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La Puna jujeña

Casi nadie conoce las lagunas altiplánicas de Pululos y Vilama. Ni siquiera los habitantes de la Puna que las tienen al lado. Para aproximarnos a ellas hilvanamos rutas y caminos del oeste de Jujuy, rastreando pueblos donde escasea la gente, pero sobran los paisajes coloridos, signados por la riqueza mineral de esta tierra mágica, hermética y profunda.

Camino a Cusi Cusi y la grandeza de los cerros.

Hay que saber descubrir la Puna. El ritmo salteño, nuestro punto de partida, es vértigo puro comparado con el no-tiempo de las alturas jujeñas. Y no es una cuestión de muchos días: bastaron apenas tres hojitas del calendario para vivir una experiencia intensa y diferente. Sólo dos noches allá arriba configuraron este verdadero y extraordinario viaje.
La excusa fue la laguna Vilama, en el extremo noroeste, adonde nunca antes había podido llegar la revista LUGARES. El guía, Federico Norte, de Norte Trekking Expeditions, experto profesional todoterreno que aceptó ser una vez más nuestro cicerone puneño.

Tras un rápido repaso de la hoja de ruta, cargamos la camioneta con lo indispensable para esta travesía: un par de bolsas de coca, unas cuantas botellas de agua, tanque lleno de combustible más dos bidones extra (Susques y La Quiaca son los únicos lugares con estaciones de servicio y a veces ni siquiera hay nafta), y un tubo de oxígeno al que juramos no recurrir.

Desde Salta tomamos la RN 51, siguiendo el trazado del Tren a las Nubes, entre sus viaductos, puentes y zig-zags. Como el célebre convoy, fuimos ganando altura por la Quebrada del Toro, mientras asomaban los primeros cardones por las laderas de los cerros.
El ripio se hizo asfalto a la altura de Chorrillos, y en Alfarcito hicimos el primer alto. Una capilla simpática rodeada de álamos es lo más vistoso de este paraje que cobró nuevos bríos desde que el padre Chifri, un cura inquieto que anda en cuatriciclo y da misa con títeres, lo dotó de un centro de capacitación en artesanías –con venta al público– y un museo.

En un tirón más trepamos hasta Santa Rosa de Tastil. Se trata de un poblado de calles curvas que convergen en una plaza donde los lugareños venden tejidos. Amén de las ruinas preincaicas y un museo que rescata la cultura andina que prosperó en la zona, la razón por la que muchos se acercan hasta aquí es la presencia de un curandero, conocido como Don Ramón. Espere su turno en silencio, reza el cartel junto a su consultorio, que también cuenta con sala de espera donde sirven café.

Más allá divisamos el Nevado del Acay (5.950 metros), considerada una de las cumbres sagradas de Salta. De repente volvió el ripio y la vegetación se fue reduciendo a unos pastos achaparrados y amarillentos.

Cuesta arriba

Pasando Abra Blanca, Fede anunció con tono de hazaña que estábamos ya en la Puna. Un viento frío y seco nos recibió en San Antonio de los Cobres, donde almorzamos algo más que digno en la Hostería de las Nubes, antes de seguir subiendo.

Podíamos empalmar con la ex ruta 40 hasta las Salinas Grandes, pero nuestro guía insistió en que nos desviáramos un poco hacia el oeste para pasar por el viaducto La Polvorilla.
El camino fue mostrando de a retazos la vida puneña: un pastor de poncho verde arreando su rebaño de ovejas, algunos ranchos de adobe que parecían emerger de la tierra misma y varios montículos de piedras o apachetas, homenajes a la Pachamama.

Paramos en el famoso viaducto, la postal más conocida del tren, a 4.200 metros de altura. Sacamos las fotos de rigor y seguimos viaje, siempre por ripio, por un cañón de piedra bastante angosto que se vuelve intransitable los días de lluvia. El desmoronamiento de los bloques de basalto, tan temido por los conductores, dibuja un paisaje sorprendente de geoformas rarísimas, colosales, a veces cubiertas por yaretas (una planta típica de esta región cuya resina es usada como combustible). Aunque no había ningún cartel ni líneas divisorias, supimos que en algún momento entramos en la provincia de Jujuy.

Desde la ruta se ve sobresalir el pico nevado del volcán Tuzgle (5.700 metros), una de las mecas del andinismo norteño. A sus pies se encuentra Puesto Sey, donde hicimos una parada que incluyó participación activa en una clase de música andina de la única escuela de la zona.

Unas nubes negras amenazaban con descargar su cupo anual de agua sobre nosotros. Los truenos se hicieron escuchar con una intensidad abrumadora. Volamos a la camioneta y cayeron apenas dos o tres gotas. Nada de qué preocuparse; la tormenta siguió su rumbo y nosotros el nuestro.

Hacia Susques

Un corto desvío nos condujo al paraje de Pastos Chicos. Casi todos sus habitantes –no más de 20– se asomaron desde sus casitas de adobe cuando escucharon el ruido del motor. Un grupo de chicos suspendió su picadito para observar cómo intentábamos fotografiar a unas llamas despeinadas. La exposición nos produjo cierto pudor, así que preferimos dejar al pueblo con su calma habitual y nos marchamos.

Al llegar a Susques, entre curvas y contracurvas, nos alcanzó la tormenta. Los rayos parecían rajar la tierra y, al caer detrás de los cerros, se ramificaban como una telaraña. Lo que empezó como unas chispitas de agua, se convirtió en gotones tipo flechazos, para concluir en una clara granizada.

La hostería El Unquillar fue nuestro refugio del vendaval. Una vez que desensillamos creímos que ya no nos moveríamos de ahí pero, de pronto, la lluvia se detuvo. Lo que siguió fue un atardecer soñado, de esos con pinceladas anaranjadas y arcoiris incluido. Así que cambiamos de idea y nos dispusimos a dar una vuelta por el pueblo.

Conocido como pórtico de los Andes, Susques se encuentra sumergido en una especie de hoyo entre mesetas, a 3.675 metros de altura. Es, junto con La Quiaca, y por decirlo de alguna manera, el pueblo más cosmopolita de la Puna, ya que es parada obligada de quienes cruzan a Chile por el Paso de Jama, a 124 km: aquí funcionan Aduana y Migraciones. Trámites aparte, la iglesia de Nuestra Señora de Belén, que data del siglo XVI, es motivo más que suficiente para justificar una visita.

El pueblo mantiene su encanto pese al constante movimiento de camiones y micros. Un bulevar atraviesa sus tres calles de tierra, donde no faltan almacenes, un par de casas que ofrecen comidas caseras, un locutorio y hasta un cajero automático. También hay un hospital nuevo, reluciente, inaugurado sólo pour la gallerie  porque todavía carece de agua potable, de manera que la atención se sigue concentrando en la vieja salita de primeros auxilios. El cementerio, ubicado sobre una lomada justo en el centro del pueblo, no le aporta ningún morbo. Más bien lo embellece. Está cercado por un muro de adobe que deja ver las flores de colores que adornan las cruces.

Mientras buscábamos algo para comer pasamos por la hostería La Vicuñita, donde una lugareña les servía calapurca  –una sopa de carne de llama trozada, caldo, maíz y orégano– a un grupo de geólogos de la Universidad de Roma.“Se come en los velorios y en las fiestas, a las 6 de la mañana”, les explicaba. Los romanos observaban entre asqueados y embobados cómo la mujer echaba unas piedras calientes dentro del caldo, que ya empezaba a burbujear. “Es para que tenga más sabor”, agregó. Nosotros preferimos el complejo turístico Pastos Chicos (el único con Wi-Fi), donde comimos algo bien liviano (una máxima anti- apunamiento) y palpitamos lo que sería el día siguiente.

Lagunas de Vilama

Ni un rayito de luz había cuando nos despertamos. El objetivo era llegar lo más temprano posible a las lagunas altiplánicas, el plato fuerte de este viaje. La gente de la hostería nos salvó con unos sándwiches para el camino (la única posibilidad de conseguir algo si no lleva vianda es desviándose hacia Liviara).

Rumbeamos por la nueva RN 40 (ex 74), pasando por el Salar de Olaroz. Tras vadear algunos arroyos se deja atrás Coranzulí y se distingue el volcán Granada. El siguiente pueblo es Mina Pirquitab. Pueblo es un decir, porque la silueta de la planta minera y el predio que la rodea se parece bastante a una ciudad. Allí se producen concentrados de plata, estaño y zinc. Su actividad es una realidad polémica que choca con la conservación de la naturaleza, aunque tiene otra cara: la fuente de trabajo y progreso que representa para muchas de estas comunidades. De hecho, la mina es quizás la principal razón por la que se apura el asfalto de la 40, bautizada en este tramo como Corredor Minero

La ruta es relativamente transitable hasta el pueblo de Pirquitas, a 5 km de la mina. De ahí en adelante, ni hablar; es sólo tierra de expertos (es conveniente consultar el estado del camino en la dependencia policial). A poco de empezar a trepar una vía estrecha y ausente en los mapas, nos topamos con una tranquera y un cartel que decía: Dejar cerrada al entrar o salir. Si no será notificado ante la autoridad. La advertencia nos resultó graciosa, sobre todo considerando las dos o tres almas que deben transitar por este lugar a diario. 

Lo que tenía forma de senda más o menos delimitada, se transformó en una huella casi imperceptible que pudimos seguir gracias al GPS, aliado perfecto en estas situaciones.
De a poco, se nos fue presentando la fauna local. Primero fue una tropilla de vicuñas y, más adelante, otra de suris y un par de guayatas (gansos andinos).

Una superficie musgosa advirtió la cercanía de algo de humedad. Y así fue: un poco más allá nos acercamos a la laguna Pululos (4.570 m). Bajamos y caminamos unos 500 metros padeciendo el aire un poco enrarecido por la altura. La recompensa fue grande cuando llegamos a la orilla y vimos a un grupo de parinas que casi ni se mosquearon al enterarse de que tenían visitas. Unos burros hacían lo suyo ahí nomás, pero nuestro foco de atención seguían siendo las parinas que, súbitamente, desplegaron sus alas rosadas y negras, y remontaron vuelo. Moraleja: es necesario llevar binoculares si se quiere observar estas aves por un rato.

La propia laguna Vilama nos esperaba al final del camino, al pie del cordón montañoso fronterizo con Bolivia y un poco más al este del límite con Chile (cerca del cerro Zapaleri, el hito tripartito). Su aspecto salitroso entre turquesa y verde nos sedujo desde el primer momento. A lo lejos distinguimos una bandada de flamencos que aparecían y se esfumaban, como en un espejismo. El impulso fue lanzarse por la amplia planicie pedregosa que rodea la laguna para admirarla de cerca. Normalmente hace mucho frío (hasta 20º bajo cero, en invierno), pero ese día el clima acompañó y hasta estuvimos tentados de darnos un chapuzón, aunque la escasa profundidad nos lo habría impedido. Así que la caminamos literalmente por el medio, saltando de isla en isla.

Con una extensión de 157.000 hectáreas, ésta es la más grande de las lagunas de altura y la que reviste mayor interés para los científicos. Tamaño tesoro fue declarado sitio Ramsar en el año 2000 y prioritario en la preservación de las aves acuáticas altoandinas.
Antes de partir, hicimos un picnic en una roca enorme cubierta de yaretas y, de tan extasiados por el paisaje, casi ni emitimos palabra. La situación era inmejorable, pero debíamos volver. Teníamos unas duras tres horas de viaje por un camino igualmente duro, y ninguna intención de que nos agarrara la noche. 

Cusi Cusi o Alegría Alegría

Por fin pudimos conversar con alguien en Lagunillas del Farallón, una pequeña comunidad que se nutre enteramente de energía solar. El asombro de los locales cuando les contamos lo que acabábamos de ver en Vilama era tan grande como el nuestro por su total desconocimiento de ese paraíso que tienen a pocos kilómetros. En el pueblo, un monumento, una avenida y una canción recuerdan a Guillermo Llampa, un niño que murió congelado cuando volvía de la escuela.

Desde aquí, el trayecto siguió descendiendo y serpenteando entre cerros hasta que,
después de mucho tiempo, apareció un cartel advirtiendo –enhorabuena– sobre una curva peligrosa.

El nombre técnico con el que los geólogos conocen al cordón montañoso que aparece a ambos lados de la ruta, llegando a Cusi Cusi, es formación Yacoraite. Para el común mortal, no es más que una inmensidad deslumbrante de texturas y colores. Similar sorpresa causa encontrarse, a pocos kilómetros, con el rojizo Valle de la Luna jujeño, que se luce mucho más por la tarde, cuando el sol le da de frente, que por la mañana.

Una sucesión de ranchos de adobe, una plaza diminuta con un San Martín despintado, un locutorio y una capilla antigua definen la fisonomía de Cusi Cusi, que en lengua quechua significa Alegría Alegría. Cuando llegamos, a mediados de febrero, el pueblo se preparaba para recibir el carnaval. Charlando con la gente supimos que unos cuantos trabajan en la muni, otros tantos se dedican a sembrar quinoa y que la gran mayoría de los más jóvenes aprovecha el verano para trabajar en Mina Pirquitas, regresando a Cusi cuando empiezan las clases. 

Nosotros logramos acomodarnos en el albergue de Don Hipólito Quispe, el único del pueblo. Allí conocimos a un topógrafo que nos ayudó a armar el rompecabezas del famoso proyecto de asfaltar la nueva ruta 40. El pavimento, nos aseguró, llegará pronto hasta el paraje Ciénega.

A la hora de la cena, fuimos tocando puerta a puerta hasta que la simpática Benita Llampa respondió a nuestra súplica alimentaria. Compartimos la mesa con su familia, tan hipnotizada como nosotros con una novela mexicana que estaban dando en la tele. El menú, bien casero: milanesa de llama y ensalada.

De yapa

Cuando el sol comenzaba a despuntar, abandonamos Cusi Cusi para estrenar el recientemente modificado trazado de la RN 40. Se debe vadear el río Granadas para llegar a Paicone, el siguiente pueblo. A esa altura decidimos hacer un pequeño cambio de libreto. Recordamos la charla con el topógrafo y quisimos ir a conocer Ciénega, donde se supone que muere la legendaria ruta. Se trata de un paraje pegado a la frontera con Bolivia, hasta ahora aislado por un camino intransitable la mayor parte del año. Por eso sus habitantes – que según el último censo, no llegan a 100– consideran la promesa del asfalto como la llave de la integración con otras zonas más desarrolladas.  

Una vez allí, teníamos dos opciones: o seguir hasta Santa Catalina, según lo pautado, o continuar más hacia el norte. Por puro vicio nos inclinamos por la segunda. Ascendimos por un camino de cornisa bastante complicado que se interrumpe parcialmente detrás de una curva. Desde ese punto, pudimos distinguir una huella de tierra roja que se perdía más abajo, entre los cerros. Un tirón más y estábamos en Bolivia. ¿Encaramos?, preguntó Fede. ¿Por qué no? Y allá fuimos.

Hay que reconocer que la aventura nos despertó más de un susto. El barro posterior a la lluvia dificultaba el avance de la camioneta y, por un momento, pensamos en dar marcha atrás. Pero no. Al fin logramos llegar al límite, anunciado por un cartel que decía simplemente Bienvenidos a Bolivia y las banderitas de los dos países. No hay un paso marcado, ni puesto fronterizo, ni nada que se le parezca. Apenas una construcción medio en ruinas donde se realiza una feria de intercambio cada tres meses.

Todo concluye al fin

La tarde nos encontró en San Juan de Oros, un pueblo desierto donde el mayor rastro de vida son unos perros que ladran a los autos que pasan para visitar la capilla, un punto blanco en medio de la enormidad arenosa. “Se fueron todos a Misa Rumi”, nos explicó más adelante una señora, mientras cargaba unos baldes de agua. La mencionada localidad se encuentra a 5 km y es otra de las que se sumó a la movida ecológica del aprovechamiento integral de la energía solar.

Para seguir, es necesario descender e internarse en un cañadón, donde la ruta se confunde con el cauce de un río. Fue uno de los tramos más impresionantes del viaje; cada metro superaba en belleza al anterior. Decidimos rendirnos ante la gloria del paisaje que teníamos delante y hacer todas las paradas para fotos que fueran necesarias: laderas de colores, cardones, y la silueta solitaria de la queñoa, el único árbol que crece en la Puna.
Así demoramos unas dos horas para llegar a Santa Catalina, nuestra última escala.

Descubrir una localidad mediana con calles de piedra, oficinas y una FM local fue como un shock urbano. Una buena noticia para los que decidan recalar por aquí es que desde 2008 tienen una nueva hostería para pasar la noche, además del albergue municipal.

Los guiños de ciudad se intensificaron cuando nos fuimos arrimando a La Quiaca por la ruta 5, que corre paralela al límite con Bolivia. Controles policiales, más y más autos y la llegada al asfalto confirmaron que era el principio del regreso. Y todo lo lejos que uno puede llegar en apenas tres días.


Por Cintia Colangelo
Fotos de Xavier Martín


Publicado en Revista LUGARES 156. Abril 2009.