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De la Puna a los Valles

Llegar a las Salinas Grandes desde San Antonio de los Cobres es la primera meta de este recorrido de altura que sigue el camino del Tren a las Nubes y trepa hasta Susques, en Jujuy. La segunda es bajar por la RP 40 para concluir en Cachi, nuevo polo vitivinícola salteño. Si estuviste en alguno de estos lugares o hiciste parte del recorrido? Contanos tu expeiencia.

Bodega Isasmendi. Autor: Denise Giovaneli

Campo Quijano es el punto preciso donde el apacible Valle de Lerma concluye y el territorio altivo de las montañas comienza a manifestarse. A la mansedumbre de los cultivares de la planicie se antepone la irregularidad de la geografía de la Quebrada del Toro, por la que discurre el río homónimo. Terrenos flojos y lluvias intensas en verano dificultan los planes de andar por acá sin correr riesgos; en una parte del camino se ve cómo la ladera del cerro llega prácticamente a cubrirlo. “Ahí abajo hay un camión enterrado hace dos años; le cayó un alud encima justo cuando pasaba, nunca pudieron sacarlo”. El comentario lo hace Federico Norte, compañero de ruta de LUGARES desde hace 15 años, “el” guía con mayor experiencia para explorar secretos y senderos norteños. “Ahora el camino nuevo que se está haciendo va por el lecho del río”, comenta.

La huella del ferrocarril
Campo Quijano no sólo es un hito geográfico bisagra que le valió el apodo de “Portal de los Andes”. En esta villa que celebra su aniversario a lo grande porque fue fundado un 9 de julio (el de 1921), también descansan los huesos de Richard Fontaine Maury, el ingeniero norteamericano que diseñó el Ramal C-14 del Ferrocarril Belgrano Salta-Socompa.    
Nacido en Filadelfia el 18 de diciembre de 1882, llegó a la Argentina en 1902, cuatro años después de recibirse de ingeniero, contratado para el desarrollo de los ferrocarriles. El gobierno de Don Hipólito impulsaba el proyecto de un ferrocarril que partiera la Argentina, cruzara la cordillera por Huaytiquina y llegara a Antofagasta, en el Pacífico. Maury se entusiasmó y luego de una década de intenso trabajo, un interventor del gobierno golpista de Uriburu lo apartó del proyecto. En la práctica Maury no llegó a ver los últimos resultados de su obra, pero ésta ya había alcanzado los hitos del ramal: los dos zigzags de El Alisal y Chorrillos y el viaducto de La Polvorilla.
Este ingeniero excepcional falleció en Córdoba el 10 de junio de 1950. Su cuerpo estuvo mucho tiempo en la morgue sin que nadie lo reclamara. Por fin, alguien lo reconoció y se dispuso su traslado a Campo Quijano, donde descansa, desde 1957, al pie del monolito, junto a las vías del Tren Trasandino del Norte.
En el zigzag de El Alisal, el tren –de trocha angosta– sube 50 metros. Cerca de la inestable zona de El Candado se ven las vías del Ramal C14; abajo, un pequeño cementerio guarda los restos de los obreros que perecieron durante su construcción. Hasta Puerta de Tastil, el camino sigue el trazado de las vías y flanquea, a su vez, el lecho del río, a través de un paisaje severo, gris pizarra, de cardones.
El segundo zigzag está en Chorrillos, por encima de los dos mil metros. Tres tramos componen el zigzag: por el que llega, por el que retrocede y por el que puede seguir. La altura máxima la alcanza en Abra de Chorrillos (4.475 msnm), un poco más adelante del Viaducto de La Polvorilla, punto final del recorrido del Tren a las Nubes.
Incamayo es un paraje generoso de álamos, por la gracia del río del mismo nombre que baja de la montaña y tributa en la corriente del Toro. Aquí empieza el asfalto, y el cielo, a mostrarse.
Yacoraite es una expresión de colores intensos, capa geológica de final del cretácico que va del norte argentino al sur del Perú.
Poco antes de Ingeniero Maury (área conocida como el Gólgota), sale un camino que en un trekking de cinco horas llega hasta Incahuasi, las ruinas del Sillón del Inca; es uno de los programas que Federico Norte organiza.
En Puerta Tastil se acaba el río Toro. Más adentro están las nacientes del río Rosario, y si se toma el camino de la RP 79 hacia la frontera con Jujuy, antes del paraje de Tres Cruces se puede acceder a la belleza oculta de las lagunas del Toro, reino lacustre a 3.350 metros de altura en cuyo interior flotan unos enormes juncales circulares y nadan zambullidores de pico celeste.
Puerta Tastil es una conclusión de caminos donde río, ferrocarril y ruta se separan. Nosotros seguiremos rumbo a San Antonio de los Cobres por la RN 51, que luego continúa hasta el fronterizo Paso de Sico.
En el horizonte despunta el Nevado de Paño.

El otro Alfarcito
Nada que ver con el Alfarcito jujeño. En éste reina el espíritu del  Padre Sigfrido Moroder, Padre Chifri para los parroquianos, a quien le deben algo más que la enseñanza del catecismo con títeres. Había aprendido a volar en parapente; un día se estrelló y quedó paralítico, pero se recuperó. Fundó un colegio secundario que en marzo de 2010 empezó su actividad y funciona con un eficaz sistema de energía limpia.
El espacio para los artesanos que se abre junto a la iglesia también es logro del Padre Chifri, al que hubo que despedir de este mundo demasiado joven. Está enterrado en la iglesita del pueblo, hoy restaurada. Una lápida de madera resume su corta aunque muy fructífera vida terrenal con su nombre y las dos fechas esenciales: 1965-2011. Por encima de su memoria, se extienden los listones angostos de madera de cardón y caña del cielorraso de este templo dedicado a San Cayetano.

Santa Rosa de Tastil
La razón para detenernos aquí no es la iglesia de fachada de piedra que le pone su nota de color rosado al pueblo, ni el arroyo de aguas someras que le pasa al lado, sino la impresionante área arqueológica que se guarda ahí nomás, a un tranco de pulga del Tastil actual, surgido hace 153 años. Un breve trekking basta para localizar, en lo alto de un cerro, los asombrosos vestigios de una antigua ciudad prehispánica que data de los siglos XIV y XV. El campo cubre 12 hectáreas de piedras reordenadas que, en diversos niveles, delimitan espacios habitacionales, áreas públicas, recintos funerarios, calzadas, etcétera. En 1997 se lo declaró Monumento Histórico Nacional.

Cuesta arriba
Un rebaño de llamas no es tal en el Norte: acá se llama tropa. Las vemos pastorear en una vega, camino al Abra Blanca, la parte más alta del camino, a 4.080 msnm. Enfrente, el Nevado del Acay muestra su soberbia figura. Otro pico nevado: el Qewar, donde los huacaleros encontraron una momia; como tenía hielo alrededor, aplicaron dinamita y le volaron la cabeza. La muerte siempre llama dos veces. 
En Muñano se evidencian las ruinas de la estación del tren. Aquí el asfalto se acaba y lo que sigue son 20 km de ripio que, según Fede Norte, “está previsto que se asfalten”. Atravesamos una zona de volcanes negros: los extintos Negro de Chorrillos y San Gerónimo.
Hasta 1943, la Puna –que era territorio nacional– perteneció a la Gobernación de Los Andes y San Antonio de los Cobres fue la ciudad cabecera. Ese año se dividió la región en tres partes: una para Jujuy (Susques), otra para Salta (Pastos Grandes) y otra para Catamarca (Antofagasta). Toda la Puna abarca 90 mil km2.

La otra puerta de las Salinas Grandes
Antes se iba por la ex RP 40 (ahora RP 79), entrando a Jujuy por Tres Morros. Ahora nuestro guía lo hace por la RP 38 que va a Cobres; llega al paraje de Tipán para meterse a la derecha y llegar, cinco kilómetros mediante, a la planicie de sal.
Nadie a la vista, salvo esos burritos negros con sus aureolas grandes y blancas alrededor de los ojos, hermosos. A la derecha, el Nevado de Chañi; un poco más adelante, una tropa de llamas y después, el silencio eterno de las cruces en el cementerio de Esquina de Guarda.
Pasado el cartel de Tipán, Fede toma un camino que se hace evidente sólo al rato. Sabiduría de baqueano.
El preludio de las salinas es un crujir de cortezas de tierra y sal. Una breve cadena de cerritos invita a ser trepada para otear el salar desde lo alto. Otra es la visión del salar desde acá. El paisaje circundante se muestra cargado de ocres rojizos. Más tarde enfilamos sal adentro, donde la blancura no tan blanca del suelo seco cede con facilidad a nuestras pisadas.
Esta incursión completa el mapa de las Salinas Grandes, 525 km2 que se extienden como una gran lengua en dirección noreste-suroeste entre las provincias de Jujuy y Salta. Aquí el salar se revela prácticamente intocado; es lo opuesto al escenario jujeño, donde se llevan a cabo los trabajos de extracción de la sal, pasan turistas y se asientan puestos de artesanos junto a la ruta. 

Al encuentro de la RN 52
No entraremos en Cobres, ya sumido en sombras. Pueblito de origen jesuítico, declarado Patrimonio Histórico Municipal, Cobres pertenece a La Poma, y es el núcleo urbano más importante en medio de esta inmensidad silenciosa, deshabitada en apariencia.
Sí, en cambio, entramos en Rangel, paraje fantasma de improbable encuentro con algún ser humano. Todo se  reduce a tres unidades de viviendas, la plazoleta “Padre: Leopoldo Lench” y una iglesia con la llave puesta por fuera. Su altar está revestido con azulejos, como si fuera una cocina o un baño.
Un atardecer de gloria precede nuestro viaje rumbo a otras montañas, las que ya en territorio jujeño resguardan la existencia de Susques, a unos 35 km del encuentro de la 38 con el asfalto de la 52. A la derecha, corre en sentido contrario el río de las Burras.
Susques es un punto de comunicación clave de la Puna. Hacia el oeste, la RN 52 lleva al Paso de Jama, la vía directa a San Pedro de Atacama. Hacia el norte, la 40 arrima al rosario de pueblitos del lejano oeste puneño, y hacia el sur, por la misma 40 se llega a San Antonio de los Cobres.
Susques amanece diáfana. Un frío casi de primavera atraviesa la piel en clave de mil agujas heladas e invisibles. No hay tiempo para ir a visitar la iglesia, de 1598, que hasta las dos de la tarde suele permanecer abierta.
Por la RN 40 enfilamos hacia el Viaducto de La Polvorilla. Un caserío junto al camino amerita la foto que testimonia esa unidad asombrosa de adobe y paisaje. Los cursos de agua están congelados y así seguirán hasta los días del deshielo, cuando les toque hacerse rumor urgente sobre el lecho pedregoso. La geografía irregular que nos rodea parece recortada y colocada contra el cielo, violáceo y puro. En la Puna, la atmósfera es una esfera de cristal donde formas, colores y volúmenes parecen potenciarse. Y es, al mismo tiempo, un fatalismo irremediable: no se puede respirar de más porque no hay con qué.
En la camioneta se expande el olor de las hojas de coca y del mate caliente, mientras suena la música del grupo Dead Can Dance. A una distancia incierta, resplandecen las nieves del Qewar.

El descenso
Huancar tiene un mirador bizarro y un vía crucis acorde. Hay ropa colgada y gente desperezada hace rato. Su nombre podría significar duna de arena (de las montañas), a despecho de la redundancia. En la escuela –Eduardo Calsuca N° 5– los chicos están tomando su colación. Después habrá festejo porque hoy es el día del maestro.
Pastos Chicos tiene un cartelazo con la leyenda “La estrella que nace” y a renglón seguido, una larga lista de servicios, incluido Telecon (así, con ene). También en la Escuela N° 195 hay algarabía a lo grande. Los maestros, que son muchos, lucen sombreros sofisticados y coloridos adornos.
El Tuzgle (5.450 msnm) nos precede. En este lado del mundo, la yareta ya cedió terreno a la tola, eficaz combustible vegetal.
Sey es el último pueblo de Jujuy, a 4.001 msnm. Nos adentrarnos en el Cañón del Tuzgle, un paisaje extraño erizado de grandes rocas partidas; es roca de ceniza volcánica compactada y tallada por el agua que, al congelarse, la quiebra en pedazos descomunales.
En la frontera con Salta “finaliza la 40 de los jujeños”, en palabras de Fede Norte. “Lo que sigue –añade– no es la 40 para Salta; de hecho, no está mantenido el tramo siguiente que llega hasta San Antonio de los Cobres. Para los salteños, la ruta NO debe pasar por el viaducto sino que tiene que salir de la 51.” Punto. 
Bordeamos una vega bellísima y seguimos por un camino minero de cornisa, acompañando la bajada de un río ahora inexistente, en lo que es una mina de cobre abandonada.
Aparece la figura inconfundible del viaducto, y allá atrás se vislumbran las alturas del Nevado del Acay (5.716 msnm) y más atrás, las del San Miguel. Ninguno de los dos son volcanes.
El viaducto de la Polvorilla es, qué duda cabe, una obra grandiosa e inverosímil, un triunfo de la ingeniería que excede la compresión de los hombres y que sin embargo se revela empequeñecida en la escala de la Puna, como si un juguete de gigantes fuera. Y dan unas ganas de trepar la solidez de su férrea estructura…

Almuerzo y al Abra del Acay
Transitamos los dominios de la minera Concordia y sus ruinas. La ruta la trazaron sobre un cementerio que quedó partido al medio. Otras ruinas aparecen: las de las termas Pompeya.
Entramos a San Antonio de los Cobres por atrás, es decir por el acceso oeste (RP 51), mucho más interesante que entrar por el este, con tanta vivienda Fonavi a modo de recepción.
La antigua aduana es hoy sede de la FM San Antonio, “cadena de éxitos” (sic).
Almorzamos muy bien en La Esperanza, hospedaje y comedor abiertos hace dos años. Sergio es el dueño, que además trabaja de mozo en el otro hotel de San Antonio; igual que Domingo Puca –Sunday para los amigos–, 20 años sirviendo en la Hostería de las Nubes. Sunday la supo hacer; tiene una súper Ranger 4 x 4 cero kilómetro y un camión con el que sale a vender electrodomésticos por los pueblos.
Camino al Abra del Acay se ven retazos del camino del inca, guanacos, una tropa de vicuñas corriendo en círculo. Una vez arriba, hay que apechugar con el soroche y la furia de todos los vientos, con la que no pudo el mega cartel de vialidad que yace tumbado, cuan grandote es, sobre los 4.985 metros del abra.
Un tramo del camino del inca se une a la ruta (la original ¡y verdadera 40!) que en su descenso descubre panorámicas maravillosas. Nunca visto montañas tan bellas, de las que afloran regueros de colores minerales, entrelazados con una abundancia providencial de pastos como sólo madre Natura sabe componer.
El agua que escurren estas cumbres forma las nacientes del río Calchaquí. A medida que descendemos por el estrecho camino de cornisa, el colorido del paisaje se intensifica. En el horizonte irregular asoma una porción del macizo del Nevado de Cachi.
Hay humo en el paraje El Saladillo. Un lugareño va por el campo transportando fuego, alegoría de Prometeo. Del rebaño de cabra y sus pastoras –Bernarda y su hija Nicolasa– inferimos la posibilidad de comprar queso, y tenemos suerte: nos la trae Samuel la horma, dos kilos por la que pagamos $60. Huele fresco y apetitoso.
Mientras reiniciamos el andar, un rebaño de ovejas nos devuelve lo más parecido a una imagen bíblica, embellecida por la tola seca.
La tarde nos acerca a los pagos de Eulogia Tapia, que en el momento de pasar no la encontramos. Famosa esta coplera a la que Cuchi Leguizamón y el Barba –Carlos– Castilla inmortalizaron en la zamba La Pomeña, tan dulcemente interpretada por Mercedes Sosa. 
En 1930, un terremoto destruyó La Poma original y un alud completó la catástrofe que se cobró la vida de 55 personas. Así nació La Poma nueva, poblado ni fu ni fa que cuenta con los servicios básicos del hospedaje y comedor El Acay.
La Poma vieja quiere repoblarse y es lo que se está impulsando: ya hay cinco familias reubicadas. Más linda que la nueva, guarda un encanto de adobes añosos y callecitas de tierra apisonada. La nota bizarra la da la plazoleta; allí, sobre un pedestal se apoya una especie de querubín sin brazos y dos colas de pez por piernas, todo él pintado de plateado.

Quedarse en Cachi
Quién iba a decirlo: en el supermercado que se instaló en la zona de los barrios más nuevos, se anuncian clases de inglés para atender mejor al turista.
Sergei Marusik es un joven artesano ruso que talla piezas en madera y plata, inspiradas en diseños de la cultura celta; lo hace en un local que está al lado del hotel boutique El Cortijo, joyita de los Valles  propiedad del cirujano plástico Gustavo Bergesi. En el pequeño dominio de Sergei también se exponen y venden piedras pintadas de Susana Teyssier, artesanías en plata de Sandra San Martín que recrean diseños andinos (en especial de la cultura Santa María, afín al área de Cachi) e incluso botellas de tinto Miraluna, el novel vino que elaboran en la bodeguita del complejo de cabañas homónimo, en el paraje La Aguada. Son dos hectáreas de viñedos, la mitad de uva Malbec, ½ hectárea de Merlot y ½ de Tannat.
Claudio Otaegui abrió un hostel justo a la vuelta de la esquina donde tiene su restaurante Viracocha, espacio gourmet de “Cocina de altura”. En un pueblo donde hasta ayer no se podía aspirar más que a las empanadas de queso o de carne, al tamal y a la humita (que también preparan en Viracocha), contar con una propuesta de platos norteños revisitados y aggiornados en sus preceptos, es un bienvenido síntoma de cambio.
Además, a Claudio le cabe el mérito de haber sentado las pautas de la cocina de Catalino, otro espacio gourmet notable. Es el restaurante de El Cortijo, cuya cocina maneja Chela Armoa desde 2009, lugareña inspirada y bien entrenada en el manejo de los fuegos. Acá hay delicias de buena estirpe que se resuelven con estilo, productos provenientes de la finca propia y la sensibilidad de Chela. Una maga.
En Cachi pasan cosas. En las afueras, el suizo Werner Jaisli construyó una serie de enormes estrellas de piedra de trazado perfecto, por mandato de sabios extraterrestres. Lo hizo en un lugar donde convergen ciertas fuerzas cósmicas que posibilitan el contacto con otros seres, al que denominó Campo Esperanza. Él vive allí en un cubículo circular bajo tierra, donde nada más caben su larga figura, una mesita con una silla y el catre donde descansa. Jaisli, que antes se encargaba producir y montar escenografías para conciertos de rock, abandonó esa existencia de vértigo sin tregua y cuando llegó a Cachi decidió anclar en este nuevo polo energético. Los relatos de sus experiencias no tienen desperdicio.
Cachi ya es parada obligada en el recorrido de los Valles Calchaquíes. Micros turísticos, viajeros autosuficientes, mochileros... Las calles del corazón antiguo lucen repintadas, se restauran casas, las esquinas se reaniman con bolichitos de joven gestión y así. Los dos edificios emblemáticos, la iglesia de San José de Cachi y el Museo de Arqueología Don Pío Pablo Díaz, también reflejan en su cuidado aspecto los efectos del cambio. 
En el mencionado hotel boutique del cirujano Vergesi (que antes fue su casa familiar), las reformas están a pleno a partir del rediseño de algunas de sus habitaciones y el proyecto de nuevos servicios, como el de la piscina climatizada y el de la boutique de arte que da al patio.
Apenas recibido, Vergesi se instaló en Cachi y entonces solía recorrer la zona a lomo de burro. Fue médico, partero, todo lo que hizo falta ser. Hoy su mundo privado en Cachi es una reliquia arquitectónica del 1600 próxima a la plaza; esa casa, magníficamente ambientada y rediseñada por dentro, es una de las más antiguas del pueblo, cuyas puertas se abren aún con sus enormes llaves originales.
Hace dos años abrió al público la Bodega Isasmendi, de la finca de Ricardo Isasmendi y Silvia Bonnal. Seis hectáreas de viñedo, sobre todo de uva Malbec, a cargo del salteño Martín Cardoso, y la curaduría del enólogo Jean Paul Bonnal (padre de Silvia) dan como resultado un trío de vinos (dos tintos –Cellarius y Jean Paul Bonnal– y un mistela) que es posible degustar –salvo el JPB– al final del recorrido.
En la galería de la casa hay una foto de época del primer médico que tuvo Cachi, el doctor A. Hoyvaard, que posa con Juan Carlos Dávalos, “el” poeta de Salta. Hoyvaard también fue el primero en escalar el Nevado de Cachi.
De a poco, las viñas van extendiendo su dominio de pámpanos y racimos ubérrimos en la aridez de estos pagos, un fenómeno que inició hace una larga década Payo Durand, pionero de la vitivinicultura cachense.
Cachi da para quedarse.

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Por Rossana Acquasanta. Nota publicada en Revista Lugares 202.