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Entre la quebrada y la yunga

Hay pueblos del noreste salteño que no son evidentes ni, mucho menos, de acceso fácil. Nazareno, Poscaya, Santa Victoria, Trigo Huaico, entre otros, figuran en el mapa casi como puntos finales de caminos extremos de altura. Para descubrirlos, es preciso llegar, sí o sí, desde Jujuy.

Protegéndose del viento.Autor: Cecilia Lutufyan

Creí que conocía el Norte, aunque sólo lo hacía en un diez por ciento”. La frase pertenece a Santiago Carrillo, dueño de la agencia Corpachac, nuestro anfitrión en este recorrido en 4 x 4 por Salta y Jujuy. Eso, antes de venirse, de dejar todo, antes de cambiar una vida agitada en Buenos Aires por otra bien distinta. “Mi otra vida”, la llama, “cuando todos se iban para afuera, yo me vine para adentro”.
Hombre arriesgado, también afortunado: su desvelo no está más en los recovecos del marketing financiero, sino en encontrar nuevos rincones por estos parajes, esas zonas inexploradas a los que pocos llegan y mostrárselos a los turistas que ya debutaron en el contacto con la puna y la quebrada, pero van por más.
En Salta ciudad, el punto de encuentro es el Delvino Boutique Hotel, una antigua casona de dos pisos remodelada hace poco más de un par de años, a metros del Paseo Balcarce.
La vieja ruta 9 es, entre la ciudad de Salta y su vecina San Salvador de Jujuy, el acceso más corto y pintoresco. También el que lleva más tiempo: el camino de cornisa –altura máxima, 1.700 msnm– atraviesa la selva montana y mucha curva y contra curva merece una parada para apreciar bromelias y claveles de aire en flor, helechos, lianas, laureles, lapachos, nogales y sí, vaya sorpresa, un grupo de arrayanes de tronco rojizo y frío al que, a diferencia de los otros árboles, otras plantas no se adhieren. Una buena dosis de verde para complementar toda la aridez que vendrá en los próximos días.
San Salvador se pasa por la periferia y de ahí, derechito a la quebrada con destino Tilcara.  Es la hora de la siesta y un viento tibio se encajona por las calles del pueblo, que están vacías. Don Flores tiene las llaves de la tranquera de Casa Colorada, a once kilómetros del pueblo y al pie de Los Amarillos, los cerros de ese color de la Cordillera Oriental.  Aprovecha nuestra subida de 40 minutos en auto a la posada para enviar una docena de huevos que necesitan en la cocina de la finca, porque aquí ningún viaje se desperdicia.

Una pastora atípica + los pueblos
Maira está solita cuidando su rancho. Es un puesto al borde del camino donde se pasa la invernada y la veranada alimentando sus ovejas en zonas donde hay agua y algo más de verde. Tiene 14 años y es pastora colla, pero tiene celular que quedó en Varas, su pueblo, cargando batería, y de inhibida no tiene nada. Curiosa y espontánea, está encantada con nuestra visita. Mira las cámaras, posa feliz sobre los vellones de lana. “Ahora les saco yo: ¿Cómo se hace?”, pregunta. Pide el largavistas y comprueba que “se ve re-genial”; entre ovejas y piedras, a cientos de metros, descubre a su primo y festeja –“qué grande se ve”– y cuenta que con su teléfono se pasa fotografiando los patitos. Después de un rato decide partir, con sus cuatro bidones atados de una soga con los que va a la laguna a cargar agua para el día.
Poca distancia separa Aparzo de Palca de Aparzo, dos pueblos ubicados en el margen del río cuyo nombre es el denominador común, y que en esta época tiene escaso caudal. El lecho se ve bien ancho y es mínima el agua que corre en forma de arroyitos.
Los pobladores son huidizos y tienen poco que ver con la Maira desenvuelta que conocimos hace un rato. Tan poco acostumbrados están al turismo que hasta parecen acelerar su andar tranquilo cuando nos ven.
Sus casas son ranchos de adobe con techo de paja y barro, y piso de tierra. Las habitaciones rodean un patio central donde, salvo dormir, se realiza la mayor parte de las actividades cotidianas y donde se encuentra el horno de barro. En muchos casos hay un corral lindero delimitado por una pirca de piedras y adobe con flecos vegetales para afirmar la estructura.
Veinte minutos más y llegamos al Zenta, el cerro que le da nombre a todo el cordón. En el abra, el punto más alto del camino, la altura es de 4.700 metros; estamos por encima de las nubes, que forman un colchón esponjoso contra los cerros que las contienen. Esto sucede porque la Cordillera Oriental detiene, por el este, esa masas de vapor acuoso que vienen del Chaco. Por debajo de ellas se distingue la yunga, la selva nublada con alto grado de humedad.
Detenidas en su paso, las nubes hacen el mayor esfuerzo de expansión y envuelven las puntas de los cerros más bajos, en una danza parecida al del hielo seco echado en un vaso de agua. Parece que cuando no hay nubosidad, desde aquí arriba se ve la yunga verde hacia el este y la colorida pre-puna hacia el oeste. Santa Ana, varios kilómetros más adelante en la zona de transición entre ambos hábitat, deberá quedar para el próximo viaje: el ruido casi inaudible del elástico trasero de la suspensión de la camioneta es ahora demasiado evidente y lo prudente es volver.
Una apacheta –montículo de piedras a manera de altar erigido en honor a la Pachamama– le permite a Santiago hacer su ofrenda; agrega piedras y unas hojas de coca en agradecimiento por haber llegado hasta acá y pide protección para nuestra bajada. Por si acaso, y por la falta de señal de celular en varios sectores del camino, más abajo hace un par de llamadas a Jujuy para tener apoyo en caso de que el problema con la 4x4 empeore.
La posada Con Los Ángeles nos recibe en una Tilcara nocturna. Recién descubriremos el entorno de cerros que rodea el hotel con la luz del día siguiente. Las habitaciones (11) son de generosas dimensiones, dispuestas a lo largo de un prolijo jardín, y su decoración es bien regional.

Rumbo a Nazareno

Camino al norte, la quebrada se hace más franca y abierta. Las fincas de la puna son más extensas y desérticas, y el agua escasa. No por nada llaman a Abra Pampa “La Siberia del Norte”. La Intermedia es el punto de referencia: a la altura de la plaza, sale perpendicular la ruta que nos llevará a Cangrejillos, y de ahí hasta El Cóndor, para luego subir al abra y cruzar a la provincia de Salta, donde nos espera Nazareno, al que sólo se puede acceder desde Jujuy. Esperarnos es una manera de decir, porque en lo que va del año este pueblo nada más recibió cinco turistas, y a nosotros.
Pero no se trata sólo de llegar, en este viaje importa el durante. Importa Graciela de 16 años, que conocemos en El Cóndor y cuyo récord es no haberse cortado nunca el pelo. También a la pastora que nos detiene al borde de su puesto de ovejas para ver si le traemos jabón de lavar a nuestro regreso. Impacta el paisaje, impresionante, y la bandada de catitas en un tramo del camino. Y conocemos el cono Fundición, de 5.050 metros, tan cerca que desde el abra creemos tocar su cima, y el té de pupusa y chachacoma con el que ayudamos a evitar el mal de altura. Además, ese camión solitario en la montaña que de lejos parece de juguete, y el burro resignado que a las once de la noche brumosa se interpone en el camino de acceso a Nazareno, y que nos obstinamos en fotografiar durante media hora.
Nazareno tiene tendencia al techo de chapa y a la construcción algo alejada del adobe que, indiscriminada, trepa los cerros circundantes en busca de espacio. También le va la cumbia fuerte que resuena entre sus 1.700 habitantes (suman 3.000 en época escolar) y cuyo cura de piel negra, proveniente del Congo, habla castellano con acento francés.  “Cuando llegó, la gente no le conversaba, era bien solitario; ahora predica bien y es muy conversador”, dice Margarita acerca del padre Eleuterio, que es poseedor de una enorme sonrisa, pero no de las llaves de la iglesia. Éstas tienen como guardianes a cinco familias que se turnan la tarea.
Llegar a ellas es un periplo, que aunque costoso tiene su encanto. “Valla allacito”, indican convencidos. Y uno sube y baja las escalinatas del pueblo como una cabra, para enterarse de que “allacito” no hay nadie, y que dejó las llaves encargadas a otro, que vive del lado opuesto. Así, de lo de doña Clelia –la mujer de don Manuel– pasamos a lo de Juan Domínguez, de ahí a lo de don Lino Ramos, cuya mujer –Jacinta– partió a La Quiaca y dejó las llaves a doña Margarita. Ésta nunca las tuvo, pero movilizó el pueblo para encontrarlas y finalmente mandó a su marido a buscarlas en moto a lo de Arminda. Para ella era bien importante que viéramos los santos de su iglesia.
El comisario José Adrián Cari está encargado del orden y dice que no hay robos y que los problemas son por propiedad. Que la vida es muy tranquila y los turistas escasos, tan pocos que los del último tiempo puede enumerar: “un par de holandeses una vez, tres motoqueros, y ahora ustedes”, dice. “Al turismo no lo ven con buenos ojos”, dice, y explica el pensamiento de la gente local: que va a afectar su cultura y que “a la gente van a contaminar”. Es por eso que fue rechazada la hostería provincial.

Poscaya

La escuela primaria tiene unos 80 alumnos, de los cuales 18 están albergados: como desde los rodeos de las cercanías tienen cuatro horas de caminata, duermen en la escuela durante la semana y parten los viernes a casa.
¿La puna los puso mal?”, pregunta la maestra de segundo grado en nuestra visita a su aula. “Todo bien”, respondemos sintiéndonos los reyes de la altura. Y cuenta que un grupo que venía desde Buenos Aires a traer donaciones debió pegar la vuelta porque estaban todos enfermos. Gran decepción, era un evento esperado.
Nuestra pasadita inicial de 15 minutos por la escuela termina entonces en unas intensas dos horas: primero con timidez –“me ha comido la lengua el zorro”, dice un chiquito antes de largarse a hablar sin que nada lo detenga–, cada grado quiere mostrar sus trabajos, hacer sus preguntas y cantar sus propias coplas.

Los aislados
Entre Nazareno y Santa Victoria, el camino es mucho más extremo. Los giros de la camioneta –que parece ser más ancha que el camino– son tan cerrados que a veces hay que retroceder para acomodar bien el vehículo en la curva con pendiente. Visto desde arriba, la perspectiva del paisaje da sensación de Google Earth: entre la inacabable montaña corre un camino, finito y claro, que sube y baja. Los pequeños caseríos que se ven con sus corrales inclinados colgados de los cerros, dibujan en las laderas una geometría muy típica.
Muchos quedan aislados con las crecidas de noviembre, y vuelven a estar accesibles en julio. Pero su gente está acostumbrada a caminar, como doña Nelly y Emiliano que viven en Acoite. “Que Dios y la Virgencita, y el Señor del Milagro los protejan y los ayuden en su trabajo”, dice ella para agradecer las hojas de coca y las mandarinas que le obsequiamos. Tres veces enuncia la frase entera, y mira curiosa dos kiwis que se colaron en el fondo de la bolsa.
O Emiliana, la pastora que cuida sus ovejas metidita en un refugio de piedras en lo alto del cerro en Trigo Huaico. Más desconfiada, los frutos abrillantados la asustan: “¿Cómo sé que no me van a envenenar?”, pregunta. Pero al rato ríe mucho cuando Santiago, que troca de la tonada porteña a la jujeña con gran facilidad, según su interlocutor, le hace un par de chistes.

La del oeste
En Santa Victoria Oeste hay mucha vida esta noche. Hay desfile de carrozas de primavera y nadie en el pueblo se la quiere perder. Es la fiesta de los estudiantes secundarios que se esmeran con su comparsa; un cisne, una regadera, un bichito de San Antonio y un templo chino con muchas luces, entre otros, desfilan por la avenida –una calle de cuatro metros de ancho– hasta llegar a la plaza donde está el jurado.
Para ellos es como una despedida, están eufóricos. Sus bermudas rectos, buzos de marca y onda huachiturra contrastan con la de sus abuelas collas, que miran el espectáculo desde el borde de la plaza, con sombreros de ala ancha y con niños ajenos cargados en sus rebozos. Los estudiantes sólo se quedan si consiguen un puesto municipal, pues acá todo gira en torno a la muni. Si no, marchan a La Quiaca, a Jujuy o a Salta, ya que aquí no hay terciario y son pocos los que pueden estudiar.
Santa Victoria Oeste es, como indica su nombre, la del oeste. Porque hay otra Santa Victoria, que queda bien hacia el este, casi en la frontera con Paraguay. En la primera, los habitantes son entre dos y tres mil, y su pueblo (con alcantarillas que corren por el centro de las calles empedradas), inclinado.

Final en Yavi
Aunque a nosotros nos lleva más, son cuatro o cinco las horas entre Santa Victoria y Yavi, y 107 los kilómetros. Nos detenemos al pie del Cerro Campanario, cuyas laderas están llenas de piedra volcánica que el cono escupió hace millones de años. El camino es angosto, más aún si viene una camioneta de frente, que obliga a retroceder. En lo que resta del trayecto, las vicuñas a una distancia de 20 metros y en manada, son tantas que casi dejan de sorprender, y al abra de Lizoite llegamos con ese sol de tarde que todo lo tiñe. Luego viene la puna con una recta que conduce a Yavi, localidad mucho más conocida.
En el paraje la Yaveña nos espera en su casa La Negra Cabana con su hijo Facundo Joaquín, que está pensando en abrirla como hostería. Ya son tantos los amigos y conocidos que pasaron por ahí, que el hábito de recibir está instalado. Las habitaciones preparadas, también, y, del mismo modo, el deseo de incursionar formalmente en el rubro hospedaje.
Poco cambió en este pueblo desde que, en 1968, Manuel Mujica Lainez escribiera: “Yavi no se apiña ni desparrama. Sus callejas suben y bajan en torno de un campanario. Tapias terrosas, casucas terrosas, enmarcan el paso de la majada de cabras, de los burros cargados de leña”. Si, así de linda sigue Yavi, el último punto de nuestro periplo de altura.

Por Constanza Gechter. Nota publicada en revista Lugares 202.