Los caminos de la selva en Misiones
De las majestuosas cataratas de Iguazú a los saltos del Moconá. Vadeamos ríos, hicimos canopy y rappel y descansamos en lodges que se mimetizan con la jungla de tierra colorada.
El piloto anunció que en breve se vería la Garganta del Diablo por la derecha del avión y casi al instante todos los pasajeros de la izquierda abandonaron sus asientos para pasar por encima de los suertudos que estábamos del lado correcto. En vez de molestarme por la invasión, decidí exponerme al vértigo y me asomé todo lo que pude y miré hacia abajo. Recorrí el extenso manto de bosque nativo verde, verde, verde, seguí el curso zigzagueante del río Iguazú… y ahí estaba nomás, la tremenda caída de agua con su corona de arco iris.
––Bueno –le dijo mi vecina a su hijito, en un vano intento por mantenerlo quieto unos segundos– ya vimos lo más lindo de todo, ahora podemos dar la vuelta y volver a Buenos Aires.
Los saltos más famosos
Las Cataratas del Iguazú son candidatas a Maravilla Natural del mundo y es lo menos que se merecen. En cada salto hay una explosión de energía y belleza viva. Los vencejos que lo atraviesan como saetas porque tienen la costumbre de anidar en la roca del otro lado de la cortina agua, donde nadie más que ellos se atreven; benteveos, calandrias, boyeros, tucanes… son unas 200 especies de aves las que revolotean en el tumultuoso hábitat del río despeñándose. La tupida vegetación que parece devorar el borde de los caminos. El correntoso río sobre el que se extienden las pasarelas. Las coloridas mariposas que adornan pelo y ropa. Iguazú es así todo el tiempo. Y cuando uno –iluso– cree haberlo visto todo, aparecen un nuevo arco iris, las orquídeas colgando de las ramas, un coatí, otro senderito que lleva a un salto más escondido, otro coatí, o dos o tres o cinco más, lagartijas que se escabullen al paso, ruidos irreconocibles…
Cinco son los circuitos centrales (superior, inferior, Garganta del Diablo, sendero Macuco e isla San Martín) y completarlos lleva entre ocho y nueve horas, por lo que la mayoría opta sólo por los tres primeros. Lo indicado es hacerlos en dos días seguidos y aprovechar la promoción de pagar, el segundo día, el 50% de la entrada. Caminará, observará, paseará en el tren ecológico y sumará la Gran Aventura de Iguazú Jungle Explorer, una travesía guiada por la selva en camión sin techo para seguir con la navegación en gomón hasta llegar debajo de los saltos Tres Mosqueteros y Bernabé Méndez y terminar, todos sin excepción, felizmente mojados.
Renovarse es crecer
Después de semejante traqueteo en el Parque, la sesión de masajes con que nos recibieron en el Iguazú Grand Hotel fue votada como Maravilla Necesaria. Ni qué decir del muy misionero tratamiento especial con yerba mate y los platos de la cocina del chef Leonardo Najle, que disfrutamos en El Jardín, uno de los tres restaurantes del hotel.
Con el cuerpo relajado, pancita y corazón contentos, buscamos probar suerte en el casino y dimos por terminada la noche con tragos y show en el Café Magic. No pude evitar pensar en la mamá del nene inquieto. Ja.
Despacio pero sin pausa, Iguazú se renueva. En marzo se reinauguró el Panoramic Hotel sobre una lomada con vista increíble a la unión de los ríos Iguazú y Paraná y la Triple Frontera. El hotel fue construido por Bustillo en los 40 y tras 20 años de abandono, fue restaurado (manteniendo la fachada original) y decorado con un estilo minimalista. Tiene un restaurante gourmet abierto al público y casino de máquinas tragamonedas, bastante popular.
En lo que a la cocina respecta, las novedades son pocas pero buenas. En pleno centro abrió hace un año Aqva, un lindo salón de dos plantas construido íntegramente con maderas misioneras de guatambú, lapacho y eucalipto. El surubí, que preparan en cuatro versiones, es todo un éxito. Sobre la avenida principal, Gallo Negro es una parrilla pampeana con mozos vestidos de gauchos. Algo más alejado está Mediterráneo, a cargo del chef Gustavo Roja (11 años al frente de la cocina del Grand Hotel Iguazú), con platos más internacionales; ambiente elegante con telas pesadas y una preponderancia de rojos y verdes.
Iguazú promete actividades al aire libre, así que nos anotamos a la cuota de emoción y adrenalina sugerida por los responsables de Iguazú Forest. Los cuatriciclos están en la lista de sus propuestas, pero lo que de verdad nos encantó fue volar de árbol en árbol haciendo canopy para contemplar la selva desde las alturas, y descender en rappel junto a un salto de agua de 15 metros, experiencia con la que completamos la jornada de aventura.
Hacia el corazón misionero
A la ruta 101 la están asfaltando desde hace por lo menos tres años. Los primeros 40 km de camino de tierra colorada hasta Andresito están bastante bien, pero después prepárese y rece por los amortiguadores. Piedras y baches terminan siendo moneda corriente; tractores y máquinas paradas en medio de la oscuridad y de la nada, los ruidos de la selva, los incontables desvíos que ningún cartel indica. Y nosotros sin 4x4, o una buena chata… Añorando lo que no teníamos, nos topamos con un camión de madera destartalado y sin una rueda; sus ocupantes esperaban el rescate lo más campantes, alrededor de una fogata en medio del camino.
Dos horas después llegamos a Piñalito Norte y le dimos la bienvenida al asfalto sobre el que rodamos los últimos 50 km hasta Bernardo de Irigoyen, donde hicimos noche, agotados de tanto andar pegando tumbos.
A la mañana siguiente tomamos la RP 14 hasta San Pedro –de nuevo nos internamos por los colorados caminos flanqueados de tupida vegetación– y esta vez sí, a la luz del día, pudimos apreciar el rostro de la Misiones profunda. Casitas pintadas de vivos colores violeta, rosa, amarillo y celeste se iban distinguiendo entre la cerrada vegetación. Yuntas de bueyes tirando carretas repletas de chicos muy rubios de ojos claros, hijos y nietos medio argentinos medio brasileños de colonos venidos de todas partes del mundo entre las I y II Guerra Mundial. Procesiones religiosas de culturas mezcladas. Cobertizos para secar tabaco. Altas araucarias con formas divertidas de paraguas al revés. Grandes espacios abiertos de pasto quemado para la agricultura. Jóvenes con motosierras y hoces para cortar caña. Hombres de caras y manos curtidas. Camiones cargados con troncos de guatambú y timbó, talados con o sin permiso en una selva que no debería ser tocada. La verdadera Misiones partida en dos; la que lucha contra la deforestación para salvar las cada vez más mermadas áreas nativas, y la que vive en y de esa selva inquieta e impenetrable.
Los Saltos del Moconá
Al Parque Provincial Moconá se entra directo por la RP 21, pero está casi siempre en tan mal estado que lo mejor es hacerlo por El Soberbio. Desde aquí tomamos la RP2; resultó que el asfalto tampoco está terminado por ese lado (por ahora lo extendieron sólo 45 km, hasta el puente del arroyo Paraíso) y decidimos dejar el baqueteado auto en casa de Wegner y María, pareja de amabilísimos colonos con almacén en Colonia La Flor. Ella se ocupa de la prolijísima huerta y cocina feijoada y dulces; y él, acento alemán bien marcado y un español muy aportuguesado, se encarga del negocio.
Montamos en una camioneta con la que cubrimos los últimos y bastante terribles 40 km de tierra hasta Refugio Moconá, sitio agreste y muy agradable con un gran jardín. Aquí se permite acampar; los baños son compartidos y las habitaciones tienen camas cucheta.
El Parque Provincial Moconá son las 999 hectáreas que fueron donadas por la familia Harriet, en 1967, dentro de la Reserva de Biosfera Yabotí. Estos son los dominios del rey de la selva paranaense, el reverenciado yaguareté y el que infunde más temor que una yarará. Para los guaraníes es un animal sagrado, digno de leyendas como lo fueron los dragones en la era medieval. Todos dicen haberlo visto alguna vez, todos sueñan con cazar al tigre del monte, pobrecito, como si no tuviera bastante con estar al borde de la extinción gracias a que su hábitat se va reduciendo más y más. Por suerte es muy escurridizo y, a lo sumo, se lo puede llegar a escuchar o dar con alguna huella; con eso basta y sobra para la emoción. Lo más normal es divisar tucanes, monos caí o monos carayá y, más raramente pero no imposible es toparse con un osito lavador, que enjuaga todo lo que come.
Hay numerosos arroyos, como el Yabotí Guazú o Pepirí Miní y el Paraíso que desembocan en el río Uruguay. Alrededor, la selva viva. Hay que sortear los cursos de agua, abrirse camino, andar sobre la húmeda tierra colorada para encontrar por fin, los Saltos del Moconá. Maravillosos y únicos, son producto de una vuelta que da el Uruguay sobre sí mismo, formando una falla longitudinal de casi tres kilómetros de largo y una altura que va de 12 a 15 metros; el agua cae con mucha fuerza y forma remolinos que succionan todo lo que encuentran para arrastrarlo al fondo de un cañón de más de 90 metros de profundidad. De ahí el término Moco, que en lengua guaraní significa tragar.
No siempre se tiene la suerte de verlos porque el caudal del río está regulado por una represa brasileña, así que cuando aquél crece, los saltos se tapan y si llueve mucho también quedan ocultos. Ahora bien, aun cuando el nivel del agua está bajo, llegar a ellos es todo un trámite. Para lograrlo hay tres posibilidades: (1) Contratar una excursión en lancha hasta el cañadón del río. (2) Cruzar por El Soberbio a Brasil, al Parque Estadual Do Turbo, para apreciarlos de frente; anote que el parque abre tres días a la semana y cierra temprano. (3) Caminar unos 500 metros por el río con el agua a veces a la altura de la cintura, para llegar hasta el borde mismo de los saltos y admirarlos desde arriba. Es la más divertida.
En Refugio Moconá, Alejandro Cárdenas –guía de selva y ciclista profesional– organiza excursiones en bici. A su vez Roberto González, un simpático español residente de Andresito, experto en deportes con cuerdas, propone hacer rappel en el Salto Horacio, a apenas 150 metros del refugio. En breve tendrán tirolesa y entre ambos planean lanzar un circuito multiaventura que incluye kayak por el arroyo Yabotí.
––¿Qué hacemos si nos encontramos con un yaguareté? –Le pregunté a Alejandro un poco en chiste, un poco en serio, en una caminata al borde del verde arroyo.
––Hay que quedarse muy quietito para que siga su camino.
––¿Y si no? –Insistí.
––El manual de guías de la selva dice que hay que subirse a una roca o a un árbol, gritar bien fuerte y aplaudir, para asustarlo.
––¿Y si no?
––Bueno, también dice que si se acerca para atacar, hay que estirar los brazos y empujarlo hacia delante…
Los pagos de El Soberbio
Esta zona del este misionero está viviendo una etapa de crecimiento en lo que respecta a opciones donde alojarse. Aldea Yaboty es un complejo de 32 hectáreas con dos cabañas sobre el arroyo Paraíso y habitaciones tipo hostal, con baño privado. Todas las construcciones son de madera autóctona y los ambientes están decorados con cestería guaraní. El house, donde sirven comida casera y regional, está rodeado por un jardín grande y bien cuidado en el que además hay una piscina. Es una fórmula súper interesante para planificar escapada con amigos o en familia; tiene buenos servicios y está cerca del Moconá.
De las ya visitadas por esta revista en ediciones anteriores, está por ejemplo La Misión, posada con un excelente emplazamiento frente al río Uruguay.
En Colonia La Flor hicimos una breve parada en La Bonita, pionera en estas lides de proponer refugios en sintonía con la selva. Nos hubiera gustado llegar a las dos cabañas que hizo construir su propietario, Franco Martini, 8 km monte arriba, en un escondido paraje. Pero a falta de un vehículo apto para transitar con mal tiempo por los caminos colorados de Misiones, tuvimos que conformarnos con la descripción que de ellas nos hiciera Cleusa, encargada de atender esas cabañitas, construidas íntegramente de piedra.
Unos cuantos kilómetros después llegamos a Don Enrique Lodge, posada que hace tres años inauguró el fotógrafo Gustavo Castaing. Su madre, Bachi, junto con Daniel, su marido, atienden este precioso lugar todo de madera, que se detecta frente a la reserva Yabotí. Son tres cabañas con hogar, una matera, el mangrullo de 10 metros de alto para vivir la selva desde arriba y un house principal con decks que dan al arroyo Paraíso, circunstancia que aprovechan en verano para zambullirse en sus aguas claras y navegarlas en gomones o en caicos, típicas canoas guaraníes.
Bachi es hoy una experta en los secretos de la selva misionera; ella misma hace de guía en las recorridas por senderos increíbles. Si no es Bachi, es el baqueano Eliseo quien lidera las salidas, charleta y sabedor.
Salto Encantado
Aristóbulo del Valle es una localidad enclavada en una zona rica en teales y yerbatales, tanto, que hace un año abrieron el secadero de yerba mate más grande de Misiones. Y está, no obstante la contradicción, en el llamado corredor verde, siendo una de las últimas porciones que quedan de monte casi intacto de la selva paranaense.
Lindero con el Parque Provincial Salto Encantado, Julio Benítez Chapo y su mujer, Alejandra, abrieron Tacuapí Lodge, hostería construida con madera reciclada proveniente de viejos galpones en desuso y briquetas (bloques de madera formados por aserrín comprimido). Las tres cabañas de dos plantas, bien calentitas gracias a las salamandras, miran hacia un cañadón cubierto de vegetación.
Julio es un fanático de las travesías en 4x4 –tiene una empresa de programas de aventura– y divide su tiempo entre los viajes, el lodge y su profesión como escribano. Alejandra se ocupa de las reservas y de la decoración; ella misma pintó los cuadros que adornan las paredes de la casa principal y de las cabañas, a las que bautizó con el nombre de las especies autóctonas ambaí, güembé y mandioca.
El equipo se completa con Fidel, un baqueano bilingüe (español-guaraní) y Oscar, que empezó a trabajar como albañil y terminó haciéndose cargo de la cocina al demostrar sus dotes en este oficio. Sus chipás no tienen rival.
En el parque y los alrededores hay muchísimos saltos ocultos. De hecho, dentro de las 50 hectáreas de Tacuapí Lodge se descubren unos cuantos, aunque ninguno tan impresionante como el Salto Encantado, una caída de 50 metros del arroyo Cuña Pirú que corre dentro del parque homónimo. Es una pena que la magia del lugar se haya opacado por el camping con parrillas y los chicos que lo visitan a diario.
De regreso al punto de partida, recorrimos una ruta jalonada de decenas de puestitos de venta de artesanías aborígenes; la mayoría representan toda clase de bichos de estas selvas: pecaríes, monos, osos hormigueros… y claro, el yaguareté, tallado a la manera que cada artesano soñó, imaginó o asegura haber visto alguna vez.
En varios de los lodges donde paramos y fuimos, una vez más, bien atendidos, pudimos hojear Senderos de la selva Misionera, de Lorena López y Hugo Cámara para el gobierno de la provincia. Es una herramienta muy útil para quienes reciben, y un atractivo material de consulta para los huéspedes. Vaya, a modo de epílogo de este intenso viaje, los siguientes párrafos tomados de dicho libro:
“El hombre camina sobre la hojarasca. Sobre su cabeza se yerguen grandes árboles que lo protegen del sol. A sus costados hay ramas y plantas que se ofrecen a pájaros e insectos. Las mariposas lo siguen paso a paso y cada sonido es un animal que se escurre hacia su cueva, o que acecha sus movimientos. Con los sentidos alerta, avanza mirando hacia todos lados, y siente que la naturaleza es enorme, rica, infinita. (…).
La selva es el lugar que necesitan las leyendas para seguir siendo verdaderas. La selva ha sido la lucha del colono y el refugio de los aborígenes. Fue lo primero que vieron los jesuitas recién llegados y los inmigrantes que hicieron su vida en esta tierra. Ha sido escenario de cuentos y novelas. Ha inspirado poesía, pinturas y películas. Esta selva ha sido la silenciosa testigo de la historia. Pero en esencia, la selva misionera es un mundo por descubrir.”
Por Lucía Jutard
Fotos de Esteban Widnicky
Publicado en Revista LUGARES. Septiembre 2007.
Para dejar un comentario es necesario estar registrado a lugaresdeviaje.com
Registrate sin cargo o ingresá tu usuario y clave.
