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Frente al canal

Los viejos y nuevos pioneros, barrios en ascenso, novedades hoteleras y perlitas gourmet…la ciudad que nació mirando al Beagle no deja de crecer. Más allá, las expediciones al corazón de la isla y al glaciar Vinciguerra invitan a la aventura en dos rincones poco explorados de Tierra del Fuego.

El glaciar Vinciguerra y a sus pies, la Laguna de los Témpanos

De los naufragios a los mega cruceros, de la Siberia argentina a la ciudad turística, de las casas trineo a los cinco estrellas a orillas del BeagleUshuaia se ensanchó y mucho. Algo pasó en el medio para que el folclore cosmopolita se apropiara de este ángulo meridional del mundo y dejara atrás el poco feliz proyecto de ciudad colonizada por instituciones penales.

Como es costumbre, el destino torció los planes y ahora los turistas extranjeros llegan de a cientos desde todos los continentes. Esto es suficiente para que cualquier argentino también corra a la par de ellos para que le sellen el pasaporte por haber pisado este confín o a sacarse la foto junto al cartel que marca la distancia en kilómetros entre Ushuaia y La Quiaca.

El slogan de la ciudad más austral del mundo resultó un éxito, aunque, técnicamente, éste no sea el extremo sur del mundo poblado, sino Puerto Williams, sobre el canal Beagle, en la isla Navarino. Por más narcisismos que golpee, esta localidad chilena está unas 30 millas náuticas más al sur, pero los fueguinos tienen su argumento para defender el título: dicen que Williams no llega a ser una ciudad pues su población no supera tres mil habitantes.

Palabras más, palabras menos, el mito del finisterre sigue en pie. De hecho, todo aquí es patrimonio del fin del mundo: el museo, el presidio, el bar, el tren, el hotel… que a cada paso se encargan de recordar lo lejos que aquí se está de todo.

Los nyc y los vyq

La identidad ushuaiense está en constante proceso de formación: a los nyc (nacidos y criados), apenas el 30% de la población según el último censo nacional, se suman los vyq (venidos y quedados), la amplia mayoría.
Será porque en esta parte el territorio se estrecha como una especie de embudo, que los que desembocan aquí se quedan para siempre.

Alejandro Chizzini pertenece a ese núcleo. Llegó haciendo dedo de Buenos Aires hace 25 años y no se pudo ir más. “Esta mezcla de nieve y canal me sigue emocionando como el primer día”, jura. Aquí tuvo a sus cuatro hijos, dos adolescentes y otros dos menores, todos auténticos nyc. Y hace cuatro años abrió Cabañas del Beagle, nuestra primer morada en la ciudad fueguina. Él mismo construyó con piedras y troncos las tres cabañas que asoman entre el bosque de lengas (no se cortó ni un solo árbol) junto a sus propia casa. Con su mujer, Verónica, una bióloga dedicada a la investigación del efecto de la radiación UV en las plantas nativas, pilotean este proyecto que además suma una huerta donde cultivan las semillas que les traen los viajeros de otros países. Instaladísimos se los ve y encantados de compartir experiencias con sus huéspedes.

Para conocer a más de los nuevos pioneros, hay que darse una vuelta por Kaupé, charlar con sus dueños, Ernesto y Tessy Vivian y, de paso, probar la mejor cocina local con vista a la bahía. Chef ciento por ciento autodidacta, Ernesto sabe lo que es ser precursor: fue el primero del país en servir merluza negra. Como fiel defensor de la buena mesa sin artificios, el mejor elogio que se le puede hacer es que cuida el producto. Por eso, él se encarga de seleccionar los pescados y frutos de mar (tiene un proveedor en exclusiva) que después transforma en manjares. Algunos ejemplos: las crêpes de centolla, la merluza a la manteca negra o en papillote y el ceviche de vieiras. La última incorporación de la carta son las huevas de merluza, servidas en aliño de cebolla y tomate. Así de sencillo y así de exquisito.

“En cocina está todo inventado. Lo único que podés hacer es adaptaciones a tus gustos”, afirma convencido el chef. Si le habrá rendido esta fórmula, que por sus mesas han pasado los grandes popes de la gastronomía internacional sin poder explicarse cómo logra crear esos platos en una cocina de poco más de diez metros cuadrados. En 2005, el reconocimiento se formalizó cuando la Academia Argentina de Gastronomía lo distinguió como el mejor restaurante del país.

Ex estancia Río Pipo

Si en otro momento fue el camino hacia el glaciar Martial, la zona más cotizada de la ciudad es ahora la de la ex estancia Río Pipo, ubicada en sentido oeste, en los faldeos del Monte Susana (camino al Parque Nacional Tierra del Fuego). Casas multicolores dentro de urbanizaciones planificadas, importantes hoteles y un coqueto centro comercial indican que la pujanza acompaña a este lado de la ciudad.

En esa dirección nos esperaban dos noches a puro lujo, más precisamente sobre la costa del Canal Beagle, en Los Cauquenes Resort & Spa. El hotel tiene sus cinco estrellas bien ganadas y la flamante membresía de la cadena Small Luxury Hotels of the World. Es pisar el lobby y sentirse privilegiado, no sólo porque la vista a través de los ventanales es magnífica, sino porque los interiores revestidos en madera de lenga y piedra, los sillones extra large, el hogar y la atención cálida y relajada del personal anticipan una estadía placentera. 

Las suites son 54 y todas tienen la virtud de ser amplias. Un sillón con butaca apoya pies espera ahí junto a la ventana para admirar la calma de las aguas cristalinas del Beagle, que componen un mosaico perfecto con los últimos trazos de la Cordillera.

Fuera de la habitación, el mayor hit es la piscina climatizada in-out del spa, que también ofrece un área de fitness, jacuzzi y una exclusiva carta de tratamientos corporales en base a yerba mate, algas, chocolate y caviar.

La hora gourmet la marca el restaurante Reinamora bajo el signo de la cocina de autor con buenos productos patagónicos, desde los platos frescos del almuerzo hasta la mesa de punta en blanco a la noche. El desayuno es auténticamente buffet e incluye frutas frescas fileteadas, mini pâtisserie, scones, quesos de todo tipo y shots de frutos rojos y maracuyá preparados por el chef Mariano Cacchiotti, quien ya pasó por las cocinas del hotel Faena y el Park Hyatt de Mendoza. ¿Sale de excursión todo el día? No se preocupe. Le preparan un lunch box con sándwiches de salmón ahumado y otras delicias que a usted se le antojen.

Si busca otra experiencia sibarita, debe saber que en esta zona también se encuentra el restaurante del hotel boutique Tierra de Leyendas, a cargo de Sebastián y Maia García Cosoleto, dos expertos en el rubro: él trabajó ocho años como chef en el Marriot Plaza y ella lo hizo en el mismo hotel como gerente de reservas. Nos recibieron justo cuando aparecían las primeras pinceladas del atardecer, con un menú degustación de mar recién preparado por Sebastián. No supimos si atacar primero los mejillones marinados, el pulpo en aceite de albahaca, la centolla o los langostinos con menta y limón. Así que picoteamos de todo un poco y al mismo tiempo, mientras Maia y Sebastián nos contaban que hasta ellos se sorprenden de la buena repercusión del restaurante, sobre todo entre los extranjeros que llegan con el dato preciso. Después vino el tour por las cinco habitaciones inspiradas en leyendas locales y con la impronta amable de los anfitriones, ideal para quienes buscan calor de hogar.

Corazón de la isla


A las 7 de la mañana aparecieron los chicos de Canal, mientras avanzábamos entre tostadas y apenas despegábamos los ojos. El programa era prometedor: estrenar con ellos una nueva excursión a la Reserva Provincial Corazón de la Isla. La idea de estar solos en uno de los lugares más prístinos de Tierra del Fuego entre lagos nos resultaba irresistible. Así que sin decir ni mu, cargamos provisiones en la Land Rover y nos sumamos a Hernán, Beto y Agustín alias Arbusto en este rito de iniciación. ¿Cómo la vamos a conocer?, preguntamos. “Por tierra, por agua, de todas formas, ya van a ver”.

Tomamos la ruta 3 y, unos kilómetros después del Paso Garibaldi (a la altura del aserradero Bronzovich), abandonamos el asfalto para adentrarnos por una senda boscosa. Hernán, al volante, se luce en este tramo; lo suyo es el off road. Sólo al llegar a la orilla del lago Fagnano nos detuvimos. Recalamos en Sur 54 Lodge, un cálido refugio de madera abierto hace tres años por Azul y Guillermo Schmidt, pareja de bahienses que hizo de este precioso recodo del lago su domicilio permanente. Ahí, al calor del hogar y picadita gourmet mediante, nos contaron que tienen el proyecto de agregar unas cabañas en un tiempo no muy lejano. Mientras, se las arreglan bien con las excursiones de pesca que Guillermo en persona guía.

Al rato nos calzamos los trajes de neoprene para embarcarnos en el semirrígido Rosaura. La navegación por el correntoso Fagnano es el dominio de Beto, que resultó más que hábil sorteando los corderitos del lago con fama de bravo para, al cabo de unos minutos, cruzarnos hasta la costa de la reserva. Ya en tierra firme repartimos más o menos proporcionalmente el peso en mochilas y rumbeamos hacia el interior. 

El trekking comenzó por una zona pantanosa, entre ejemplares del trío Nothofagus (sobre todo ñires y lengas), unos de pie y otros caídos, producto del frágil agarre al suelo. El bosque nativo fueguino está apenas explorado aquí. Los haces de luz entre las ramas retorcidas cubiertas de barba de viejo componen un paisaje fantasmagórico digno de una película de Tim Burton.

Avanzamos por una zona de turbales y mallines, remontando el río Claro. Lo que abunda también son los troncos grises, con puntas afiladas como un lápiz, junto a vastos embalses. Son obra de la destrucción de los castores, introducidos en la isla con fines comerciales y convertidos en una plaga imposible de erradicar. En el descanso para almorzar, Hernán y Agustín nos explicaron que la reserva está en el centro geográfico de la isla fueguina, en la zona de ecotono, es decir, un área de transición de ecosistemas: en este caso, entre el bosque (Cordillera) y la estepa.

Al retomar la marcha, hicimos un alto en una playita de arena gruesa junto al lago Yacush, el más chico de la zona pero de gran belleza. Desde allí nos dirigimos hacia el cerro Cabras. Vistos de abajo, los 400 metros que debíamos ascender no parecían gran escollo, aunque las lenguas afuera una vez en la cumbre demostraron lo contrario. Recién arriba pudimos armar bien el rompecabezas de ese paraíso de islas, lagos, ríos, horizonte y montañas.

La luz comenzaba a declinar, así que decidimos volver. Confirmamos que estábamos en compañía de expertos cuando los chicos sacaron su GPS, cartas topográficas y handies para comunicarse con Beto, que nos esperaba con la camioneta a pocos metros. La logística fue brillante: minutos más tarde llegamos al campamento junto al lago Yehuin, con el fogón a pleno y la mesa puesta para la cena. No hubo guitarreada, pero sí muchas risas y anécdotas. Los chicos de Canal saben pasarla bien.

A la mañana, el reflejo turquesa del Yehuin se filtraba a través de la ventanita de la carpa. El despertar fue inmejorable. Tras una ronda de mates, preparamos los kayaks y, sin mucho prólogo, remamos hacia la isla Guanaco, con la custodia de un par de cóndores. Descendimos en la costa norte de la isla. Algunos incursionaron en la pesca sin mucho éxito, mientras otros se dedicaron a estirar las piernas. A la vuelta de la remada le siguió una zambullida en el Yehuin, un almuerzo frugal y, entonces sí, el regreso a la civilización.

Ushuaia urbana

Se dice que el boom se produjo con la Ley 19.640 de Promoción Industrial, en la década del 70, cuando muchos llegaron atraídos por las promesas de trabajo. Lo cierto es que la ciudad se ensanchó en todos los sentidos y, si bien la transacción bosque-cemento se hizo a veces con poco criterio, hay que celebrar la aparición de varias propuestas de calidad en materia hotelera –sobre las calles más céntricas– con un concepto de diseño y funcionalidad. Lennox es un buen exponente: pocas habitaciones, ambientes net y servicio personalizado.

Nuestras últimas noches en la ciudad nos encontraron en el flamante Alto Andino, un tres estrellas de estilo minimalista que ofrece suites y aparts súper cómodos, con plasma, muebles modernos y el plus de un bar en el último piso con una impactante panorámica de la ciudad.

Debajo del ropaje de la urbe en expansión, aparecen pinceladas de la Ushuaia clásica. Para descubrirla, nos sumamos a un bici-tour con la empresa Chimango. Un transfer nos alcanzó hasta las alturas del Martial, uno de los puntos más altos de la ciudad. Antes, aprovechamos para dar una vuelta por Las Hayas Resort, descubrir su remozado Health Club –se agregó un sector de jacuzzi y se renovaron las dos piscinas y el gimnasio– y enterarnos que el cercano Los Acebos, también de los Rodríguez Zubieta, marcha viento en popa, con el mismo estilo (entelados y empapelados en composé) y los servicios de alta gama, pero en versión aggiornada.

Después ¡a pedalear! Con el estímulo constante de la bahía enfrente, descendimos entre bosques para hacer el primer alto en la Laguna del Diablo, que en invierno se usa como pista de patinaje. Ahí nomás descubrimos los barrios Andino y Los Fueguinos, donde modernas construcciones contrastan con las tradicionales casas trineo de los pioneros. Éstas son de madera y chapa acanalada y están asentadas sobre postes, listas para ser trasladadas.

La pedaleada se hizo cuesta arriba hasta que alcanzamos la cima de una colina, en Monte Gallinero. Amén de la increíble vista, lo más llamativo de este lugar es la presencia de dos cañones de guerra. Aunque hoy no sean más que metales oxidados cubiertos de graffiti, estos remiten a un momento sombrío de la región, cuando Argentina y Chile estuvieron al borde de un conflicto armado por la disputa de tres islas al sur del canal de Beagle: Picton, Nueva y Lennox (hoy chilenas). En el 78 fue la mediación papal la que impidió una guerra con el vecino país y un plebiscito puso punto final al conflicto en 1984.

Luego, el camino nos condujo hacia la costa de la bahía para descubrir otra parte de la genealogía de la ciudad: el barrio La Misión Alta. En esa zona se asentaron los pastores anglicanos liderados por Thomas Bridges, en 1871. El nombre de Bridges y sus descendientes, que aún viven en Ushuaia, gozan del respeto de buena parte de los fueguinos. Su legado incluye un diccionario yámana-inglés, valioso testimonio de esa rica cultura.

El tour concluyó frente al puerto. Después de sortear las pendientes del terreno y habiendo entendido algo más sobre la historia local, nos creímos merecedores de un menú reparador en el Almacén de Ramos Generales. Otrora boliche de Don Salomón y restaurado madera a madera (se incendió en 1955), este bar-vinoteca es un hito obligado. Además de ofrecer una exquisita pastelería francesa (no deje de probar los croissants rellenas de pasta de almendras ni el pain au chocolat), atesora en sus estanterías cajas de lata de galletitas, retratos de los pioneros en sepia, juguetes y hasta un traje a rayas del viejo presidio. El plus: un jardín de invierno con una centenaria enredadera interior.

El banquete se prolongó horas después en Gustino, el restaurante del emblemático hotel Albatros. Un rico café a la mañana, sándwiches y tapas al mediodía o una bebida espirituosa como preámbulo de una comida: cualquier situación es válida para instalarse junto a las paredes vidriadas de este moderno multiespacio, en la esquina más agitada de la ciudad.

Glaciar Vinciguerra

El último día en el confín fue a pura escalada. Un transfer pasó a buscarnos bien temprano y partimos con Matías, Nacho y Pato, de la Compañía de Guías, hacia el Valle de Andorra para conocer el glaciar Vinciguerra. Éste no tiene aerosilla como el más famoso Martial, así que acá todo es a pulmón. Sin demasiada destreza física pero sí algo de paciencia, ascender el desnivel de 850 metros demanda alrededor de cinco horas.

Tras una breve explicación sobre el abecé del montañismo, iniciamos la marcha a través de una explotación de turba en actividad. Este residuo vegetal que al pisarse parece una cama elástica, tiene sus costados rentables: se exporta como combustible, fertilizante y componente cosmético. El ascenso continuó por antiguos senderos de hacheros, la única huella sobre este poco transitado paraje. Los árboles caídos como por efecto dominó acompañaron el trayecto, que remonta el curso del río Leche, el mismo que desciende caudalosamente desde el glaciar.

De a poco asomaron manchones de hielo sobre las laderas ya desprovistas de árboles y la temperatura fue descendiendo. La laguna de los Témpanos apareció casi sin aviso. Y caímos rendidos ante su belleza color esmeralda. Detrás está el propio glaciar Vinciguerra, uno de los más grandes del lugar y, lamentablemente, en retroceso. Nos calzamos los grampones y caminamos sobre el hielo con la técnica pies de pato, es decir, ligeramente abiertos. La sensación del crujido, la vista de la laguna desde las alturas del glaciar y el silencio reinante redundaron en un combinado sin desperdicio. Exploramos sus cuevas y grietas y cuando nos dimos por satisfechos, emprendimos la vuelta.

Llegamos a Ushuaia y aún nos quedaron energías para visitar Küar, una perlita gastronómica que se detecta sobre el canal. Después de un día de adrenalina, los tacos y tapas más la cerveza artesanal Beagle que allí mismo elaboran pueden sentar más que bien. Si se quiere algo más sofisticado, cualquiera de las especialidades mediterráneas de la carta con el sello del chef Fernando Gallardo son recomendables. Y, si justo esa noche hay un show de jazz o bossa nova en vivo, mucho mejor; es la yapa a esa vista espectacular de la bahía iluminada.


Por Cintia Colangelo.
Fotos de Xavier Martín

Publicado en Revista LUGARES 162. Octubre 2009.

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