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Estación Berlín

Esta ciudad se mueve. Desde la caída del muro, el 9 de noviembre de 1989, está en permanente transformación y, todavía, en construcción. Respeto tácito por el otro, conciencia ecológica, un marcado perfil artístico y más de cien mil eventos por año la señalan como la capital europea de moda.
Tomar como referencia las estaciones fundamentales de U-Bahn (subte) y S-Bahn (tren urbano) para explorarla, es la mejor manera de conocer sus principales puntos de interés y oír cómo late. Si estuviste en Berlín contanos qué fue lo que más te gustó.

Obermauerbucke. Autor: Carolina Reymúndez.

1. HAUPTBANHOF
El cielo está negro de tormenta, pero un rayo de luz ilumina los cristales de la Estación Central de Trenes (Hauptbanhof), que cumplió cinco años hace un par de meses. Se inauguró para el Mundial Alemania 2006 y es la más grande de Europa, hija de un proyecto millonario ganado por los arquitectos Kleihues y von Gerkan. Tiene un corredor de vidrio de más de 300 metros, que ahora brilla con intensidad. Desde la estación parten y llegan más de mil trenes y subterráneos por día. Los pasajeros caminan apurados, suben y bajan escaleras mecánicas, arrastran valijas con ruedas, piden mapas en la Oficina de Turismo, preguntan por hoteles, sacan pasajes, compran, comen. Todo con luz natural, que entra por la impactante estructura vidriada de la nave central. Buen momento para un comentario sobre el transporte en Berlín. En dos adjetivos: es perfecto y caro. Si se lo compara con la comida y el alojamiento es más caro, que aunque suene extraño tienen buenos precios en la capital alemana.
La red de transporte integrado –U-Bahn (subte) + tren (S-Bahn) + bus– es extensa, confiable y práctica. Quizás los turistas suizos no lo noten pero para alguien que llega de Argentina, emociona.
En la zona de la estación, donde se construye un área residencial, todavía se ven amplios espacios vacíos. Y bicicletas, otro gran medio de transporte. En Berlín siempre se ven bicicletas. De día y de noche, atadas y andando, nuevas y viejas, la bici es parte del paisaje. Cada día circulan más de 500 mil ciclistas en la capital. Los vi pasar hablando por teléfono, mandando mensajes, comiendo, llevando una mochila con un bebé, un paraguas, la compra del día y un ramo de flores.La ciudad tiene 650 km de ciclovías y ya se aprobó un proyecto para continuarlas.
Sobre Invaliden Strasse, cerca de la Estación Central, Hamburger Bahnhof, el Museo de Arte Contemporáneo, reabrió, después de la guerra, en 1996. Está en un edificio neoclásico donde antiguamente funcionó una estación de trenes. En Berlín hay más de 180 museos. El Hamburger es para agendar: está dedicado al arte desde los años 60 en adelante y tiene obras de Andy Warhol (como la gigantografía de Mao sobre lunares violetas), Robert Rauschemberg y Joseph Beuys. Incluye también salas de videoarte e instalaciones, y una muy buena librería artística. Desde ahí se puede caminar hacia el Reichstag, subir hasta la cúpula de vidrio diseñada por Norman Foster. Quien quiera visitarlo, es gratis, pero deberá pedir cita previa por mail. En el edificio funciona Käfer, uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

2. BRANDENBURGER TOR

¿Por qué te gusta tanto Berlín?, le pregunté a un amigo antes de partir hacia Alemania. Me respondió: “Porque estuvo destruido y ahora está de pie. Porque estuvo separado y ahora está unido. Entonces que nadie les venga a decir a los berlineses que algo es imposible”.
La Puerta de Brandenburgo, que durante años fue un hito de la división, con la caída del muro se transformó en un símbolo de la unidad alemana. Es de piedra, se construyó entre 1788 y 1791 y funcionaba como puerta de entrada a la ciudad.
Friedrichstrasse se ha convertido en la sede exclusiva de compras. Con concesionarias de autos de alta gama, Quartier 206 para shopping de lujo y una sucursal de las Galerías Laffayette diseñada por Jean Nouvel.
En la vecina Bebelplatz, el 10 de mayo de 1933 miembros de juventud nazi, incentivados por el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, quemaron más de 20 mil libros. Obras de Thomas Mann, Heinrich Heine y Karl Marx entre otros grandes autores. Desde 1995 se ve un monumento subterráneo: una biblioteca con los estantes vacíos.
A pocas cuadras, Gendarmenmarkt, una plaza inspirada en la Piazza del Popolo, en Roma, tiene dos iglesias con cúpulas gemelas, y la sala de conciertos. ¿Un descanso en zona? El Newton Bar, dedicado al fotógrafo Helmut Newton, con sus fotos en las paredes y un lounge cómodo.


3. POTSDAMER PLATZ

El primer semáforo de Europa estuvo en esta plaza, en 1924. Hoy se ve una réplica frente a un edificio puntiagudo que diseñó Renzo Piano. Cuesta verlo entre tantos turistas que van y vienen, más de cien mil por día.
Me lo señala el comandante Philippe, un joven con uniforme de militar ruso. Es estudiante y se inventó un buen trabajo: en su stand pegado a un trozo de Muro de Berlín tiene los sellos y visados (ocho) que se necesitaban para cruzar de Berlín Occidental a Berlín Oriental. Antes costaba 25 marcos, hoy 2,5 euros.
Desde los años 90 la zona está en construcción. Hay 19 edificios nuevos, entre ellos, el Sony Center, donde cada año se celebra el Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale).
Más de 130 negocios, teatros y restaurantes, Potsdamer Platz es una zona altamente turística. Antes de dejar la plaza pasé por la vereda del Ritz Carlton. Había un Porsche último modelo rodeado de guardias de seguridad. Dos segundos después se subió un árabe de traje y arrancó rapidísimo. .
De Potsdamer Platz hacia el otro lado se puede llegar a la Neue Nationalgalerie, diseñada por Mies Van der Rohe. Cerca, un bar que uno quisiera tener en la esquina de la casa: Joseph Roth Diele, en homenaje a un periodista y escritor judío, autor del libro Crónicas berlinesas, una serie de artículos sobre la ciudad en los años 20. Todavía en Potsdamer –ya no Platz sino Strasse– se está armando un nuevo circuito de galerías de arte. Lo bueno es que de tan nuevo todavía no tiene mapa. Hay que explorar patios, meterse en pasajes y calles, estar atento.


4. HACKESCHER MARKT (
S-Bahn)
¿Cómo era Mitte cuando llegaste?, le pregunté a un argentino que vive en la ciudad hace 20 años. “Gris y llena de balas”, me respondió. De esa imagen salvaje ya no queda nada. Hoy, Mitte es mainstream; diseño, bares cool, marcas internacionales, capitalismo.
En el centro del barrio, que durante la división quedó en el sector Oriental, Hackescher Markt tuvo destino de mercado, ayer y hoy. Antiguamente se comprarían tomates y repollo; hoy ropa, zapatos, muebles. Es difícil salir de esta zona sin alguna bolsa en la mano. Para visitar: Hackescher Höffe, un complejo de edificios modernistas con varios patios inaugurado a principios de 1900. Después de la guerra siguieron años de abandono, pero en los 90 se restauró y tiene cines, teatro, un cabaret y tiendas. Entre carteles y vidrieras no hay que olvidarse de levantar la vista para mirar el edificio. Muy cerca, la primera estación de trenes urbanos (S-Bahn) de la ciudad, con ladrillo a la vista, arcos y claraboya. Sobre Rosenthaler Strasse, el Café Cinema parece embalsamado. Quedó de otra época y nadie se dio cuenta. Es oscuro, con afiches de películas en las paredes y adentro se puede fumar.
Los fines de semana, feria de artesanías y comidas en Hackescher Markt. Jugos recién exprimidos, bagels de salmón, quesos, embutidos y más.
Otro patio imperdible –y que no fue reciclado – aloja el Museo Otto Weidt. Durante la guerra, judíos ciegos y sordos fabricaban escobas y cepillos bajo la protección del comerciante Otto Weidt. Parte de la producción era para el ejército, por eso el taller se consideraba importante. Weidt fue un Schindler en pequeña escala y sin película de Hollywood, que salvó de la deportación a muchísimos judíos. Atiende el museo Haim Hoffman, uno de los más de 25 mil judíos que viven hoy en Berlín. En el mismo patio, el Centro Ana Frank.
Un símbolo de este distrito es la Torre de la Televisión (Fernsehturm), en la vecina Alexanderplatz. Se construyó en 1969, durante la RDA, y todavía hoy es la máxima altura de la ciudad, con 368 metros. Arriba, restaurante y mirador. La rodean una enorme plaza con negocios, la iglesia Marienkirche y el Ayuntamiento (Rotes Rathaus) de ladrillos rojos. Atrás, estatuas de Marx y Engels. Y un poco más allá, Nicolaikirche, otra iglesia, la más antigua de Berlín.
Para nostálgicos: Alexanderplatz fue en los años 20 un barrio de clase obrera, allí vivía Franz Biberkopf, el protagonista de la novela Berlin-Alexanderplatz, escrita por Alfred Döblin y que Fassbinder convirtió en serie de televisión. 
Atrás de Hackescher Markt, la Catedral y la famosa Isla de los Museos o Museum Insel. Rodeado por el Spree, este sector alberga los cinco museos más tradicionales de Berlín: Pergamon, Bode, Neues, Altes y Alte Nationalgalerie. En cada uno se paga entrada y cada uno tiene un hit. Cuando hacía la fila para entrar al Altes, donde desde 2009 está el famoso busto de Nefertiti, presencié una discusión de pareja. Eran españoles y el motivo fue porque él estaba harto de museos. Le dijo algo así: “Que sí, mujer, que a mí me gusta la Nefertiti, pero diez euros de aquí y diez de allá, más  la audioguía, ¡basta! Estos alemanes se han avivado, ponen el Altar de Pérgamo en un museo, a la Nefertiti en otro y así no hay bolsillo que aguante. Ni piernas. Además, no quiero echarme dos horas viendo piedras egipcias, si entro es por la Nefertiti. Pero no voy a entrar, ya lo decidí, ve tú. Yo te esperaré en el bar de enfrente, tomándome una caña".
Antes de irse a la plaza, el gallego le pidió a su mujer que por favor cuando estuviera en frente de la Nefertiti le sacara una foto. Y se fue. Cuando estuve en la sala de la hermosa escultura egipcia, pensé en el gallego: estaba prohibido sacar fotos.
Si tuviera que elegir dos de los cinco museos, serían el de Pérgamo por el espectacular friso y la puerta Ishtar, y el Altes, para disfrutar la belleza tranquila de Nefertiti.
Se estima que en 2019 estará listo el Humboldt Forum, que surgirá cuando concluya la remodelación del Palacio Real de Berlín, y formará un único conjunto con la Isla de los Museos. Habrá exposiciones, teatro, cine, música, biblioteca y, mal que le pese al turista gallego, más museos. Hasta que esté lista se puede visitar la Humboldt Box, recién inaugurada.

5. EBERSWALDER STRASSE

La caja de cartón está llena de fotos en blanco y negro, ajadas. La primera es de un bebe de días, muy abrigado. Lo sostiene y mira su madre. Al lado de la caja de fotos, hay mesas largas con loza. Platos ingleses, jarras de cerveza, azucareras. La gente pasa, mira, toca y a veces compra. En algunos puestos, uno podría pasar horas revolviendo el pasado, ensuciándose las manos.
Un domingo por la mañana en el Mauerpark es posible encontrar algún tesoro. Pero hay que ir temprano porque la feria de pulgas (Flohmarkt) es cada vez más grande, turística, concurrida. A partir de mediodía se hace difícil caminar. Tiene carromatos llenos de chucherías y antigüedades, comida étnica al paso, un bar al aire libre con música en vivo y un karaoke.
A la salida del Mauerpark, siguiendo unas cuantas cuadras por Bernauer Strasse se llega al tramo donde el 13 de agosto de 1961–hace 50 años– se separó la ciudad y a sus habitantes. Aquí se construyó el muro de un día para el otro, usando los edificios como barrera. Desesperados, muchos se tiraron desde las ventanas y murieron. Actualmente hay un memorial del muro y de la división de Alemania, en proceso de ampliación.
Para los que no soportan las multitudes, otro mercado, más pequeño, en la vecina Arkonaplatz. Menos chucherías y más antigüedades. Hay juegos para niños y la rodean bares con deliciosas tartas para almorzar. Cuando salí de la plaza descubrí un lugar que no había visto en las guías. Me llamó la atención una iglesia neogótica. Saqué una foto de lejos cuando vi que una mujer saludaba desde arriba. Seguí la huella y después de subir por una escalera caracol muy angosta y vieja llegué a lo alto de la Zionskirche, con muy buenas y poco difundidas vistas de Berlín. Se ven antiguas chimeneas, la Torre de la televisión, el Spree, el Tiergarten, la Hauptbanhof  y también se ve que Berlín es una ciudad de construcciones bajas.
Es preciso cruzar Schönhauser Allee para llegar a Prenzlauer Berg, otro distrito de moda, con cafecitos que sacan las sillas a la vereda (hay mantas disponibles para friolentos), edificios de principios del siglo XX, arte callejero (la luz roja de los semáforos tiene forma de corazón; la amarilla, de estrella, y la verde es una gota de agua) y boutiques de diseño indie. El más preciado es el diseño de los países nórdicos, lástima que los precios sean en euros. Kastanien Allee es la avenida principal del barrio. Se ven chicos y chicas con looks para coolhunters, padres jóvenes con hijos pequeños, y un ambiente de gente que lleva vidas no tradicionales, con otros horarios, profesiones alternativas y un ritmo más pausado que en otras esquinas de la ciudad.
En la cercana Choriner Strasse, Mundo Azul es una librería especializada en textos para niños, con ejemplares en español y otros idiomas, al mando de la argentina Mariela Nagle. Para conocer en zona: Kollwitzplatz y Kulturbrauerei, un centro multicultural en la antigua fábrica de cerveza Schultheiss. Cine, restaurante, exposiciones, un bar de tapas y un mítico club nocturno.

6. WEINMEISTER STRASSE

Berlín es pobre pero sexy”. La frase es de Klaus Wowereit, el alcalde de la ciudad desde 2001. La dijo hace algunos años, pero gustó y se repite. Al parecer tiene mucho de cierto. Gran parte del presupuesto de la ciudad – más de 400 millones de euros– están destinados a la cultura. En Berlín viven alrededor de diez mil artistas profesionales. Hay arte callejero, galerías, ateliers, artistas alemanes y artistas extranjeros. Muchos de ellos se mudan a Berlín porque es una ciudad barata. “Por 500 euros tienes un piso, además la comida cuesta menos que en España”, me comentó un pintor valenciano que vive en un piso compartido.
Weinmeisterstrasse es un buen punto de partida para recorrer las galerías de arte de Sophienstrasse, Tucholskystrasse, G. Hamburgerstrasse y Auguststrasse. Como Me Collectors Room Berlin y Berlin Art Projects, dos espacios donde ver tendencias en pintura y escultura contemporáneas.
Una librería con textos en inglés: Do you read me? Y un restaurante para agendar: Altes Europa. Ok, uno más: Monsieur Vuong, el hitazo del barrio, con cocina asiática adaptada al paladar occidental y riquísimos jugos naturales. El último, otro asiático: Yam Yam, de cocina coreana.
Con tantas bicicletas en acción, los talleres son necesarios. Fahrradstation es una cadena donde se compran, alquilan y arreglan bicicletas. Hasta es posible tomar clases para resolver pinchaduras o tomar un tour para conocer la ciudad en bici. Muy cerca, la Casa Camper, donde dormir es carísimo, pero comer japonés no tanto.
Algunas calles para caminar y encontrar bares y negocios de diseño y más galerías: Rosenthaler Strasse, Neue Schönhauserstrasse y Alte.
Schönhauser strasse. En Oranienburger, un parque y la bella cúpula dorada de la Nueva Sinagoga. También por aquí, Kunsthaus Tacheles, un icono de la cultura urbana alternativa, hoy en peligro de extinción. Nació en los 90 como un centro autogestionado de arte en un edificio de principios de 1900 que sufrió daños durante la guerra. Allí trabajaban y vivían como okupas muchos artistas. Al parecer el edificio fue vendido, y si bien hay marchas de resistencia todo indica que pronto tendrá destino de shopping o similar. Todavía se puede visitar y quedan algunos artistas.
Una noche, después de las 22 llegué a Clärhens Ballhaus, un salón de baile como los de antes. Había más de 200 personas bailando swing en un ambiente de fiesta. Todavía eran los años 20 ahí adentro. El salón se inauguró en 1913 con el nombre de la que mujer de su dueño, Clara, cariñosamente, Clärhens. Durante la semana se dan clases de chachachá, salsa, vals y “tango argentino”. A propósito, Charlotte Rampling lo bailó en este salón con piso de madera.
De no ser porque tiene dos problemas, Berlín sería perfecta”, me dijo antes de despedirse el artista valenciano. “El idioma es el primero, que si se estudia deja de ser un problema. El otro es el clima horroroso, y contra eso que no se puede hacer nada”.

7. GNEISENAUSTRASSE
Los turcos son la minoría más numerosa de Alemania. Hay poco más de dos millones en el país, y cerca de 200 mil viven en Berlín. Muchos, en Kreuzberg y en los distritos vecinos de Neuköln y Schöneberg. Al metro que pasa por esta zona se lo conoce como el Orient Express.
Aislada por el muro y el río Spree, Kreuzberg fue una zona olvidada dentro de Berlín Occidental. Durante los años 60 se necesitaba mano de obra para reconstruir la ciudad devastada y así llegaron los “trabajadores invitados” de Turquía. Con el tiempo se sumaron jóvenes alemanes y de otros países europeos a ocupar casas y fábricas vacías, los punks, los estudiantes radicales y más inmigrantes turcos. En los 80 se intentó demoler edificios, pero hubo fuerte resistencia de los ocupantes. En los 90, muchos predios se transformaron en centros culturales y comenzó el auge creativo de Berlín.
Hoy, Kreuzberg es el barrio con el mayor índice de extranjeros; hay nuevas escuelas, plazas y viviendas, y siguen viviendo muchos turcos. Se ven mujeres con pañuelo en la cabeza; se vende döner kebab –típico plato de láminas de cordero asado con vegetales–, tarjetas telefónicas prepagas para llamar al extranjero, y hay clubes donde los hombres fuman narguile. También, turistas con bolsas de compras, bares, restaurantes vietnamitas (muchos vietnamitas llegaron a Berlín en los años de la RDA) y productoras de música.
Si bien existen políticos xenófobos, como Thilo Sarrazin que declaró: “Los árabes y los turcos sólo sirven para vender frutas y verduras”, el rasgo distintivo de Kreuzberg es la multiculturalidad y hoy la multiculturalidad es tendencia. De los 3,4 millones de habitantes que tiene la ciudad, se cuentan más de 500 mil con pasaporte extranjero.
En Kreuzberg nació el Carnaval de las Culturas, una fiesta de la diversidad, que se celebra cada año, en junio.
El barrio tiene dos sectores, que se identifican con los números de los códigos postales: Kreuzberg 61 y SO 36. El primero es muy animado durante el día. Hay bares, cafés, restaurantes, negocios de diseño y tiendas de ropa vintage, como Colors, donde la ropa se compra por kilo a muy buenos precios. Se puede bajar en la estación de U-Bahn Mehringdam, pero me gusta más Gneisenaustrasse porque sale al corazón del barrio, cerca de Markthalle, un mercado de 1891 remodelado hace poco, donde se consiguen frutas, verduras, deliciosos embutidos y té de frutos de la Selva Negra.
Hace mucho que Berlín es una ciudad de mente abierta, donde la diferencia no es motivo de prejuicio. El propio alcalde Wowereit declaró hace algunos años: “Soy gay y está bien que así sea”.
En Bergmanstrasse, además  de negocios, cafés y restaurantes indios, vietnamitas, italianos, japoneses, bios, veganos, está el Schwules Museum, el museo gay de la ciudad, donde se cuenta la historia del movimiento homosexual en Alemania (hay textos en español), con especial foco en la persecución durante el nazismo.
Si hay sol, Victoriapark es una buena opción para un picnic. Su colina (berg) tiene una cruz (kreuz) en la cima, que dan nombre.
La columna vertebral de Kreuzberg SO36 es la calle Oranien Str. (no es Oranienburger, que está cerca de Hackescher Markt). Para llegar, bajar en la estación Görlitzer Banhof. Muy buen lugar para salir a cenar y a tomar algo. Imperdible: Hasir, para especialidades turcas.
Berlín se mueve, constantemente. Por eso, este texto debería renovarse cada semana. Como eso todavía no es posible, vale sumar a esta información el barrio de Kreuzköln, un mestizaje de los dos barrios (estación de U-Bahn: Hermannnplatz) y caminar por Pannier, Weser, Hobrecht y Friedel Strasse para encontrar algo de under y bares que todavía no aparecen en las guías.

8. KURFURSTENDAMM

Como tiene un nombre tan largo, los berlineses le dicen Ku’damm. Los turistas lo agradecen, probablemente porque no podrían pronunciar la versión larga. Este boulevard de poco más de tres kilómetros marcó el centro de Berlín Occidental durante los 28 años de división. Allí estaban las lujosas tiendas como KaDeWe, los teatros y hoteles, la moda con la que soñaban los habitantes del Este.
En 1989, después de la caída del muro, el primer Love Parade desfiló por Ku’damm, antes de trasladarse a Strasse des 17 Juni, la avenida más ancha de la ciudad, que atraviesa el Tiergarten.
En 2011, Ku’damm cumplió 125 años. La avenida comienza en la estación Zoologischer Garten (donde está la entrada al zoo más antiguo del país, fundado hace 150 años) y continúa hasta después de Adenauerplatz.
Nike town, H&M, Zara, Apple, Saturn (electrónica), Europe Center y negocios de souvenirs donde nunca falta el oso heráldico que identifica a la ciudad.
Si hicieran las mediciones en esta zona, donde también está el consulado argentino, habría una altísima concentración de tiendas por metro cuadrado.  Aunque quizás, le ganaría Hackescher Markt o Friedrichstrasse, dos áreas muy comerciales y más trendy del ex Berlín oriental. Hacia Olivaer Platz, las tiendas son más selectas: Versace, Gaultier, Chanel y Jil Sander, entre otras.
Dos hitos de Ku’damm: 1) En la antigua plaza de Breitscheidplatz, la
Gedächtniskirche o Iglesia de la Memoria Kaiser Wilhelm fue inaugurada en 1895 y bombardeada casi hasta la destrucción. El edificio moderno de al lado es otra iglesia, construida en los años 60. En la actualidad el complejo está en restauración, por el 50 aniversario de la reconstrucción, después de la guerra. 2) KaDeWe es la abreviación de Kaufhaus des Westens, que quiere decir la casa de compras de los occidentales. Se inauguró en 1905 pero durante la guerra sufrió serios daños. En 1950 se reabrió, totalmente renovada. Queda en Tauentzienstrasse; es la tienda departamental más grande del continente. En el último piso, el sector delikatessen incluye más de 34 mil productos (400 tipos de pan, 1.200 variedades de salchichas, jamones y pancetas, y 1.300 de quesos). Sí, será difícil salir.
Dos plazas cercanas. Savigny Platz es turística pero está rodeada de buenos restaurantes y boutiques que no pertenecen a ninguna cadena. Nollendorf Platz es una elegante plaza de barrio, rodeada de edificios con estilo, bares, restaurantes y ¡muy pocos! turistas.

9. KOCHSTRASSE

El 9 de noviembre de 1989 por la noche Claus R. estaba filmando y le avisaron que el secretario de la RD había dicho que los alemanes del Este podían cruzar al Oeste. Se caía el muro. Ya, ahora. Claus dejó todo y salió corriendo a Checkpoint Charlie. Había mucha gente, casi no podía avanzar. Brindaban, reían, lloraban, tomaban cerveza gratis. En esa época él salía con una chica de Berlín del Este. La había conocido en un viaje al Este –previo pago de un permiso, los occidentales podían cruzar– y cada tanto la visitaba. Ese día, ella cruzó y se reencontró con él. No se casaron ni comieron perdices pero ese encuentro en la calle, rodeados de Trabis y miles de personas, fue inolvidable.
El Muro de Berlín dividió Alemania durante 28 años. Medía 155 km (43 km pasaban por la ciudad), tenía 3,60 metros de altura, 302 torres de vigilancia, más de 800 perros y 127 km de vallas eléctricas y alambres de púa con alarma. A pesar de todas esas defensas, entre 1961 y 1988, más de 100 mil personas intentaron huir. Algunas tuvieron éxito.
Frente a la estación Kochstrasse está el Mauermuseum Haus am Checkpoint Charlie, justo atrás de una de las fronteras más famosas entre el Este y el Oeste. Charlie es por la letra C del alfabeto de la OTAN. El director y alma de la exhibición desde que abrió, en 1962, fue Rainer Hildebrandt, que murió en 2004. Definió al museo como una “isla de libertad”, como una forma de comprender la injusticia y luchar por los derechos del hombre. La muestra es larga y hay mucho material para leer (en inglés). Lo que más me gustó fueron los ingeniosos métodos de escape: desde un vuelo en globo aerostático hasta increíbles túneles (se conocen 25), niños escondidos en valijas y hombres en los motores de los autos. Sin olvidar a ese par que hizo tirolesa por los cables de luz ni al hombre que construyó un minisubmarino, mucho menos al artista que escapó adentro de un parlante.
El cercano Currywurst Museum es un buen lugar para conocer todo sobre la salchicha asada con ketchup y curry, y almorzar al estilo alemán.
Desde Kochstrasse se llega caminando al Museo Judío de Berlín, uno de los más espectaculares que conozco, que muestra el Holocausto a partir de la arquitectura. El responsable es el arquitecto y músico, Daniel Libeskind.
El museo cuenta dos mil años de historia germano-judía. “El edificio se construyó desde el vacío, el vacío que dejó tras de sí el exterminio de la vida de los judíos. Quedó muy poco de su presencia en la ciudad, entonces había que abordar el vacío”, explicó Libeskind. La guía de audio tiene excelentes comentarios sobre el recorrido. Además de conocer sobre la cultura judía, se recorre la historia, desde la exclusión y los ghettos hasta el vacío. En el Jardín del Exilio hay 49 columnas de cemento, altas y separadas una de otra. Arriba crecen olivos. Están sobre un terreno inclinado y al caminar entre ellas es posible sentir cierto mareo, debe ser por efecto de la pendiente y la angustia. Para entrar en la Torre del Holocausto hay que abrir una puerta enorme y pesada de hierro. Adentro, uno se siente solo aunque haya gente, y está oscuro y hace mucho frío.

10. WARSCHAUER STRASSE
Berlín tiene alrededor de 1.650 puentes. Sí, más que Venecia. De todos, se destaca Oberbaumbrücke, al final de Skalitzer Strasse, que cruza al distrito de Friedrichshain. De estilo gótico, con ladrillos y dos torres, se construyó a fines de 1800, y durante los años de muro funcionó como paso fronterizo entre dos distritos que estaban separados: Kreuzberg, en el Oeste, y Friedrichshain, en el Este. El puente presenta el nivel de los autos y, un poco más elevada, la línea de U-Bahn corta el ladrillo con el amarillo intenso de sus trenes.
Del otro lado, East Side Gallery es una galería a cielo abierto de casi un kilómetro y medio de Muro de Berlín pintado después de 1989 por 118 artistas de 21 países. En 2009, cuando se cumplieron los 20 años de la caída del muro se restauraron las obras dañadas por el tiempo.
En sus comienzos fue un barrio obrero, pero hoy Friedrischschain es otro sitio trendy de Berlín. Con cafés, restaurantes, tiendas de diseño, bares, clubes, peluquerías cool y galerías de arte. Siempre hay vernissages que llegan a la calle porque los locales son pequeños. Se puede entrar sin pedir permiso ni tener invitación. En la Boxhagener Platz, los domingos funciona un mercado de pulgas y de comida. En los alrededores hay negocios de ropa vintage. El día que caminé por el barrio entré en Kankangou: en las ventanas había carteles que promocionaban todo, desde un jeans hasta una campera de plumas, a menos de cinco euros. Me mostré sorprendida y un artista berlinés que revolvía un cajón de telas africanas, me contó que era común: “Lo hacen cada tanto, para que podamos sobrevivir al capitalismo alemán”.
En este barrio bohemio está el departamento donde vivía la señora de la película Good Bye Lenin!, esa madre a la que nadie se animaba a contarle que mientras ella estuvo en coma las cosas habían cambiado bastante en Berlín. En la zona, Kaufbar es un bar pequeño, acogedor, con música suave, tortas y tés para la tarde, y cervezas y tartas para la noche, y un detalle: todo lo que está en el lugar, desde los cuadros hasta los sillones y la vajilla, se vende. Y se compra. Por eso, el bar cambia todo el tiempo. Como Berlín.
Por Warschauer Strasse se llega a Frankfurter Tor, dos torres gemelas a manera de puerta presentan la Karl Marx Allee, el monumental boulevard stalinista por donde durante años desfilaron las marchas del Día del Trabajador. El conjunto de arquitectura socialista se construyó en los años 50, en tiempos de la RDA. Hasta 1961, la avenida se llamó Stalinallee, y luego, Karl Marx. En el número 33, el Kino International, inaugurado en 1963, vale una parada para ver la arquitectura exterior y el foyer. En frente, en el Café Moskau, fiestas para bailar. En la entrada, un gran mural de mosaicos muestra la vida cotidiana en un pueblo de la ex URSS. Al final de la avenida, otra vez, la torre de Alexander Platz.

11. TREPTOWER PARK (S-Bahn)
Berlín es la ciudad más verde de Alemania: el 30 por ciento son parques, con bosques, lagos, ríos y canales. Inaugurado en 1988, el parque Treptower está a orillas del Spree. Es amplio, con bosques, praderas y muelles desde donde zarpan barcos que navegan por el río.
Fui un domingo a la tarde. Había gente, pero no se notaba. Tan silenciosa es Berlín que el día más popular de la semana no había gritos ni ruido de más. Una pareja de alemanes miraba el río. A una distancia prudente, dos mujeres turcas, las cabezas cubiertas, les mostraban a sus hijos los cisnes de cuello negro. Más adelante, un grupo de hombres jugaba al ping pong y en medio de un rosedal un joven leía, tan concentrado, que no pude interrumpirlo para preguntarle cómo llegar al Sowjetisches Ehrenmal. Bicicletas todo el tiempo, un punk lleno de tachas con su novia de pelo verde y allá lejos, sobre el césped, un hombre tomaba sol desnudo. Mujeres abrazadas a mujeres, hombres a hombres, y mujeres y hombres, en este parque, como en todos los de Berlín, la gente va a su antojo y nadie se incomoda por lo que hace el de al lado, mientras sea respetuoso.
Me perdí un poco, pero al final encontré el Monumento de Guerra Soviético, dedicado a los soldados del ejército rojo que murieron en la Batalla de Berlín de 1945. Para llegar hay que caminar bastante. Es una gran explanada, con arboledas a los lados. Fue construido en 1949, con el sello de la arquitectura monumentalista de la RDA. Dos grandes puertas con la hoz y el martillo dejan ver, varios metros más adelante, un soldado ruso gigante que protege en brazos a una niña y aplasta con el pie y con su espada una esvástica nazi.
Desde el monumento caminé otro largo tramo hasta la estación de U-Bahn. En dos o tres minutos llegó el tren. En el viaje recordé una conversación con Alejandra López, periodista argentina que vive en Berlín hace más de una década. Cuando le pregunté por qué se había quedado, habló de los parques, del silencio, de las bicis, del multiculturalismo. Y dijo: “En Berlín encontrás la tranquilidad de una capital de provincia argentina y, a la vez, la intensidad de una megacity”.
Como todavía era temprano fui a conocer otro parque cercano, el Tempelhofer Park. Después de algunos años de polémica, el antiguo aeropuerto, usado por los nazis y luego para abastecer a Berlín occidental (puente aéreo durante el bloqueo soviético), se transformó el año pasado en un parque público de más de 300 hectáreas, mayor incluso que el Tiergarten. Todavía está la pista, donde hoy la gente patina, anda en bici y practica carrovelismo y remonta barriletes. En el edificio del aeropuerto se hacen ferias y fiestas electrónicas. Tempelhofer es uno de los tantos espacios abiertos de Berlín. Otra pieza del pasado que no se destruye. La propia canciller del país, Angela Merkel, declaró: “Para muchos y para mí, este aeropuerto con su memorial ya es un símbolo de la historia de la ciudad”. En los grandes paneles de la entrada se leía la millonaria inversión para recuperarlo, el proyecto arquitectónico y los planes a futuro: en 2017 será sede del Festival Internacional de Jardines. Hace más de 60 años que terminó la guerra y Berlín sigue en construcción, se reinventa con piezas de su historia.

Más sobre la capital alemana: La Puerta de Brademburgo / En bici por Berlín

Por Carolina Reymúndez. Extracto de la nota publicada en revista Lugares 185.