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Exploraciones en Junín de los Andes

Crece la oferta a la hora de dormir y comer en el tranquilo enclave a orillas del Chimehuin. Buenos programas para hacer al aire libre, pesca con mosca, un inusual un inusual turismo religioso e imperdible visita a comunidades mapuches.

La capilla de María Auxiliador del Paimún.

Nacido en 1883 como humilde fortín que los militares de la Campaña del Desierto clavaron en el corazón de un territorio habitado, hasta ese entonces, por tribus tehuelches y pehuenches durante milenios, Junín de los Andes es el pueblo más antiguo que se registra en el territorio de Neuquén. Diez años después de ese asentamiento, llegó al lugar una misión dirigida por el padre Domingo Melanesio, sacerdote que fundó una Casa Salesiana destinada a atender las necesidades materiales, espirituales y de educación de los niños nativos.

Si la presencia de la orden es ineludible cuando se cuenta la historia de la Patagonia, lo es aún más en Junín de los Andes, sede del Santuario Nuestra Señora de las Nieves y Beata Laura Vicuña. El edificio, en la esquina de Don Bosco y Ginés Ponte, guarda los restos del Padre Milanesio (quien, según dicen, bautizó a Ceferino Namuncurá) y una reliquia de esta Niña Santa, una de las principales devociones salesianas, que vivió en el lugar a principios del siglo XX.

El gran templo, remodelado en 1999, cuando se reinauguró como santuario, tiene interiores que abundan en pórfido azul, paredes decoradas con matras mapuches originales y arcadas que reproducen el diseño de la araucaria.
El arquitecto Alejandro Santana, encargado de la remodelación, es también autor del Vía Christi, una obra que, en las laderas del Cerro de la Cruz, enorgullece al pueblo y resulta una auténtica curiosidad.

Se trata de un recorrido de dos kilómetros a través de un pinar donde, en 18 estaciones, se cuentan distintas escenas de la vida de Jesucristo y culmina en una enorme cruz de cemento, que fue edificada 60 años atrás por un lugareño, punto desde el que se tiene una magnífica panorámica de Junín y sus alrededores. Las estaciones están armadas con esculturas de hormigón y emplazadas en teatritos o anfiteatros, cuyo revestimiento de fragmentos de azulejos es una franca referencia a Gaudí. En las cercanías de cada una de ellas, placas en sobrerrelieve reproducen escenas de la vida de Ceferino Namuncurá, la Beata Vicuña y algunos padres salesianos.

Concebido con la intención de revalorizar la historia latinoamericana, argentina y de Neuquén y del encuentro del evangelio con la cultura mapuche, lo más sorprendente de este Vía Christi es su osada concepción histórica y artística, empezando por el mismo Jesucristo, que tiene rasgos mapuches y quienes lo llevan al martirio son soldados de la campaña y conquistadores españoles. En la estación que corresponde a las Bienaventuranzas, Jesús está frente al Mahatma Ghandi, Martin Luther King, la Madre Teresa y Laura Vicuña, entre otros.
Además de usar motivos de la cultura nativa, Santana usó modelos vivos para sus esculturas y así, la anciana a quien Cristo lava los pies es doña Rosa Cañicul, una pillán cullén o abuela sagrada mapuche. El recorrido se puede hacer con guías, convenientes sobre todo para conocer personajes y detalles de la cultura local que el Vía Christi incluye.

El turismo religioso, sin embargo, no es la única actividad de este pueblo, que, extendido a orillas del cristalino Chimehuin, ofrece hacer una flotada de pesca o de paseo, saliendo de sus alrededores, hasta el paraje El Manzano.

Tuqui Viscarro, el guía que nos acompaña en esta flotada, cuenta que las truchas fueron sembradas en 1904 y que fue en Junín donde se inició la actividad. Es una tarde plácida y vamos río abajo en el calmo Chimehuin: Tuqui y su compañero se turnan para remar y pescar y cobran varios ejemplares de arco iris que vuelven, invariablemente, al agua.

Comprobamos que incluso para un turista ocioso y despreocupado, el paseo sin caña vale la pena de principio a fin. Primero porque el río es una belleza verde y transparente, con algunos rápidos muy sencillos de sortear. Si el día y el clima lo permiten, hasta es posible bañarse en esas aguas. En un paisaje de estepa patagónica, si el río abunda en truchas, el cielo también está poblado de patos que parecen salidos del catálogo de Audubon, con cara blanca, cuello verde y collar, avutardas, cormoranes y biguás. Según la época y la corriente, el paseo puede durar entre hora y media y dos horas.

El pueblo tiene un Paseo Artesanal (frente a la plaza), donde se pueden comprar artesanías en madera y telar de las comunidades mapuches de la zona, originales, lindísimas y a buenos precios. A dos cuadras, en el Paseo Parque Centenario, se destacan los tejidos en telar mapuche de Liliana Linares, de la comunidad Aucapán y los trabajos de carpintería en madera reciclada de José Manuel Romero.

En las afueras, dos alternativas de alojamiento son el recientemente remodelado Hotel San Jorge y el río Dorado Lodge. A cargo de Marta del Carmen Juárez y su familia -ya llevan 20 años instalados en Junín y siempre estuvieron relacionados con el mundo de la pesca, primero con una fábrica de reels y luego con un fly shop-, el lodge consta de ocho habitaciones muy amplias, con decoración rústica, buena calefacción y camas excelentes y baños muy cómodos con bañera. La casa ofrece desayuno buffet completísimo, con pan, dulces y medialunas hechas allí mismo y la posibilidad de cenar platos de comida casera. También hay un jardín con pileta y un pequeño lago artificial con truchas.

Al Parque Nacional Lanín

Hacia el sur, y a poco que se anda por la ruta 234 ya hay que desviarse hacia la cordillera, por la 53, y más tarde por la 62. Según se avanza, el paisaje va cambiando de la estepa a un territorio verde en el que aparece, tras un juncal inacabable, el Curruhué Chico, un laguito de aguas verdes que en invierno se congela.

Unos kilómetros más adentro, se divisa desde lo alto el Curruhué Grande, mientras el camino se va internando en el bosque andino, con sus lengas y raulíes, sus cañas coihues y, cada tanto, una araucaria gigantesca. No todo es vegetación y calma: por el camino circulan vehículos que van y vienen de la frontera a Chile, al Paso Carririñe.

Al lago grande sólo se accede a una de las cabeceras, donde hay un camping agreste (léase, precario en extremo) y comienza una serie de lagunas pequeñas, que parecen encadenadas: la Verde, la Escorial y la del Toro. Más allá, el camino llega al final del bosque hasta dar con una formación negra y despareja, conocida como El Escorial; se trata de un río de lava solidificada que alguna vez salió del volcán Achen Niyeu y llegó a hundirse en las aguas del lago Huechulafquen.

La zona es ideal para caminar y existen senderos señalizados: en el Centro de Información Turística de Junín se puede conseguir información sobre guías y en los kioscos se venden mapas de sendas y bosques para que cada uno lo haga por su cuenta; sin embargo la información sobre la accesibilidad del día hay que buscarla en la delegación del Parque Nacional Lanín.

Otro de los paseos clásicos de Junín de los Andes es el del lago Huechulafquen, del que nace el río que atraviesa el pueblo. Justamente ese lugar, conocido como la Boca del Chimehuin, es uno de los más requeridos por los pescadores y para los viajeros, un paraje digno de ser contemplado.

Siguiendo el lado norte del lago, que es también el más transitado, el camino se va poniendo verde y deja ver corrales con ovejas, alguna que otra vaca, casas de pobladores, bosquecitos y praderas por donde corren conejos de color té con leche y rabo blanco.

En una estrechura del lago, frente al cerro de Los Ángeles y con una vista impresionante del Lanín, el camino conduce a las puertas de la Hostería Huechulafquen, hotelito de los 50 que fue remodelado, con sólo siete sencillas habitaciones y entorno privilegiado. Desde el salón del restaurante y casa de té -abiertos al público- el volcán y sus nieves eternas lucen esplendorosos. El parque termina en una playa de arena negra y volcánica donde desemboca el arroyo Rucu Leufú.

Un par de kilómetros más y se llega a Puerto Canoa, desde donde sale una embarcación que hace un recorrido por los lagos Huechulafquen y Epulafquen: el paseo recorre lugares de gran hermosura pero a cambio, exige escuchar a través de un altavoz atronador, más de una hora de explicaciones no siempre relevantes. La grandeza del paisaje también está en el armonioso silencio que allí habita.

En las inmediaciones de Puerto Canoa, el Refugio del Pescador ofrece un alojamiento muy sencillo en un lugar de belleza encantadora. Dina y Horacio Baylac se instalaron allí hace 40 años, atraídos irremediablemente por el paisaje, y abrieron la hostería. Pensado para pescadores, con agua caliente, calefacción y luz eléctrica las 24 horas (algo no muy usual en los alrededores), no tiene lujo ninguno, salvo la amable hospitalidad de sus dueños y su buena cocina, de la que, según dice don Horacio “nadie se va a quejar”.

El camino lleva hacia uno de los lugares más lindos y apacibles de todo el recorrido: se trata de la angostura que une el lago Huechulafquen con el Paimún, donde un cartel anuncia el área recreativa La Balsa. Se trata de una playa de césped, salpicada de arbustos de mosqueta, que llega hasta la orilla del lago, cuyas aguas verdes tienen una mansedumbre balsámica, a tono con el resto del lugar, donde sólo se escuchan los pájaros.

A la vista, una construcción inusual para el lugar: la capilla María Auxiliadora del Paimún, blanca y pequeña, con sus vidrieras que dan al lago y sus dos cúpulas, una románica y otra típicamente rusa y acebollada. Diseñada por un capellán de la Gendarmería, Raúl Sidders, en lo que fuera una caballeriza de esa fuerza, que custodiaba el paso fronterizo de Villarrica, la iglesia es una donación de un asiduo visitante del lugar, Francisco Minieri Saint Béat, en el que, según dicen, por primera vez se escuchó el evangelio en la zona, leído por las voces de los jesuitas de la misión de Villarrica, allá por 1653.

Toda ella es una rareza y una conjunción de elementos diversos: tallas austríacas de madera policromada con las imágenes de la Pasión, de Santa María y de San Juan que donó Gernot Swarovski, un altar de ciprés patagónico, hecho con el fuste de un solo árbol, los vitraux del techo con imágenes de El señor de los Anillos, las cúpulas que representan las dos ramas principales de la Iglesia Católica, la Occidental y la Oriental (hecho que encuentran su explicación en el origen ucraniano de muchos miembros de la Gendarmería, incluso el capellán, nacidos en familias de esa procedencia en Chaco y Misiones).

Muy cerca de allí, está Mawizache, un restaurante y salón de té, muy rústico y sencillo, con un ventanal increíble que da al Paimún. El piso es de cemento alisado y los muebles de madera tosca, pero todo está limpio y la comida es casera y buena. Carmen Hernández, cuya familia está en el lugar desde 1910, es una de las propietarias del lugar, cuyo nombre significa gente de montaña y abrió hace cuatro años. Allí preparan y sirven comida artesanal: truchas, ciervo, guisos de cordero, empanadas.

Carmen pertenece a la comunidad lafquenche (gente del lago), aunque su familia no es mapuche sino descendiente de colonos españoles. Su generosa cortesía nos convidó con un té delicioso con budín de naranjas, pan casero tostado y unos dulces memorables de saúco, frutilla y frambuesas que ellos mismos preparan.

El camino sigue hasta El Saltillo, pasando un paraje llamado Piedra Mala, donde la ruta, que bordea el Paimún, atraviesa tramos de cornisa, bordea playitas de arena negra y se interna en un bosque no muy tupido, con los infaltables conejos, corriendo de aquí para allá. De tanto en tanto, aparecen campings agrestes, como para instalarse a disfrutar del paisaje.

La pesca y lo demás

A diez kilómetros de Junín de los Andes, por esa misma ruta 61 que lleva al Huechulafquen, el Lodge Spring Creek ofrece el incomparable privilegio de tener al Lanín como telón de fondo. Son seis cabañas y un club house próximo a las orillas del Chimehuin y al arroyo de vertiente -el único en la zona- al que debe su nombre; en ambos se puede pescar truchas de varios tipos gracias a la diferencia de hábitat. Aunque permanece abierto todo el año, de diciembre hasta abril los pescadores son sus huéspedes habituales: a quienes se hospedan en el lugar, se les ofrece un menú de salidas que incluye los mejores sitios de la zona -la Boca del Chimehuin, el Malleo, el Aluminé, todos distintos entre sí-, además de la disponibilidad permanente de las aguas propias. El río es tan atractivo que aún si uno no pesca, da gusto solamente pasar el tiempo descansando a la orilla.

Spring Creek ofrece cabañas independientes para dos personas en habitaciones individuales, dos de las cuales han sido completamente remodeladas y lucen magníficos ventanales con vista al volcán (en realidad desde todas ellas se puede disfrutar el entorno). El club house se compone de restaurante, bar y sala de estar, y tiene wi fi. La última adquisición de la casa es una tina de agua caliente para cinco personas, con vista al Lanín, perfecta para el relax después de un largo día de pesca. Todos los que pasan por este lodge reciben atención personalizada bilingüe, bajo la atenta supervisión de Franky Pollitzer.

Para los que prefieran otro tipo de actividades, se proponen programas de birdwatching, ya que sólo en Neuquén viven 241 especies diferentes. Las arman junto a Horacio Matarasso, de Aves Patagonia, a gusto de los huéspedes. También desde Spring Creek se puede salir de cabalgata, que organiza Marcos Corsetti siguiendo el curso del Chimehuin o por la orilla menos transitada del Huechulafquen, hasta el paraje El Contra. Aunque nació en La Plata y pasó gran parte de su vida en Buenos Aires, Marcos vive en Junín de los Andes hace diez años y desde hace dos se dedica a organizar cabalgatas. Sus caballos son mansos y muy confiables (habla la voz de la experiencia) y no lleva más de ocho personas por vez: el recorrido que se hace bordeando el Huechulafquen es un paseo de medio día, con mates y tortas fritas caseras incluidas, de la casa de algún poblador.

Camino al lago Tromen, el San Huberto Lodge ofrece cocina excelente, cómodo alojamiento y un río, el Malleo, de bien ganada fama entre los amantes del fly cast. El lugar, parte de la estancia de la familia Olsen, fue fundado por Carlos Nordahl Olsen y su mujer, Carmen, en los 70. Al principio fue su casa y albergue para cazadores: hoy es un confortable edificio con lugar para 16 huéspedes que se alojan en diez habitaciones.

La encantadora Carmen está al frente de la casa, junto a su hijo menor y se ocupa personalmente de la cocina, su actividad preferida. Los Olsen son estrictos en cuanto a cuidar sus recursos: no admiten más de 12 pescadores en el río y ofrecen, como actividades complementarias, cabalgatas y birdwatching y además, al principio y al final de la temporada, una clínica de cocina a cargo de un chef porteño, llamada Cañas y Cacerolas.

Territorio mapuche

Más allá del río Malleo, entre las colinas de la precordillera, se llega a la comunidad de Aucapán, siguiendo caminos con tramos de cornisa que dejan ver, en cada curva, un paisaje distinto y singular. De tanto en tanto, se divisa un cortavientos de álamo y a su alrededor, la casa y los corrales. En algunas cimas aparecen manchones boscosos de altas araucarias donde, en marzo, familias enteras acampan allí para juntar piñones, el alimento que alguna vez los dioses les dieron a los mapuches para aliviar por siempre el hambre. Fue, justamente, esa afición a recoger piñones lo que les dio a los primitivos habitantes de la región su nombre de pehuenches, esto es, gente de los pinares.

Según el magnífico Mapuches del Neuquén. Arte y cultura en la Patagonia Argentina, existen en la provincia alrededor de 44 comunidades. El libro, que publicó Luz Editora, ofrece una completa historia de la comunidad, una antología de las leyendas principales y fotos de gran calidad de miembros de las distintas comunidades y de artesanías antiguas y actuales.

La comunidad de Aucapán (Linares) que visitamos, está dispersa a lo largo del curso del arroyo del mismo nombre y abarca un territorio bastante grande, que se divide en cinco sectores. En uno de ellos, Nahuel Mapi arriba, existe una escuela que funciona de septiembre a mayo, donde acuden 28 niños de la comunidad. En la escuela aprenden a leer y a escribir en castellano y en mapuche. Muchas veces, cuenta la directora, tienen que faltar: son épocas de ayudar en la casa e ir a juntar madera o piñones, o de llevar el ganado de ovejas o chivos a otras pasturas, ya que allí la gente vive de la cría de animales. No faltan los artesanos que tallan madera o hacen telar.

En Nahuel Mapi abajo vive Lidia Esther Calfuqueo, tejedora. Con Nora, Natividad y Gladys, las tres hijas que están en la casa y Alejandrina y Nelly, otras dos ya casadas, tejen ponchos, matras y alfombras bellos y originales. Ellas mismas hilan la lana de oveja y la tiñen con yuyos del lugar: el cogollo que da color siena; el radal, que colorea de marrón; la laura, que resulta en gris… También, claro, venden esa lana. Cuando tejen entre tres, hacen un poncho en dos semanas.

Eleuterio Tripailaf, en cambio, se dedica a la madera. Nacido en Nahuel Mapi abajo, trabajó durante años como peón caminero y también como esquilador a tijera. Ahora cuida de sus animales y talla fragmentos de lenga, que va a buscar al bosque, con los que fabrica adornos con formas de animales, paneras y fuentes. Aprendió el arte mirando a su padre y ahora se lo está enseñando a sus nietos: primero talla la pieza y después la figura, o sea, les hace los detalles con marcas de hierro caliente.

Frente a la escuela de Nahuel Mapi arriba, mujeres jóvenes de la comunidad se reúnen todos los martes en el salón comunitario para trabajar en un taller de platería, en el que reproducen en alpaca los modelos tradicionales de ornamentos mapuches: pectorales, aros y tupus (especie de alfiler con cabeza ornamentada, de donde se cuelga el pectoral). Empezaron a juntarse hace cuatro años, en un taller de costura, y hace poco más de uno, decidieron dedicarse al oficio con que sus antepasados hacían sus adornos, también usados como elementos de trueque. Consiguieron financiación para comprar materiales y herramientas y una profesora que les enseñara la técnica: ahora venden su producción en exposiciones de la zona y cada martes, cuando se juntan en el taller, hablan y cantan en mapudungun, la lengua de sus ancestros.

Eva del Carmen Albornoz no ha ido al taller este martes: también ella trabaja en platería pero hoy está en su casa, a unos kilómetros de allí. Eva talla fuentes y paneras en madera de lenga, la única que puede usarse; sus seis hijos, que van desde los 19 a los 5 años ayudan, quien más quien menos, en la tarea.
En marzo, bajo la vigilancia del vice lonco (cacique), se corta madera del bosque: a lo largo de la senda que lo atraviesa se van haciendo grandes montañas de leña que bajarán a las casas de la comunidad en camiones o en carros arrastrados por yuntas de bueyes.

Si bien los caminos a la comunidad están en condiciones relativamente buenas, lo más conveniente es acceder por medio de alguna agencia que haga estos paseos, ya que conocen mejor el lugar y a sus habitantes y por lo tanto saben cómo a los artesanos, cuyas casas están distantes unas de otras.
Hospitalarios y amables -tienen, además, un gran sentido del humor-, los mapuches pueden ser también un poco tímidos frente a los visitantes. Pero por ellos, por sus trabajos y el paisaje maravilloso en el que viven, visitarlos es una experiencia que nadie que vaya a Junín de los Andes debería perderse.


Texto: Cristina Viturro
Fotos: Denise Giovaneli


Publicado en Revista LUGARES 128. Diciembre 2006

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