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Esculpir el viento: Lyman Whitaker

En cobre, acero y acero inoxidable, las ondulantes esculturas de Lyman Whitaker juegan a transformarse por obra y gracia de la acción eólica, arte cinético que tiene lugar en Arizona. ¿Conocés la obra de Whitaker o la de otros artistas que trabajen el arte en movimiento?

Sopla una leve, imperceptible brisa y las piezas de Whitaker se ponen en marcha. Una coreografía de formas diversas y líneas muy netas obran efectos hipnóticos en quien las mira fijo. Las partes que las componen se mueven según sople el viento, cambian de dirección, parecen replegarse sobre sí mismas y se agrandan como si fueran el mecanismo de un caleidoscopio liberado; giran y giran alrededor del eje que las sostiene y así van modelando las corrientes de aire. Dispuestas a la intemperie, solas o en grupos, las esculturas se antojan recreaciones del espiral del adn, y si le cae nieve encima, se vuelven espesos velos de metal organizados.

¿Quién es Lyman Whitaker?

Un artista plástico que aprendió las técnicas de la escultura en Utah, que luego perfeccionó bajo la tutela del escultor Angelo Caravaglia, y que durante ese tiempo experimentó por primera vez el arte kinético.
De espíritu inquieto, Whitaker viajó bastante e incluso pasó cinco meses en la Antártida (1972), donde dejó testimonio de su experiencia al erigir un enorme reloj de sol. Cuatro años más tarde, recibiría su título en Bellas Artes en la Universidad de Utah. De ahí a construir esculturas asociadas al viento fue sólo un paso. Quienes lo conocen insisten en que estableció un pacto con los dioses, con Eolo para ser más precisos, y de él aprendió lo que había que saber sobre las aparentes veleidades de sus resoplos.
Sus trabajos obtuvieron reconocimiento internacional y esto le permitió construir un estudio propio cerca del Parque Nacional de Zion, en Utah. Con Stacy, su esposa, y un hermano (John) armó una sociedad de “talentos complementarios”, como ellos mismos la definen.
De las instalaciones que se vienen desarrollando alrededor del arte público, se benefician las obras cinéticas de Lyman. Si Calder jugó a proponer el arte en movimiento al servicio del equilibrio, Whitaker lo hace desafiando los embates eólicos, siempre impredecibles.
Sus esculturas del viento se muestran en galerías de arte, pero más se lucen cuando se exponen a las inclemencias (o clemencias, según como se mire) del árido desierto de Arizona. Destacan en Appleton (Wichita), jalonan el trazado de senderos en Whittier (California); ponen su nota en el museo de la universidad de St. Louis (Montana), en el Intermountain Dixie Regional Health & Performance en St. George (Utah), y en el Raytheon’s Corporate Campus en las afueras de Denver, en Colorado.

Esculturas del viento

Las esculturas de este ingenioso artista están hechas, a mano, de cobre, acero y acero inoxidable, metales elegidos por su belleza y durabilidad. El cobre envejecido, con esa pátina verde que le confiere el paso del tiempo, enaltece, a su juicio, la obra.
Hélice ovalada, doble sistema giratorio, palmera del desierto, lirio del desierto, nebulosa, estrella bailarina horizontal, remolino oval, doble bailarina, estrella giratoria, contrapunto, doble hélice vertical, estrella bailarina vertical, vela de doble hélice, bailarina del viento, trébol, galaxia, meridiano, zéfiro, estrella polar, frijol polar, vela, llama del desierto, tulipa, agave, mandala, flor de lis, eclipse, nautilus, flor del viento, ángel guardián, corriente, etcétera son los nombres de las Wind Sculptures. Éstas responden al mínimo soplo, pero también aguantan tormentas y vendavales. Tienen una altura de 5 a 28 pies y se apoyan con firmeza sobre una base a prueba de ladrones.
Esculturas del viento, máquinas del viento, sinfonía del viento, todas marcas registradas de Lyman Whitaker que se enamoró del aliento invisible del cosmos y se sueña fundido con sus criaturas metálicas en un viaje astral eterno.

 

Nota publicada en revista Lugares 196.