Naturaleza en movimiento
La apertura de un nuevo hotel fue la excusa perfecta para volver al norte de Misiones. Además de recorrer los clásicos circuitos que arriman a las maravillosas Cataratas del Iguazú, hubo picnic junto a los saltos, tirolesa en la selva y visita a una comunidad guaraní.
Aquí estuvimos una vez más frente a esta conjunción de selva y agua grande (eso quiere decir Iguazú) volcándose desde una altura que supera los 70 metros. Aquí estuvimos otra vez con la boca abierta, fascinados, como lo debe haber estado Alvar Núñez Cabeza de Vaca cuando llegó hasta ellas, en 1542. Comprobar que existe un río, el Iguazú (cuyas nacientes se detectan en la Serra do Mar, en Brasil), capaz de llegar a su destino arrastrando un caudal de agua que ronda los 1.800 metros cúbicos por segundo en un ancho de un kilómetro y volcarse en un frente de casi tres kilómetros, sólo podía significar una cosa: así en la Tierra como en el Cielo, hay milagros desmesurados. Será por eso que para bautizarlas no se le ocurrió otro nombre a don Álvaro que no fuera el de Saltos de Santa María.
Quienes la descubren en su viaje iniciático por la Argentina, enmudecen, se frotan los ojos y juran que algún día volverán. LUGARES no escapa a la regla del regreso prometido y así lo hizo ahora, en respuesta a una invitación de la aerolínea Lan y del hotel Amerian Portal del Iguazú, flamante incorporación a la nutrida cartera de establecimientos de dicha cadena argentina.
Los que nunca fueron a Cataratas, sepan que la visita se organiza desde el Centro de Visitantes, punto de partida del trencito ecológico. En el recorrido hay estaciones que permiten enlazar las pasarelas para continuar a pie y cubrir así los tres básicos, a saber: Garganta del Diablo, Circuito Inferior y Circuito Superior.
Secretos del Parque Nacional
Si la Garganta del Diablo es la expresión mayúscula de este fenómeno, contemplar las cataratas asistido por un experto duplica el valor de la experiencia. El equipo de la revista cuenta con la guía de Gustavo, de la empresa Caracol, para entender ciertos pormenores de la diversidad que flora y fauna guardan en el Parque Nacional Iguazú. Un ejemplo notable son los vencejos de cascada, símbolos del Parque. Esos pájaros negros absolutamente inquietos, que el visitante ve volar como saetas atravesando las caídas de agua, anidan, aunque parezca increíble, detrás de los saltos, en la pared de la Garganta. Son miles y el sonido de sus trinos se entremezcla con el rumor incesante de las cataratas.
Llega la hora del almuerzo, que se lleva a cabo en un restaurante muy especial, en palabras de Gustavo, cerca del Salto Dos Hermanas. Cerca no, debajo del salto. La buena idea de los anfitriones (hotel y línea aérea) consistió en una mesa generosa de fiambres, frutas frescas y jugos naturales junto al Dos Hermanas, que despertó la envidia de los que por allí pasaban… y de los coatíes, pequeños mamíferos omnívoros muy confianzudos que en cuanto huelen comida, se acercan y al menor descuido se abalanzan sobre ella con voracidad. Así que esté atento si se le ocurre hacer picnic en cualquier lugar del Parque.
El recorrido mejor protegido por las sombras es el del Circuito Inferior, circunstancia que permite abordarlo en las horas más intensas de sol, con buenas panorámicas y la posibilidad de pararse exactamente debajo de las cataratas. Este circuito, que en algunos tramos tiene escaleras, lleva hacia donde parten los botes cada diez minutos a la Isla San Martín. Se aconseja no dejar pasar esta propuesta para cruzar hasta la isla y bañarse en las aguas verdosas del río Iguazú o subir los 180 escalones al mirador, desde donde se tiene una vista espectacular de los saltos San Martín y La Ventana.
Las excursiones náuticas también parten desde un embarcadero que está en el paseo inferior y tampoco debe esquivarse. Realizadas por la empresa Iguazú Jungle Explorer, la propuesta es navegar por el río Iguazú para observar las cataratas bien de cerca. La aproximación a los saltos depara sus emociones; nadie se priva de expresarlas a viva voz, sobre todo cuando el acercamiento implica recibir la inevitable ducha. El agua es fría y cae con fuerza. La gracia consiste en terminar así, empapado –para la cámara de fotos y otras pertenencias personales proveen una bolsa protectora– y a menos que uno vaya en pleno invierno, no hace falta llevar impermeable.
Cubrir el Circuito Superior lleva aproximadamente una hora y no presenta dificultades. El recorrido es de 650 metros, con grandiosas vistas de los saltos. Durante el trayecto, las silenciosas mariposas suelen revelarse como fieles compañeras; se apoyan en los hombros, en la palma de la mano y así, a escasos centímetros, es posible observarlas con detenimiento y comprobar que algunas parecen tener números dibujados en el reverso de las alas; cuando las cierran, el 08, el 80 y el 88 se hacen visibles.
También puede suceder que antes de abordar el trencito de regreso a la Estación Central, a alguien se le antoje saborear un helado. A las abejas, golosas por definición, también; espántelas muy suavemente para no irritarlas y luego recorra los 600 metros del Sendero Verde hasta la entrada al Parque.
Hasta aquí, la visión de las cataratas casi tocándolas. Pero para entenderlas en su verdadera dimensión, el manual del buen viajero indica que es preciso cruzar al país vecino y verlas de frente. Es innegable que la postal de este Patrimonio Natural de la Humanidad de la UNESCO (1984) la tienen los brasileños. Hay que ir y admirarlas también de lejos.
Sólo es cuestión de cruzar el puente internacional Tancredo Neves, llegar al moderno Centro de Interpretación e iniciar el recorrido en bus hasta las pasarelas. A partir de aquí nada más hay que ir buscando los diferentes puntos panorámicos y jugar a distinguir los saltos conocidos de cerca: Bosetti, Dos Hermanas, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, San Martín… Ni con lluvia y viento, como le ha tocado en esta oportunidad a la revista, las cataratas dejan de ser poderosamente fascinantes.
Un poco de acción
El recién inaugurado Amerian Portal del Iguazú se ubica en el Hito Tres Fronteras y goza de una magnífica vista al río. Neutro en su aspecto exterior, este hotel misionero descubre por dentro sus pautas de confort y funcionalidad. Tiene dos tentadoras piscinas y un restaurante –La Misión– donde sirven platos de carácter regional y otros más internacionales.
Luego de un generoso desayuno, LUGARES partió con Iguazú Extreme en pos de aventura selva adentro, en compañía de Lorenzo. Para entrar en clima, hubo caminata instructiva reconociendo diferentes especies de árboles, e identificando trampas que usaban los guaraníes para cazar. A esto le siguió un divertido ejercicio de escalada, rappel y tirolesa; bien asistidos, es posible comprobar que sólo hace falta un poco de coraje, y acatar a pie juntillas las instrucciones del guía, para salir airoso de este tipo de pruebas. La tirolesa es el plato fuerte, el que más adrenalina genera y más placer brinda, porque deslizarse por un cable de acero de 80 metros de longitud a 40 metros de altura, viendo la exuberancia de la selva desde arriba, es una experiencia extraordinaria que merece ser repetida. Una y otra vez. Del estar volando sobre las tupidas copas de los árboles, al agua, a navegar por el río Iguazú hasta la Triple Frontera, donde sus aguas se vuelcan a la corriente del Paraná.
Excursión a Fortín M’bororé
Por último, no está de más tomar nota de la actividad que organiza la empresa Cuenca del Plata para hacer del viaje a estos pagos una aproximación a la historia de sus habitantes originales, los guaraníes. Roberto es el guía guaraní en Fortín M’bororé, comunidad en la que viven 250 familias que se dedican a cultivar maíz y mandioca, y desde hace seis años también reciben turismo. En un recorrido de media hora, el visitante tiene la oportunidad de acercarse a su forma de vida, conocer algo de sus ritos y costumbres, y enterarse a través del habla pausada de Roberto, de la importancia que tiene preservar una lengua cuya perdurabilidad depende de la transmisión oral.
Actualmente, los guaraníes sufren las consecuencias de las restricciones impuestas a la propiedad de sus tierras (sólo poseen 224 hectáreas) y las dificultades de poder continuar con sus tradiciones.
Aprender sobre el otro es la idea de esta visita aleccionadora, que no excluye la posibilidad de comprar alguna de las artesanías que aquí hacen. Un coro de niños regala a los visitantes una canción y con este conmovedor recuerdo se sella la despedida.
Muy cerca de aquí está La Aripuca, santuario de árboles que intenta concientizar sobre la trampa en la que estamos al no preservar los árboles nativos. El nombre alude justamente a una pequeña trampa que usaban los guaraníes para cazar; la reproducción de la aripuca que aquí se muestra tiene 17 metros de altura y está formada por 30 enormes troncos de especies nativas (timbó, palo rosa, ibirá pitá, lapacho negro y guatambú, entre otros) recuperados de la selva misionera, ya sea caídos en tormentas o rescatados de desmontes.
El santuario tiene sus particularidades; a él se ingresa a través de un tronco muerto de un árbol que vivió más de mil años, antes de trasponer el umbral de una puerta de doble hoja de 300 kilos cada una, para llegar a una sala ambientada con muebles hechos de raíces de cedro pulidas.
La del estribo: en La Aripuca se puede probar helado de mate y de rosella (la flor de un arbusto), dos originalidades del lugar que a muchos suele gustar bastante y a otros deja bastante pensativos.
Informe de Valeria Vizzón
Fotos de Xavier Martín
Publicado en Revista LUGARES 152. Diciembre 2008.
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