El oeste mapuche
De Villa Pehuenia en Neuquén a los chilenos Parques Nacionales Conguillío y Tolhuaca por Paso Tromen, y regreso por Paso Icalma con parada en el lago Pulmarí. Un largo circuito transcordillerano de lagos, volcanes que todavía resoplan y araucarias que cumplen milenios.
El viento en las araucarias imita el sonido del agua que fluye. Oírlo provoca una sensación muy especial, tanto como lo es el paisaje mismo de las araucarias. El tronco alto y recto, capaz de alcanzar los 50 metros y redondear una cintura de dos metros de diámetro; la copa piramidal pero no aguda, con sus ramas horizontales extendidas como brazos; las hojas coriáceas e imbricadas unas con otras como escamas, de oscuro color verde. Y los frutos. Esas grandes piñas capaces de contener hasta 200 semillas de 3,5 a 4,5 cm de largo, piñones mayúsculos sobre los que pivotó la alimentación de los mapuches.
Cómo no iban a considerarlo un árbol sagrado y honrarlo con ritos de agradecimientos, si podía trascenderlos prácticamente en 80 generaciones, a las que además había sustentado. Se puede desconocer esta faceta cultural de la araucaria, y aún así, basta verla en el paisaje que la contiene para darse cuenta de que es una representación viva de la eternidad. Dos mil años son muchos en términos de nuestra propia duración.
Camino al Aluminé
Desde la ciudad de Neuquén hasta Zapala es una recta de 170 km que traza la RP 22. Pero antes de poner rumbo al oeste, el equipo de LUGARES había hecho base en la capital neuquina, instalado en céntrico el Hotel del Comahue. El objetivo de visitar las bodegas de San Patricio del Chañar fue cumplido con la comodidad de traslado que implicó el ir y venir de la mini ruta del vino a la ciudad y viceversa. El wine bar Viento Sur de ese hotel, sirvió, dicho sea de paso, para constatar que las enologías de Neuquén tienen preponderancia sobre las del resto del país. Es un punto de encuentro clave que hierve de público al atardecer y quien más quien menos, se anota a la tertulia copa de tinto mediante.
Zapala es un punto bisagra. Conforme el oeste se aproxima, aparecen los hilos de agua, el terreno se va poniendo escabroso, hay un despunte de pehuenes en las inmediaciones de Primeros Pinos. Aquí hay que despedirse del asfalto; los 60 km que restan para llegar a destino son de puro ripio.
Pehuen es araucaria en mapuche. Su presencia es errática todavía. Se pierde, vuelve, se pierde. Vuelve y son multitud. Trepamos. Ellas también. En el fondo de la hondonada, el agua zigzaguea; un hombre a caballo y su perro, infaltable, arrean un piño de ovejas. Se ve una tranquera, la casa del otro lado, el ganado que ramonea y dormita en la lomada.
A orillas del lago Aluminé, Villa Pehuenia es la primera escala. Y nuestra morada, una hostería que le hace honor a su nombre.
La Escondida
Es el refugio al que todo viajero anhela llegar. Guardada en un secreto de frondas y rocas, apoyada contra la ladera del terreno abrupto, la hostería mira de frente al lago amplio, azul y extrañamente renegrido. Primero fue la casa de veraneo de sus dueños, Graciela Azcazurri –artista plástica neuquina– y Alejandro Villar, médico nefrólogo, quienes optaron por convertirla en hospedaje de lujo para hacer buena vida en las afueras de la villa.
Tiene ocho habitaciones: seis en la hostería, con deck propio frente al Aluminé y acceso directo a la playa y dos en el bosque; la mitad, en suite y la otra mitad, standard, es decir que son un poco más pequeñas. Cada una tiene el nombre propio de figuras vinculadas a las artes y las letras: Picasso, Lola Mora, Benedetti, Neruda... Estos ámbitos, amplios y luminosos, están invadidos por la presencia relajante del lago, la costa pedregosa, los árboles, la atmósfera pura. Es un escondite de placidez, de equilibrio estético y belleza natural.
A cargo de la hostería están Cristina Taubenschlag y Marcelo García Leyenda, joven pareja que piensa echar raíces para largo en estos pagos. A Cristina, por ejemplo, la llena de orgullo que su pequeño Manuel vaya a un jardín de infantes donde todos, o casi, son niños mapuches.
Antes de llegar a la villa (hacer dos años y medio), ambos habían trabajado en Valdés, en el Hotel del Faro de Punta Delgada; Cristina estudió hotelería con el actual gerente general del Hyatt de Mendoza, Carl Emberson, cuando a principios de los 90 daba clases de hotelería y cocina en Las Leñas. También aprobó para sommelier y se ocupa en persona de los vinos que se proponen en el restaurante; su apuesta fuerte es para los neuquinos y no se equivoca.
El resto de la gestión (administrativa, atención de proveedores, etcétera) está en manos de Marcelo.
Los aún más jóvenes Gustavo Monti y Mariana Plaza, felices veinteañeros egresados de la escuela de gastronomía Capacitas, de Neuquén, se reparten, a su vez, las áreas de la cocina: él a lo salado y ella en los dulces.
La mesa es un capítulo especialmente delicioso, que no sólo convoca a los huéspedes de la hostería.
La Escondida está a 12 km del Batea Mahuida, un paseo que demora más de lo que esa distancia supone. En el camino, un bosque de araucarias que parece de cuento obliga a detenerse y a distraerse largo entre esos fabulosos árboles; caminar sin pisotear sobre el manto de ramas y hojas secas, descubrir cuál da flor y cuál piña y comprobar que hay parejas muy unidas, con las ramas enredándose.
Las Pehuenias
La costa del Aluminé es escarpada e irregular, muy irregular, con bahías y penínsulas que ningún camino vincula. Esta circunstancia geográfica condicionó el esquema de la villa, que se fue haciendo según sucedieron los loteos. Es todo lo contrario del modelo San Martín de los Andes, por ejemplo, urbe definida en un trazado de calles en damero.
Del primer loteo que se hizo a finales de los 80 –sede de Pehuenia 1– al segundo, pasaron años. Pero fue con esta Pehuenia 2 que estalló la demografía a orillas del Aluminé; hubo que buscar dónde expandirse y así comenzó a ocuparse Pehuenia 3.
En las 2 y 3 se concentra el grueso de la oferta turística y los servicios, que no eluden ni locutorio ni lavadero automático. Luz eléctrica, sí por supuesto, y además antena para celulares. Hasta el shopping del souvenir ya no es novedad pero es muy exitoso y se apoya, obviamente, en el pehuen. En la actual Villa Pehuenia, el fruto de la araucaria trascendió su rol histórico de ser alimento básico y símbolo de tal (como el pan en el mundo cristiano, como el arroz en los muchos universos orientales) para convertirse en licor e incluso alfajor, la escarapela de los dulces argentinos.
Otro emblema al que echan mano los llegados a los nuevos asentamientos urbanos de la geografía argentina (inspirados posiblemente por Bariloche y su correlato helvético), es el chocolate. La villa tiene el propio, para orgullo de quien lo hace y la dicha de los que lo consumen. Hay que ir hasta lo de Gerardo Rafic, donde funciona un local que es chocolatería, boutique de artesanías patrias y casa de té, para probarlo. Gerardo lo vende pero quien lo elabora es Patricia, su mujer –la flaca, dice él–, una rigurosa artesana que sólo trabaja con materias primas procedentes de Esmeralda (Ecuador) y el norte de Venezuela. El local fue abierto al público en Semana Santa de 2005. Para esta temporada proyectaban inaugurar un wine bar en el sótano, meta que quizás ya hayan alcanzado.
El entorno de la villa
La caminata al mirador no tiene desperdicio y una vez en lo alto, bastará mirar hacia la costa norte del Aluminé para resolver el enigma de las tres Pehuenias. Por el sur, los cerros Batea Mahuida y Picudo sobresalen en el paisaje andino. El resto lo ponen el verdor concentrado de las araucarias, los arbustos abriéndose paso entre las piedras, y encima de todas las cosas, la transparencia del cielo azul.
Si es de los que caminan y no los detiene ni el cansancio, apechugue con el exigido trekking al cráter del Batea. La ascensión también la puede hacer en vehículo, la variable más cómoda y rápida. Arriba espera la visión de una grandiosa laguna de altura, y a la izquierda, la de los lagos Moquehue y Aluminé, unidos por una angostura. Las montañas circundantes muestran la soberbia cónica de los volcanes Lanín y el chileno Villarrica. El suelo que aquí se pisa es pura lava volcánica molida, severísimo; pero la terquedad del vegetal obra esos milagros de plantitas minúsculas con flores preciosas de intensos colores que aquí y allá aparecen a no más de un palmo del pedregullo. Sin embargo es en los zanjones, donde el agua se desliza aún a fines del verano, que se esconden verdaderos jardines.
En la base del Batea Mahuida funciona el Parque de Nieve de la Agrupación Puel Calfuqueo, a cargo de Manuel Calfuqueo, segundo jefe de la comunidad mapuche. El parque tiene su centro administrativo y el gran comedor. Sobre el significado de Calfuqueo hay dos versiones: según una, es lugar sagrado; según la otra, donde hubo azul. Pero a Manuel más le preocupa que su gente no subestime los valores de la cultura mapuche y al mismo tiempo aprenda a convivir con el nuevo mundo que le toca. En la zona, casi 15 mil hectáreas son de la comunidad y dentro de este territorio está el Batea Mahuida con su nieve en invierno, que aprendieron a autogestionar y al que Manuel ve con proyección de futuro. El parque es una válida opción para familias amateurs en materia de esquí, o que tienen su primer contacto con la nieve y la montaña.
Daniel Puel es enfermero y trabaja en el Centro de Salud. Pero su corazoncito está puesto en los caballos y organiza cabalgatas. El esquema básico de Daniel es de salidas de una hora y media a cinco y los circuitos, al margen de las variantes que pueden contemplarse según las expectativas de los interesados, concluyen todos en el Batea Mahuida. Daniel empezó con esta actividad en octubre de 2004 y hoy ya cuenta con una tropilla de doce animales. Con él trabajan sus hermanos, Antonio y Cristian, y María (su mujer) es quien se ocupa de administrar.
Misterix
Desde el deck de La Escondida se lo suele ver pasar; el velamen como ala de mariposa, su blancura bajo el sol de la mañana, o en el contraluz vespertino del lago. Nadie que lo contemple puede reprimir el deseo de estar ahí, salvo por una cuestión de fobias al agua. Y no es el caso de LUGARES. Marcelo Leyenda se ocupa de hacer los contactos y a la primera disponibilidad que surge, el equipo aborda el velero Misterix. Qué buen programa.
Desde el agua, el mapa mental de Villa Pehuenia se completa y se hace aun más claro. La embarcación pasa por la Península de los Coihues, sede de la mayor parte de los complejos hoteleros; le siguen las casas particulares de segunda residencia, es decir las de quienes se vienen de vacaciones. Y como punto final, en la punta de la península, aparece un bosque de coihues.
El paseo dura cuatro horas, un tiempo que se desliza serenamente sobre las aguas de este lago profundo y manso. De superficie, son 52 km2 y hacia abajo llega hasta los 240 metros. Como dato comparativo, apunte: el Moquehue abarca 26 km2, es más encajonado que el Aluminé y con 12 cm más de altura, y tributa a ese lago, al que alimentan el arroyo Chaní y el río Litrán.
La puesta de sol se augura magnífica y se celebra con generosa picada, vino y pocas palabras. Quién quiere charla en estas circunstancias de aguas dulces que el atardecer espesa y dora, el viento se distrae entre las velas, la noche clara se llena de luna.
A Chile por Tromen
Desde Villa Pehuenia, el sentido común indica entrar al país vecino por el Paso Icalma, a meros cinco kilómetros. Pero hacia el sur, el camino a Junín de los Andes, que va siguiendo el curso del río Aluminé, es absolutamente espectacular. No obstante el ripio extremo, de vez en cuando aparece un tramo asfaltado.
Prevea mediodía con picnic a la vera del Malleo, que discurre a metros de la ruta. Rumbo al oeste, el trayecto –preciosísimo– aumenta en atractivos cuando el Lanín se pega por la izquierda y ya no cede hasta bien entrado el camino en territorio chileno.
Un bosque de araucarias aparece poco antes de llegar al Paso Tromen. Cuente con que los trámites de salida y entrada en ambas aduanas se pueden demorar más de lo deseado; cruza mucha gente y los controles son puntillosos.
El trazado del camino supo respetar una araucaria que quedó ahí, clavada en el medio, fenómeno que se repite más adelante con la variante de dos retoños y un ejemplar más joven. Todos apretujaditos, como un ramo de florería.
En el departamento de Pucón(entrada a la montaña, en mapuche) aparecen esas casitas patagónicas tan típicamente chilenas, los álamos enormes y los eucaliptos flacos y largos, las áreas boscosas de árboles autóctonos mezclados con los implantados y, sobre sus copas, el gigante Villarrica que humea como quien fuma.
Pucón ciudad es una explosión de turistas, jóvenes la mayoría, inundando calles y veredas en las proximidades de la costa del lago, que se llama como el volcán. En la plaza hay mercado de artesanos, obligada vuelta del perro de locales y visitantes; la artesanía más vendida debe ser la de los patos de madera en varias versiones, porque es lo que más abunda, y se puede adquirir a un dólar la pieza.
El Gran Hotel Pucón, sólido edificio que prepondera a orillas del Villarrica desde 1934, dio a la zona el impulso turístico que hasta hoy perdura. Los viajeros de ese entonces llegaban en tren a Villarrica, cruzaban el lago en barco y recalaban directamente en la playa del hotel. Este complejo, que cuenta con cancha de golf, parque y aparts, trabaja todo el año: en invierno con el esquí y en verano con los deportes acuáticos.
Sus cuartos son grandes, de techos altos, y los que dan a la ciudad se privilegian con una increíble vista al volcán, cono de 2.840 metros de altura que roza el dominio celeste, envuelto en nieves perpetuas. Sus laderas parecen deslizarse hasta el mismo pueblo, un puñado cuadriculado de calles trazadas entre La Poza, atracadero de lanchas, y la costa norte del lago. El hotel conserva intacta el aura original, que flota en todos sus ambientes. En sus salones enormes, en las galerías espaciosas, en el lobby, en el exterior ajardinado donde se hizo un lugar la pileta. Todo él es grande, a la medida del volcán.
Parque Nacional Conguillío
La segunda gran tentación que llevó al equipo LUGARES a entrar a Chile por Tromen, es la calidad paisajística del recorrido que, desde la localidad de Villarrica, vincula las de Los Laureles, Las Hortensias, Cunco y Melipeuco para entrar directo al área protegida de Conguillío. Son 190 km a puro ripio. Ese camino lo atraviesa de norte a sur y sigue hasta Curacautín. Pero la realidad –lluvia, un camino (el antes detallado) en condiciones muy poco recomendables si se anda en auto, y un ajustado margen de tiempo para llegar al Parque– obliga a un cambio de planes. Es decir, llegar a Curacautín desde Villarrica con dirección a Temuco. Esta ruta es por autopista y son 30 km menos.
A la salida de dicho pueblo, rumbo al parque, la figura todavía lejana y ominosa del volcán Llaima parece agrandarse contra el cielo gris. Pasan las arboledas, los trigales y los sembradíos de cebada, dos recursos agrícolas de estos pagos. Las siluetas de los volcanes Llonquimay y Tolhuaca se imponen a la izquierda de estos caminos rurales, llenos de calma.
El ingreso al Parque Nacional Conguillío conduce por un terreno negro, erizado de coihues. Le sigue un erial irremediable de lava, una pampa aún más negra y despojada con un único y descomunal sobresalto: el Llaima, más inquietante cuanto más cerca se lo ve. Mete miedo este volcán, cuyo nombre significa reaparecido o resucitado, y sólo en el siglo pasado se permitió 22 erupciones. Su último bramido fecundo de lava fue en 1994. En estos dominios dicen que nació el pehuenche Calfucurá, cacique tremendo si los hubo, cuyo poder llegó hasta las mismas pampas argentinas.
La aparición de un bosque de araucarias distrae de las inútiles tribulaciones sobre la pequeñez humana en estos casos. En el km 23, donde está la guardería Captrén del Parque, sale un sendero que pasa por la laguna Quepe y llega al sector Los Paraguas.
La entrada misma al Conguillío se anuncia en el km 28. Creado en 1950, este parque nacional chileno es una de las siete reservas mundiales de la Biosfera; abarca 60.832 hectáreas, con altitudes que van de 900 a 3.125 metros. En el km 34, el camino se adentra en el bosque para conducir hasta la caseta de control, donde el visitante paga la entrada y recibe información sobre el parque.
Muy cerca, en la laguna Captrén –15 hectáreas de agua quieta donde no se puede pescar– arranca el Sendero de los Carpinteros; en él se yergue la Araucaria Madre, ejemplar que se estima ya cumplió los 1.500 años, alcanzó los 43 metros de estatura y un diámetro de 2,30 metros, inabarcable en un solo abrazo. El recorrido es un fascinante viaje en el tiempo, cuando hace más de mil años muchas de estas araucarias soberbias recién despuntaban sobre la tierra.
Hay un bosque hundido en la laguna, como consecuencia de las erupciones del Llaima. Con ellas se formó el tapón de lava que en el valle del río Captrén dio origen a un paisaje nuevo. El nivel de las aguas subió y adiós espesuras. De ese orden son las lagunas Arco Iris y Verde (de 175 hectáreas) y el gran lago Conguillío, de 750 hectáreas.
En el km 40 se sitúa el Centro de Información, donde se expone una ilustrada y muy bien detallada síntesis de la geología y la flora. La araucaria, considerada monumento natural de Chile, surgió hace unos 200 millones de años, cuando en la Tierra cualquier proyecto de vida humana, y mucho menos de divisiones fronterizas entre países, no estaba ni en los planes del mismísimo Padre Eterno.
El lago Conguillío tiene una playa anchísima y larga, de gruesa arena negra. En febrero, mes de vacaciones chilenas, se llena. En invierno, la nieve lo cubre todo con un manto de dos metros, en palabras de Rodrigo Enrique Marín Zuñiga, administrador del parque desde febrero del 96.
Personaje dignísimo fue don José Lorenzo Rivera, el primer colono que habitó aquí y vivió desde 1936 hasta 1985. Durante 49 años respetó el hábitat; se podía haber hecho rico con la explotación forestal, negocio en auge de la época, pero en vez de eso se dedicó a coexistir en comunión con el bosque y sólo cortó lo que necesitó.
Toda la red de senderos que llevan a explorar el parque suman 100 km, un festín para los amantes del trekking.
Parque Nacional Tolhuaca
Jaime Antonio Abarzúa San Martín lleva cuatro meses como administrador del Conaf de las 6.374 hectáreas de este territorio, situado al norte de Curacautín. Estuvo algo olvidado el parque, y el hombre está reanimándolo con mucho esfuerzo personal y conciencia proteccionista. El resultado es que ya logró rehabilitar servicios y mantenimiento.
El lugar alberga una gran diversidad de avifauna. Además de área para acampar, hay sendero autoguiado que va siguiendo el curso del río Malleco, llega hasta la laguna homónima (72 hectáreas) donde es común ver a pescadores haciendo sus tiritos, para volver a internarse entre ñires, tepas, canelos, coihues, cañas coligües... En un extremo de la laguna el agua se encajona para derivar en un pequeño salto, así continúa corriendo hasta que la caída tiene lugar desde 49 metros de altura. A pasos de la cascada que se precipita entre helechos y otros yuyos, se aprecia cómo se vuelca en una olla inmensa.
El Tolhuaca sólo está abierto de diciembre a abril. Aquí el bosque es muy tupido y las lluvias frecuentes: prevea ropa impermeable.
A 8 km del parque, a 1.020 metros de altura, están las termas de Tolhuaca (descubiertas en 1893) que abren en verano. El agua emerge a 95° en una gruta con fumarola, un estupendo baño de vapor al aire libre.
Toda la región es una cantera de termas. Hay volcanes y por lo tanto, el subsuelo es una inconmensurable trama de corrientes que hierven y donde encuentran una fisura, por allí se deslizan y afloran.
Piedra (cura) del Cautín
Cautín es el nombre del río a cuya vera fue creciendo un pueblo, allí donde primero se instaló, en 1882, un fuerte militar. Pero antes de este asentamiento, el lugar supo estar en el paso de los pehuenches que habitaban en ambos lados de la cordillera; llegaba el verano y éstos iniciaban su trashumancia para la recolección de los piñones de la araucaria. Así cada año y durante siglos, hasta que el ejército chileno inició la recuperación (valga el eufemismo) territorial, coincidente con la Campaña del Desierto (1879-1884) llevada a cabo en Argentina.
El objetivo del fuerte Ultra Cautín era ir abriendo fajas o sendas de penetración en la selva valdiviana, para el reconocimiento y toma de los territorios indígenas. Cumplida la misión 12 años más tarde, se procedió al trazado urbano y al remate de las tierras circundantes.
Hoy no llegan a 13 mil los habitantes de Curacautín, cuya fisonomía es la que le otorgan las humildes casas, de madera en su mayoría, y discretamente coloreadas; la plaza espaciosa y los servicios a su alrededor, incluido el histórico hotel Plaza. Es de madera, con los pisos que crujen al caminar, y aunque bastante venido a menos, es donde mejor se come. No espere refinamientos, pero sí prepárese para enfrentar platos de sustancioso y generoso contenido.
Curacautín es cabecera del valle que forman los volcanes Tolhuaca, Lonquimay y Llaima, en la IX Región. El enclave también es punto de partida para visitar el Parque Nacional Conguillío, las termas de Manzanar y de Tolhuaca, la llamada área ultra cordillerana del Lonquimay y al nacimiento del Biobío, límite norte de la Araucanía que se extendía entre ese río y el Toltén. Para 1876, en este enorme territorio la población mapuche sobrepasaba los 60 mil habitantes.
Bosque Nativo
Luis Armando Pérez, neuquino residente en Chile, es un inquieto promotor de esta región patagónica y factótum de un complejo de cabañas que está a un puñado de minutos del centro de Curacautín. Bosque Nativo es el nombre de su emprendimiento, bienvenida propuesta inmersa en un paraje rural, amplio y verde. En él se reparten con holgura las mentadas cabañas, la vivienda personal de Luis, la gran pileta y un área boscosa.
Muy distantes unas de otras, las casas (más que cabañas) de huéspedes son grandes y luminosas, con deck en la entrada; fueron construidas con materiales de primera y están equipadas con idéntico nivel de preocupación. Del mobiliario a la ropa de cama, de los artefactos de cocina al confort de los baños, de la ambientación del living al espacio específico para guardar el equipaje, nada desdice y nada falta.
Este año sumaron flamante hotelito de seis habitaciones (con baños con hidromasaje) y un (necesario) restaurante. Luis no para.
A 35 km de Curacautín está el centro invernal Corralco, al que se llega por el ripio de la Cuesta de las Raíces; después se toma a la izquierda y se asciende a la Reserva Malacahuello, donde señorea el volcán Lonquimay. Libre de piedras, el faldeo de esta montaña es pura ceniza volcánica y por lo tanto, ideal para practicar esquí de fondo y randonee. Tiene nieve hasta diciembre, para felicidad de los adictos a este deporte, que se instalan en la base, en el hotel Alta Montaña, refugio que se guarda en un bosque de araucarias. Desde aquí es posible llegar a las proximidades del Cerro Navidad, así llamado porque en la de 1988 empezó a escupir fuegos que no eran artificiales y no paró hasta varios meses después. Hay fotos en el hotel de ese no tan lejano exabrupto telúrico y las imágenes, más que las de un volcán en erupción son las de una mega fábrica de pirotecnia incendiándose.
El centro tiene un andarivel y desde la cima se hacen más visibles los volcanes Sierra Nevada (izquierda, en primer plano), Llaima (a la derecha), Villarrica (a lo lejos, en el centro) y en territorio argentino, el Copahue y el Lanín, al fondo. En esta parte del mundo, que llaman Cinturón de Fuego, no cabe la metáfora: el paisaje está erizado de chimeneas.
A Icalma
En dirección a Manzanar hay que tomar el túnel Las Raíces, que está a unos 5 minutos de la bifurcación, pasando Malalcahuello. Los chilenos aseguran que es el túnel más largo de Sudamérica, con 4.557 metros de largo y sólo tres metros y medio de ancho. Ubicado a 1.010 metros de altitud, se construyó en 1930 con el objetivo de unir por tren los dos océanos, desde Lebu a Bahía Blanca, obra que no prosperó. El túnel está revestido de hormigón y hasta no hace mucho aún tenía los rieles del ferrocarril, así que los autos andaban sobre los durmientes. El peaje se abona al final del trayecto y hay horarios prefijados para cruzar.
Pasado el mini enclave de Sierra Nevada, en el km 51, se empalma con el camino que conduce al Paso Icalma por la cuesta de La Fusta, boscosa y vericuetosa y punto final del asfalto. Raulíes y ñires por todas partes. Araucarias también. Y rastros de una gran quema a la que no todas ellas sobrevivieron, pobrecitas.
Hasta la frontera y a lo largo del zigzagueante camino, no son más que algunos caseríos, un par de iglesias mínimas, algún camping.
Después de cruzar por Icalma (un solo y expeditivo trámite del lado chileno), el paisaje se anima con la gente que se instala a la vera del agua dulce del lago Moquehue y el río Pulmarí, haciendo camping o picnic.
Piedra Pintada
Es el lugar donde los antiguos habitantes dejaron su simbología estampada en la roca. Por desgracia, los desaprensivos de siempre hicieron lo propio y sabe qué, las autoridades ni mosquearon.
A escasos metros, la entrada al resort homónimo de Domenico Panciotto, se anuncia con flamear de banderas. Él en persona recibe a sus huéspedes; si no es él, es Elisabeth, su mujer, o uno de sus hijos, o todos ellos juntos. Porque por encima del triunfalismo de las múltiples enseñas izadas en el ingreso a Piedra Pintada, el recién llegado constata que de ahí en adelante, sólo recibirá esmeradísima atención con alta dosis de calidez familiar.
Domenico es ingeniero civil e italiano, dos rasgos que reflejan la sólida arquitectura de la hostería, la perfección de las terminaciones, el despliegue de mármoles y estética de los pisos, la generosidad de los espacios en todos los ambientes. Él diseñó todo y dirigió la obra. La carpintería, completa, se realizó en el taller que está detrás de la hostería.
Piedra Pintada es un alto de lujo junto al lago Pulmarí, espejo de ensueño con juncales al que miran todas las habitaciones y ambientes comunes de la hostería. La propiedad abarca dos mil hectáreas y está delimitada por un alambrado que restringe, por lo tanto, el acceso al lago.
Desde aquí hasta Villa Pehuenia nada hay, salvo la roca poderosa y los pehuenes; las formas del lago y sus islotes, las aves que en ellos merodean y la vida subacuática en forma de truchas esquivas; el cielo diáfano apenas festoneado de nubes que son como pinceladas de viento; el viento de la tarde, cada tarde; la atmósfera impoluta y tersa de oxígeno; el silencio nocturno, expansivo y penetrante como el sol del mediodía, y los bosques que abrazan sus rayos para convertirlos en sombras húmedas.
La hostería resalta en esta soledad pedregosa con sus 12 habitaciones y baños súper que incluyen bañera con hidromasaje junto a la ventana. La pileta cubierta de agua templada, da al lago y es la joyita de la casa. Hay un bar y comedor para la noche y otro en la planta baja, más chico, para el desayuno y la hora del té. Las infinitas rosas se recortan en las ventanas del living. Y además de espacio para Internet, hay un mini recinto para el atado de moscas a disposición de los que llegan con ganas de pescar en el Pulmarí.
Del techo del comedor penden arañas de hierro con cornamentas de tres ciervos, colorado dama y chino. Son guampas caídas en la propiedad, asegura Domenico, es decir las que anualmente pierden los cérvidos, también llamadas guampas de volteo.
La cocina de la hostería se nutre de vegetales propios, excelsos, que aporta la magnífica huerta de Elisabeth, suiza e ingeniera agrónoma. El cultivo biodinámico tiene lugar a pasos de la orilla del lago: los invernaderos, el sector de los almácigos y el área de elaboración de compost.
Del 15 de marzo al 15 de abril es el tiempo de la brama y en Piedra Pintada organizan salidas para observación de ciervos, preferentemente a la madrugada. Y aunque en esta propiedad la caza la ejercen únicamente Domenico y su hijo Marco como medio regulador del hábitat, no se permiten cazadores.
El birdwatching es un ejercicio que los Panciotto sugieren; ellos llevan un registro pormenorizado de todas las aves que sobrevuelan esta región, un homenaje al hábitat que también ilustra la folletería de Piedra Pintada.
Por Rossana Acquasanta
Fotos de Julia Pontieri
Publicado en Revista LUGARES 128. Diciembre 2006.
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