De Monte Dinero a Monte León
Dos estancias y una ciudad en el extremo del continente para encontrarse con paisajes extraordinarios, hospitalidad exquisita y vestigios de los sacrificados pioneros.
EN EL KILÓMETRO 2391 de la ruta 3, un cartel anuncia sucintamente La Lobería 19 km. Quien se decida a recorrerlos comenzará a ver que, de a poco, el paisaje estepario que ha venido acompañándolo va tomando color calizo, el camino empieza a subir y bajar y el relieve a tomar forma de pirámides y grutas, mientras grupos de guanacos cruzan saltando frente al vehículo.
El final del camino tan ameno es un escenario de abrumadora belleza: los acantilados del Parque Nacional Monte León, la playa interminable y la inmensidad del mar que recorren bandadas de cormoranes y alguna ballena fuera de programa.
Se trata del primer parque costero del país, creado hace apenas un año gracias a la intervención de la Fundación Patagonia Land Trust –hoy Conservación Patagónica Argentina– que proveyó los fondos para que en mayo de 2001, la Fundación Vida Silvestre le comprara la estancia a sus dueños y, al año siguiente, la donara a Parques Nacionales.
Darío Trigo, guardaparques, presenta cormoranes roqueros, petreles, pingüinos y lobos costeños quienes, junto a guanacos y zorros esteparios, son los principales protagonistas de un espectáculo que se renueva cada año y recibe al público desde el 10 de diciembre hasta los primeros días de abril.
El Parque debe su nombre a una impresionante roca, versión natural de la esfinge de Tebas, que sin embargo no es la única rareza del lugar: una isla triangular, también acantilada, se enfrenta a la costa. Gracias a su población de cormoranes fue una fabulosa reserva guanera (de guano, deposición animal que fue explotada como combustible) entre 1933 y 1960, como suele ocurrir en estos pagos, a mansalva.
Todavía se ve, en una de sus paredes, la frágil escalera que permitía que los obreros subieran a la superficie. Existió allí –cuenta Darío– una nutrida población de lobos marinos de un pelo, también salvajemente diezmada a mitad del siglo XX. Hoy, en el apostadero de la Cabeza del León, no se cuentan más que 300 animales, pero se supone que irán volviendo lentamente si encuentran alimento en el mar y protección de los visitantes.
Otras especies son más afortunadas: la pingüinera de Monte León ofrece refugio a más de 60 mil aves, que cada año vuelven a buscar su nido. Es posible visitarla con guía.
Con la marea baja aparece una extensa franja de arena que permite ir caminando hasta la isla, o conocer en la costa … “una caverna curiosa en cuya entrada han grabado sus nombres los marinos que visitaron esta bóveda natural: los imito, dejo mis iniciales y a caballo penetro en ella…” , según relata el perito Moreno.
Dada la amplitud de mareas y la velocidad a la que sube el agua, en la bajada a la
playa existen carteles indicando la hora del día en que se producirá la pleamar para poder preverlo, y realizar un recorrido más seguro. Es de lamentar que las condiciones de infraestructura para acampar en el lugar sean prácticamente inexistentes, lo que contrasta con el trato atento y la guía conocedora de Darío y sus colegas. Los visitantes del Parque tienen en la cercana localidad de Piedrabuena un par de pequeños hoteles que pueden brindarles un alojamiento correcto.
HACE MUCHO TIEMPO, las casi 60 mil hectáreas del parque pertenecieron a The Southern Patagonia Sheep Farming Company Limited, firma que en 1920 las vendió a los Braun. Muchos años más tarde esta familia haría lo propio con Vida Silvestre: recién entonces todo el lugar dejaría de funcionar como estancia ovejera.
La vivienda del administrador es actualmente la hostería Estancia Monte León y su atención continúa bajo las atentas y laboriosas manos de Juan Kuriger y Silvia Braun, quien fuera –junto a sus hermanos– propietaria del lugar.
La pequeña casa no admite muchos huéspedes. Tiene tres dormitorios dobles, dos de los cuales forman una suite a la que se puede sumar un estudio anexo. Vino de Irlanda a principios del siglo XX: el exterior es de chapa lisa y está revestida en madera en el interior. Juan, junto a su hijo Federico, ha sido el encargado de restaurarla y mantenerla en óptimas condiciones. Así, entre otras cosas, se conservan sus pisos de madera originales, la liadísima galería del frente, los artefactos de luz.
Todos los detalles se han tenido en cuenta en este lugar, decorado con clase y una elegante sencillez: las sábanas de algodón blanco y los cálidos edredones de pluma, los muebles de estilo, los jabones de glicerina que fabrica Candela, otra de las hijas de Juan.
La cocina y la huerta que la abastece están a cargo de Silvia, que se enorgullece de los sabrosos resultados de su interminable pelea contra el clima de la estepa. Toda la verdura que se come en la casa sale de la parcela cultivada que ella tanto cuida.
La comida de Monte León es casera y refinada, sean las pastas o el cordero con ciruelas y jalea de manzana y menta. El capítulo dulce es digno de mención, desde el flan hasta las incomparables guindas en almíbar, que provienen de un bosquecito de wild cherries, llegados de Inglaterra a las Malvinas y desde allí, a Santa Cruz con los primeros fundadores.
Para la familia (que se dedica en pleno a la atención verdaderamente cordial de los huéspedes) la temporada comienza en noviembre y termina bien entrado el mes de abril. Además del paseo por el Parque Nacional, la estancia propone cabalgatas de todo el día hacia el río Santa Cruz, atravesando cañadones donde ha sido posible divisar pumas. Para la ocasión, Silvia prepara una vianda con el picnic o se prepara un asado en el puesto.
Con el fin del verano, llegan los pescadores en busca de la steelhead, una trucha que se pesca en contados lugares del mundo: el río Santa Cruz, turbio, ancho y caudaloso, es uno de los pocos. Rodrigo Amadeo es, desde hace cinco años, el encargado de organizar las salidas de pesca en las que se han cobrado piezas de hasta nueve kilos. Abril es el mejor mes porque hay poco viento y mejora la temperatura del agua (se pesca vadeando).
Dice Silvia que no hay como la primavera en Monte León, cuando toda la estepa florece y tanto los guindos como los lupinos y la mata verde llenan el aire de perfume. Y hay que creerle.
UNA CIUDAD AL BORDE DE LA RÍA
CUESTA ENCONTRAR en la moderna Río Gallegos rasgos que recuerden su bravío pasado de tierra de pioneros. Sin embargo, –y afortunadamente- aparecen: en medio de cuadras de construcciones anodinas sur–gen, por ejemplo, algunas viejas casas de tablas de madera o chapas de zinc acanaladas, con su galería de vidrios y las características claraboyas. Al final de la costanera, cerca del viejo muelle del Turbio, un pequeño barco carguero de la extinta YCF pasa sus días sobre la playa de piedras. Muy cerca de allí, en el cementerio de locomotoras, se apilan las que arrastraban el carbón desde la mina hasta ese lugar y que, aún en ruinas, son impresionantes (una de ellas ha sido restaurada).
La parroquia catedral Nuestra Señora de Luján sorprende ya que, a pesar de su rango, sigue siendo la sencilla iglesia de la ciudad que dos carpinteros y cuatro indios onas construyeron en 90 días, en 1899, bajo las órdenes de cuatros sacerdotes salesianos.
Es en el Museo de los Pioneros donde se recopila la memoria local: funciona en la que fue primera vivienda familiar de la ciudad, propiedad del primer médico del territorio, Arthur Fenton, que la abandonó después de un año para irse a vivir a Monte Dinero, cuando se casó con Emma McMumm, viuda del dueño de esa estancia.
La casa llegó de Inglaterra en 1890 y sólo trasladarla desde Punta Arenas llevó un año entero: todas las tablas venían numeradas para el armado y con ellas las chapas, los clavos y los ladrillos de la chimenea. Desde 1893 hasta 1897 funcionó como residencia del gobernador Edelmiro Mayer y sede de la Gobernación del Territorio; luego fue abandonada y más tarde, se convirtió en vivienda particular.
En 1989 se transformó en el actual museo que guarda –bien conservados y muy prolijamente expuestos– imágenes y enseres de los antiguos pobladores y aun de los primeros colonos del territorio que llegaron en 1884 desde las islas Malvinas, después de un viaje azaroso, donde no faltaron los naufragios.
Sin embargo, tal vez sea Foto Roil el mejor lugar para conocer el pasado del lugar: fundado por un alemán, Walter Roil, en 1934, hoy es su hijo Juan quien continúa con el negocio familiar. Como fotógrafo social, Walter hizo fotos del pueblo entero pero las más interesantes son las que retratan su vida cotidiana, sus edificios, sus barcos cargados de fardos de lana, la calle principal, una caravana de carretas gigantescas (la foto más vendida) y, claro, la sucursal del banco que asaltó Butch Cassidy.
Dedicado a los trabajos de laboratorio, fotógrafo él mismo, Juan Roil amplió la colección de su padre a través de donaciones y compras de material fotográfico anterior a 1934. Vale la pena darse una vuelta, y llevarse un recuerdo del valeroso pasado santacruceño.
En los alrededores de la ciudad, a 34 km de distancia, está Punta Loyola y allí, el puerto de aguas profundas y la desembocadura de la ría. En la playa cercana espera para siempre el Marjorie Glen, un velero varado en 1911, a raíz del incendio que terminó con su vida marina y cuyo casco, de un color óxido sobrenatural, se recorta sobre el horizonte del cielo patagónico.
El cráter de un volcán inactivo ha dado a Río Gallegos un sitio de paseo de gran belleza: se trata de la laguna Azul, a 60 km hacia el sur, por la ruta 3. Es extrañamente silencioso, está lleno de pájaros y resulta un buen lugar para hacer una caminata hasta el agua. Unos alambrados ayudan al descenso por las laderas empinadas. El paisaje, bello y calmo, vale el esfuerzo.
HACIA EL FIN DE LA TIERRA
EL CAMINO a Monte Dinero es ripioso y llano. Sólo se anima en los últimos 30 km,
cuando se atraviesan algunas lomadas que a duras penas podrían ser calificadas de montes y sin embargo, así las vieron los tripulantes de Magallanes. Bandadas de avutardas, grupitos de choiques (ñandúes), liebres enormes, zorros y hasta un par de flamencos se divisan desde la ruta. Una planta de petróleo y gas, algún que otro pozo y la bella estancia Cóndor –propiedad enorme de los Benetton que se presenta casi como una pequeña aldea entre las lomas– son el preámbulo al cartel que indica el camino a Monte Dinero que ahí nomás surge, apenas cruzando una cresta, con el fondo del Estrecho de Magallanes. Son varios edificios de techo verde y formas diversas, tanto como sus destinos: unos son galpones; otros, las casas de los Fenton, dueños del lugar; otras, residencias para peones y visitantes ocasionales, y otra, la hostería The Big House, que fuera la residencia de Emma y Arthur, los fundadores de la dinastía.
La atención del lugar ya no corre por cuenta de los propietarios, hoy dedicados exclusivamente a la cría de ovejas corino (cruza de corridale y merino) mediante el sistema Soft Rolling Skin. Los visitantes, recibidos por Silvina y Maru, las diligentes anfitrionas, se alojan en la casa grande que se compone de seis habitaciones, cuatro con baño privado y dos que lo comparten, en el primer piso, y que forman una especie de departamento.
En las puertas de los cuartos se lucen aún las pinturas de Emma, con motivos de flores; antiguos naufragios dieron el material de la chimenea del mármol y la mesa principal del comedor. La hostería puede albergar hasta trece huéspedes y sirve una comida casera, con productos del lugar, sencilla y sabrosa. Quien visite Monte Dinero podrá participar de la rutina de una estancia ovejera y ver cómo trabajan los perros en el arreo de los animales y la esquila con tijeras. Pero también tendrá la oportunidad única de llegar al confín continental de la Argentina: el Cabo Vírgenes, atravesando, de paso, un vallecito donde se puede acampar y un cementerio abandonado, cuyas cruces de cemento o madera se hunden en la arena.
Más adelante espera la pingüinera, una de las más grandes del país, habitada por 110 mil parejas de pingüinos de Magallanes, que anidan bajo las raíces de los calafates y matas verdes. Al recorrer los caminos convenientemente señalizados, se ve cruzar a algunos en grupitos, rumbo al mar, mientras otros miran con curiosidad a los visitantes sin moverse del nido. Son lindísimos y muy graciosos. Están allí de septiembre a abril, para anidar y esperar que nazcan los pichones.
Mientras la pingüinera está en actividad también abre Al Fin y al Cabo, la confitería al pie del faro, en el Cabo mismo. Desde allí, es posible tomar algo y ver Punta Dungeness, ya en Chile, donde las aguas del Atlántico se juntan con las del Estrecho de Magallanes, poblado de gigantescas plataformas petroleras.
El faro, que se inauguró en 1904 y cuya luz se puede ver a 44 km de distancia, es el último del continente y está a cargo de jóvenes y amistosos suboficiales de la Armada costumbrados a ver ballenas, delfines y lobos marinos de paso. Es posible subir caminando al Monte Dinero, en cuya cima un hito indica el cambio de dirección de la frontera. Desde allí, frente al Estrecho, en el lado chileno, una estancia parece una réplica de la Argentina y más allá, en la costa, asoma una petrolera. Ambas lucen mínimas, insignificantes menciones de la presencia humana en medio de la inmensidad solitaria del confín.
Agradecemos a la Subsecretaría de Turismo
de la provincia de Santa Cruz y muy especialmente
al señor Diego Mulé.
Por Cristina Viturro
Fotos de Gustavo Schiaffino
Publicado en Revista LUGARES 115. Octubre 2005.
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