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Escapadas: Traslasierra, del otro lado

A este alejado valle cordobés llegan personas con ganas de dar un giro a sus vidas. Vienen a impregnarse de armonía, aire puro y naturaleza a los pies del Champaquí y las Sierras Grandes.  Sucede entre San Javier, Yacanto, Nono, Villa Las Rosas y La Población ¿Estuviste ahí? Contanos qué fue lo que más te gustó.

Desde la ruta. Autor: Vivi Abelson.
Algo los une cada sábado en la plaza de Villa Las Rosas. Algo más que los productos orgánicos y las artesanías. Alguna vez dijeron “dejo todo y me voy”. Y acá están. Me animo a decir que en esta feria, la más popular de Traslasierra, hay un código compartido. Uno con muchos pros y algunos antis. Tomo nota. Entre los pro registro bicicletas, ropa colorida, termo y mate, changuitos, sonrisas y, especulo, cualquier elemento que respete la premisa “ecológico y no ostentoso”. Besos con ruido, abrazos efusivos, perros de compañía, muchos niños sueltos y poco maquillaje. Menos evidente es la inclinación por las lecturas de Castaneda, la meditación, la antroposofía de Rudolf Steiner, el calendario biodinámico y la permacultura. A esto agregaría, por pura intuición, cierto hastío de la vida urbana y una necesidad de apego a la naturaleza. Como un Woodstock moderno, pero sin drogas (no de las sintéticas). Menos ego y más respiración.
Los anti son pocos, pero bien claros: son antiplástico, anticonsumo, antiquímicos y, en menor escala, anticarne. En el puesto de tacos, la opción “lomo” aparece tímida al final de la pizarra, después del arroz yamaní, la mayonesa de zanahoria y la hamburguesa de amaranto. La ley de la oferta y la demanda se ajusta a un público vegetariano en su gran mayoría. “Es mi paraíso”, pienso. Lo hago mientras tomo un licuado de manzana, hinojo y perejil en la barra del puesto Astrojugos, el más colorido de la feria, cerca de un grupo de músicos que improvisa algunos acordes de música balcánica.
Ellos, los que eligieron el valle, lo viven con naturalidad. “Acá hay lugar para todos”, afirma Daniel Loliscio desde su puesto de miel energizante, despejando de un plumazo cualquier prejuicio sectario. “Hasta para los hippietalistas”, agrega. Se refiere a los más contradictorios, los que apuestan a la vida lejos del consumo, pero sin resignar las comodidades más “capitalistas”. Son tantos los porteños y otros “invasores” de orígenes diversos que la pregunta de “qué le vieron” anda en el aire. Se la huele como a la carqueja. Es omnipresente, como las sierras.


Metamorfosis serrana
Shura Schwander tiene una teoría para avalar esta inmigración espontánea y no premeditada: “la montaña es energéticamente muy fuerte. Activa todos los chakras. Algunos vuelven y cambian su alimentación, dejan de tomar remedios, empiezan a hacer yoga o meditación…de alguna forma, les pasan cosas”.
Ella es el fiel reflejo de lo que cuenta: ex Beatriz, a los 52 años decidió rebautizarse como Shura. A esa edad, dice, empieza un nuevo ciclo. Y es cierto: caben varias vidas en la historia de esta mujer. Fue agnóstica y mística. Hizo terapia transpersonal, bioenergética, limpieza de colon y lectura del aura. Coqueteó con el sufismo, el taoísmo y otros “ismos”. Antes de eso, estudió letras. Y hace poco empezó un análisis lacaniano, después de mucha resistencia al psicoanálisis.
Toda esa colección de búsquedas la plasmó en Madreverde, un complejo de dos hectáreas en el pueblo de Los Molles, donde se levantan dos cálidas cabañas junto a la casa que comparte con su marido, Carlos Grassano.
Los budas de piedra repartidos entre los frutales invitan a bajar un par de cambios. En un salón rodeado de lavandas y cosmos, al lado de la pileta, se dictan talleres de meditación y reiki. La idea es que esté abierto a todas las formas de auto-conocimiento. En el medio del parque se destaca la Gota, una construcción circular con una acústica muy especial. Shura la pintó por dentro con figuras orientales y la convirtió en un pequeño templo.
Dentro de la Gota conozco a Christian Abba, un paulista que vino a dar el taller “Perdido en el amor”. Cubierto con un poncho blanco, de pelo largo y barba, Christian y su harmonium (instrumento tradicional indio) son los protagonistas de un mantra improvisado del que también participan Shura, su hijo Matías, Carlos, y una amiga del matrimonio.
Descalzos, nos sentamos en círculo sobre unos almohadones brillantes. Shura canta, prende velas y esparce el humo de un palo santo. Copio al resto: cierro los ojos y me dejo llevar por la música que habla del amor, la paz…No sé si es el sonido del harmonium, las ganas de sentirme como ellos o el humo incesante del palo santo pero, por unos segundos, tengo la sensación de perderme en alguna otra dimensión.
Entre mantra y mantra, dice Shura que la búsqueda espiritual “es un camino de ida y nunca volvés a ser el mismo de antes”. Christian asiente con los ojos cerrados: “o espírito é tua casa”.

Reiki, comida naturista y otras hierbas
El tema de las terapias alternativas es serio. En la zona, hay acuerdo sobre algunos popes indiscutidos: la Reiki Master sudafricana Fleur de Wet de Barragán (La Población), la masajista Gilda Álvarez Zunino y la profesora de la técnica Alexander Paula Colangelo (San Javier), por ejemplo.
Una disciplina muy respetada es la astrología. Ludovica Squirru marcó tendencia cuando se instaló en Las Rabonas, y tras ella llegaron otros astrólogos que se inspiraron en este cielo para interpretar la dinámica cósmica. Hace unos años, Ludovica congregó a los vecinos en su campo, se vistió como un hada con tules celestes y, anunció que iba a “refundar una nueva Argentina”. Dijo que Traslasierra sería la capital espiritual del país.
Con perfil más bajo, en la hostería Atalaya de los Arcángeles de La Población organizan talleres de astrología vivencial y constelaciones familiares. Los encuentros se dan dentro de un octógono con una cúpula estilo birmano y cerca de un círculo de pinos, donde se dice que existe una “elevada vibración”.
Otro eje fundamental del paradigma transerrano es la alimentación. Comer sano y orgánico es ley. Liliana Racauchi y Pepe Bidart son referentes en la materia. Instalados hace 17 años en Las Chacras, escribieron varios libros sobre alimentación saludable (la hija de ella, Carolina Guryn, es la dueña del restaurante naturista Artemisia, en Palermo).
La pareja fundó el spa Las Dalias. Debajo del nombre suelen agregar “Centro Ecológico de Terapias Naturales”. La palabra “spa” les hace ruido porque lo asocian a algo estético, lejos del trípode que proponen: alimentación desintoxicante, meditación y contacto con la naturaleza. “La intención es generar un estado de armonía interior”, explica Pepe, vestido de blanco de pies a cabeza.
A tono con la vida sana, hay dos visitas necesarias: el almacén natural Prama, en Villa Las Rosas, y Aloe, la nueva tienda y huerta orgánica de Facundo Sosena y Laura López, donde ofrecen tijeras y canastos para levantar la cosecha y elegir las verduras in situ.

San Javier

No hay omm que valga contra la realidad inminente de San Javier: el asfalto. Por mucha resistencia desde Facebook, propuesta alternativa de empedrado e intentos de convencer al intendente de turno de que el pavimento atenta contra el encanto genuino de la localidad, ya hay cordones, cuneta, y las obras avanzan a toda marcha.
Pero San Javier no pierde su alma de pueblo detenido en el tiempo ni su prosapia distinguida dentro del valle. No lo logró un cartel luminoso que pusieron hace poco cerca de la iglesia. Era para anunciar la llegada de una nueva heladería. El pueblo se revolucionó. Los criollos lo leyeron como progreso (igual que el asfalto). Los venidos de afuera se ofendieron, les pareció escandaloso e inadecuado. Al final sacaron el cartel y la heladería, y San Javier volvió a ser el mismo; con sus caminos de tierra, las casas coloniales sin veredas, el mercado Machín, los sulkys y los burros de la plaza, que hoy conviven con las 4x4 y el wifi libre.
Esa fisonomía casi intacta es la que enamoró a Alejandro y Coca Jascalevich. Compraron un terreno camino al cerro Champaquí y en 2006 decidieron quedarse para siempre. Alejandro es arquitecto y diseñó cada rincón de su casa con materiales reciclados: piedra, adobe, madera de lapacho y troncos de jarillas. Replicó el recurso con las siete habitaciones que se anexaron a la casa, de estilo campo. Se sumó una pileta sobre un deck elevado, y así nació la hostería Las Jarillas.
El que vino después fue su hijo, Nicolás, contagiado del entusiasmo de sus padres. Pero lo suyo  fue apostar a los viñedos. Y no es un improvisado: licenciado en alimentos y con algunas temporadas en Bordeaux, incorporó ese savoir faire a su bodega Noble de San Javier, pionera en Traslasierra. Tuvo que esperar cinco años a que crecieran las viñas junto a la hostería. Ni sospechó que el sueño tomaría consistencia y llegaría a producir 12 mil botellas de vino serrano por año.
Entre los embajadores locales también está Sara Griskan. Ella toda es pura energía: bajo el nombre Los Olivos ha logrado reunir las dos cabañas que están junto a su casa y el emblemático negocio de artesanías que da a la plaza. Allí rescata talentos criollos y expone sus trabajos, como árganas de cuero, cerámicas y otros objetos artesanales elegidos con exquisito criterio. Al fondo, hay una muestra de fotos de pobladores tomadas por ella misma.
La pequeña comunidad de NyC (nacidos y criados) en San Javier también interesa al director de cine Andrei Durand. Desde que dejó Buenos Aires para radicarse con su mujer e hijo, filmó Los Mágicos, un documental sobre una familia de la zona. Y conduce un programa de radio en la FM local, “El Escuchador”, donde entrevista a personajes del pueblo, como el sacristán de la iglesia o el dueño del supermercado El Licho.
Ahora apunta al turismo con sus foto-caminatas para descubrir senderos ocultos como el que lleva a su casa, ubicada en la parte más alta de la sierra. Llegamos justo al atardecer y la sierra empieza a tornarse magenta. Le pregunto a Andrei sobre las propiedades del lugar y me responde con una humorada: “los lugares energéticos, al menos, tienen que tener buena señal de teléfono”. Es casi un presagio: cuando alcanzamos la cima, empieza a sonar una sinfonía de celulares.

El vecino Yacanto
Yacanto y San Javier bien podrían ser uno solo, excepto por el arroyo que los divide. Se repite la postal de las casonas señoriales, las callecitas angostas, y a eso hay que sumar la presencia histórica del Hotel Yacanto, un ícono que sigue en manos de la familia Madero desde la década del 60. Construido en 1922 para descanso del personal jerárquico de los ferrocarriles ingleses, tiene todo el estilo british de esa época. El bar, el golf, el restaurante conservan aquella impronta y en ese plan lo asumen sus habitués. Los hombres juegan al golf, las mujeres toman el té y los chicos corren en pijama por los pisos de pinotea que crujen desde siempre, porque sería un flagelo cambiarlos. Como lo sería que agregaran un spa, que se aggiornaran las habitaciones o se reemplazaran el clásico lomo a la mostaza por un menú más moderno, menos que menos naturista.
Si no convence este tipo de cocina, sepa que Yacanto es sede de un incipiente polo gourmet. El pionero Cuatrovientos sigue firme sobre la ruta desde 1998, cuando Eduardo y Alejandra Bottaro se animaron a trascender el cabrito en todas sus versiones. Eduardo venía con ventaja: como fotógrafo especializado había conocido de cerca los secretos de las grandes cocinas y chefs de la Argentina. Muestra con orgullo las fotos con Dolli Irigoyen y Ada Concaro. En el menú, hay un plato-homenaje al Gato Dumas: una combinación de mollejas y langostinos. “Él me enseñó lo bien que se llevan”, cuenta.
Dentro de lo nuevo figura Baraka. Abrió en el verano de 2012, en la casa del ex Sabores que matan, con galería, vista a las sierras y una propuesta bien particular. Como sus dueños son sufis, no sirven alcohol ni cerdo. “Nos dijeron que estábamos locos por abrir un restaurante donde no ofreciéramos alcohol”, cuenta Matías Orteola, uno de sus socios. La prueba de fuego ya la habían pasado en Palermo Soho, donde instalaron el concepto hace cuatro años. Esas ausencias se compensan con una buena cocina de autor y, podría decirse, de carácter místico. “Baraka” significa “bendición” y su alma mater es el Sheikh Muhammad Nazim Adil, el maestro espiritual de los dueños que vive en la isla de Chipre.
En Croa La Rana ofrecen comida casera y proyecciones de cine. La idea fue de Sofía Vigna y Mariana Otheguy, dos amigas que después de trotar el mundo se propusieron no volver a Buenos Aires. Agarraron la ruta 40 sin rumbo y anclaron en Yacanto, simplemente porque sintieron que acá “hay buena vibra”, la misma que se siente en su restaurante, muy frecuentado por los más jóvenes.

Excusas para detenerse pueblo a pueblo
Cada cual tiene su imperdible. En Nono, es el museo Rocsen. La colección más polifacética del país es obra del francés Juan Santiago Bouchon. Todo lo que este estudioso excéntrico y apasionado reunió en 70 años está presente en una construcción de casi 2 mil metros cuadrados, con una fachada de 49 estatuas que representan la evolución del pensamiento. Curiosos de intereses múltiples, acá lo tienen todo: momias, armas, fetos humanos, balanzas, mariposas, carruajes, cóndores embalsamados, acordeones, fonolas, estampillas, cerámica oriental y hasta un ternero de dos cabezas. 
Más al sur, en La Paz, es el Museo del Libro. Único en el país, el santuario de Luis Berraute guarda ejemplares de los siglos XVI al XIX, muchos cosidos a mano y con tapas de piel de carnero. Tiene estricto horario de visita –en verano a las 19 y en invierno a las 16– y fuera de esa tácita cita, no hay chances de que el dueño abra la puerta para mostrar su tesoro oculto.
En La Población los motivos para detenerse se multiplican: uno es Peperina, flamante restaurante en una casa con aspecto de estación de tren, justo en la curva que lleva al pueblo. Su dueño, el agrónomo Richard Kirton, vivió 25 años en Londres, donde trabajó en un restaurante con una estrella Michelin sobre el río Támesis. A la vuelta, volcó sus saberes en este emprendimiento que incluye el vivero Sophia, para despuntar el vicio vegetal. Emma Bianchi es la responsable de sus platos saludables y llenos de aroma, como los canelones de calabaza y los fideos al pesto. La carne no es tabú acá: Richard prepara una con especias hindúes, su especialidad.
En “La Pobla”, también es imprescindible parar en el taller-casa del orfebre Rafael Barragán y conocer sus finos trabajos en oro y plata. Con más de 20 años viviendo en Traslasierra, Rafael tiene autoridad suficiente para afirmar que “hay una energía renovadora en el valle”.
Sobre todas estas cuestiones, me quedo con la reflexión de un baqueano que encontré un día a orillas del arroyo San Javier: “Vos pensá que estamos pisando miles de toneladas de cuarzo y tenemos por encima al cerro Champaquí, que tiene más años que todos nosotros juntos. Si acá no hay energía, ¿dónde la hay?”.  Buena pregunta.

 

Por Cintia Colangelo. Nota publicada en revista Lugares 196.