Delta renovado
Crece la calidad de los servicios en el gran territorio de agua e innumerables islas que se abre entre la desembocadura del Paraná y el Río de la Plata. He aquí algunas novedades interesantes y mejoras en los clásicos conocidos, para seguir cultivando esas escapadas con sabor a lejanía.
Al vasto Delta del Paraná, uno de los ríos más largos del mundo, le caben algunos títulos para reconocer lo generosa que resultó la Naturaleza con su creación; es el único que no desemboca en el mar y alberga dos secciones de islas declaradas Reserva de Biosfera por la UNESCO. Pero además tiene la particularidad de estar a menos de una hora de la ciudad, ventaja que arrima a muchos turistas en breves recorridos cercanos a la estación fluvial de Tigre.
Del nuevo resurgir dan fe los emprendimientos inmobiliarios de toda suerte; desde la compra y remozado de antiguas casas, quintas y residencias, hasta los proyectos de barrios privados. El anacronismo en los valores de las propiedades desapareció; ahora cotiza alto cualquier ruina de cimientos socavados.
El Delta tiene su magnetismo y la onda expansiva del éxito turístico de Buenos Aires llegó a las islas. A partir de la muy urbanizada I Sección (la que llega al río Paraná sin cruzarlo), perteneciente a la municipalidad de Tigre, hasta la II Sección (a partir del otro lado del Paraná), jurisdicción de San Fernando, cada vez son más las que acusan el efecto de una demanda creciente de extranjeros. Sobre todo sudamericanos y europeos.
Junto con las Cataratas del Iguazú y el glaciar Perito Moreno, el Delta figura en varias guías de viaje (Lonely Planet, Routard) como un destino de la Argentina que no debe soslayarse. En consecuencia, aquí y allá van despuntando nuevos lugarcitos para ir y descubrir de qué se trata ese enorme y cambiante hábitat acuático e insular que alguna vez fue tierra de pioneros.
El grueso de la oferta se concentra, por ahora, en la I Sección, que es la más cercana al continente. Ante la apertura de nuevos establecimientos, los que ya existían y se lo tomaban con mucha calma, no tardaron en reaccionar e hicieron mejoras.
El punto más caliente de este fenómeno lo registra la Estación Fluvial de Tigre, que en el 2000 se mudó a la vieja estación del Ferrocarril Mitre; a ésta la derrumbaron y en su lugar levantaron una nueva, mucho más amplia y agradable que el viejo hangar de chapa donde antes había que ir a tomar las lanchas colectivas que parten hacia las islas. Ahora las frecuencias aumentaron porque, simplemente, son multitudes las que van y vienen.
Beixa Flor
Unos cuantos años juntos y otros tantos de deambular por el mundo llevaban Diego Regnicoli y Mónica Zemborain cuando decidieron anclar sus existencias en esta isla sobre el arroyo Abra Vieja. Más tarde abrieron su casa a amigos y extraños y así nació Beixa Flor: una simpática posada pintada de azul eléctrico que funciona como restaurante y alojamiento, en ese orden.
El lugar se destaca sobre todo por su buena cocina y una onda algo bohemia, dos aspectos que no suelen llevarse bien pero que acá se conjugan perfectamente. De la primera dan fe sus caserísimas pastas. El secreto del sabor, confiesan, está en usar buenos condimentos y hierbas especiales. También preparan tapas mediterráneas y ricos asados, aunque ninguno le disputa el protagonismo a la especialidad de la casa.
Tres habitaciones coloridas y sin lujos, con dos baños compartidos, funcionan en la vieja vivienda de los caseros como complemento del restaurante. El lugar da para pasar un par de días o lo que el cuerpo y alma pidan y el servicio es con pensión completa.
Sobre la playa, un quincho de paja con cortinas blancas que atenúan el reflejo del sol invita al sosiego; perfumado con jazmines, tiene una ambientación cálida con mesas de madera, sillones, una barra de tragos y música suave de fondo. Hay reposeras para entregarse a la vida ociosa y contemplar atardeceres mágicos a orillas del arroyo.
Los anfitriones contribuyen sin esfuerzo a la idea de casa de puertas abiertas: se los puede ver amasando pan en la cocina, escuchando música y recibiendo amigos, sin descuidar la atención de sus huéspedes y comensales, que nunca son más de 20. El lema de no hacer nada, aquí cuesta poco seguirlo.
Bahía Esmeralda
El canal Gobernador Arias corre tan recto como fue proyectado en los planos, con regla y premeditación geométrica. A escasos metros de su confluencia con el río Paraná de las Palmas se encuentra Bahía Esmeralda, un complejo de tres prolijas cabañas de madera y un club house, enmarcados por la exuberancia vegetal del hábitat. El valor agregado de una playita de arena y del hidromasaje al aire libre se suma a las infaltables hamacas paraguayas, que se desparraman en el parque a lo largo de más de 100 metros de cara al río, sombreado de sauces, cipreses y casuarinas.
El emprendimiento es administrado por Inés Concilio y Roberto Josefovic Burger, un matrimonio de expertos navegantes y adoradores de la Naturaleza, quienes concibieron este lugar para albergar a poca gente (como máximo nueve) y mantener así la atmósfera de tranquilidad. Las cabañas, impecables y con un cuidado por los detalles poco habitual en los hospedajes agrestes del delta, tienen deck privado y están equipadas con microondas, frigobar y vajilla. Para los que prefieran comer en el club house, hay un menú que combina platos caseros con otros de carácter centroeuropeo (salchichas tipo alemanas, chucrut), que prepara Roberto haciendo honor a su ascendencia checa.
El estanque construido para las nutrias (rescatadas de la caza indiscriminada de la que son objeto por su cotizada piel) es uno de los gestos conservacionistas de la pareja; otro es la decoración, resuelta con artesanías isleñas.
Al atardecer, el sol se pierde entre los árboles de la ribera estirando su estela dorada sobre el río. Es el momento para un paseo en los kayaks sit on top, a disposición de los huéspedes. En la playa, un rincón íntimo con dos sillas de tela colgantes inspiran para abandonarse a la lectura mientras la arena húmeda refresca los pies. El ruido de las olas es la única inquietud que se registra, tan relajante por otra parte.
Bosque de Bohemia
No es una casa de campo de la República Checa, sino de una propiedad sobre el arroyo Antequera, a sólo una hora de navegación desde Tigre. La rareza de esta hostería, que quiebra los cánones de la típica arquitectura isleña, se explica por su origen: fue construida a mediados de la década del 50 por Isabel y Gerardo Zech, un matrimonio de alemanes afincados en el país. Hacia 2004 la adquirieron dos familias argentinas, los Pombo y los Carbajales y hace apenas tres meses tomaron la posta una de las hijas Pombo, Lucila, y tres amigas universitarias con experiencia en los rubros gastronómico y hotelero.
La casona es pintoresca por donde se la mire. Pintada de amarillo muy pálido, tiene una vejez bien llevada, sin pretensiones, fiel a lo que siempre fue. En la planta alta se reparten siete pulcras habitaciones con nombres de flores y las comodidades indispensables de un hotel sencillo con buen servicio: room service, ropa de cama adecuada, DVD, calefacción, aire acondicionado. Abajo está el restaurante, con cierto aire a esos clubes de pueblo que lucen barra larga con copero, banquetas altas de madera y mesa de pool. Se puede almorzar en el salón cerrado o en las mesas del amplio parque frente al arroyo, entre casuarinas, nogales y cipreses. La carta hace honor a su origen manteniendo especialidades como el goulash con spätzle, junto a platos clásicos, parrilla y menús especiales para chicos.
La nueva dirección le imprimió un aspecto más juvenil a este clásico de toda la vida, como se puede apreciar en el lounge con mesitas bajas y puff blancos y en el parador tipo playero junto a la piscina, donde se sirven tragos, waffles y helados.
Más allá de la piscina se continúa el parque, que va haciéndose más boscoso a medida que uno se deja andar, a través de pequeños puentes de madera, por un extenso sendero hacia el interior de la isla, que abarca varias hectáreas.
La Morada
Sencillez y calidad definen la posada de Graciela Diamante y su marido, Carlos González Cammi, que está sobre el meandroso Arroyo Caraguatá. Hace tres años, este matrimonio convirtió la propiedad de fin de semana en una cálida casa para recibir, sin afectar el estilo de las viviendas isleñas, construidas sobre pilotes. Techo a dos aguas y galería subrayan esa estética tan propia del Delta. Sólo tiene tres habitaciones –una con deck y jacuzzi– y una cuarta fuera de la casa, ubicada en el fondo del parque con vista al monte virgen.
Preservar la atmósfera de intimidad y calma reinantes es la mayor preocupación de Graciela y Carlos; sus huéspedes son sagrados y quienes hasta aquí llegan en busca del descanso, lo encuentran en dosis irrestrictas. En La Morada no se aceptan niños.
El Delta propone hacer vida al aire libre desde que despunta el sol hasta que se esfuma en el horizonte verde; las caminatas son aquí moneda corriente, igual que lo es remar. Quienes nunca se animaron a esta disciplina, sepan que pueden tomar clases en una escuela de remos cercana; de vuelta a la posada, no hay como darse unos buenos remojones en la piscina con hidromasaje.
Lectura en el salón de usos múltiples, juegos de salón y hasta la disponibilidad del Wi Fi en las habitaciones.
La galería es el ámbito para almorzar alguna frugalidad (ensaladas y sándwiches) y festejar el atardecer con abundancia de copetín. Los tragos son responsabilidad de una de las hijas del matrimonio, que acredita título de bartender.
Tierra Firme
Con una propuesta sencilla pero bien lograda, este lugar abrió hace dos años, también sobre el Caraguatá, en una zona poblada de tradicionales quintas con producción de mimbre y frutales.
Tierra Firme es un restaurante y su impulsora, Sol Llabrés, trabajó junto a reconocidos chef locales, como Fenando Trocca. Al regresar del sur, donde vivió seis años, se animó al proyecto propio y creó esta casa de comidas, como prefiere llamarla, en una vivienda típicamente isleña de 1931. La recicló y pintó de turquesa, una tonalidad que no pasa inadvertida para ninguno de los que circulan por el arroyo.
Llabrés ideó un menú acotado, con tres entradas (empanadas, picadas y tablita de achuras), cuatro platos principales de carnes (no deje pasar el pollo al horno de barro con vegetales) y una opción de pastas. Destaca, entre las ensaladas, la de variedades de verdes con escamas de Reggianito y nueces pecán que da el nogal homónimo del parque. Las porciones son generosas y no decepcionan.
El parque tiene suficiente espacio para disfrutar de una comida íntima en cualquiera de sus mesas. Si el clima no ayuda, está el salón cerrado, donde se destacan los muebles originales de la antigua casa.
El restaurante recibe habitués, que llegan en lancha propia desde los barrios cerrados cercanos, como Nordelta y Santa María, además de los que se arriman por recomendación. Abre los sábados y domingos y, si se reserva con tiempo, ofrece pizza a la parrilla los viernes a la noche para grupos reducidos.
El plus es una habitación (una sola) decorada en tonos pasteles, muy romántica, que permite quedarse durante la semana con toda la casa a disposición.
Un Lugar en el Arroyo
He aquí otro buen dato que guarda el arroyo Caraguatá. “Esta casa la construyeron unos vecinos nuestros, con los que pasé mi infancia. Mi familia está vinculada al Delta desde 1868, cuando llegaron de Francia impulsados por el proyecto de Sarmiento para poblar las islas”, cuenta Marta Bourgeois, su dueña. Cuando proyectó volver a vivir al lugar donde había nacido, esta mujer de ojos grandes tuvo la oportunidad de comprar dicha casa, que recicló y decoró con un criterio digno de revista especializada. Preciosa, la residencia –de arquitectura de estilo inglés de la década del 20– es otra de las huellas del pasado señorial y próspero que supo tener el Delta.
Hace diez años que aquí llega todo tipo de público; extranjeros y grupos de empresas, gente que quiere hacer su fiesta de casamiento o celebrar algún aniversario. Incluso los huéspedes de La Morada son invitados a comer aquí si contratan el alojamiento con pensión completa.
No todo es bullicio multitudinario en Un Lugar en el Arroyo. Cuando el reino de Marta Bourgeois se despereza en la más absoluta tranquilidad, es posible acudir a él, previa reserva, para almorzar casi en exclusiva. Marta en persona se aplica a preparar platos simples y cotidianos, a base de parrilla y horno de barro, pastas caseras y una repostería de carácter isleño aprovechando los recursos de la zona.
Arte, jazz y otras hierbas
Los acordes de un viejo blues se escapan del sótano de una casa sobre el río Luján, a sólo 15 minutos de Tigre. El personaje que lo habita, barbudo y delgado, es el artista plástico Max Hoeffner y el sótano, su taller. En su reducto privado recrea escenas de los antros rurales del sur norteamericano de la década del 20, un mundo marginal de bluesingers, mujeres voluptuosas, tabaco y alcohol. Forma sus collages sobre grandes superficies de madera y, a semejanza de Antonio Berni, su mayor referente, usa todo lo que tenga a mano: óleos, telas, chapa, hilos, cartón…
Max lleva la música negra en el alma. Heredó de su padre, Guillermo, la pasión por el blues y el jazz, y posee una de las mayores colecciones privadas de este género. En un cuarto de la casa atesora cerca de siete mil discos, la mitad son de vinilo. Puede clasificar un tema por época, región e influencia. Lo que no puede clasificar es su arte, donde música y pintura se fusionan sin desnaturalizarse. “Yo pinto lo que siento”, desliza. Y en ese mundo interior que se antoja inagotable, aparecen también autos clásicos, cowboys, divas de cine de los 50, trenes…y alguna referencia a los años dorados del country blues, siempre.
Un espacio no menos singular es Villa Mónica, vivero sobre el arroyo Espera donde las frutillas cuelgan de mangas verticales, las berenjenas crecen en macetas con sustrato y las plantas de lechuga hunden sus raíces en los agujeros de un tubo. ¿Y la tierra? No la necesitan. Estos vegetales utilizan el método hidropónico, que permite reemplazar los nutrientes de la tierra por agua mineralizada, sin utilizar químicos y sacando gran provecho del espacio.
La técnica, empleada en Japón y Norteamérica, tentó a Mónica y Arturo Villahermosa, quienes se lanzaron a experimentarla hace cuatro años. En realidad, la hidroponía era la excusa que buscaban para irse a vivir al Delta, ése que los vio enamorarse de adolescentes, cuando sus familias eran vecinas, arroyo Espera de por medio. Espera fue, además, la que tuvieron que sostener hasta que las primeras semillas se transformaran en las plantas robustas que se ven hoy.
Hay berros, tomates, albahaca, ajíes picantes (incluidos el putaparió y uno de color violáceo), naranjas, rúcula, radicheta, ciboulette y otros cultivos más exóticos como la espinaca Tetragona –de origen neozelandés– y un melón de pulpa naranja que los dueños cuidan con el cariño con que se trata a un hijo. Una de las claves para que crezcan bien, explican con rigor científico, es la música clásica que no deja de sonar en el invernáculo.
La forma más íntegra de conocer estos cultivos es someterse a la experiencia y aceptar el almuerzo que se sirve en el parque, donde nunca faltan los vegetales recién cosechados.
En el puerto
Los atractivos del Delta no se agotan río adentro y el siempre concurrido Mercado de Frutos amerita una observación que prescinda de sus evidencias (los productos frescos, muchos muebles de dudosa calidad, artesanías por el estilo) exhibidas en las tres dársenas. Lo más interesante está en los viejos galpones sobre los muelles. En el puesto de la cooperativa Los Mimbreros hay parvas de esta fibra natural auténtica, cultivada en las islas y trabajada por artesanos isleños. La novedad son los locales que sumaron diseño, como La Impronta, un original multiespacio de arte y objetos al estilo de Palermo Soho.
A pocos metros se descubre una perlita, Puerto Orquídea. Es un vivero que, como su nombre lo anticipa, cuenta con una gran exposición de orquídeas con más de mil especies, autóctonas y exóticas, como una tricolor de 27 años oriunda de la isla de Java y otra de Madagascar que evolucionó en simbiosis con una mariposa. Su dueño, Elio Fernández, se dedica hace 30 años a cultivarlas y conoce bien su oficio. Acerca de la fascinación por esta flor, ensaya una reflexión: “tiene que ver con la expectativa de que florezca”. Y tanta espera no tiene precio; muchas de las orquídeas no están a la venta, ya que son parte de su colección privada. Aunque no vaya a comprar, dese una vuelta.
La Becasina
Es una novedad conocida del Delta, pues no es otra que la exclusiva hostería La Pascuala que cambió de dueños y de nombre. La propuesta mantiene en el nivel de su predecesor.
Arroyo Las Cañas. 2° Sección del Delta del Paraná. Tel: 4328-2687. reservas@labecasina.com www.labecasina.com.
Rumbo 90 Lodge & Spa
Es uno de los lugares más exclusivos para alojarse, ubicado sobre el Canal del Este. A cargo de la familia Gezzi, el hotel no para de añadir mejoras e imprimir cambios para que luzca con sofisticación renovada. Ahora hay pavos reales desplegando sus colas multicolores en las áreas parquizadas.
Desde su apertura en 2005, ampliaron cocinas, triplicaron el personal, sumaron un salón de eventos y convenciones, hicieron nueva piscina (ahora climatizada) y renovaron el pequeño spa que ya incluye aparatos de última generación.
Canal del Este. Tel: 15-5843-9454. bookings@rumbo90.com.ar.
www.rumbo90.com.ar.
Hostería Los Pecanes
La propiedad de Richard y Ana Baert está en plan de crecimiento. Sumaron una habitación con baño privado en la casa, y atrás en el parque, después de la línea de nogales de nueces pecán, están completando la obra de construcción de tres espaciosas cabañas, refugios pensados para los que quieran despertar mirando correr el Felicaria en plan más privado.
Nuevos son también los programas de birdwatching y safaris fotográficos en las islas que arma Matías, hijo de Ana, guía excelente.
Arroyo Felicaria y Canal Luciano. 2° Sección. Tel: 4728-1932. Cel: 15-6942-7830. www.hosterialospecanes.com
Por Cintia Colangelo y Julia Caprara
Fotos de Valeria Bellusci y Fernando Gutiérrez
Publicado en Revista LUGARES 143. Marzo 2008.
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