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Muito Bonito

Exploración de cavernas, snorkel en ríos cristalinos, trekking con baños en espléndidas cachoeiras, buceo y avistaje de aves tropicales. Lo último en ecoturismo se practica en los alrededores salvajes de esta ciudad brasileña del estado de Mato Grosso do Sul.

Snorkel en las transparentes aguas del Río da Prata, una excursión que ganó el premio a la Mejor Atracción Turística de Brasil. Autor: Marcelo Klauser.

Si en este instante me diera vuelta vería un abismo que se abre como un ojo negro en el medio de una roca y baja al corazón de la Tierra. Parece ciencia ficción, pero es ecoturismo. Así se ve la entrada al Abismo Anhumas, una caverna descubierta en 1974 y habilitada para visitantes hace apenas 13 años. Cuando Marcio termine de colocar el arnés y cerrar los mosquetones, bajaré por esa hendidura que prefiero no mirar antes de tiempo. Son 72 metros de rappel negativo, es decir sin un punto de apoyo, hacia el interior de una caverna.

La empleada de Ygarapé, una de las primeras agencias de turismo de Bonito, asegura que abajo hay un lago cristalino, hasta me mostró fotos. Pero ahora mismo, entre el casco, la euforia y el vértigo, no lo puedo imaginar. Ni si quiera sé qué hago acá, cómo llegué al punto de estar atada, con un vacío a mis pies y habiendo firmado un deslinde de responsabilidad. Entonces, pienso en Julio Verne y en la expedición del profesor Lidenbrock, su sobrino Axel y el guía Hans hacia el centro de la Tierra. Ellos me animan a seguir adelante.

Una vez abajo, la única forma de salir es por esta misma entrada, subiendo los 72 metros por la misma soga, a través de un movimiento coordinado de brazos y piernas que enseñaron ayer en un curso express, y que espero recordar.

Mientras hacen nudos y ajustan piezas, los cuatro técnicos que se ocupan de la seguridad comentan que en la región de Bonito hay más de 70 cavernas relevadas, y contando la Sierra de Bodoquena, unas 500. Y que ésta, el Abismo Anhumas, es la más profunda. Por qué tuvieron que aclararlo, me pregunto con las manos transpiradas. La información me sirve para la nota, pero... justo ahora. El nombre “abismo” y el precipicio alcanzan para disparar fantasmas. Enseguida sueltan bromas, sacan la foto del recuerdo donde todos saldremos pálidos, por el miedo y la hora. Son las 8 de la mañana, está nublado y sopla una brisa fresca.

 

El paisaje cerrado

Bonito es una ciudad de 16 mil habitantes en el interior profundo de Brasil. Está al oeste del estado de Mato Grosso do Sul, en la zona de la Sierra de Bodoquena, a 240 km de Ponta Porá, Paraguay, y 700 de Iguazú. Queda cerca del Pantanal, pero tiene otro ecosistema y distintas posibilidades turísticas.

Desde Campo Grande, la capital del estado, hasta Bonito son 300 km por una ruta poco transitada. Da tiempo para mirar el paisaje. Por momentos, largas planicies de tierra rojiza, palmeras dispersas, y miles de cabezas de cebúes blancos. Pasan los kilómetros y el ganado no desaparece. Como si la imagen confirmara el dato de que Brasil es el mayor exportador de carne del mundo. De a ratos, surgen islas de vegetación apretada, parecida a una selva.

Esta variación en el paisaje es característica del cerrado, el ecosistema de la zona y del 25% del territorio de Brasil. Es el segundo más grande después del Amazonas. Pero como me dirá días después Bergson Sampaio, un guía naturalista, mientras observamos una familia de araras vermelhos (papagayos rojos), “el problema es que el cerrado no tiene la prensa de la Amazonía, por eso a pocos les importa que esté en peligro de extinción”. Los bonitenses hablan de conservación con naturalidad, la misma con que se refieren al feijão y al arroz, la base de su alimentación. Quizás porque saben que la protección de los recursos también es su pan de cada día.

En los últimos años, Bonito se convirtió en un polo ecoturístico, con énfasis en el uso responsable de los recursos naturales. Cada vez,  más estancieros cambian la explotación pecuaria por el ecoturismo. “Los mismos que en un comienzo no querían saber nada con el turismo, ahora me piden que vaya a su estancia, a ver si tiene potencial turístico”, me comentó Juka, el dueño de la agencia Ygarapé, y uno de los precursores del turismo en Bonito.

Hay muchos que compraron un campo para explotarlo con ganado, sin saber que adentro tenían cachoeiras. Eso les pasó a los propietarios de Boca da Onça, donde se hacen circuitos de aventura y donde está la cascada más alta de Mato Grosso do Sul, con 156 metros. “Un día, un empleado me preguntó: ¿Usted sabe que allá atrás hay una cachoeira muy alta? Le respondí que no y fuimos a verla, abriendo el mato con machete. Cuando llegamos no lo podía creer, ¡era inmensa!”, me contó Angela Wirth Quartim Barbosa, dueña de la fazenda y nieta de un poderoso empresario cafetero, un suizo que se apasionó por Brasil.

El monumento más importante de Bonito no es un militar a caballo, sino dos piraputangas erguidas en la plaza principal. A pesar del nombre de chica de moral dudosa, la piraputanga es el pez emblemático de la región. Plateado, de cola anaranjada, un animal que vive sin riesgos: hoy en Bonito los peces valen más vivos que muertos.

Aquí no se habla simplemente de turismo, sino de turismo consciente. Una tarde le pregunté al guía de un paseo, que no tendría más de 25 años, si sabía cuándo había comenzado el turismo en Bonito. Él me respondió con otra pregunta: ¿El turismo consciente? No me imagino que todos aquí sepan de memoria la definición de ecoturismo –viaje responsable a áreas naturales en donde se conserva el medio ambiente y se mejora el bienestar de la comunidad local– pero actúan como si.

En los alrededores de Bonito se puede explorar y bucear en cavernas, avistar aves, hacer rappel, mountain bike y trekking, bañarse en cachoeiras y flotar con máscara de snorkel en ríos de agua cristalina. Se cree que la zona de la Sierra de Bodoquena fue parte de un océano, hace más de 500 millones de años. Los esfuerzos tectónicos, la erosión y la presencia de formaciones calcáreas diseñaron una geografía insólita y llena de escondites. La mayoría de las atracciones está dentro de propiedades privadas, por eso y para cuidar el medio ambiente, las excursiones se hacen con guía, respetando la capacidad de carga de cada lugar. En el Abismo Anhumas, esa caverna que si todo sale bien, conoceré en un rato, sólo pueden ingresar 16 personas por día.

En este tiempo Bonito está bien catalogada en el universo del ecoturismo, con premios y todo. No se pesca ni se utilizan agroquímicos cerca de los ríos y los animales no pueden llegar a más de 50 metros del agua. Hay normativas y leyes del Ibama (Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables) que velan por un turismo sustentable.

Después, la novela Pantanal, los informes de Globo Reporter y la expedición del hijo de Jacques Cousteau a la Gruta del Lago Azul, hicieron que Bonito se pusiera de moda. Pocos hablan del pasado, de los tiempos en que se pescaba con arpón, se cazaba con escopeta y nadie sabía qué era el turismo. Mucho menos, el ecoturismo.

 

Un abismo cristalino

Lo último que recuerdo antes de la humedad cavernícola es la sonrisa blanca del monitor del rappel. Debe tener un libreto de bromas para que los turistas olviden el abismo que se hunde bajo sus pies y logren relajarse y disfrutar de uno de los mejores paseos –también el más caro– de Bonito.

El descenso toma entre cinco y siete minutos. Me recomendaron que baje rápido, que deje las paradas y las vistas para la vuelta, donde será necesario detenerse para descansar. Es difícil pensar en las recomendaciones cuando uno está colgando, a 50 metros del suelo.

El descenso es relativamente sencillo, al presionar una manija que es parte del equipo, la cuerda se mueve y uno avanza hacia abajo. A medida que me interno en la caverna, la luz que entra por la hendidura se ve más lejana y es preciso acostumbrarse a la penumbra silenciosa de este hueco inmenso.

El Abismo Anhumas está en la zona del Valle Anhumas, a 23 km de Bonito, muy cerca de la Gruta del Lago Azul y San Miguel, dos cavernas que también se visitan, sin tanto esfuerzo ni nervios. Basta calzarse el casco y mirar dónde se pisa para no rodar entre los espeleotemas, como se llama la ornamentación de las cavernas. En el interior de la Gruta del Lago Azul hay un espejo de agua que parece recortado del cielo.

La mañana que la visité, Tais Almeida Campos, la guía, contó que cuando ella era chica y ni se hablaba del turismo, el mejor plan para un domingo era venir a bañarse al lago azul. “Si no había una fiesta o un velorio, en Bonito no pasaba nada. Entonces, nos dedicábamos a explorar los alrededores”. Se trepaban a las estalagmitas, saltaban hasta tocar una estalactita, encontraban formas de animales, diablos y cristos en las rocas, se perdían en el mato y descubrían paisajes que hoy son excursiones.

Desde 1992 ya no se puede entrar en la gruta por cuenta propia. Ni nadar en el lago: eso afectaría a los cavernícolas que todavía existen, como el famoso camaroncito albino. El año pasado se lo mencionó en la novela de las 20 en la Globo, “La Favorita”, y fue un acontecimiento para la ciudad.

El lago de la Gruta Azul fue explorado por buzos y espeleólogos. “Sigue mucho más allá de lo que se ve. Va por un conducto subterráneo que Dios sabe adónde va dar”, dijo Tais, más intrigada que temerosa.
Recuerdo sus palabras cuando la soga pasa cerca de las rocas y un búho rompe la calma con un aleteo pesado. A propósito, anhumas es el nombre de un ave del Pantanal.

Después de unos cinco minutos de bajada, por fin hago pie en un muelle y los técnicos quitan el arnés. Soy libre, pero me tiemblan las piernas. Aprovecho para mirar alrededor, las paredes de piedra blancuzca. La luz usa la ruta del rappel, la única ruta, y llega como un resplandor. Dicen que en diciembre entra con mucha fuerza, como una columna brillante que le agrega misticismo a este interior surrealista.

El espacio de la caverna es amplio, lo comparan con un campo de fútbol. Desde la cabecera del muelle escucho voces en la otra punta. Con el casco en la cabeza camino hacia allá, a donde no llega la luz. A ambos lados del muelle hay un lago de agua azul petróleo. Se ven formaciones en el agua. En una primera mirada parecen el reflejo de la propia caverna sobre el agua, pero rápidamente queda claro que esas extrañas formas están debajo del agua.

El otro lado del muelle se parece a una noche de luna nueva: al principio no se ve nada, después uno se acostumbra a la opacidad. Se distingue un grupo de gente que conversa: tres paulistas y un inglés vestidos con traje de neopreno, con botas y capucha. También están Heejung y Rika, una coreana y otra japonesa que trabajan en IBM. Salieron sorteadas en un concurso interno entre cinco mil participantes para hacer un trabajo solidario en São Paulo. Cuando lo terminaron, se tomaron unos días de vacaciones a Bonito. Leyeron en un blog que era “la meca del ecoturismo en Brasil” y quisieron conocerlo.

Gabriel es un peruano que llegó hace unos años con mochila. Hoy trabaja en el Abismo y explica los pasos a seguir en la segunda parte del paseo. “Primero: los que todavía no tienen el traje, se cambian ahí, atrás de esa cortina. Segundo: toman la máscara de snorkel y la lavan en el lago. Si ven un pececito inquieto es el lambarí, un pez de río adaptado a la caverna. Tercero, ¡al agua!”.
Eso dice, pero si fuera un chico sincero debería haber dicho ¡al hielo!

 

Pasado y presente

Hace 20 años, las calles de Bonito eran de tierra y la región vivía de la ganadería. En los ríos se pescaba con arpón y sin restricciones. En el campo se cazaban los mismos jabalíes que hoy se enfocan con binoculares. Veinte años atrás, Bonito era una zona de estancias de miles de hectáreas. Cada tanto había tiroteos porque los fazendeiros no daban un paso sin su arma, por si se encontraban con un jaguar (onça pintada) y para imponer respeto. Los mismos estancieros que antes desmontaban sus campos, hoy trabajan con biólogos haciendo planes de reforestación y creando reservas privadas de patrimonio natural, por un compromiso ecológico y para eximirse de pagar impuestos.

Hasta hace poco se podía conseguir una aroeira, el árbol más alto del cerrado, de una madera noble y duradera, en cualquier maderera. Hoy no es sencillo, están protegidas. Las que se ven en el lobby del Wetiga, el mejor hotel de la ciudad, fueron encontradas en galpones abandonados. Luego, el arquitecto paranaense Mauro Antonieto las usó para dar forma a su idea de continuar la selva en el hotel. Altas columnas de aroeiras con raíces de hierro, su interpretación artística del paisaje. Más allá, los ventanales que miran a la piscina, con cascada y un bar donde pedir una caipirinha.

Hoy, la ciudad tiene una buena infraestructura turística, con más de cuatro mil camas, en resorts, hoteles, posadas, hostels y casas de familia. Algunos lugares, como el Hotel Aguas de Bonito, en un entorno natural a diez cuadras del centro, conservan la sana costumbre del redário, un espacio a la sombra con cómodas hamacas, redes en portugués, donde descansar después de los paseos. Otra costumbre del hotel: convidar al huésped con una merienda pantaneira entre las cinco y las siete de la tarde. Dulces de mango y jaracatiá, y especialidades de la cocina local, como el chipá y la sopa paraguaya.

Una aclaración: en este viaje Paraguay está cerca. Uno de los pueblos por donde pasa la ruta de Campo Grande a Bonito, se llama Guía Lopes da Laguna. El nombre es un homenaje a un guía y combatiente en la Guerra de la Triple Alianza, que se peleó por estas tierras. Está el Cementerio De los Héroes en la localidad de Jardim; hay algunos descendientes de paraguayos y ciertas tradiciones gastronómicas que quedaron. Pero como me dijo un habitante de Bonito, “el ecoturismo marcha muy bien, pero todavía falta rescatar la historia del pueblo y los recuerdos de esa guerra. Ni siquiera tenemos un museo”.

 

¿Turismo? ¿Qué es eso?

Todavía falta, seguro. Pero hoy el turismo da de comer, una realidad que dos décadas atrás los habitantes de Bonito no podían imaginar. Para ellos, era algo que se practicaba en las playas, no en el mato. Mirar peces con una máscara era cosa de locos. La transición no fue fácil. Sergio Ferreira González, el primero que habló de la importancia ecoturística de la región y del riesgo de los agroquímicos y el desmonte, fue amenazado de muerte.

Poco a poco, y con la ayuda de la Conferencia Eco 92 realizada en Río de Janeiro, los habitantes de Bonito entendieron que el turismo ecológico también podía ser un negocio.

¿Turismo? ¿Qué es eso? Algo así se preguntó hace 20 años Luiz Gauna, peón de la Fazenda Rereio, una estancia de 20 mil hectáreas en el Pantanal. Resulta que un día se cayó del caballo y el médico le indicó que no podría cabalgar más. El panorama pintaba negro para Luiz porque para trabajar con el ganado necesitaba estar arriba de un caballo. Mientras se preguntaba cómo mantendría a su familia, alguien le comentó que en Bonito, un pueblo cercano, estaban buscando baquianos para trabajar en turismo.

El hombre, de tez oscura, nariz de águila y ojos atentos me contó su historia mientras caminábamos entre aroeiras, ypés, jaracatias y otros árboles del cerrado. “En aquel momento –me dijo Gauna– no sabía que mi experiencia de conocer el campo, de haber pasado dos horas mirando cómo una sucurí (anaconda) se enroscaba alrededor de un carpincho, de ver bandadas de tuiuiús y un lobo guará detrás de un ypé amarelo me servirían para mi futuro. En aquella época yo era un chico tímido, tenía vergüenza de decir mi nombre, estaba acostumbrado a trabajar con el ganado, no con las personas”.
Lo convencieron o se convenció, y una mañana temprano se fue a Bonito con un bolso. Iba a inscribirse en un curso de ecoturismo.

Después de calzarse el traje de neopreno –provisto en el lugar y necesario: la temperatura del agua ronda los 20 grados y eso es frío– hay una caminata por la selva ribereña y enseguida, al agua, con máscara de snorkel. Para la flotación no se necesita salvavidas, basta con el traje. Después, la corriente logra que los turistas fluyan por el agua. En el camino se ven piraputangas, pacús, curimbatás y enormes dorados. El primer río, de poco más de un kilómetro de extensión, es bajo y el suelo parece una playa de Cancún: es blanco por el calcáreo, el responsable del agua transparente y dura, tanto que deja el pelo como alambre.

Entre la vegetación del fondo puede ser que aparezca un pececito mínimo y rojo escarlata. Se llama mato grosso y cuando pasa un cardumen se ve como un fuego bajo el agua. En el final del recorrido: el volcán subacuático, una surgente de agua que revoluciona la arena y alimenta el río desde las profundidades de la tierra.

El valle de conos

Hablando de agua y profundidades, sigo acá abajo, en la caverna. Después de una vacilación que duró más que la bajada en rappel, finalmente entré en el lago, más frío que el Pacífico en Viña del Mar un día nublado. El traje de neopreno grueso ayuda, pero no impide la sensación de tener una bolsa de hielo en las manos y en la cara. En fila india seguimos a Gabriel, que nada hacia el interior de la caverna. El lago del Abismo Anhumas tiene 24 mil metros cúbicos de agua y pertenece al Acuífero Guaraní, una reserva subterránea de agua que comparten Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina.

Hacia abajo, el paisaje podría ser un cuadro de René Magritte, el surrealista provocador. Se ve un valle de conos sumergido en un fondo azul verdoso. Mudo. Sospechoso. Hay un cono de 19 metros, con la fama de ser el más alto del mundo. Otros tienen puntas afiladas como la de un misil, y algunos son bajos y chatos, como un bizcochuelo. Dos buzos certificados se desplazan en el fondo, con sus trajes negros y los tanques de oxígeno amarillos. Están a unos 20 metros de profundidad y debajo de ellos hay 60 metros más. Desde aquí parecen avispas chaquetas amarillas merodeando un botín.

La fila india sigue hacia una galería subterránea que se despliega en la oscuridad. Por aquí las formas se adivinan y por unos minutos, uno se siente más cerca del búho ciego y del murciélago. El inglés enciende su linterna para iluminar formaciones de roca derramadas como una vela chorreada… durante millones de años. La japonesa y la coreana llevan los ojos abiertos como un huevo frito. Señalan el valle de conos y hacen un gesto de aprobación, como si lo reconocieran de un animé fantástico.

El paisaje desconcierta. Dan ganas de seguir más allá, por ese corredor angosto y después a través de aquél túnel oscuro hasta cruzar el acantilado que se ve tras esa grieta. Sin parar hasta el centro de la Tierra. Por momentos, es posible olvidar el agua fría y los 72 metros que habrá que escalar dentro de un rato, cuando este paseo, que se parece bastante a un sueño, haya terminado.

Datos útiles Bonito

Por Carolina Reymúndez.

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