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Cuento mi viaje: volver a Armenia

Recién casados, Julieta y Pablo Sismanian recorrieron el país de sus abuelos, de norte a sur, y se trajeron un “souvenir” muy especial.Si conocés Armenia, contanos qué fue lo que más te gustó.

Autor: Julieta Sismanian.

Armenia es un pequeño gran país, ubicado en el extremo sureste de Europa, al norte de Irán y al este de Turquía. Fue el primero en adoptar el cristianismo como religión de estado y durante los últimos 600 años estuvo bajo dominio turco, persa y ruso. En 1991 recuperó su independencia, si bien ocupa apenas el 10% de su territorio histórico, la misma superficie que la provincia de Misiones. Hay más de 10 millones de descendientes de armenios esparcidos por el mundo.

HACIA EL NORTE

Existen diferentes tipos de viajes, que cambian de acuerdo a la compañía y las expectativas. El nuestro fue un viaje de reencuentro con nuestras raíces. Digo reencuentro porque, tanto Pablo (mi marido) como yo, ya habíamos visitado Armenia. Desde que nos casamos teníamos el deseo de volver. Esta vez nos propusimos parar en diferentes pueblos, en lugar de quedarnos siempre en Yereván, la capital.
Cuando llegamos de madrugada al aeropuerto de Zvartnots nos esperaba un auto con un chofer que nos llevaría hacia el norte del país. Es importante contar con un conductor experimentado, porque muchos de los caminos suelen ser sinuosos y a veces están al borde del precipicio.
La primera parada fue en Horom, donde nos recibió un hermoso amanecer al lado de un lago. Es muy difícil de explicar lo que sentimos cada vez que llegamos a la tierra de nuestros abuelos. A diferencia de lo que nos pasa en otros países, en Armenia no nos sentimos extranjeros. Tenemos la sensación de estar “en casa”.
Uno de los principales atractivos de Horom son sus iglesias. Casi todas tienen, al menos, mil años de antigüedad. En sus jardines se encuentran siempre los jachkar, típicas cruces talladas en la piedra cuyas representaciones tienen hondos significados que expresan cabalmente el arte del pueblo armenio, de carácter cristiano. Aún sin ser demasiado religioso, como yo, hay algo en esas iglesias que te hace sentir en contacto con Dios.
El norte del país deslumbra con sus colinas cubiertas de árboles y flores donde pastan ovejas y corderos. Allí se encuentran ciudades increíbles como Gyumrí, Vanadzor y el imponente lago Seván.
En uno de los recorridos por la región de Dilidjan, Pablo me dijo que había un lugar que tenía que conocer; me advirtió que el camino sería largo y de ripio, pero que valía la pena. No se equivocó. Bajamos del auto, caminamos entre los árboles y, de repente, alcancé a ver un lago con patos blancos y un botecito flotando a lo lejos, rodeado de un bosque de hojas de colores. El lago Barz parece salido de un cuento de hadas.
Antes de llegar a Yereván, paramos en el monasterio de Jor Virap, sobre una colina a los pies del Monte Ararat. Aquí se erige la iglesia Surp Astvatsatsin (Santa Madre de Dios), la cuna del cristianismo en Armenia. En su interior se encuentra el pozo donde el rey Tirídates III mantuvo cautivo a San Gregorio el Iluminador durante 13 años por predicar el cristianismo, a fines del siglo III. Según el mito, el rey sufrió una maldición que lo convirtió en un jabalí salvaje y fue milagrosamente curado por San Gregorio. En señal de agradecimiento, Armenia adoptó el cristianismo como religión oficial.

YEREVÁN, LA CAPITAL
Estuvimos unas dos semanas en Yereván. Nos alojamos en un departamento y hacíamos vida de local: cocinábamos, lavábamos la ropa, hacíamos las compras… uno de nuestros mayores placeres era desayunar con lavash (pan típico armenio, finito como un papel, grande como una toalla) y queso armenio.
En el barrio había un pequeño almacén regenteado por dos señoras mayores que tenían dividida la administración de la mercadería. Algunos productos se le pagaban a una, y el resto a la otra. ¡Nunca acertábamos qué pagarle a quién! Pero ambas se alegraban cada vez que nos veían. Les sorprendía que hubiéramos viajado tanto para estar allí.
Recorrimos la ciudad a pie pero también usábamos el transporte público, que tiene sus curiosidades: los colectivos se llaman “marshutka” (Armenia fue parte de la Unión Soviética durante 70 años y aún se mantienen muchos términos en ruso). Son pequeñas combis donde se paga al bajar, depositando las monedas (muy pocos centavos) en un recipiente que está al lado del conductor. El subte –construido en época soviética– funciona también como refugio antibombas. Para llegar, hay que bajar por unas escaleras mecánicas interminables que van rapidísimo. Afuera, la temperatura puede ser de más de 40°, y ahí abajo siempre hace frío.
La ciudad nos deslumbró. Es una sorpresa ver cómo crece: nuevas avenidas y autopistas, tiendas de las principales marcas internacionales, edificios en construcción por todas partes, centros de recreación... Por las noches, íbamos a la Plaza de la República a ver los shows de aguas danzantes o caminábamos entre los bares y restaurantes llenos de turistas de todo el mundo. Yereván es una moderna capital que al mismo tiempo tiene una historia de 2793 años.

EL RECUERDO
Entre 1915 y 1922 el pueblo armenio fue víctima de lo que se conoce como el primer genocidio del siglo XX, en el cual más de 1.500.000 armenios fueron deportados, torturados y masacrados por el Estado Turco. Uno de los momentos más emotivos que vivimos fue la visita a Dzidzernagapert, el monumento que recuerda a esos mártires en Yereván. Es un lugar muy especial para nosotros y para todos los descendientes de armenios. Está erigido sobre una colina desde donde se observa toda la ciudad y, si el día está claro, también se llega a ver el Monte Ararat. Este último es todo un símbolo que nos recuerda que la lucha por recuperar los territorios históricos aún continúa. Es inexplicable la emoción que sentimos cada vez que estamos allí, y es una visita que sentimos necesaria cuando estamos en nuestra Madre Patria. Dejar una flor delante de la llama eterna, es rendir homenaje a nuestros abuelos que dieron su vida por preservar una de las cosas más preciadas que tiene el hombre: su identidad.

KARABAGH

El momento más importante del viaje fue la llegada a Nagorno Karabagh, donde nos quedamos varios días. Artsaj –su nombre en armenio– es un territorio que hasta 1923 perteneció a Armenia. Luego, por decisión de Stalin, se transformó en parte de Azerbaiján. En 1991, una guerra dio como resultado su independencia, pero también destruyó sus principales ciudades.
El camino que une el sur de Armenia con Artsaj no tiene desperdicio. Cuatro horas entre montañas cubiertas de árboles nos llevaron a su capital, Stepanakert. Ya reconstruida, nos sorprendió con sus restaurantes, plazas y hoteles. Su plaza central, sede del Parlamento y el Gobierno, despierta la admiración hacia un pueblo que ha logrado superar las amenazas y se muestra con orgullo.
El monumento icónico de Artsaj se llama “Somos nuestras montañas”. Es la imagen en piedra de un abuelo y una abuela, aferrados a sus tierras, firmes como sus montes. Simboliza la fuerza y la decisión de sobrevivir. Recién en ese lugar nos dimos cuenta de que estábamos en Karabagh.
Otro capítulo emocionante del viaje vivimos en Gandzasar. Éste es un monasterio construido en el siglo XIII. Pablo lo había visitado siete años atrás y lo había conmovido. Por eso, ahora quería compartirlo conmigo. Cuando entramos a su iglesia, el sacerdote bendijo nuestro reciente matrimonio. Desde ese momento, Gandzasar pasó a ser “nuestro” lugar especial.
También visitamos Shushí, antigua capital de Artsaj (fue el centro cultural del Cáucaso a fines del siglo XIX), que cuenta con una fantástica catedral hecha íntegramente en piedra caliza blanca. En frente, un coro de niños entonaba melodías tradicionales a feligreses y visitantes. Caminamos por sus calles arboladas y vimos cómo están construyendo nuevos edificios y escuelas, con la sensación de que paso a paso está recuperando su historia, acallada por la opresión durante 100 años.
El regreso a casa siempre es difícil…Armenia tiene algo que hace que uno nunca se quiera ir. Siempre nos quedamos con ganas de más. Nos vamos y ya estamos planeando la próxima visita.
Semanas después de llegar a Buenos Aires nos enteramos de que, sin saberlo, habíamos traído el mejor “souvenir” de nuestro viaje: nuestra hija Emma estaba en camino.

 

Para contactarse con el autor de la nota: hokiner@gmail.com

 

Por Julieta Sismanian. Nota publicada en revista Lugares 186.