es media tarde cuando nos detenemos para ver los geoglifos de Tiliviche, unas llamas enormes que ilustran la gran pared en la quebrada del mismo nombre (la primera irregularidad notable desde que salimos) y en cuyo fondo suele correr un río. Las observamos desde el lado opuesto e impresionan por su tamaño; del otro lado de la ruta, la tierra insinúa la trama de antiguas huellas indígenas, como rastrilladas que se pierden hasta donde la necesidad las trazó.
El suelo es puro caliche, una composición mineral del que se extrae el salitre, razón existencial y fuente de recursos hasta mediados del siglo pasado. Jaime remueve algunos tocones de caliche porque ahí debajo vive la salamanqueja, una lagartija local que en esta ocasión no se deja ver.
Es casi de noche cuando vemos los tipitos grandiosos estampados en la roca. Son los geoglifos de Chiza; se presume que fueron hechos entre el 500 y 900 d.C., y son, por supuesto, fuente de inspiración de apariciones extraterrestres. En los 80 los restauró el arqueólogo Luis Briones, muy criticado por los que adhieren a la degradación natural de las cosas. No son los únicos geoglifos; según Jaime, hay unos cinco mil en toda la región.

Pescado fresco

El boulevard de palmeras embellece la avenida Diego Portales, que termina justo donde el mar empieza, esencia misma de San Marcos de Arica. Por eso, además de mirarla desde lo alto del morro de Arica para apreciar sus edificios más emblemáticos –la catedral de San Marcos, la Gobernación y la aduana peruana, diseños del genial Eiffel– es preciso caminarla por su orla costera.
Junto al puerto se extiende la lonja de los pescadores. La vida ictiológica parece continuarse en los puestos del mercado, donde cada ejemplar cobrado a las profundidades relumbra de frescura incomparable. Los vendedores vocean orgullosos su mercancía, muestran el portento de los dorados (dolphin en inglés, pez ángel para el diccionario español), el grueso calibre de los congrios, la figura aerodinámica de los bonitos. Una pareja limpia baldes de piures, extrañas criaturas con alto contenido en yodo (de ahí su color naranja furioso) que se multiplican agarrados al fondo marino en silenciosa comunidad; él los echa en un piletón con agua y su mujer los libera de impurezas, listos para ser embocados. No es sabor fácil el del piure, lo advierto. 

Copaquilla, Zapahuira y Socoroma

Junto al valle del río Lluta, convertido en un precioso vergel de cultivares, se asienta el pueblo de Poconchile, con su iglesia del 1600 –reconstruida en adobe dos siglos más tarde– dedicada a San Gerónimo.
En Copaquilla, paraje que se detecta a la izquierda de la A-145, cualquiera seguiría de largo si no fuera por esa sorpresiva aparición de adobes coloridos y formas muy libres emergiendo junto al asfalto. El lugar se anuncia como Taki Posada, pueblo de Mallkuio. Es, desde hace 18 años, el reino de Alexis y Andrea, seguidores de una forma de vida basada únicamente en el aprovechamiento de los recursos naturales. Él es arquitecto y el motor que mantiene en pie este proyecto del que siguen siendo los únicos protagonistas. Por lo pronto lograron que las autoridades le dieran a este asentamiento rango de pueblo, haciéndolo constar en los mapas de la región.
Es casi de noche cuando nos detenemos en una curva para discernir, entre las brumas que dejó el crepúsculo, allá abajo en el valle, la existencia de Zapahuira, donde cultivan orégano.
También les da por hacer lo mismo en Socoroma, reducto precolombino a 3.060 metros de altura al que se llega después de un sostenido descenso de curvas. Las evidencias de una arquitectura colonial, las cercas de mburucuyá salvaje, su minúscula plaza arbolada y la iglesia de San Francisco la embellecen. Este enorme edificio de 1560 –restaurado en 1883– tiene muros de adobe y un frontal de piedra, óptimo mirador a los cultivos en terraza.

Putre

Su nombre quiere decir llanto (de la cordillera), por el agua que baja de la montaña y la voluntad aprendió a recoger en una acequia. Putre se despereza en un recodo del valle de Azapa; recién clarea el día cuando se empiezan a ver soldados por la calle. Hay un regimiento militar aquí y en una comunidad de 1.200 civiles, la presencia de los uniformados es notable.
La chapa avanza sobre el adobe; reluce en los tejados numerosos, incluidos los del campanil y su iglesia, que data de 1670. El pueblo, de 1580, fue primero una base española para controlar el tráfico comercial entre Potosí y Arica. El XIX, siglo espléndido de bonanzas se descubre en los restos de portales con sus dinteles tallados y las esquinas de mampostería labrada, patrimonio invisible a los ojos de los pobladores.
En Putre vive Bárbara Edith Knapton, bióloga americana del estado de Washington que vivió 25 años en Alaska; allí trabajó en la pesca comercial de salmones, cangrejo y halibuts. Los durísimos inviernos los pasaba en las remotas islas del archipiélago de Kodiak, hasta que decidió probar suerte con los trópicos. Cargó la mochila, enfiló hacia el sur y no paró hasta Chile. Le gustó este extremo sofocante, menesteroso de oxígeno y empezó a guiar gente interesada en la ornitología y luego sumó la flora. Hoy Barbarita (su identidad en Putre) es una especialista en plantas de desierto de altura –de las que crecen por encima de los dos mil metros– y el catálogo que fue armando es impresionante, pero se niega a publicarlo. No soy botánica –dice–y no tengo derecho a invadir el territorio de los científicos. Rodeada de enciclopedias, computadoras, pilas de apuntes y fotos de cactus extrañísimos, esta rubia mujer de piel demasiado blanca para el desierto jura que de aquí no se va ni muerta.

Parque Nacional Lauca

Este territorio protegido, de 137.883 hectáreas, es una Reserva Mundial de la Biosfera que compromete precordillera y altiplano en el extremo noreste de la región de Tarapacá que guarda más de 130 especies de aves, vicuñas a montones y otros animalitos propios de estos parajes altos y secos. La joyita es el lago Chungara, en la lista de los más altos del mundo.
Camino al parque, se ven los volcanes Parinacota (6.342 metros) y Pomerape (6.282). El altiplano llega a los 4.800 metros; con el descenso, las aguas hacen lo propio corriendo hacia Uyuni, en Bolivia.
Entramos en zona de bofedales. Más nos acercamos a los volcanes, más se agranda el escorial circundante. El suelo es un solo tapiz de yareta. Incontables llamas pastorean, y vicuñas, camélido del que se estima una población de 35 mil ejemplares.            
El Chungara tiene 10 km de largo y con la luz temprana de la mañana aparece lleno de puntos negros: son aves. Taguas chilenas y gigantes, pimpollos, gaviotas andinas, flamencos… Se despeja el cielo de nubes y aparece la figura del volcán Sajama, el más altivo de Bolivia (6.850 metros); sobre la gran laguna se reflejan los 6.376 metros del Parinacota, volcán exangüe, y sus nieves perpetuas. En su faldeo occidental están las lagunas de Cota-cotani, origen del río Lauca.

Parinacota, la aldea

En la iglesia (que aseguran es muy bella y hallamos cerrada), cerca del altar en el lateral izquierdo, hay una mesa amarrada. No se la puede soltar porque se va sola, juran, y no se detiene hasta la casa del próximo que va a morir. La cuerda con que está sujeta tiene rastros de haber sido muy tironeada y las patas de la mesa se ven gastadas de tanto moverse y arrastrarse hasta donde la cuerda da, igual que un perro encadenado. La fe cristiana tiene sus matices en Parinacota.
A Jaime le tocó en la fiesta de la Virgen de la Inmaculada Concepción llevarla en andas, pues el que debía hacerlo estaba muy borracho. Jaime, además, es ateo y todos lo saben, así que el haber sido elegido para misión tan comprometida era un gran honor al que no pudo negarse. Fue su suplicio. Ese día se enteró de cuánto pesa en el hombro el portante con la figura santa; los caramelos que arrojaban a la virgen durante la procesión cayeron en su cara como proyectiles, y los petardos, que también tiraban, le quemaron tobillos y pantalones. Y siguen las anécdotas…
Leonel Paulino Terán Calle es el dueño del hostal del pueblo y del puesto de artesanías y souvenirs más grande de Parinacota. Cuando niño recibió unos huascazos (huasca: rienda hecha con tiento de llama) por pispiar en un arcón personal de su padre, y del susto quedó mudo. Para tratar de curarlo, en ayunas le dieron de comer pasas serenadas y medio cigarro para fumar al tiempo que debía decir ¡fuma! Comió incontables puntas de lengüitas de cabra, pero de hablar, ni hablar. Por fin alguien aportó una solución drástica: calentaron en el horno de barro dos cocos (sic) de chancho (con lo cual primero hubo que sacrificar al cerdo) y quemantes como estaban se los estamparon en la nuca. Casi me cocinan, recuerda Leonel, pero ahí grité y volví a hablar. Y ya no paró.
Más allá del poblado, la tola y la chachacoma –buena para combatir el mal de altura – arraigan en el suelo seco y llenan el aire con su expansivo, penetrante aroma.

Rumbo a Surire

Cruzamos el canal del Lauca, el agua que Chile le sustrae a Bolivia. Las llamas se vuelven numerosas. Humea el volcán Guallatire y esa exhalación se confunde con las nubes. Ancuta: su iglesia es tan humilde que ni campanario tiene. Kilómetros de ichus, pasto que se tiende a confundir con el coirón; amarillo es, pero mucho más pequeño y con forma aguda, con las hojas bien hacia arriba. Mordemos polvo soliviantado por los enormes camiones que no dejan de pasar a velocidades de terror. Son incontables, constantes, van cargados hasta la cresta con otros camiones y autos y camionetas…
A Guallatire, el pueblo, se entra por un arco que no tiene cartel, con el que hicieron de piedras en la ladera de la montaña parece que les basta. Más adelante, los ríos Guallatire y Lauca se unen. El paisaje cobra vida con los rebaños de llamas (sus orejas curvadas como paréntesis) y de alpacas (orejas tiesas y morro achatado, nalgas muy redondeadas y para abajo); las que lucen adornos, es porque fueron bendecidas en la Ceremonia del Floreo, vinculada a la fertilidad.
Entramos en la Reserva Nacional Las Vicuñas. Los cerros son verdes y amarillos. Cruzaremos Pampa Paquisa. La vicuña abunda y, aunque esquiva por su condición de vegetariano, se muestra poco asustadiza. El salar de Surire aparece, inmenso, con un perímetro de 58 km y el volcancito que le brotó en el centro, el Oqe’collo. Collo: cerro. Es blanco el salar, por el bórax, ese polvo que vemos en permanente suspensión, un veneno para los flamencos, ganancia para los que lo explotan. La montaña está tapizada, en las alturas, de queñua, rareza arbórea de tronco absolutamente retorcido que se va deshojando en capas y rompiéndose como un hojaldre. Arde fácil esta madera, razón por la que en otros confines norteños se la ha quemado hasta casi agotarla.
El camino lleva hasta el puesto de guardaparque, donde es posible pasar la noche, darse una buena ducha, prepararse la comida y calentarse en la salamandra a cambio de un exiguo puñado de pesos.  
La superficie que precede la gran laguna es blanda y más o menos húmeda; a cada paso se intensifica el olor reconcentrado a crustáceo con sales, guano y otros elementos. El horizonte lacustre es una serenidad de estratos amarillos, verdosos, blancos… Quién sino madre Natura podría componer una paleta semejante en la que se mueven apenas las manchas rosadas de los flamencos, aplicados horas y horas a hurgar y filtrar con su pico curvo la morbidez pantanosa en busca de su alimento.

Somos los carabineros

El suboficial Jorge Gallardo está reparando una pared de la casa principal cuando llegamos. El puesto de carabineros está en un alto frente a la gran laguna de Surire, a meros metros de la frontera con Bolivia. El cabo primero (Mauricio Ruiz) y el cabo Eleodoro Barahona (declarado hincha de River) componen el trío de los que comandan esta unidad de vigilancia fronteriza. Todos los días patrullan la línea limítrofe, una zona caliente de ilegales y extraperlistas que los mantiene en vilo. Y suele haber contenciosos, cómo no. En el entretiempo, el ocio casi no tiene lugar porque siempre hay algún trabajo para hacer. En los antiguos establos hay un recinto que el suboficial transformó en gimnasio, al que deben acudir todos cada mañana después de desayunar, así no echan guata (panza), dice Gallardo, y después a atender los demás asuntos. Eleodoro es el que cocina y mantiene la casa en orden. Y qué orden. Los pisos brillan como los chorros del oro, nadie entra con calzado y se anda en ella en calcetines o sobre patines de lana. Buenos chicos.

Del barro a Colchane

Al alba le damos la vuelta completa al salar y en el camino paramos en las termas, que levantan vapor no bien amanece. El sitio, circundado de montañas, es increíblemente bello. Las aguas fangosas borbotean aquí y allá. Jaime nos indica dónde podemos probar el calor del agua termal sin despellejarnos. Andate lejos –le dice Cecilia– y no vuelvas hasta dentro de una hora. El frío es intenso, pero igual vuelan abrigos, chalecos, medias, camisetas, calzoncillos largos y al fango vamos, que del fango venimos. A solas en ese mundo alto y ausente de humanidad, nos sentimos en el mejor spa natural que la Tierra pudiera ofrecernos, energizadas como nunca.
La ruta sigue hacia un extremo oriental llamado Colchane. A lo largo del recorrido se suceden Chilcaya Viejo, Surire Viejo, Lluocona, Vislubio (hoy sólo lo ocupan los pastores, porque ni agua tiene); un rebaño de alpacas negras y la alpaca blanca de ojos celestes que nos muestra el iris vertical que la distingue, impresionante; el bofedal de Aravilla; la quebrada donde las queñuas crecen rectas entre el pedral; el colorido cerro Caravay en tierra boliviana; un salitral; las llamas echadas dispuestas a dormir. En Enquelga cultivan quinoa y el adobe –ay– va cediendo lugar al cemento. Isluga es pueblo votivo que sólo se anima para celebraciones (sobre todo en carnaval) y su alguna vez espléndida iglesia sufrió, hace tiempo, abandono y saqueo.
Al Complejo Fronterizo Colchane llegamos de tardecita. Cientos de camiones hacen fila en este pueblo descampado que va creciendo conforme los intereses emergen. Como tener, tiene hospital (una posta en realidad), policía, municipalidad, y la cabina telefónica que funciona en una casa. En breve tendrán luz eléctrica; el tendido por lo menos ya esta.
Después de Q´ebe y las curiosas formaciones que modeló el agua, trepamos a los cuatro mil y pico de altura. El cerro Sarcófago es cónico y rojizo; esta es una zona aurífera y las minerías quieren hincarle el diente, pero son terrenos fiscales e indígenas y negociar con éstos parece que les va a costar; por suerte son duros.
En la Quebrada de Tarapacá, el paisaje es un cactusal de Eulichnia iquisensis (de Iquique) que ya está dando sus frutos. Aquí se acaba la zona del cactus candelabro y todo vestigio de vegetación natural.
Del Mirador Alto Pachica, puro mineral a flor de roca, vamos al cerro Unita para observar el increíble, inmenso geoglifo con forma de pájaro y a su lado un puma. De aquí, al gigante de Atacama. Gigante en serio, su silueta parece más grande que la piedra donde se estampa.
La Pampa del Tamarugal (que va desde Tiliviche hasta el río Loa) vuelve a estar en nuestro camino; cuando llueve, todo este desierto queda inundado.
Paso fugaz por Pozo Almonte y hasta Iquique no paramos.

La sal del desierto

Fue en 1872 –cuando la región aún era parte del Perú–, que la Guillermo Wendell Nitrate Extraction Company fundó Santa Laura, a 48 km al este de Iquique. Por la misma época, James Thomas Humberstone fundó la Peru Nitrate Company y creó la fábrica La Palma. Ambas empresas hicieron del desierto un mundo próspero, del que extraían el salitre para obtener nitratos de potasio y sodio, abonos preciadísimos para la agricultura. Surgieron los pueblos, cuyas casas y edificios públicos se reprodujeron en armónico estilo de inglés, todas de madera de pino oregón.
Varias crisis sobrevinieron hasta que la invención del amoníaco sintético, en plena época de la Gran Depresión (1929), favoreció la industria de los fertilizantes e hizo colapsar las salitreras. Ambas empresas pasaron a manos de la Compañía Salitrera de Tarapacá y Antofagasta, rebautizadas Oficina Santiago Humberstone. Renació la era del salitre una vez más, líderes en la década del 40; fue el canto del cisne. En 1960 el cierre se anunció definitivo. La pequeña gran urbe de las calles anchas, con su grandioso teatro y sus utopías quedó deshabitada. Diez años más tarde volvió a la vida como monumento nacional y desde entonces se visita. Es un recorrido que lleva, entre fábrica y pueblo, todo el día y, palabra de viajera, queda prohibido perdérselo. En 2005 fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Iquique es otro espejo de esa abundancia pasada, surgida como asentamiento en la era del salitre y sobreviviente de dos incendios. La ciudad creció entre el mar y el cordón de montañas áridas. Hay que conocerla y hay que quedarse en ella varios días, para caminarla por sus calles fundacionales jalonadas de residencias bellísimas. Hay que verla desde el aire en parapente y darse cuenta de cuán grande es la gran duna que la resguarda, una desmesura de arena que no es de fondo marino sino continental.

Iquique, ciudad capital, es el aire salobre del océano. Otra historia para contar la de este puerto libre y multiétnico, otro capítulo del norte chileno y la cultura reciente cimentada en el salitre, icono omnipresente en la existencia de todos. El que les dio otra vida y se las quitó.

Por Rossana Acquasanta.
Fotos de Cecilia Lutufyan.

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