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Colorado cordobés

Hay que ir bien al norte para descubrirlo, en medio de una geografía áspera. Un itinerario que arranca en la docta, sube hasta Santa Catalina y Ongamira, se desvía al oeste y desciende por el valle de Punilla.

Aleros de Cerro Colorado.

Santa Catalina
Tras las huellas jesuíticas


Abandonamos la capital cordobesa y rumbeamos hacia Jesús María por la ruta 9 tratando de imaginar debajo del asfalto un tramo del antiguo Camino Real. En épocas de la colonia fue un ir y venir de viajeros, chasquis y caravanas que peregrinaban entre Buenos Aires, Córdoba y el Alto Perú. Testigos de aquel ajetreo son la posta de Sinsacate y la estancia San Isidro Labrador.

Nuestro primer destino era Santa Catalina, por eso antes de llegar a Jesús María nos desviamos por la avenida 28 de Julio. Nos detenemos en Colonia Caroya para comprar los salames de tradición friulana. ¡Colesterol go home!, pensé y partimos sin culpa para llegar antes del mediodía a la Casa Caroya. La estancia fue el primer establecimiento rural organizado por la Compañía de Jesús. Estaba destinada a sostener el colegio Monserrat y durante los meses de veranos se llenaba de internos que venían a descansar. Más tarde funcionó allí una importante fábrica de armas blancas para proveer al Ejército del Norte.

Después de hacer 19 km por un camino encantador, nos topamos con la iglesia de Santa Catalina. Apareció entre los árboles que preceden un pequeño caserío, blanca, impecable: una joyita en medio de la nada.
Luego manejamos hasta la posada Camino Real. Aquí ponemos a prueba el Ford Fiesta, que se defiende de maravillas y sortea los imprevistos de un camino angosto, barroso y resbaladizo. Desafío superado: ni una pizca de nostalgia por la 4x4.

Llegamos a destino con la bruma que anticipa los días de lluvia; la luz da al cielo un color de tiza y a los campos un verde brillante y húmedo. Cecilia y Antonio Covarrubias nos esperaban para almorzar. Fue un alto delicioso y reparador; en la mesa de esta posada recuperamos energías con una exquisita sopa crema de zapallo, un lomo con papas a la crema y una mousse de dos chocolates. Sublime.

Antonio cuenta que están organizado travesías en carreta. Copió la idea de los ranch americanos que funcionan en EEUU, casi casi como una casa rodante. Después espiamos los cuartos, llegamos hasta la piscina, caminamos por los alrededores y concluimos que el sitio es perfecto para aislarse unos días y vivirlos a puro relax.

Regresamos a Santa Catalina. Nos recibe Marcelo, un jovencito que oficia de lazarillo para los recién llegados. La visita de rigor comienza en la iglesia cuya construcción llevo casi 140 años. Por dentro numerosos detalles muestran la mano de obra indígena: en una escena de la crucifixión, por ejemplo, los soldados romanos están vestidos a la usanza de los militares españoles. Una verdadera licencia artística...

Santa Catalina encierra una historia increíble. En 1622 los jesuitas iniciaron allí una obra titánica, organizaron una gran estancia dedicada principalmente a la cría y engorde de mulas para las minas de Potosí. Trabajaban allí unas 800 almas entre indígenas y africanos, dirigidos por cinco jesuitas, sí sólo cinco. En 1767 los religiosos fueron expulsados de todos los territorios del rey de España y semejante empresa acabó en la nada.

Después de recorrer la residencia con sus tres grandes patios, el noviciado –hoy en ruinas– y charlar toda una tarde, casi somos de la casa. En señal de buena fe, Marcelo me deja curiosear a mis anchas y me encarga las antiquísimas llaves de hierro de la iglesia mientras él conecta las alarmas: somos los últimos visitantes del día.

A unos pasos de allí, María Cabrera –“Mariíta”–, dueña del almacén de ramos generales, nos convida unas colaciones pequeñas que se deshacen en la boca; con orgullo asegura que además es experta en huevos quimbos y ambrosía, dos sabores criollos emblemáticos a los que rinden culto en Córdoba.

Al lado, Victoria Díaz y Sebastián Torti nos esperan en lo que fue parte de La Ranchería. Antes de tomar un té en el coqueto bar de campo echamos un vistazo al jardín donde sobreviven las ruinas de las antiguas viviendas de los africanos. Junto al bar hay una linda tienda de artesanías y dos cuartos para aquellos que quieran quedarse a dormir sumergidos en tanta historia.


Buena vida en Ongamira


Oscurece. Partimos hacia el Alto de Ongamira para pasar la noche en Dos Lunas. Tengo la costumbre de no fantasear demasiado con los lugares que vienen con mucho comentario a favor. Suelo hacer oídos sordos y llegar con mi valijita sin más expectativas que la que llevo para un hotelito modesto, lo hago para mantener una distancia –que nunca es poca– y la supuesta objetividad. Pero en este caso voy a ser descaradamente subjetiva: el sitio es, sin lugar a dudas, fascinante.

Juan y Teresa Fernández Ocampo nos conducen hasta los cuartos. Techo de doble altura, contundentes muebles de época, hogar a leña recién encendido, cama de hierro y sábanas de puro algodón. Me sumerjo en la tina con patitas y el metálico tintineo del agua confirma su genuina antigüedad. Más tarde, me entero que mi habitación supo ser el escritorio de la dueña primitiva y eso explica la vista maravillosa.

La casa, de estilo inglés, fue reciclada para recibir conservando el carácter original con un gusto exquisito. Está bordeada por una amplia galería con techo de chapa acanalada y pisos de mini adoquines de madera.

Durante la cena Juan cuenta la historia de la estancia que primero perteneció a Eduardo Schiele. El hombre, mitad ruso mitad alemán, llegó a Ongamira en 1908 a lomo de mula cuando tenía 70 años. El gringo no se anduvo con chiquitas, construyó la casa familiar con usina eléctrica y cancha de tenis. Pero si de lujo se trataba, ahí estaba el baño con un inodoro de auténtica porcelana Doulton. Doña Olga, su hija, heredó las tierras y manejó la estancia con mano de hierro. Era una médica con ideas de avanzada y una determinación casi masculina; nada escapaba a su control.

Me levanto temprano, recién amanece. A lo lejos las sierras se adivinan azuladas a través de los plátanos dorados. Más cerca, las grutas de Ongamira se empeñan en un rojo furioso, son unas caprichosas formaciones de arenisca talladas por el viento. Y ahí está el cerro Colchequin, rodeado de una insondable melancolía. Cuentan que desde allí se ¿suicidaron? cientos de comechigones rebeldes que prefirieron arrojarse al vacío antes de caer bajo el dominio español.

Desayunamos y estamos listos para una caminata. Bordeamos un cerro vecino y cruzamos un bosque de acacias y piquillines. El sendero huele peperina y tierra húmeda. Un poco antes de llegar, en la zona de los frutales, nos quedamos embelesados con los inmensos caquis encendidos de frutas. Al regresar nos esperan con los caballos listos; la idea es bordear los Terrones en una cabalgata corta. El almuerzo nos sorprende junto a la piscina con forma de tanque australiano y amplio deck de madera que invita a llenarse del sol cordobés. Detrás las sierras, siempre las sierras.

Hacia el sur
Simpleza serrana

El próximo destino se llama con entusiasmo y allá vamos, hacia el sur, al valle del río San Gregorio, para vivir unos días en Puesto Viejo. Allí nos espera Virginia Brunet, dueña de esa estancia y guía experimentada, con quien iríamos al día siguiente hasta Cerro Colorado, nuestra meta deseada: el momento de ver las pinturas rupestres de las que tanto nos habían hablado, estaba cerca.

Mientras tanto, en un recorrido por Puesto Viejo su dueña nos cuenta que la propiedad –distante unos 25 km de San Marcos Sierra– la compró con Santiago Peluffo, ambos seducidos por la geografía agreste de esos parajes. La vegetación retorcida del monte autóctono, abundante de algarrobo, mistol y chañar, nos muestra la otra cara de las sierras cordobesas. Aquí se puede andar a caballo y disfrutar de las playitas de arena del río San Gregorio. Virginia nos muestra unos morteros indígenas excavados y prolijamente alineados en la piedra que se usaban llenos de agua y aceite para observar los astros. Volvemos a la casa, donde nos esperan con la cena y en minutos la mesa es una euforia de platos y charla informal. A un lado del comedor están los cuartos, sencillos pero con todo lo necesario para descansar cómodamente. No cuesta demasiado acostarnos sí o sí temprano: la luz del generador solar ya está agonizando y además hay que estar con todas las pilas para la excursión de la mañana.


Colorado rupestre

La brújula indica (siempre) el norte. Y le hacemos caso. Dejamos atrás Cruz del Eje, Deán Funes, Tulumba –un pueblito que bien vale una parada con sus construcciones coloniales suspendidas en el tiempo–, Santa Elena, y por fin, Cerro Colorado.

Primero nos detenemos en el cerro Inti Huasi y un poco más adelante en el Colorado. Avanzamos por los senderos señalizados del parque arqueológico y encontramos las pinturas en los aleros de los cerros, oquedades provocadas por la erosión. La antigüedad de estas expresiones es incierta; unas fueron hechas por los indígenas antes de la conquista española, y otras son posteriores. Hay escenas de caza y representaciones de animales.

Lo mejor nos espera en el paraje El Desmonte. Hay que tomar el camino que va al cementerio del pueblo y llegar a la casa de los Bustos, siempre en compañía de guía autorizado por la familia. El pago de un peaje nos permite atravesar el campo por un sendero casi inexistente esquivando espinillos y matos, el arrayán cordobés. Caminamos encorvados para evitar las espinas; por suerte Virginia sabe leer la huella y luego de una última trepada llegamos. Un extenso alero colorado nos descubre su secreto: metros y metros repletos de pinturas.

Hace frío, el cielo está blanco de tantas nubes y estamos solos. Podría pasar horas tratando de descifrar las múltiples escenas. Algunos dibujos son simbólicos y crípticos, en otros las formas son claras. Hombres a caballo que aparecen poderosos y hombres a pie, uno junto al otro ¿aterrados? Algunos creen ver en estas escenas al conquistador y al conquistado. El sito podría haber sido un espacio sagrado y un refugio donde los indios fugitivos pintaron lo que les sucedía. Pero sólo son hipótesis. Lo más sensato es quedarse en silencio, recorriendo con la mirada las formas y los colores.

Volvemos sobre nuestros pasos, o al menos eso hubiésemos querido; el caso es que perdemos la senda por confiar en el instinto del perro de don Bustos, quién sabe por qué nos lleva en dirección equivocada. De repente, Gustavo –el fotógrafo– hace su primer descubrimiento: dos pinturas pequeñas en la parte inferior de un alero que usamos de mirador para encontrar el camino hasta la casa. Nos percatamos de que toda la zona está poblada de estos pequeños tesoros, la mayoría inexplorada. Nos sentimos Indiana Jones.


La Cumbre
De pura estirpe


Salimos de Puesto Viejo y después de cruzar el vado del río Pintos nos detenemos para conocer las cascadas. Son varias pero sólo tenemos tiempo para llegar hasta la primera. Después manejamos hasta el mirador de Cuchi Corral, el sitio ideal para probar un vuelo en parapente.
La Cumbre aparece a lo lejos, verde, señorial, dueña de ese glamour que supo cultivar la oligarquía argentina en tiempos de vacas gordas y veranos serranos. La ciudad hace gala de una herencia británica, ésa que le imprimieron los ingleses que llegaron con el ferrocarril.

También están los fantasmas. En Buenos Aires, Rossana Acquasanta me había contado de Mr. Lumsdane, un espectro con pinta de dandy inglés que ronda los altos de Cruz Chica y que aparecía en la casa Manuel Mujica Lainez cuando había fiesta, de manera que todos pudieran dar fe de su existencia. Aunque dormimos a pasos de El Paraíso, no obtengo el privilegio de su visita, quizá porque a los fantasmas hay que abrirles paso entre tanta racionalidad, quizá porque no se le dio la gana conocerme. “Pero que los hay, los hay” responden siempre los cumbreños cuando uno desliza la pregunta y las anécdotas surgen a borbotones. Así, me entero que además de espectros británicos, hay indios, duendes y colonos de la primera hora que, por alguna razón, se obstinan en regresar del más allá una y otra vez.

Nos alojamos en el Alcázar de Sevilla, una mansión señorial que ofició como villa de veraneo para los príncipes Della Tour D’Auvergne. La casa está ubicada en un alto en la zona de Cruz Chica. Jorge Estenssoro, el flamante anfitrión, nos recibe y nos muestra cada recoveco. En el hall se aprecian las mayólicas de Talavera y los mosaicos españoles, luego están los salones con sus muebles de maple, sobrios y distinguidos. Más allá la terraza y después la piscina que aparece casi suspendida en el cielo serrano. Jorge nos invita a conocer otra joyita de la arquitectura cumbreña: Toledo. La casona fue construida a pedido de María Unzué de Alvear que por entonces ostentaba los títulos de condesa y marquesa pontificia. Los muros de ladrillos y piedra aparecen entre un bosque de cipreses, castaños y ceibos. Hace muy poco fue reciclada y reabrió para recibir con un perfil enfocado a la familia sin perder una pizca de exclusividad.

La Cumbre tiene una larga tradición artística, o se que visitar los incontables talleres y ateliers es parte de la propuesta.

Carlos Martín es plástico y tiene el raro privilegio de vivir en una de las casas que fue de Manucho y que oficiaba como sala de juegos de El Paraíso. Decidimos ir y quedamos encantados. Después Carlos nos lleva hasta el atelier montado en la capilla de los Mujica Lainez a un lado de la puerta de Adán y Eva. Nos muestra parte de su obra que ahora está influenciada por el arte Pobero de los años 70’.

Más tarde vamos al taller Marcelo Barbero, luthier especialista en charangos y guitarras. Trabaja con paciencia santafecina, que heredó de su padre carpintero. Nos quedamos un rato sólo por el placer de verlo trabajar.

El mediodía nos sorprende en el restaurante Casa Caraffa. Entramos con la excusa de comer algo y la secreta esperanza de encontrar a Billy Berbaris, el dueño, que es un buscador de oro empedernido. Allí está. Se acerca con sus frasquitos repletos de pepitas de oro –creer o reventar– y nos cuenta de sus primeros años en San Francisco donde se contagió la fiebre. “Buscar oro –asegura Billy– no tiene que ver con la ambición de hacerse rico sino con la obsesión de vencer a la montaña”.

El fin de semana es el mejor momento para recorrer el Camino de los Artesanos. Hay que visitar Los Jardines de Yaya con su ecléctica oferta de conservas y dulces –casi mil variedades–, la prolija dulcería de la familia Loica, los tejidos de Artelar, la platería de Guayrapá y el vivero Cactus donde funciona un invernadero especializado. También hay que hacer un alto en Zagreo, el sitio para compartir un buen vino con quesos y fiambres regionales.
Del otro lado de la ciudad están los campos de lavanda Domaine de Puberclair. Ahí siguen como siempre, los Cortez, con su destilería y boutique igual que hace 24 años, ofreciendo productos de excelente calidad. Dicen que el aroma de la lavanda augura buenos sueños, entonces me llevo una bolsita especial para debajo de almohada.

El centro de la ciudad es un buen sitio para deambular al final de la tarde. Hay lindas tiendas para animarse a las artesanías y antigüedades como La casa del angel y La Urraca, pero si busca buena cerámica lléguese hasta Cuesta arriba, el nuevo local Emma Gargiulo y Laura Daltoé. Para salir a comer hay muchas variantes: la tradicional Casona del Toboso; la cocina gourmet de Volare y el restaurante Señora de tal, donde nadie se va sin probar las peras a la naranja con helado.

Necesitábamos un poco de adrenalina por eso marchamos al Aero Club para ver cómo los chicos de Sky Dive hacen de las suyas en paracaídas. Los principiantes también tienen su oportunidad, sólo es cuestión de anotarse para un salto de bautismo. Encontramos a José Estenssoro con el avión y el paracaídas listos. No nos tiramos, en cambio nos propone una cabalgata para conocer El viejo Piquete, la casa de campo que construyó y acaba de inaugurar para recibir. Llegamos al día siguiente. El sitio tiene el encanto de lo agreste. La casa domina el paraje Asno del Rodeo, a 1.600 metros de altura, justo arriba de Cruz Chica. Fue construida con piedra granito de los alrededores, pusieron los techos altísimos y ventanales enormes. Los cuartos, que son sólo tres, aseguran una estadía casi íntima. Los caballos están listos, salimos a recorrer el campo y miramos por última vez La Cumbre.

Escapada a Candonga

Por un camino angosto de montaña manejamos a la capilla de Candonga; en realidad es uno oratorio debido a su única torre. Perteneció a la antigua estancia de Santa Gertrudis que fue una posta importante en el comercio de mulas destinadas al Alto Perú. Laura Garzón y Vicente Trucco nos acompañan en la visita y hacen funcionar el viejo molino para mostrar la curiosa obra de ingeniería hidráulica. Ambos forman parte de un nuevo proyecto destinado a la recuperación histórica y ecológica de la zona. En las tierras linderas, los nuevos dueños de la estancia organizaron una increíble huerta ecológica donde hay de todo. Vicente, que alguna vez trabajó en la restauración de la catedral de Córdoba, nos explica con esmero los métodos de cultivo. Después tomamos el té con una cheesecake con peras y unas tostadas de pan casero con dulce de ciruela, y comprobamos que el proyecto también es un éxito en la cocina.

La Falda
Los años dorados


Desandamos camino y nos dirigimos hacia el sur, rumbo a La Falda. Comenzamos donde se inició la historia: en el Hotel Edén. Hoy es una sombra de lo que fue, años de abandono y saqueo terminaron con su esplendor. Nos animamos a una visita. Ariel, el guía, nos ayuda con su relato.

El hotel se construyó en 1898 con un lujo inusitado: mármol de Carrara, roble de Eslavonia, vitreaux europeos. Podía recibir 250 pasajeros y contaba con 125 empleados, eso sí que era atención personalizada. Albert Einstein, el príncipe Gales, el duque de Saboya y lo más granado de la sociedad argentina disfrutaron días de sol y sierra en el hotel. Rubén Dario fue invitado de honor, no pudo con su genio y dejó en el libro de visitas una ácida dedicatoria a la oligarquía local, sus palabras puede leerse en una réplica del original que aún se conserva. Pero la historia más extraña es que la vino a investigar hace unos meses la BBC de Londres, empeñada en descubrir si Hitler realmente estuvo aquí después de su muerte. Lo cierto es que sus dueños de entonces, los hermanos Eichornn, eran dos alemanes muy vinculados al nacional socialismo. El Edén fue confiscado por el gobierno durante la Segunda Guerra y sirvió de asilo a los refugiados del Graff Spee; 1965 fue su última temporada, después el abandono total.

Las primeras tierras de La Falda se lotearon en los alrededores del hotel, con restricciones constructivas para mantener el perfil aristocrático de la zona. Todavía quedan algunos caserones de aquella época. Más tarde el turismo sindical se ocupó de darle el carácter actual a la ciudad.
A un lado del Edén funciona la colección arqueológica Ambato, pero no tuvimos suerte, ya que está cerrada al público por un problema judicial. Partimos por el camino del cerro El Cuadrado para despedir la tarde, nos cruzamos con una pareja de pecaríes desorientados y llegamos hasta la estancia El Silencio. Desde allí se obtiene una vista increíble de la ciudad y las sierras.


Por Gabriela Pomponio
Fotos: Gustavo Carrizo


Publicado en Revista LUGARES 89. Junio 2003.

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