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Fernando de Noronha: tesoro en el mar

Alejado y protegido, este archipiélago nordestino atrae tanto por sus magníficas playas como por sus exóticas profundidades, palabras mayores en materia de buceo.Para quienes buscan aventuras en el viejo mapamundi, Noronha es un punto en el océano Atlántico cuyo nombre resuena misterioso. Si tuviste la oportunidad de llegar hasta este recóndito destino, contanos tu experiencia.

Museo de los tiburones. Autor: Sergio Goya

Para los acólitos de Google Earth, es una serie de manchas negras que se tornan verdes y luminosas a medida que el zoom del satélite se acerca. Para los conocedores, es un recóndito archipiélago nordestino que promete una versión agreste de las soñadas playas brasileñas. Para los literatos, es el conjunto de oscuros peñascos cortados a pico que avistara Antoine de Saint-Exupéry en sus vuelos para la Générale Aeropostale (hay quien dice que se inspiró en ellos para algunas ilustraciones de El principito). Para los iniciados, es la Meca de los buceadores de todo el mundo (los expertos comparan un mergulho en estas aguas, que van del azul al esmeralda y el violeta profundo, con una inmersión en los prodigios del Mar Caribe o las Islas Maldivas). Para nosotros, ni bien aterrizamos, es el lugar donde embaten con furia los vientos alisios llegados, como antes los barcos, desde las no tan lejanas costas de África…
En suma y a primera vista, Noronha es un grupo abigarrado de islas pequeñas que emergen de las aguas como menhires –pétreos vestigios de su origen volcánico– y que además tiene una larga y concurrida historia. Charles Darwin pasó por aquí circa 1832 en su célebre travesía a bordo del HMS Beagle. Pero no fue el único. Muchísimo antes, en 1503, el navegante y cartógrafo Américo Vespucio había desembarcado en la isla principal durante su primer viaje al Nuevo Mundo. Y tanto se enamoró de sus maravillas naturales –que al año siguiente serían otorgadas al ignoto hidalgo portugués Fernão de Loronha– que trazó mapas y planos y escribió, a pluma alzada, unas extraordinarias descripciones. Que a su vez inspiraron a Thomas More (o Tomás Moro) al escribir su Utopía (1516). Parece cosa de fábula o leyenda, pero no. Esa “tierra de ninguna parte” que imaginó Moro –ese lugar bello, nuevo y puro en el que todos son iguales y mantienen una relación idílica con su entorno natural (hoy diríamos medioambiente)– tuvo su correlato en el “mundo real” precisamente en este archipiélago que ahora, en la segunda década del siglo XXI, muchos equiparan a un paraíso reencontrado.
Hay que tener en cuenta que, para preservar el idilio humano con la naturaleza, es necesario tener a raya a los “predadores”: la superpoblación, la explotación indiscriminada de los recursos, el turismo no responsable y otras variantes de la época. Por eso no es fácil llegar a Noronha, ni tampoco quedarse. Sólo tienen permitido ingresar 420 personas por día, previo pago de una tasa que aumenta después de los primeros siete días de estadía, por si alguno quisiera enviciarse.
El 70% de la isla es PARNAMAR (Parque Nacional Marino) y el 30% del archipiélago es APA (Área de Preservación Ambiental): eso quiere decir que uno no puede andar por allí a su antojo: hay lugares donde sí y otros donde no; hay momentos en que sí y momentos en que no. Tampoco hay muchos pobladores, ni quieren que los haya: apenas mil habitantes nativos, y 3800 en total. Es más, desde el año 2003 ha dejado de funcionar la sala de partos del hospital y las futuras madres deben trasladarse a la vecina Natal para dar a luz, más o menos hacia el séptimo mes de gestación. Por lo tanto, dentro de unas cuantas generaciones ya no habrá noronhenses nativos. Para rematar, no se pueden comprar o vender propiedades inmuebles (es vox populi que más de una pareja que cortó amarras quedó literalmente separada por una pared: tuvieron que dividir al medio la casa que hasta entonces compartían). Pero tanto los nativos como los noronhenses por adopción están convencidos de que esta es la única manera de preservar el estilo de vida de la isla y su indómito paisaje.
La intérprete ambiental Patrícia Roelandt lo advierte al recibirnos: Noronha, antes que un lugar de descanso donde tomarse unas merecidas vacaciones, es un centro de fitness. Aquí resulta imposible no tener los abductores marcados y unas pantorrillas perfectas, como talladas con cincel: el trekking permanente es el santo y seña de la isla. Las playas son extensas, extensísimas, casi siempre desiertas. Nada de barcitos, hamacas, sombrillas y vendedores de toda laya. Ni un alma, salvo la propia y las de otros que también han venido a buscar exactamente eso: naturaleza casi virgen. Un lugar donde las lanchas de excursión, los restaurantes, los cursos intensivos de buceo, el snorkel, la hotelería están al servicio de la naturaleza.


Museu dos Tubarões – Projeto NAVI

En la entrada del Museu dos Tubarões, la imagen de un tiburón sonriente anuncia desde un cartel: Deixe a superstição. Forme sua opinião. Parece propicio iniciar el recorrido con esta sutil invocación al libre albedrío: abandonar la superstición (el prejuicio) y pensar por cuenta propia. Aprender, en definitiva, que de eso se trata. Así –mirando láminas, escuchando explicaciones, contemplando con indisimulable desconfianza muestras de dientes, dientitos y dientazos del predador en cuestión– nos enteramos de que tanto los Carcharodon como los Galeocerdos poseen un olfato “canino” (en este caso, canino es sinónimo de detector de vida) y funcionan como un radar pasivo: captan a la presa antes de verla; la localizan con mínimos trazos de luz gracias a una suerte de cámara reflectora que poseen, el tapetum lucidum. De allí que muchas veces “se confundan” y peguen la feroz dentellada donde no deben… para luego abandonar los despojos. Porque, por sobre todas las cosas, tienen un paladar gourmet (por suerte, los humanos no formamos parte de sus manjares dilectos). ¿Para qué enterarse ahora de todo esto? ¿Por qué desempolvar los escasos o rudimentarios conocimientos de biología marina justo ahora? Porque Noronha, como dijimos, es un centro de buceo y nosotros hemos venido a iniciarnos. Y porque en sus aguas plácidas también circulan tiburones, en seis de las 20 especies hasta ahora identificadas en el mundo: tigre, martillo, ballena, de arrecife, lija y limón. Pero no hay que asustarse. Es cierto que las playas de la vecina Recife están punteadas por carteles que intimidan: tiburones negros como la noche más negra, de fauces abiertas y amenazantes, dispuestos a atacar. Y es cierto que suelen patrullar las costas al acecho de nadadores incautos… Pero aquí no: porque en Noronha todos los animales respetan la cadena de alimentación natural, incluidos ellos. En Noronha no hay barcos pesqueros que diezmen cardúmenes. Todas las criaturas respiran, en el aire o bajo el agua, en suprema libertad: es decir, exclusivamente sujetas a las leyes de su propia especie y a los rigores naturales (sí, la utopía hecha realidad). Entonces, nos aseguran los “tiburonólogos”, podemos bucear tranquilos. Estamos en el paraíso. Y pronto –traje de neoprene, doble tanque de oxígeno y patas de rana mediante– lo comprobaremos.
Otra manera, menos esforzada, de conocer la impactante fauna marina del archipiélago es apuntarse en el Projeto NAVI (Natureza Viva): una fantástica hidronave con forma de pez y piso transparente que podría haber inventado Leonardo Da Vinci pero en realidad fue diseñada durante el siglo pasado, para uso militar, por la marina soviética. Los turistas, cómodamente sentados en torno al óvalo translúcido, ven desfilar a sus pies una amistosa procesión de criaturas marinas mientras un instructor explica quién es quién bajo el agua: delfines rotadores, morenas verdes, rayas chitas, piraúnas, barracudas, cangulos pretos, tortugas de peine, tiburones de los arrecifes… Y siempre, afuera, el viento formando carneirinhos (nubes) y de tanto en tanto la perspectiva de un swell: ola viajera que viene formándose desde 4000 o 5000 kilómetros de distancia y encuentra su rompiente en las costas del Mar de Fora.
Mar de fora, barlovento; mar de dentro, sotavento,” repite Marcinho, nuestro guía, como si entonara un estribillo de antiguos navegantes. Después nos explica que veremos, y viviremos, dos tipos de playas: las del mar de Dentro en el litoral norte –miran al continente y suelen ser más calmas– y las del mar de Fora –ya sin mediación con el océano, más salvajes y ventosas–. “Las de afuera” son tres: Atalaia, frente a la Ilha do Frade, muy buscada por las rasas “piscinas naturales” que se forman durante la bajamar (sólo pueden visitarla 100 personas por día, en grupos de 25 y durante unos 20 minutos, pero vale la pena porque allí la fauna marina despliega toda su variedad, y en cantidad); Bahía do Sueste y Praia do Leão, donde llegan a desovar las tortugas marinas y pueden verse “géiseres” (con la marea alta, el agua entra a presión debajo de los arrecifes coralinos y luego es expulsada en chorros a través de las grietas). Esta vez nos toca bajar a la Praia do Sueste, en una bahía poco acentuada frente a las Ilhas do Chapéu y Cabeluda, donde practicaremos snorkel con chaleco salvavidas (hay que ponérselo sí o sí para poder flotar y no pisar los bancos de corales). Esta playa alberga el único manglar en isla oceánica del Atlántico y en sus costas encuentran refugio y alimento, además de las tortugas y el pássaro mergulhão (una saeta que se zambulle a velocidad increíble para pescar sardinas), las elegantes garzas de Cabo Verde (la misma especie que definiera Buffon en su Historia Natural). Es que Noronha ha sido, y continúa siendo, un lugar donde recuperar fuerzas y abastecerse: una escala en las migraciones.
Las “playas de adentro” suman doce, y las más famosas son Boldró (nombre heredado de los tiempos en que los norteamericanos tenían un puesto de observación de misiles cerca de la cumbre más alta de la isla, el Morro do Pico, al que llamaban “bold rock”), Cacimba do Padre y Bahía dos Porcos, situadas frente a las Ilhas Dois Irmãos (picos gemelos con leyenda autóctona), y la espectacular Bahía do Sancho, a la que sólo se accede por mar o a través de una escalera de caño entre altas paredes de roca. El descenso, de unos 50 metros, no da vértigo: sólo requiere un poco de concentración y estado físico. En todas las playas de Noronha rige el mismo lema: só deixar pegadas, não levar nada (dejar sólo pisadas, no llevar nada). Y la belleza –esa rara cualidad que tantos buscan definir y es en última instancia indefinible– tiene en ellas su frágil reino perdurable.
Ahora bien, si de bucear se trata, los sectores más concurridos son Ponta da Sapata y, en el otro extremo, las islas secundarias. Saliendo de Porto Santo Antônio, avanzamos flanqueando las Ilhas Rasa y Sela Gineta custodiados por aves marinas que vuelan en escuadra mientras los instructores nos enseñan todo lo que necesitamos saber para un mergulho de bautismo: cómo respirar, qué señas hacer, cuándo detenerse… Entre la Ilha do Meio y la Ilha Rata (así llamada porque otrora era habitada por esos raudos roedores) comenzamos a sumergirnos: despacio, entrando en confianza con el agua y sus misterios y sus ritmos como delicadas ondas musicales, apenas vibrantes. Un metro, dos, tres, tres y medio… y la luz del sol empieza a alejarse y con ella la sensación de poder subir a la superficie en pocos segundos. Pero lo que vemos aquí abajo hace olvidar cualquier inquietud: peces de todos los colores y formas conocidos y muchos otros imposibles de imaginar pasan a nuestro lado como si fuéramos, también nosotros, criaturas marinas (aunque algo torpes). No parecen tenernos miedo, con nuestras raras siluetas negras y nuestros tanques de oxígeno que semejan una voluminosa aleta dorsal color plata. Tampoco manifiestan curiosidad. Pero ¿cómo reconocer la curiosidad de los peces? Y corales y piedras y tortugas nadando con compás ligero. Y otros peces, cada vez más grandes, y rayas oblicuas e inofensivos cazones. La emoción imperante es el asombro… y es tan grande que dan ganas de abrir la boca. Como eso es imposible ahora, continuamos deslizándonos aguas abajo, en perfecta conjunción (diríase) con aquello que nos rodea y acompaña. Es cierto lo que dicen los instructores: el que se anima a bajar, después no quiere subir.


Noites do Nordeste

Hasta no hace mucho, Noronha no tenía hoteles de lujo y había muy pocas opciones para alojarse. Lo más común eran las así llamadas pousadas domiciliares: los pobladores habilitaban uno o varios cuartos en sus casas y se compartían la cocina y el cuarto de baño. Hoy la perspectiva ha cambiado de manera radical: desde la impactante Maravilha, pasando por la exclusiva y chic Beijupirá, hasta las igualmente lujosas y acogedoras Teju-Açu o Tribojú, la oferta es amplia y tentadora (incluso han aumentado y mejorado las posadas domiciliarias, calificadas según categoría de 1 a 3 delfines). En lo que hace a los restaurantes, la opción romántica es Beijupirá: las mesas estratégicamente distribuidas en el jardín salvaje con suave pendiente hacia el mar (mata atlántica en miniatura), el  telescopio que apunta al cielo estrellado, las hamacas y las mecedoras dispersas crean un ambiente más que propicio para namorar. Para los que prefieren “mirar y ser mirados” el lugar es, desde siempre, Zé Maria con sus pantagruélicas veladas de tenedor libre. Y, para los más discretos, el chef Fábio Taveira prepara en el restaurante de Maravilha originalísimos platos que hacen honor al nombre del lugar.
La vida nocturna en la Vila dos Remédios (el centro urbano más poblado de la isla; los otros son Vila do Porto, Vila do Trinta y Vila da Quixaba) tiene una estrella popular: el Bar do Cachorro, frente al mar y bajando por la calle adoquinada de la iglesia, construida en 1737. Allí, a cielo abierto y junto a un mural de Sérgio Roca –un pichador (grafitero) local que va dejando su huella en cuanta pared virgen que no sea patrimonio histórico encuentra– se baila y se canta todos los días de la semana hasta bien entrada la medianoche: frevo, axé, forró tradicional, forró universitário, nos explica el omnipresente Marcinho. Pero cada lunes se presenta el Maracatú Nação Noronha Zumbi. El maracatú es un ritmo traido a Brasil por los esclavos de origen bantú que podría definirse, en principio, como un cortejo destinado a la coronación de los reyes y las reinas y el culto de los antepasados. Lo cierto es que los senhores dos engenhos les daban su ropa usada a los esclavos para que vistieran a sus reyes bailando el maracatú y estimulaban la competencia entre “naciones” con la nada velada esperanza de que, enemistados entre sí, no se rebelaran contra ellos. Turistas y locales bailamos como podemos la ciranda, una ronda de ritmo cada vez más intenso que nos deja felices y sin aliento.
A la mañana siguiente nos despedimos de Noronha con una visita al Projeto Tamar, dedicado a la defensa de las tortugas marinas, donde todos los días dan charlas gratuitas educativas. Le sigue un paseo en catamarán por la Bahía dos Golfinhos. Bajo un cielo encapotado y surcado por relámpagos y un mar por primera vez embravecido, ponemos proa hacia la Ponta da Sapata. Pero sabemos que nada malo puede ocurrir porque nos preceden los legendarios peces-escolta: un grupo de delfines rotadores que aparecen de golpe junto a la embarcación y nadan veloces, casi pegados a la proa, dedicándonos de vez en cuando su famosa pirueta: una suave voltereta a ras de las olas, casi ingrávida.

 

Por Teresa Arijón. Revista Lugares 188. Nota publicada en diciembre de 2012.