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Desafío en las Sierras de Tandil

Un fin de semana largo bastó para demostrar la validez de este enclave preferido por los porteños a la hora de huir de la ciudad, para pasarla bien con niños de todas las edades, desde los 2 hasta los 11 años.

Vista desde el Valle del Picapedrero.

Todo comenzó con la idea de compartir unos días en familia y con amigos, en algún lugar cercano, con pocas horas-auto. Buscábamos paisajes diferentes, servicios de calidad y además, satisfacer las necesidades de un grupo heterogéneo con niños que recién empezaban a caminar y otros que entraban en la conflictiva adolescencia.

Fue entonces que, mirando el mapa, todos coincidimos en el sureste de la provincia de Buenos Aires: ¡Tandil!, dijimos casi a coro.

Pocas semanas después, rumbeábamos hacia allá. Sumamos además a Valeria, la fotógrafa y a su hijo Lucas –Lolo (5 años)– para disponer de mejores testimonios fotográficos de nuestra experiencia.

Así, un jueves por la tarde, después de cumplir con colegios y deberes del día, salimos a la ruta. Tomamos la Autovía 2, como quien va a la costa. Lo recomiendo, aunque sea un poco más largo que la RN 3, pues al cabo de tres horas y minutos, empalmamos en Las Armas con la RP 74, con dirección a Ayacucho. El último tramo no tiene ningún tipo de servicios y en total logramos un promedio de cinco horas para cubrir 500 km (en la otra versión son 360 km), pero nos pareció la más segura.

Era de noche cuando llegamos a la comodidad de las cabañas de la Posada El Molino, ubicadas en las afueras de la ciudad, pero a sólo 10 minutos del centro urbano. Se trata de un complejo ideal para familias que buscan el encanto de la madera y la vista serrana, en un extenso parque con juegos infantiles, perfecta excusa para proponerles a los chicos que salgan a jugar afuera. Ni hablar de la hora del baño, cuando después de cada jornada se zambullían en las burbujeantes aguas del hidro de la bañadera. Y los abundantes desayunos, con tortas que nunca se repiten y panecillos frescos. Ubicadas sobre la avenida Don Bosco, que corre paralela a las sierras, resultaron practiquísimas pues están a pasos del Valle del Picapedrero, la Reserva Natural Sierra del Tigre y el golf de Valle Escondido, que visitaríamos en los días venideros.

Hallazgo Gourmet


Esa primera noche, y con mucho apetito a cuestas, dejamos los bolsos y partimos raudos a Trauun, el restaurante de Daniel Eleno. Si bien el dato había llegado a la redacción, no habíamos tenido oportunidad de conocerlo y lo cierto es que fue todo un hallazgo. Trauun –no confundir con el vocablo Traum en alemán, éste significa gente reunida en idioma mapuche– es uno de los preferidos gourmet por los locales. Sobre la calle Fuerte Independencia, una cortada cerca del parque homónimo, a metros de la Av. Avellaneda, la casona elegida por Eleno no está ubicada en un barrio convencional de la ciudad. Tampoco lo es la propuesta de cocina, del todo ajena a los quesos, salames, picadas y/o parrilla. Sin embargo a los tandilenses parece caerles bien este sitio, cuyo plato más recomendado es el cochinillo. Probamos un pastel de cerdo con puré de papás y batatas, riquísimo. Lo mismo que las bruschettas de la entrada y el goulash.

Eleno da clases de cocina allí mismo, tiene un programa en el cable local y en su curriculum figura haber trabajado durante muchos años, hasta el cierre, en el restaurante Grünwald de Cariló, (aquel que tenía las ovejitas en el techo). Su gusto por la comida germana sigue vigente, aggiornado en este salón colorido, donde las porciones son abundantes y los precios accesibles.

Al día siguiente, la luz del sol nos permitió descubrir la envergadura que ha cobrado la ciudad de Tandil. Ya superaron los 130 mil habitantes, y es uno de los destinos que más migración interna –especialmente de la ciudad y otras localidades de la provincia de Buenos Aires– ha recibido en los últimos años. Hay barrios que crecen como la Villa del Lago y countries pujantes frente al Golf Club. Una mera vuelta nos alcanzó para darnos cuenta de que precisábamos un mapa. En la Dirección de Turismo, sobre calle Espora, entregan uno muy completo junto a la lista de establecimientos y servicios más relevantes.

El Centinela

Nos pusimos en marcha. Juntamos hijos y petates y rumbeamos hasta el centro para comenzar nuestro itinerario, largamente planeado de antemano. Salimos hacia el Lago del Fuerte en busca del Cerro Centinela, emprendimiento de visita imprescindible que funciona desde hace más de una década. Luis Cerone y su mujer Susana Blanc le dieron sentido al enorme predio que reúne muchas actividades, desde una aerosilla, la única de la provincia, cabalgatas, desafíos en el bosque, juegos y campos de cultivos. Su propuesta gastronómica –que incluye deliciosas picadas y suculentos asados con verduras grilladas– no se queda atrás y a la hora de comer, su parador es es uno de los mejores sitios para combinar una rica comida con una generosa vista a las sierras.

Apenas llegamos, nos recibió Claudio, el gentil guía a cargo, quien nos llevó hacia la aerosilla para mostrarnos el recorrido de las 48 sillas dobles que se deslizan por reforzados cables. Su trazado recorre en nueve minutos el cerro de un extremo a otro, y al final, arriba a una confitería y un mirador, desde donde pega la vuelta. Allí, Claudio, nos tentó para volver por el bosque y hacer el Circuito del Aventurero, una suerte de carrera de obstáculos comprendida por 12 desafíos o pruebas, de las que el grupo, por motivos de tiempo y edad, decidió hacer sólo cinco.

Integrado por mi hijo Félix (2 años), Lolo (de 5), mi sobrina Carola (11 años) y sus amigos tandilenses por opción, los hermanos Francisco ( 9) y Delfina (11), y sus respectivos progenitores, hicimos todo tipo de destrezas y ridiculeces para lograr los objetivos, o bien para zafar, en el caso de los mayorcitos: subimos por un puente de dos sogas, anduvimos en cuatro patas por redes elásticas, nos dejamos caer y todos, desde Félix hasta el más grande de los adultos, nos divertimos como locos. Seguimos por el bosque de pinos y tomamos agua de manantial para aplacar la sed de tanta adrenalina.

En un momento, hicimos otro alto para cruzar en tirolesa un tramo del bosque. Diferente de las conocidas, ésta tiene un asiento en T que cuelga de una polea, y resultó súper entretenida. Del otro lado del pinar, y a los pocos minutos de andar, una red cruzaba un riacho al que llaman Laguna del Zorrino: es como una cama por la que hay que pasar sentado y en un momento inesperado, los que ya pasaron, sacuden la red y uno salta y salta, usando sus manos como garras para no caerse. Por último, un sube y baja, otra red, esta vez vertical y empinada. ¡Toda una aventura!. Luego recorrimos los campos de lavanda y especias, y comprobamos que todo lo que se consume en El Centinela es producido allí mismo. En silencio, fuimos cayendo en el parador, para tomar un riquísimo té con tortas y tostados.

Casi extenuados, partimos hacia las cabañas para ducharnos. Al equipo le quedaba poca energía así que enseguida salimos a comer en caravana. El plan era celebrar comiendo rico, pero no era tarea fácil encontrar un restaurante que albergara tanta gente en una mesa. Amigos locales nos llevaron por el circuito vernáculo, que incluyó primero El Trébol, sobre calle 14 de julio y Mitre, una parrilla tradicional y repleta de gente, la típica Taberna Manolo –ahora sobre Av. Alvear, con local más moderno y a pasos del paseo del Lago–, sin suerte. Los chicos pedían pista para aterrizar entre las sábanas y felizmente logramos un lugar en El Estribo. Clásico si los hay, la comida estuvo impecable, con platos abundantes como para compartir. 

La Movediza

“¿Es de juguete?”, preguntaron los niños asombrados por esa roca que no tiene el mismo color que las otras y a la que llegan peregrinos de todas partes. Antes de encarar el paseo del sábado por la mañana, les contamos a los más grandes qué significó la famosa Piedra Movediza: un enorme bloque de granito (una mole de casi 400 toneladas) que permaneció durante mucho tiempo en llamativo equilibrio sobre otra roca, como un péndulo, hasta que se cayó en 1912. Hace 96 años, un lapso inconmensurable en la mente de nuestro menudo auditorio. Pero que igual no importa, porque los tandilenses no soportaron más su ausencia y el año pasado la reinventaron, gran ceremonia mediante (ver LUGARES 134), instalando una suplente de igual tamaño en lo que ahora es el Paseo Parque Lítico La Movediza, un lugar a la altura de la expectativas de quienes nunca dejaron de visitar el santuario rocoso.

Al pie del cerro hay confitería y restaurante, estacionamiento sobre la calle y un artesano que talla piedra; encontrará además algún que otro símil de la Movediza para llevar de souvenir. Pero sépalo: para hacer cumbre hay que trepar mucho (una subida empinada con más de un centenar de escalones de granito). No es recomendable para quienes sufren de vértigo ni para niños muy pequeños. Sin embargo, la vista de la ciudad desde allí es realmente imperdible.

De regreso a la ciudad, y antes de decidir el almuerzo, hicimos uno de los paseos más típicos: encaramos hacia el sur y salimos en busca de la Av. Rivadavia y su cruce con Av. Avellaneda para cruzar al Parque Independencia, célebre por su castillo morisco, donado para el centenario de la ciudad por la colectividad española, mientras que la italiana hizo lo propio con el portal de ingreso al parque. Mientras los críos jugaban a que eran príncipes y princesas raptadas por algún ogro, nosotros no parábamos de sacar fotos, parecíamos turistas japoneses. Luego dimos una vuelta alrededor del Lago del Fuerte, gran circuito aeróbico de los locales. Tiene juegos y de noche es muy pintoresco cuando se encienden las luces de las paredes del dique y se reflejan sobre el espejo de agua.

Valle del Picapedrero


Luego de un almuerzo frugal (léase opípara picada bien inscripta en la mejor tradición local), salimos hacia la Av. Don Bosco para encontrarnos con la visita guiada al Valle del Picapedrero. Se trata de un emprendimiento que comenzó en 2001 con las caminatas educativas a cargo de la profesora de geografía Ana María Meineri, una tandilense simpatiquísima y conocedora como pocas de las sierras de Tandilia y su historia. Fascinada por la actividad de los picapedreros españoles e italianos que dieron forma a los adoquines y cordones que aún hoy se ven en Buenos Aires, Ana María recibe a los viajeros y se encarga de explicar cómo mutó la explotación del granito que se realizaba a mano en los cerros Aurora, del Águila y Los Corrales, a la ruidosa explosión de la actualidad, que deja grandes heridas a la vista en la piedra desnuda de las canteras activas.

Como sea, la actividad siempre fue emblemática de estos parajes y forma parte de la cultura y el pasado tandilense. Los paredones desnudos del cerro Aurora nos invitan a conocerlos activamente, acompañados por Florencia, nuestra instructora. Comenzamos por un laberinto natural formado por antiguos caminos y atajos utilizados por los trabajadores de la piedra. Un recorrido que sube y baja laderas labradas por esa explotación, que muestran el frente del cerro como una pista ideal para las actividades como rappel, escalada y puente de cuerdas o tirolesa, desde donde los más grandes se tiraron sin miedo. Recomendada para novatos, ya que las sogas no superan los cinco metros del piso, Florencia nos indicó, uno por uno, cómo sujetarse y revisó también que el equipo estuviera en condiciones.

Época de Quesos, cabalgata y final

Dejamos el último día para acercarnos a ese reducto tan característico llamado Época de Quesos, donde nos esperaba la gentil Teresita Inza. Ella es la mentora de este encantador lugar, que es uno de los más visitados de Tandil. Sobre la esquina histórica y sin ochava de 14 julio y San Martín, en pleno centro, en su almacén y comedor se sirven en tablas o venden al peso los mejores quesos, embutidos y chacinados locales.

Las instalaciones conservan el espíritu de antaño, cuando Ramón Santamarina –gran impulsor y estanciero local– fundó el primer servicio de carretas a Buenos Aires, y en ese lugar, estableció su primer posta.

Nos ubicamos en el patio, los niños fascinados corrían de un lado al otro bajo las parras.
Por la tarde, parte del grupo partiría. Unos de regreso a Buenos Aires, y otros a una cabalgata inolvidable por la Reserva Natural Sierra del Tigre, a cargo de uno de los guías más recomendados del lugar, Gabriel Barletta.

Cruzamos la tranquera y estacionamos a unos 50 metros. El aire olía a fardos y rollos desmadejados. Una veintena de pingos pastaban plácidamente en el adiós de una larga siesta. De una gran camioneta bajó alguien, también de gran tamaño. Un corpulento gaucho, con risa bonachona, y un ayudante amigable.

Arreó la caballada cerca de un alambrado y nos preguntó quién sabia montar, para designar los caballos entre los participantes. Con experimentado acierto repartió uno por uno los diez animales elegidos. Sin más miramientos, designó qué tipo de montura llevaría cada uno: chilena, recados, peruana, etc.

Es importante destacar la organización prolija y diligente del guía y sus ayudantes. Mientras recorríamos el camino a la Reserva Natural Sierra del Tigre, Gabriel nos explicaba las bondades de la flora del lugar, intercambiamos chistes e historias que fueron haciendo amena la narración. Al paso, nos cruzamos con ejemplares de ñandúes en corrales, gallinetas y dos pumas enjaulados, en la entrada a la Reserva. Ya en lo alto, el sol se aproximaba al ocaso, el paisaje se cubría de texturas y percibíamos los aromas de tantos yuyos aromáticos. La fauna salvaje no tardó en dejarse ver: a la vera del camino, mulas y burros se acercaban tranquilamente. Tiempo después, ciervos axis a la distancia, pastando con recelo. Dorados y rojos teñían las sierras, mientras las llamas rondaban las inmediaciones. La noche apenas asomaba, y a Félix se le dio por tratar de contar las estrellas. Lolo salió al galope, previa autorización de su madre. Francisco, por su parte, vencía su temor a los caballos y logró sentirse un jinete más.

Llegamos hasta una mina abandonada, Gabriel nos mostró el camino por el que alguna vez pasaron los aborígenes. Y así, durante dos horas y media, entre enseñanzas y buenos momentos, regresamos hacia el punto de partida. Bajo un cielo increíble, se organizó un fogón con mate y guitarreada, donde el anfitrión con su prosa gauchesca interpretó varios temas, entre ellos, y para deleite de los pequeñines, La Gallina Turuleca.

Un broche más que feliz para un fin de semana glorioso.



Por Julia Caprara
Fotos de Valeria Bellusci


Publicado en Revista LUGARES 146. Junio 2008.