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Costiera Amalfitana

Es un breve tramo de poco más de 30 km que mira al golfo de Salerno y va de Sorrento a Vietri Sul Mare. Consagrado como destino top por el jet set norteamericano en mediados de los 50, Amalfi, Positano, Ravello y la isla de Capri son enclaves bellísimos que merecen mucho más que una escapada desde Napoli.

 

Desnudos frente al mar. Autor: Soledad Gil.

Costiera amalfitana”. Díganlo así, en italiano, que queda más chic. Hay que hacerla con descapotable y foulard; la melena al viento y los anteojos negros para sentirse un poco como Greta Garbo, que visitó Ravello en 1938 e intentó –infructuosamente– esconderse en Villa Cimbrone con su amante Leopold Stokowski, casado y 23 años mayor. No hay como estar enamorada para trepar con entusiasmo los 62 escalones de la catedral de Amalfi y así admirar de cerca su puerta de bronce del 1060, la primera traída a Italia desde Constantinopla. Y ni qué hablar de la sensación de Jackie Onassis combinada con Grace Kelly y un toque de la Loren que da navegar en lancha propia bajo el arco de los Farallones, con la chalina al viento, claro. Las tres  divas anduvieron por Capri, honrando la fama de exclusiva y elegantísima que tiene bien ganada la isla.
Puedo leerles la mente. Están pensando en cuánto puede costarles el chiste. Son unas vacaciones paquetas, para qué voy a mentirles. Pero quédense tranquilso: hay mucho más de la atmósfera, que en definitiva es aire, y sigue siendo gratis en todas partes, que de lo que de verdad hay que pagar. Están, sí, los hoteles de lujo como el Caruso, el San Pietro o Tre Ville, las tres villas que tuvo Zeffirelli y que hoy cotizan sobre los mil euros la nocge.  Y están también los B&B, las trattorias, los cafés al paso que en Italia rara vez superan el euro… Y los placeres posibles. Sentarse en la pasticceria Andrea Pansa, que está en la grata plaza de Amalfi desde 1830, a tomar un limoncello (que no “lemoncello”) o una de las sfogliatella que eran la perdición de Ibsen, no hace daño en el presupuesto de nadie. Sin tanta prosapia histórica, la degustación de mozzarellas que ofrece el restaurante Inn Bufalito de Sorrento es una gloria que apenas supera los diez euros. Y otra irrestricta: los atardeceres sobre las barrancas de la ciudad, esas en las que, según la leyenda, las sirenas con su canto hacían estrellar a los navegantes embelesados. “Sirenide” sería el nombre original y basta con ver esos acantilados para comprender que las ninfas marinas, si existieron, bien pueden haber escogido esta bahía con vista al Vesubio como morada. En lo alto, se destaca el hotel Excelsior Vittoria, que abrió en 1834 y aún pertenece a la familia Fiorentino. Se cree que allí estaban emplazadas las villas del emperador romano Augusto.

No, si la fama de la región no es de hoy. Sorrento y alrededores formaron parte, desde finales del siglo XVIII del Grand Tour, el viaje de instrucción que los jóvenes de buenas familias, comenzaron a hacer a mediados del siglo XVI, como una manera de completar su educación. Era una empresa difícil, costosa, de al menos tres años, que comprendía Holanda, Alemania, Francia, Suiza y especialmente, Italia. Ya Boccaccio había elegido Ravello como lugar de nacimiento para Landolfo Rufolo, protagonista de uno de los cuentos del Decameron (1351). 
El jet set vino mucho después. Después de que sarracenos, normandos y aragoneses se frieron en enfrentamientos y superpusieron con condados, ducados y reinos varios. Cuesta creer mientras uno avanza por las mil y una curvas de la SS 163, la ruta panorámica que el rey borbón Fernando III comisionó en 1853 para sus carruajes a caballo, que hasta mediados del siglo XIX no haya habido un camino que hilvanara estos pueblitos horadados en la roca y suspendidos sobre el Mar Tirreno.
Lo de “pueblitos” es relativo porque Amalfi, que hoy apenas llega a 5 mil habitantes, llegó a tener 70 mil en los tiempos en los que fue República Marinera, una de las cuatro que dominaron el Mediterráneo hacia el siglo XI, junto con Pisa, Venecia y Génova. Es por eso que un destino tan hedonista y balneario abriga tesoros tan exóticos como el Museo del Papel, montado en un molino papelero del siglo XIII: conserva las prensas originales que todavía funcionan e ilustra sobre el importante rol que la ciudad jugó en la historia de la producción del papel.


Desde el principio
Como las distancias son cortas y los centros urbanos pequeños, la costa amalfitana pocas veces merece más de una noche en un “Grand Tour” versión siglo XXI. Quién pudiera tomarse tres años como antes. A lo sumo, un día para cubrir Amalfi-Positano-Sorrento y otro para Capri. Está bien para una primera impresión, pero es escaso para conocer de verdad: sólo Capri merece un mínimo de dos días. En resumen, hay que tomarse una semana.
Y se quedan cortos”, nos dice nuestro anfitrión en las Suites Alimuri, como bautizó al departamento que alquila en su edificio del Settecento. Así, abreviando y sin mencionar el primer milenio se le dice en italiano al 1700. Seicento al 1600, Ottocento al 1800. El predio de dos pisos que ocupa su propiedad en Meta, a 5 km de Sorrento, tiene un jardín y planta baja del Seicento, el primer piso (que alquilamos) del Settecento y el segundo piso, donde vive él, Francesco, del Ottocento. Los muros tienen un metro de espesor. Y las mayólicas son preciosas todas. Nos instalamos seis noches en su dos ambientes con estacionamiento incluido. Es una buena decisión. Dos, en realidad. La primera, tener una sola base desde donde moverse porque, en efecto, las distancias son cortas y se ahorra mucho tiempo evitando checkins y checkouts. La otra, y no menor, es el ahorro que implica contar con garaje. Este viaje sin auto es prácticamente imposible (obligaría a contar con más tiempo e infinita paciencia porque los servicios de buses son bastante limitados), pero a su vez, el lugar para estacionar escasea y cotiza muy alto.
Qui c’é una delle concentrazioni di bellezze piú importante d’Italia”, dispara Francesco apenas llegamos. Abogado y bon vivant, le encanta recomendar restaurantes donde se come bien a precios razonables, y como llegamos muy cansados de las largas jornadas exploratorios, sus buenos consejos nos vienen de maravillas.


Sorrento
Empezamos por lo que tenemos más cerca. La primera lección es, oh no, la macchina. Aprendemos que es mejor gastar un poco más y dejar el auto en un Parcheggio (los que tienen el cartel en color azul con la P blanca) que volverse loco juntando monedas, buscando lugar en la calle, sin saber dónde está la tickeadora y mucho menos, cuánto tiempo nos llevará el paseo que venimos a hacer. Las multas las hacen –la policía es implacable– y son en euros, así que mejor despreocuparse. Es una inversión (cinco horas en Positano o Amalfi pueden rondar los € 20), pero lo tomamos como lo que es: el precio de una excursión.
Caminamos a ambos lados de la plaza Torquato Tasso por el Corso Italia, la calle principal de la ciudad. Hacemos el primer contacto con el producto regional por excelencia: el limón. En los puestos de verdura hay unos grandes como melones, y en los negocios se lo consigue en versión jabón, caramelo, licor, estampado en delantales, manteles, cerámica. Tomamos la Via San Cesareo y nos sorprenden los frescos del Sedile Dominova, donde los aristócratas del Medioevo decidían sobre asuntos administrativos y políticos. Hoy, bajo la gran cúpula azulejada se sientan los parroquianos jubilados a jugar a las cartas.
Nos montamos en el trencito panorámico, pasamos por el polifacético Museo Correale –que a su ecléctica e interesantísima colección agrega magníficos jardines y vistas– y llegamos sin esfuerzo al puerto, desde donde al día siguiente partimos hacia Capri.


Capri
Madrugar en vacaciones no es plan, pero esta vez remolonear no es lo aconsejable. Hasta las 9:30 hay muchísimas frecuencias –más de alíscafo que de ferry–  que van mermando a medida que avanza la mañana. Nosotros tomamos uno de las 11.25 y al mediodía llegamos al puerto de Marina Grande. Enganchamos con la excursión que hace el Giro del’Isola (la última sale a las 13) y ahí nos enteramos de que ni ayer ni hoy se está pudiendo acceder a la famosa Grotta Azzurra por alta marea. Oh no. Gran frustración gran. Pero a poco de avanzar el color turquesa cristalino del agua de Capri va haciendo de bálsamo sobre nuestra tristeza. Las demás grutas, la Verde, la Blanca, son mucho más que premios consuelo, si bien es cierto que el hecho de ingresar en un bote a remo por esa cavidad tan pequeña y encontrarse en una gruta celeste de 25 metros de ancho por 60 de largo, no es algo de todos los días. Se cree que la Grotta Azzurra era el ninfeo –monumento dedicado a las ninfas– preferido de Tiberio, sucesor de Augusto, que se trasladó a Capri en el año 27 y gobernó desde allí el imperio romano hasta su muerte, 10 años más tarde. Son muchas las huellas de Tiberio en la isla: se destaca Villa Jovis, la más grande de las 12 villas que mandó construir, y donde, según Suetonio, el emperador mantenía descomunales orgías.
El acceso a Villa Jovis no es simple (Tiberio la construyó como una fortaleza porque tenía miedo de que lo mataran), pero me resulta curioso conectar los escándalos sexuales del siglo I con el refinamiento actual. Evocar los encantos de un sitio tan minúsculo y maravilloso que atrajo tanto a Tiberio como a Onassis. Y a todos los que estamos en la embarcación que justo en ese momento pasa bajo el arco natural de los Farallones. Es un pasaje estrecho que enfilamos derecho y en el que coincidimos con un kayak. Qué momento. El guía no pierde oportunidad de recordar que la tradición indica que aquí los enamorados deben darse un beso. Beso. Foto. Felicidad.
Pero como todo lo bueno en la vida, dura poco. Y regresamos a Marina Grande con ganas de tener la oportunidad de bañarnos en esas aguas. Así que averiguamos en el puerto y damos con Capri Boat, un mostrador pequeño en el que alquilan lanchas para dar la vuelta a la isla en privado, parando donde uno quiera. El problema es que nuestro italiano es limitado, y solo cuando estamos en pleno mar, mientras el marinero se pone a explicarnos cómo se arranca y detiene el motor, cómo se levanta el ancla…terminamos de entender la propuesta. Le decimos que no, que maneje él. “No, io me ne vado e siete voi che guidate”. “¿Cómo que se va y nos deja?” Pánico en alta mar. “Ma no, non vi preocupate, é facile”, nos dice. Nos miramos preguntándonos qué hacer. Sobra decir que nunca en la vida timoneamos más que un barquito de papel. El tiempo corre. A las 18.30 sale el ferry de regreso a Sorrento. Ma si, nos decimos y allá vamos. ¿Cuándo vamos a volver a Capri? Superado el nerviosismo inicial, no es difícil conducir la lancha. Y el placer de elegir dónde parar y tirarse de cabeza en este rincón donde el verde es tan verde, en ese azul, más a la derecha, un poco a la izquierda… Y de paso, volver a pasar bajo los Farallones. Echar el ancla junto al yate de algún magnate anónimo. Tiberio sabía elegir.
Con la cuenta regresiva en marcha, tomamos el funicular y damos una vuelta por Capri. Llegamos hasta el mirador para ver los Farallones desde arriba y bajamos a toda velocidad, espiando las vidrieras lujosísimas, los hoteles con vista espectacular que se detectan en el camino, cada vez más convencidos de que deberíamos habernos quedado una o dos noches más.


Positano
Pequeño pueblo vertical que sintetiza con honores lo mejor de la costa amalfitana. Tiene todo: la cúpula azulejada de la iglesia de Santa Maria Assunta, los ateliers de cerámica (el más famoso es el de Umberto Carro), las boutiques de ropa de lino, las escaleritas empinadas y no tanto que bajan a las únicas dos playas del lugar, Fornillo y playa Grande, y dos o tres calles en forma de herradura que permiten pasar de un lado al otro del acantilado sobre el que se desgrana el pueblo.
Hay que “patear” Positano para apreciarla como merece. La conocida “scalinatella” que conduce a la Playa Grande concluye a los pies del agradable cuatro estrellas Buca di Bacco donde sentarse a tomar un trago al atardecer. Si están en buena forma, también pueden apuntarse al trekking más conocido de la región. Con el sugestivo nombre de Sentiero degli Dei (Sendero de los Dioses) son los 12 km que unen Positano con la vecina Praiano. La huella sale de la Via Chiesa Nuova, al Norte del pueblo, y no es un circuito apto para quienes sufren de vértigo. La vista del mar azul desde los acantilados es una maravilla, que incluye el gran hueco natural de Montepertuso. Para volver a Positano, es posible tomar un bus en Praiano, pero mejor plan es seguir hasta Marina di Furore, una pequeña playa que se abre entre las paredes verticales de los montes Lattari.


Amalfi
En mi visita anterior a la zona, recordaba haber dormido aquí en un hotel-convento con una panorámica increíble. Muchos años después, no me cuesta encontrarlo. Está colgado de un abismo y conserva la larga serie de arcos amarillos que recordaba. Planeamos cenar allí: en verano atardece después de las 19 y hay claridad hasta las 21. Aún antes de tomar el ascensor que se mete dentro de la roca para trepar hasta el restaurante me doy cuenta de que el ambiente está más sofisticado. Le pregunto al maître y así me entero de que hace unos cuatros años el Convento dei Capuccini pasó a ser el NH Convento di Amalfi. Le sienta bien el cambio: está menos monástico, menos severo y mucho más elegante. Ver encenderse de rosado el cielo desde esa terraza enmarcada por santa ritas fucsia es un pequeño milagro.
Viajeros de paladar gourmet harán bien en saber que en esta pequeña península hay nada menos que 15 restaurantes con una o dos estrellas Michelin: la geografía se presta para rendirle culto a la buena vida. Amalfi tiene uno de estos templos donde dan ganas de comer y dopo morire, como se dice de Napoli. Se llama La Caravella. Sin tanta alcurnia, pero con una vista magnífica, otro a tener en cuenta es Eolo, del hotel Marina Riviera.
Cuando la noche ya es negra, es hora de dar una última vuelta por la plaza del a Catedral. Como buen destino de paso, la agitación del día mengua cuando se va el sol. Es el momento de comprar unos chocolates en Pansa (¡también hacen chocolates!), tomar agua de la bella fuente de Sant’Andrea y caminar por las callecitas medievales que se pierden desde la principal y van zigzagueando por irregulares pasajes. Amalfi, a diferencia de Positano, sí tiene un centro y es aquí, entre las mesitas de los cafés y la escalinata del Duomo, donde la gente se reúne a toda hora.
Volvemos rendidos, pero muy satisfechos a Meta, contentos con el plan de quedarnos hasta la cena, programa que repetirermos para la despedida del día siguiente.


Ravello
Hay que volver a pasar por Amalfi –y por Positano, por Praiano, por Furoro– para llegar a Ravello. Lejos de ser molesto, es una reincidencia en la felicidad.
Después de estos días de compañía permanente del mar, resulta extraño visitar un pueblo tierra adentro. Ravello no tiene playa y es esa carencia la que le da su carácter especial. La plaza es amplia y escénica; un gran atrio para la espléndida catedral. Fundada en 1086 y reconstruida en varias ocasiones, conserva los ambones de mármol donde figuran las pistrices, símbolo de la ciudad. Son monstruos mitológicos que aparecen de un lado engullendo al profeta Jonás y del otro, escupiéndolo. Al lado, el púlpito del Evangelio, atribuido a Nicolò di Bartolomeo da Foggia en 1272, es una obra soberbia en la que seis leones sostienen retorcidas columnas con incrustaciones bizantinas.
Sobre la plaza misma está el ingreso a uno de los jardines más importantes de Ravello y de Italia: Villa Rufolo. Dicen que en su período de máximo esplendor, en el siglo XIII esta “pequeña Alhambra” llegó a tener más ambientes que días el año. Fue propiedad de las familias Rufolo, Confalone, Muscettola, D’Afflito, hasta que cayó en manos del escocés Francis Neville Reid durante los siglos XIX y XX. Tras conocerla en 1880, Wagner escribió en el libro de visitas “el jardín encantado de Klingsor ha sido encontrado”, refiriéndose al escenario del segundo acto de su ópera Parsifal. Villa Rufolo es, cada año, escenario del importante festival de verano de Ravello, en el que se presentan conciertos de orquestas, de música de cámara, ballets y películas.
El otro parque imprescindible es Villa Cimbrone, considerada como uno de los ejemplos más importantes que la cultura paisajística y botánica anglosajona ha dado en el área mediterránea entre 1800 y 1900. Adquirido por Ernest William Beckett, Lord Grimthorpe, en 1904 (tras haberlo conocido y admirado en lo que fue su Grand Tour), fue gracias a un ravelés muy conocido en Inglaterra, Incola Mansi, que el lugar fue ganando sus templetes, estatuas, ninfeos, fuentes y todo lo que formaba parte de la reinterpretación de una villa romana en aquel entonces.
Beckett murió en Londres en 1917 y sus restos fueron sepultados en Ravello,  junto al Templo de Baco. Villa Cimbrone quedó en manos de su hija Lucy, que cuidó del parque con esmero. Fue durante esta época que tantos personajes ilustres visitaron Il Terrazzo dell’Infinito, espléndido mirador natural que Gore Vidal mencionó como el lugar más bello del mundo. Sembrado con estatuas que miran al mar, es una de las postales más fotografiadas de Ravello.
Adquirida en los 60 por la familia Vuilleumier, que se dedicó a crear un hotel de lujo en la villa principal y recuperar los jardines –abandonados después de la Segunda Guerra Mundial–, hoy están abiertos al público, y constituyen una de las tantas bellezas que Francesco nos anunció como parte de esta inédita concentrazione.
Comemos en la una terraza observando el Valle dei Dragoni y el pueblo de Scala justo enfente. Pedimos la última caprese, que no es una ensalada, sino una torta típica de Capri de chocolate con almendras, que no lleva harina. Elegimos la variante de limón, como para empezar a ponernos nostálgicos con la despedida. Volvemos de noche otra vez a Meta. Llegamos a tiempo. Francesco está despierto. “Tenías razón”, le decimos. Y sonríe, satisfecho, como diciendo, ya lo sabía.

 

Por Soledad Gil. Nota publicada en revista Lugares 197.