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Mar del Plata

El puerto y sus barcos herrumbrados le dan a Mar del Plata, además de un paseo, un sentido color local

Los porteños solemos tener una imagen de Mar del Plata muy poco ligada al cambio. Nos encanta contar con la imagen de sus playas casi siempre ventosas, los alfajores Havanna, las rabas o la paella en el favorito del puerto, caminar por la rambla, y a la noche, probar suerte en el casino a ver si regresamos a Buenos Aires “hechos”. De vuelta por la ruta 2, las medialunas de la Boston son el sello de una escapada exitosa a La Feliz, con la eterna promesa de explorar un poco más la próxima vez…

A pesar de los dos grados bajo cero y con fuertes ráfagas de viento, Vera y yo partimos con intenciones de descubrir aspectos desconocidos para novatos y habitués. El invierno cambia por completo el aura de la ciudad y a poco de andar percibimos una Mar del Plata gourmet, con toques sofisticados y paseos elegantes. La ciudad está repleta de restaurantes nuevos que ocultan en sus cocinas a jóvenes chefs, llenos de destreza y entusiasmo, pero también clásicos de siempre, no tan conocidos para el turista apurado.

Así, el primer día, hicimos check in en el Sheraton en una regia habitación con vista al mar. Dispuestas a vivir la ciudad con frío, era un placer refugiarse por la tarde en el spa Neptune y dejarse mimar con alguno de los tratamientos ofrecidos. Durante septiembre está vigente un programa especial con un masaje y una comida incluida. Después de tomar una copa en el lobby escuchando al pianista, la primera noche salimos en la búsqueda de Torre Cerchiara, un pequeño establecimiento en Punta Mogotes que ya cumplió once años. Nos perdimos en el camino y al preguntarle a un marplatense cómo llegar nos respondió: “qué raro que van a comer ahí, es un sitio para lugareños... pero qué suerte, ¡no saben lo bien que van a comer...!” Y tenía razón, con más de 400 etiquetas en su bodega (algunas especiales como el Cadus 1999), la carta, de tradición calabresa, está conformada por platos creados por su dueño, Antonio Cerchiara. Las especialidades son las vieiras gratinadas, las chernias y la rana. No es raro ser atendido por el propio Antonio, que recuerda los gustos de cada uno de sus clientes.

A la mañana siguiente fuimos a desayunar al Mar del Plata Golf Club, que está justo enfrente del Sheraton. Para circular por sus instalaciones con los privilegios de un socio, es preciso abonar un green fee (desde $120). De lo contrario, sólo tendrá habilitado el sector visitas. Si le va la dupla greens & fairways, sepa que justo en el hoyo 18, puede tomar una cervecita con picada junto a una hermosa y enorme terraza. La casa de estilo Tudor se inauguró en 1926 y fue construida a pedido de los obreros del ferrocarril, que como buenos ingleses, necesitaban un lugar de esparcimiento para practicar su deporte preferido.

Nos esperaba otra cita gourmet. Almuerzo en la nueva sede de Pontevedra, que lleva el nombre de Pontevedra Mar. Ubicado en el complejo La Normandina tiene una de las mejores vistas de Mar del Plata. De cuidado diseño y soberbios ventanales, el lugar cuenta con una importante barra donde acodarse a disfrutar los tragos preparados por su barman Martín, a quien todos llaman Palito. La familia de uno de los dos dueños, Marcelo Salgueiro, es de Villa García de Arouza, Galicia, y es por eso que todos los platos son de inspiración galaica. Sus especialidades son los langostinos soufflé, la tortilla española y el pulpo. Además, tienen un repostero, Matías Darwich, que prepara tortas típicas, entre las que se destaca la Crema Catalana, que nos dejó repentinamente listas para una siestita...

La tarde se puso aún más gris y decidimos visitar Villa Ocampo, para rastrear pistas de la vida de Victoria en Mar del Plata. Caminamos por la majestuosa casa con empapelado de pájaros y flores mientras afuera, los pájaros y las flores se escondían del frío. Numerosas familias compartían con nosotras las explicaciones de nuestra guía que describía con precisión la historia de esta construcción prefabricada que vino en partes desde Inglaterra. Al salir, era casi de noche. Teníamos convenido dormir en otra parte. Nos encontramos con una placentera sorpresa, un pequeño hotel boutique en Playa Grande.

El Aleph, casona antigua inaugurada en 2007, tiene un encanto de cuento. No hay una igual a otra entre las siete habitaciones, decoradas con excelente gusto. No obstante, todas coinciden en una preciosa vista al jardín principal y el deck de madera. El lugar es extremadamente cálido y silencioso, y está a sólo una cuadra del mar y del paseo de la costa. Su dueña, Mirta Álvarez, cuida todos los detalles, y ofrece degustaciones de vino cada quince días en las que los huéspedes se integran con los locales, bajo la tutela de un sommelier.

Nos acomodamos en los bonitos cuartos (¡los que nos tocaron tienen ducha escocesa!) y partimos para comer en Zoe, un simpático restaurante manejado por tres jóvenes hermanos de apellido Rocco, en donde el chef, Francisco “Cuti” Rocco, prepara cocina mediterránea. El lugar, que fue inaugurado hace un año y medio, tiene la onda −y la presencia− de los amigos de los dueños, y con ellos compartimos unos ricos ravioles verdes de calabaza.

Sobre esa misma calle, Bernardo de Irigoyen, hay un montón de bares y restaurantes nuevos, y desviándonos unas cuadras sobre Roca, entramos a Ronny Grill para probar las dos especialidades de Guido Serodio, su barman: Deceso, un trago riquísimo de su propia autoría, y una versión reformada (y exquisita) del clásico Bellini.

Siguiendo la noche de ronda, nos acercamos a la cervecería Antares que nos esperaba con una degustación de birras, entre ellas la recién estrenada TripeL (con un contenido alcohólico de nueve grados). Probamos además una porción de sus papas especiales, las Saraba, que ayudan a los habitués a no emborracharse y disfrutar así de los diversos matices de las cervezas.

El almuerzo del día siguiente es de lujo. Comemos en Sarasanegro, establecimiento de comida de autor, en donde el chef Patricio Negro nos sirve un elaborado menú de ocho pasos. Cada plato conjuga perfectamente diseño y sabor, mientras Fernanda Sarasa, nos describe los ingredientes y nos detalla su carta no muy extensa, pero extremadamente cuidada.

Así pronto llega nuestro último día de viaje y Vera insiste en que no podemos partir sin comer en Parrilla Perales, lugar popular especializado en lechón. La parrilla está llena, pero logramos ubicarnos. El lechón es una verdadera delicia, aunque yo me contento con probarlo y cenar una ensalada de zanahoria, pensando que al día siguiente, para la ruta, no pueden faltar las medialunas de la Boston...


Por Tatiana Goransky
Fotos de Vera Rosemberg


Publicado en Revista LUGARES 137. Septiembre 2007.

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