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Entre 2 ríos

Remontar el Uruguay por Concepción hasta Chajarí, regresando por La Paz y Paraná es un circuito apto para todo público, que combina historia con naturaleza y relax termal y con vida de campo. ¿Conocés Entre Ríos? Contanos qué conocés, qué fue lo que más te gustó y sumá tus recomendaciones.

Terera en el Palacio San JoséAutor: Flor Aletta

El Uruguay y el Paraná son ríos bien distintos. Uno corre calmo, espejado, crea bancos y playas de claros arenales. El otro es más caudaloso y bravo, y forma en cambio a su paso grandes barrancas que caen abruptas. En medio Entre Ríos, la llanura fértil.
Allá vamos en un viaje de diez días con la máxima de siempre de no volver por el mismo camino por el que andamos. La ida será entonces pegada al Uruguay y el regreso orillando ciudades que dan al Paraná, para tener así un trozo de cada uno. 
La RN 12, y luego la RN 14 son todo autopista. El GPS apunta a Concepción del Uruguay, pero en tierras del general, la introducción obligada la hace el palacio San José, unos 23 km al oeste. Allí vivió y murió Justo José de Urquiza, a quien algunos entrerrianos llaman cariñosamente “Tatita”; pocos defendieron como él los intereses de la provincia. 
En tiempos de Urquiza la Confederación y la provincia fueron gobernados desde el medio del monte. El palacio se autoabastecía y vivían en la estancia unas 250 personas en forma permanente, 30 de las cuales lo hacían en la casa principal. Compartir la vida allí con Urquiza fue privilegio de Dolores Costa, mujer y madre de sus once hijos legítimos. Aunque los había por decenas, fueron doce los extramatrimoniales que el hombre reconoció tener con siete mujeres distintas.

Concepción del Uruguay
El espíritu de grandeza urquizista hizo que la Basílica de la Inmaculada Concepción se levantara, allá por 1859 en Concepción del Uruguay, en sólo 19 meses. Semejante apuro aparejó desde siempre problemas estructurales, con humedad a la cabeza. Está cerrada desde noviembre de 2010, y el proceso de restauración y puesta en valor es a fondo. Adentro hay máquinas, polvo y andamios, y tanto ruido que a templo se asemeja poco.
En una nave lateral intenta descansar Urquiza en un mausoleo tapado que se insinúa inspirado en Los Inválidos de Napoleón. Parece que la basílica se llovía entera, y que hasta el cajón se protegía con nylon. “Hubo que conjugar lo litúrgico con lo histórico, pues es un templo que sigue vivo funcionando pastoralmente”, explica Adrián Bertolyotti, del equipo que lleva adelante los trabajos. Así, se abrieron y limpiaron linternas para obtener más luminosidad, se aclaró el color de paredes, y por cuarta vez se levantó el piso por completo, “hasta llegar a la tierra entrerriana que sostiene el templo”. También se acondicionaron luminarias y campanas, tres de las cuales son originales y están en la torre norte; las otras son nuevas y digitalizadas.
En el Colegio Superior estudiaron argentinos ilustres como Victorino de la Plaza y Julio A. Roca, cuyo busto de bronce es símbolo para los alumnos: un breve toque a su ya brillante nariz da suerte en los exámenes. Además, debajo de la lámpara colgante de la entrada no pasan, es tradición. Ocurre que antes chorreaba cera de velas.

Desde el aire

El tironeo es evidente. Dan ganas de quedarse en la Antigua Posta del Torreón, una vieja propiedad de 1870 devenida hotel boutique tras años de abandono y cinco de obra. Raúl de la Cruz, su dueño, se encargó de conservar fachadas y aberturas originales, además de la estructura y distribución de la casa. El resultado, de lo mejor en alojamiento en la ciudad. Pero el vuelo en avioneta, aunque da miedo, tienta. Leandro Fernández es el piloto y mira fijo, no sonríe. Aunque no entiende la aprensión, espera con paciencia una respuesta.
El encuentro es en el Aeroclub donde los planeadores, tirados por otro avión, distraen toda la atención. El monomotor al que subimos es pequeño y vibra, y en él caben cuatro pasajeros. En poco rato estamos en el aire, sobrevolando Concepción del Uruguay a 300 metros de altura: se distingue la plaza con su pirámide y sus dos círculos concéntricos de árboles, el colegio y la basílica en obra, el puente y la futura costanera que la ciudad aspira a tener sobre la Isla del Puerto, la isla Cambacuá y su preciosa punta de arena en pleno río Uruguay, y unos kilómetros más allá, el espectacular palacio Santa Cándida, ex saladero y otra de las propiedades de Urquiza.
Un poquito más y casi alcanzamos la República Oriental del Uruguay: lo hace el celular, que detecta enseguida la antena uruguaya y advierte acerca del roaming. Previo al aterrizaje un desvío al palacio San José, que visto de arriba parece una prolijísima maqueta.

El legado inglés

“En Pueblo Liebig hay 600 personas empadronadas pero yo digo que somos mil
”, dice la mesera del único restaurante abierto fuera de temporada en el pueblo, intentando demostrar que tan solos no están.
Es que Liebig tuvo su edad de oro con el frigorífico que llevaba su nombre (Compañía Liebig) y la exportación de carne en lata durante la guerra. De ello dan testimonio la enorme fábrica abandonada con una única chimenea fantasma sobreviviente, los relatos de las familias que allí trabajaron, los chalets de estilo inglés, y el monumento al “corned beef”, un gran envase que corona el pueblo frente a la iglesia. También están las fotos de cuando aquí trabajaban unas 3000 personas, del pueblo en su mejor época y de cómo lo atravesaba la manga y había que abrir una tranquera para pasar de un lado a otro.
Un poco de fantasía hace el resto. No es difícil imaginar las miles de cabezas de ganado en medio del pueblo, el frigorífico en plena actividad, los empleados jerárquicos en sus casas de categoría y del otro lado, las hileras de casas donde se alojaban los obreros.
Cuando en 1980 el frigorífico cerró, todos partieron y el pueblo quedó aletargado. Hoy la meta es quebrar la inercia económica con el turismo, porque este es un pueblo diferente dentro del corredor turístico de la costa del río Uruguay. Dos matrimonios de Concepción se jugaron y en una casa de cien años instalaron una hostería que funciona en vacaciones y fines de semana. La Hostería Casa Vieja, que abrió sus puertas en enero de 2012, conserva la arquitectura de antaño con un toque moderno en decoración y confort.
Otro alto recomendable es Butterflies, Exposición Permanente de Colecciones, creación de Mateo Zelich, médico y amante de las ciencias naturales cuya obra sigue su hija: cría mariposas locales y las ofrece en intercambio con otros coleccionistas. Su museo es un estallido de color. En él reposan especies de todo el mundo, coleópteros de zonas tropicales, una muestra pequeña de la vida marina, piedras y maderas petrificadas, y hasta un huevo de dinosaurio. Para pasarse horas.

De aguas relajantes y más

En Villa Elisa las termas están tranquilas. Dicen que los fines de semana largos no cabe ni un alfiler, igual que en los otros complejos de la región. En la pileta cubierta que supera los 40°, el silencio es casi monacal. Son todos adultos mayores y hablan poco: el agua relaja tanto que para otra cosa no deja energías.
Quieren aprovechar los mecanismos de acción terapéuticas que ofrece el agua salada, oficialmente “clorurada-sulfatada sódica y de alta mineralización, estimulantes de funciones celulares, acción antiséptica, efecto antiinflamatorio y beneficiosas en la recuperación de intervenciones quirúrgicas del aparato locomotor, lesiones traumáticas y afecciones reumáticas crónicas”. Sí, todo eso y más. Esto es una cuestión de fe. Otros creen que es el efecto del agua tibia lo que relaja, y el tomarse un tiempo para no hacer nada más que pasar de pileta en pileta, de una temperatura a otra.
Las familias tienen su lugar. Eligen la de olas, la plaza de agua, y las piletas de uso activo de menor temperatura, todas impecables y con claro efecto antiestrés: sus caras no transmiten grandes preocupaciones.
El predio de 40 hectáreas está atravesado por senderos internos para hacer caminatas y paseos en bici, eso sí, siempre en bata porque las piletas son una tentación. Hay también un gran lago con deportes náuticos, spa termal, servicios de kinesiología, fisioterapia y estética, además de alojamiento y comida, para no salir en varios días.
Pero el deber llama y hay que seguir.
El siguiente destino es un museo, para sumergirse en cambio en la historia de las colonias entrerrianas. Porque Entre Ríos está lleno de colonias, la primera de las cuales fue Colonia San José. Fue a fines del siglo XIX que se quiso fomentar la valorización del país por medio de la colonización agraria europea: con el viaje pago los primeros colonizadores venidos de Italia, Suiza y Francia se asentaron en San José en 1857. “Venís con un contrato, te doy tierra que trabajás y me vas pagando en cómodas cuotas”, grafica de modo coloquial la actitud de Urquiza para con los colonos Hugo Martín, director del Museo Histórico Regional de la Colonia.
El museo está dedicado a la inmigración que pobló la zona. Aquí han llegado desde su fundación cientos de objetos que la gente conservó en sus casas: un retrato, una olla, un libro, una colcha tejida al crochet. Comedores y dormitorios de época, vestidos de novia y bautismo, perfumeros, y hasta un auto Hotchkiss de 1905, la vedette de la muestra. “La idea es mostrar poco, de modo didáctico y que te cuente una historia”, explica un entusiasta Hugo, que comenzó como voluntario en el museo por pedido de su profesora de historia del colegio hace ya 24 años, y hoy es museólogo y docente. Y bien que lo cumplen: los metros cubiertos de museo son un placer de recorrer.
Para la Noche de los Museos ofrecieron el museo que no se ve. Abrieron la reserva técnica y los talleres de conservación al público, que dice Hugo, “enloqueció”. Es el sector no visitable del museo donde los objetos de reserva que no están en las salas se cuidan y restauran con técnicas de museos vanguardistas. Insista, tal vez lo invitan a pasar.
Al Molino Forclaz –Monumento Histórico Nacional– llegamos casi de noche. La penumbra invita a escuchar su historia trágica. Lo mandó a construir en 1888 Juan Forclaz, de una de las familias molineras pioneras. Pero el molino de viento le ganó la batalla: los vientos de la zona no eran lo suficientemente potentes y nunca fue productivo. El final es triste; Juan muere de depresión y su mujer, convencida de que el molino estaba maldito, lo cerró para siempre.
Cerca del molino, la Administración de la Colonia, lugar histórico y entretenida granja de animales, queda para el día siguiente. También, una pasada con gigante picada por la Boutique de la Nuez Pecan, shop del establecimiento Los Pecanes, donde todo, absolutamente todo, está elaborado en base a esa nuez: quesos, panes, aceites, tortas, almíbares, dulces, nuez acaramelada, salada y más.
La selva en galería crece al margen del arroyo El Palmar, y hasta lo cubre en las partes más angostas de su recorrido; forma una especie de túnel que se atraviesa con la canoa. Aquí hay poca pendiente y el arroyo va en zigzag, pega curvas suaves hasta llegar al río Uruguay.
Remontamos el arroyo en La Aurora del Palmar, donde trabajan en conjunto la Fundación Vida Silvestre y la estancia para hacer un proyecto que desarrolle sustentablemente las actividades productivas del lugar. Así, las excursiones que ofrecen al turismo tienen que ver con la conservación: el canotaje, el safari interpretativo en 4x4 por su propio palmar, las cabalgatas y los paseos en mountain bike, están también abiertos a los que no se alojan en el lugar.
Cómo evitar el Parque Nacional El Palmar. Una visita a Entre Ríos no sería completa sin él; esta vez es un toco, tomo mate y me voy. La hora es mágica: cae la noche y la silueta esbelta de las yatay se recorta contra el cielo gris azul.

Fundada varias veces

La historia de Federación es conocida. Fue re-inaugurada en 1979 a orillas del Embalse Salto Grande en reemplazo de la anterior, que se demolió y fue cubierta por las aguas durante la construcción de la represa. Por eso es más moderna, tiene larga costanera sobre el lago y casas tan parecidas entre sí, lo que supuso un problema. Dicen que la gente no paraba de meterse en casa ajena y que los antiguos vecinos se extrañaban si no habían sido reubicados en el mismo barrio.
El Costa del Sol con vista privilegiada al lago, es el único hotel 4 estrellas de la ciudad y está repleto. Todos vienen a las termas municipales, las primeras en ser abiertas del litoral argentino donde la temperatura a boca de pozo es de 42°. “Tanto cuidar nietos, tanto estar pendiente del marido y los hijos, cuando venís a las termas te das cuenta de que la vida pasa por otro lugar”, comenta una rubia grandota a las amigas que la rodean en círculo sumergidas en un humeante piletón del parque termal. Además de charla, aquí hay mucha pareja abrazada en aguas que tienen entre 37° y 42°, y la preocupación mayor es saber por dónde entrar a la pileta, si por lo hondo o por lo bajito.
La novedad está en el futuro Parque Acuático. La mega piscina de olas –75 metros de largo x 25 de ancho– ya está inaugurada en un sector independiente; parece que el resto vendrá pronto.

Algo más que salame
Con Chajarí hubo que reconciliarse más tarde. La llegada fue de noche, en medio de una tormenta torrencial, con hambre y sin lugar reservado donde dormir. Dos hoteles vistos, dos intentos frustrados. La solución: frenar un rato a que amainen la lluvia y la ansiedad en la conocida estación de servicio. El acceso a Internet ayudó a encontrar hotel y a planear la movida del día siguiente.
Debieron encontrar aguas termales en Chajarí para que el turismo llegara no sólo por el famoso embutido. La Fiesta del Salame convoca en octubre, pero el agua calentita lo hace todo el año. Su parque termal luce de lo más prolijo, con jardines de diseño y cuidado mantenimiento; las piscinas son siete, algunas con hidromasaje y cascada, más bancos sumergidos para relajarse.
La ciudad está a 25 km de la costa. Todo es verde y ondulado yendo por la RP 2, cargada de emprendimientos familiares dedicados a la producción de cítricos. Como la pequeña quinta de 20 hectáreas y galpón de embalaje de Aldo Dalzotto, tercera generación de productores de cuatro variedades de mandarinas –deliciosas recién sacadas de la planta– y naranjas. Su quinta aporta un grano de arena a las 56,000 hectáreas de citrus del noreste de la provincia de Entre Ríos.

Sobre un promontorio

Muchas casas de 1900, y antes aún, en La Paz se han salvado de la demolición por dos palitos”, dice el arquitecto Álvaro Ramírez, y explica que después de que en los años 70 se demoliera todo, hubo una movida de arquitectos para revalorizar lo antiguo y evitar la destrucción de los frentes. Fue un trabajo de hormiga, pero de a poco lo han ido logrando.
La Paz es una ciudad de vegetación exuberante, edificios bajos, de casas viejas con rejas y grandes faroles de estilo colonial, de calles que dan a la barranca que un terraplén y breve costanera peatonal protegen de la fuerza del río. Tiene puerto en desuso que luce un guinche descomunal que nunca se pudo usar; al activarse dejaba al pueblo entero sin luz. En la plaza –menos frondosa después de la última tormenta–, un detalle muy original: el día del año en grandes números de molde que hace las delicias para las fotos de las quinceañeras. La Paz tiene termas de ubicación y propiedades terapéuticas privilegiadas pero de poca infraestructura y difícil mantenimiento; las aguas son tres veces más saladas que el mar y todo lo oxidan.
Álvaro es el dueño de La Cautiva de Ramírez, un hotel de apenas dos años, donde plasmó todos sus saberes de arquitecto y experto en antigüedades. Transformó un viejo molino harinero y fábrica de fideos en un hotel boutique donde cada rincón es una maravillosa combinación de objetos o muebles antiguos con acertados toques modernos.

Una vuelta por Paraná
Aunque es la capital provincial tiene todavía aire de pueblo y la gente desaparece a la hora de la siesta. Todo cierra: museos, edificios históricos y comercios… la peatonal se vacía y sólo el shopping queda abierto. Algunos se refugian en el Parque Urquiza, 44 hectáreas de pulmón verde donados por la viuda de Urquiza a la ciudad. Pero es de tarde cuando sus tres niveles cobran vida: la costanera alta y su algo descuidado rosedal se llena de jóvenes, la media es de paso o circulación, y la baja rebalsa. Ahí están todos, familias con mascotas, patines, bicis y cochecitos, deportistas, mucha zapatilla, jogging y también mate. Otro punto de reunión son los boliches bailables del puerto –para alejar el ruido de las residencias–, y en verano, las playas. Con la recuperación de la costa, Paraná apunta a sumar 4 km de blancas arenas.
El microcéntrico Gran Hotel Paraná, sobre la plaza Primero de Mayo es un excelente punto de partida para recorrer la zona de edificios históricos. Desde la habitación se ve a vuelo de pájaro la Catedral Metropolitana y sus cúpulas, custodiada por un gigante San Pedro de mármol; el Palacio Municipal y la antiquísima Escuela Superior, todos llenos de historia. Frente a la plaza Alvear, una colección guardada con recelo es la Sala Quirós del Museo Provincial de Bellas Artes. Es la exposición permanente más grande de este artista entrerriano, pintor de lo social que encaró con particular sensibilidad los tipos y paisajes populares.

La Esperanza

Ya de regreso, camino a Gualeguay, se distingue con claridad la típica lomada entrerriana, que sube y baja, baja y sube rítmicamente otra vez entre lotes de soja que amarillean. Estancia La Esperanza son 100 hectáreas de campo, bien campo. Vacas que mugen entrada la noche, bichitos de luz casi potentes como estrellas, y mucha tranquilidad. Tanque australiano con deck, hamacas paraguayas desperdigadas por el parque y una casa de 1910, perros, bicis, sulky y caballos para cabalgar completan de maravilla un panorama de descanso entrerriano.


Por Constanza Gecheter. Nota publicada en revista Lugares 206.