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Cuento mi viaje: Fiesta en Ibiza

Con la excusa de visitar a una tía, Juli Sanz viajó a la famosa isla del Mediterráneo en la que vale todo y exprimió cada minuto de playa y movida nocturna. ¿Conocés Ibiza? Si fuiste, contanos qué fue lo que más te gustó.

Pacha.Autor: Juli Sanz

Llegue del brazo de mi novio, y me fui de la misma manera, lo que no es poca cosa para una isla tan atrapante como ésta.
Ibiza recibe a todos por igual: con marcha, mucha noche y playas paradisíacas. A este cóctel explosivo, yo le sumé el reencuentro con mi tía Ana, después de 20 años de distancia.

Primeras impresiones
Llegar al aeropuerto es una fiesta. Me bajé del avión y ya percibí ese calorcito veraniego que me puso de buen humor. David Guetta suena en los altoparlantes, hay lounges de las discotecas, y el free shop exhibe todo el merchandising de los DJs de moda… la gente baila y ya comienza a sentir el ambiente.
Salí en busca de mi tía Ana y allí la vimos, parada en primera fila (¡le faltaba el cartel nada mas!), esperándonos con lagrimas en los ojos. Después de 20 años sin verla, me encontré con una mujer muy parecida a mi mamá, pero con una madurez distinta.
En su auto y con música a todo volumen (sin exagerar, la gente del lugar es loca por la música), salimos a recorrer la isla. Sin un lugar de destino, simplemente paseamos. Aprovechamos para bajarnos en cada lugar que podíamos, a disfrutar del paisaje, a sacar fotos.
Nos instalamos en la casa de Ana, un departamento con dos cuartos, comedor y un gran balcón. Así  arrancó nuestra estadía en la isla. Nos esperaban días enteros sin dormir, playas soñadas, personajes de todo tipo, discotecas y mucho alcohol.

Las playas
Arena blanca, mar turquesa y un paisaje que desborda vida y color... Ibiza tiene diferentes tipos de playas. Están las kilométricas extensiones de arena y las calas, pequeñas ensenadas formadas por montañas rocosas que contienen a un calmo mar. Una de las que conocimos fue Salinas. Es una playa larguísima, llena de gente, bares, música, buena onda,  y un espíritu único. Mientras uno empieza a recorrer la arena blanca, buscando un lugarcito donde tirar el pareo, no puede dejar de mirar. Todos se miran entre sí: cómo se mueven, cómo se han vestido (¡o desvestido!), cómo bailan y disfrutan. Sin querer ser menos, mi novio y yo nos lanzamos al disfrute. Corpiño afuera en mi caso, para camuflarnos y ser unos ibizenc más.
La isla es pequeña pero, para acceder a las calas Bassa y Salada, es preciso alejarse en auto por rutas angostas y llenas de zigzags. Caminamos por una callecita de arena y llegamos a la cala Saladeta. Marcos, mi primo y guía, nos indicó cómo llegar a un sector alejado de la playa, rodeado de rocas y gaviotas. El paisaje era de película: las casas imponentes sobre la ladera de la montaña, los barcos fondeados en el mar y un barcito que ofrecía tragos en el medio de la playa.

La noche
Es la estrella de la isla. En la calle, todos los carteles promocionan DJs y discotecas. Hay fiestas temáticas para cada día de la semana, que congregan a miles de personas. Cada una ofrece espectáculos nocturnos que lo dejan a uno con la boca abierta.
Mi tía Ana trabajó en Pacha (la discoteca más famosa de la isla). Como gran decoradora que es, fue la encargada del look de toda la discoteca por más de 25 años. Gracias a eso, teníamos lo que pocas personas pueden tener: pases libres y alcohol gratis todas las noches. Para que se den una idea, la entrada a Pacha cuesta alrededor de 80 euros; un trago en una de las barras, 20 euros y una mesa en el VIP principal, cinco mil euros. Nada mal nuestra invitación, ¿no?
Antes de salir, mi tía nos dio una indicación muy clara: “En la entrada, pregunten por Igor”. Esa era nuestra contraseña.
Llegamos al lugar poco después de la medianoche. Mientras nos acercábamos, me invadió el miedo: ¿Quien es Igor? ¿Si no está en la puerta? ¿Si mi tía no había podido organizar bien nuestro ingreso? Pero ya estábamos ahí. En la puerta había dos hombres. Uno que cobraba las entradas y el otro parado en la puerta, el famoso “patova”. El segundo, era el Igor en cuestión.  Con solo mencionar que éramos los sobrinos de Ana, aquel hombre de 1,90 m, pelado y vestido con camisa blanca y tiradores, nos abrió paso entre toda la gente que se agolpaba en la puerta. Lo que nunca logré en Buenos Aires, lo logré así de fácil en Ibiza.
La noche de los vagabundos” es una de las fiestas temáticas que ofrece la discoteca. Todo se tiñe de underground, es un espectáculo fuera de serie. En la puerta, una maquilladora está lista para cambiar el look de los que van llegando. Un mago me regaló un globo con forma de corazón, mientras un payaso me puso una galera. En la pista principal, los bailarines desplegaban su show. Las barras trabajaban sin descanso. La gente alcoholizada se colocaba sus gafas y se disponía a disfrutar de una noche muuuy larga. En esta noche está todo permitido.

Los ibizencs
Las personas que viven en la isla tienen un temple especial. Viven la vida de otra manera, a otro ritmo. Disfrutan el día a día de una manera contagiosa. No tienen horarios y, en temporada alta, duermen poco y nada.
La última noche, mi tía nos llevo al “triángulo de la muerte”. El triángulo no es más que tres bares en la misma cuadra. Lo peligroso es que los tres son visita obligada.
En el primer bar conocimos a Toni. Nos ofreció unas tapas riquísimas y unos cuantos chupitos que nos hicieron arrancar la noche bien arriba. Músico aficionado y amante de la Argentina, pasó un rato a saludar y se fue a tocar con su banda. Terminada la comida, nos disponíamos a volver a cambiarnos y encarar nuestra última noche en Pacha, cuando pasamos por la puerta del segundo bar, a menos de cinco metros. Al rato ya estábamos nuevamente sentados, charlando con tres personas al mismo tiempo y nuevos chupitos en la mano. En este bar conocimos a un profesor de golf, a un fanático del Barça que relataba los goles de Messi y a una amiga de mi tía que, cada vez que iba al baño, no tenía problema en hacer pis con la puerta abierta para no perderse las conversaciones.
Los isleños se cuidan entre ellos. Frente a la “malaria” en la baja temporada, están para apoyarse los unos a los otros. Ellos comulgan con un estilo de vida muy diferente al de las grandes ciudades. De nuestras charlas en el triángulo me llevé una frase muy simple y representativa del estilo de vida ibizenc: “Ibiza no tiene nada que ver con nada. Aquí estás en Ibiza, y con eso basta”.

Un poco de historia

Más allá de la noche, la fiesta, y las playas, en Ibiza también hay lugar para la cultura. En el centro histórico se encuentran las murallas de Dalt Vila de Eivissa. Este recinto, proclamado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999, es una visita obligada para cualquier turista. En nuestro caso, siempre lo visitábamos de noche y era nuestro paseo preferido antes de ir de marcha.
Sus calles iluminadas de manera tenue hacen del complejo un lugar místico. El puerto que lo rodea es maravilloso y hospeda a los más lujosos barcos de la isla.  Además, la zona está llena de de coloridos bares de chupitos… ni siquiera en la parte más solemne descansa Ibiza.

La despedida
Como era de esperar, los lagrimones aparecieron mientras volvíamos al aeropuerto. Mi tía estaba emocionada de haber compartido un tiempo con su sobrina ya crecida, y yo feliz de haberme reencontrado con una tía que enriqueció mi forma de pensar.
La isla nos hizo vivir experiencias nuevas, distintas. Nos abrió la cabeza conocer a sus protagonistas, charlar y reír con ellos. Y nos sorprendió observar a los turistas y ver cómo se mueven al compás del dinero y las adicciones. Creo que aunque sea una vez en la vida, hay que pisar esta isla.

 

Para contactar a la autora: julisanz02@yahoo.com.ar

 

Nota publicada en revista Lugares 199.