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Paisajes de Catamarca

Trepar las abras más altas y descubrir pueblos ignotos a la vera de inmensos salares. Llegar al cráter de un volcán y zambullirse luego en las aguas termales que surgen más abajo. Atravesar pueblos del siglo XVI, hoy rodeados de nogales, viñedos y olivares. Con poquísimos servicios pero una inconmensurable riqueza natural, Catamarca es una excelente síntesis del Norte en estado puro.

Desierto de los Colorados, sobre la RP 27, cerca de Tolar Grande.

Hacía años que el titular de Socompa, Fabrizio Ghilardi, más conocido como el tano, estaba en contacto con LUGARES para invitar a la revista a conocer su programa de puna salteña. Por algo, cuando se instaló definitivamente en 2003 bautizó con ese nombre a su agencia. Por algo Tolar Grande es su base de operaciones preferida en esa nada mineral que integra la Reserva Provincial Los Andes y que incluye gran parte del Salar de Arizaro, el de Rincón y las olvidadas vías del ramal C14, el que llegaba –o llega, aunque nadie vaya– a Socompa, en la frontera con Chile.
“Volver a Catamarca”, fue la contrapropuesta de la redacción.
“Ok”, dijo Fabrizio. Y allá fuimos.

Un camino colgado del cielo

Una mesa repleta de cereales, medialunas, tostadas y café con leche nos dio los buenos días en Finca Valentina, la propiedad de Fabrizio en las afuera de Salta (ver LUGARES 143). Mientras tanto, David Chiliguay, un salteño oriundo de Cachi que nos guiaría por las rutas norteñas durante toda la semana, preparaba afuera las dos camionetas 4x4. Tomamos la RN 51, escoltando parte del legendario recorrido del Tren a las Nubes.

Al mediodía paramos a almorzar en la Hostería de Las Nubes, el mejor hotel de San Antonio de los Cobres. Una reparadora sopa de quinoa –un cereal súper energético– nos devolvió la fuerza para continuar la marcha.

De allí en más, y hasta Alto Chorrillos –a 4.560 metros sobre el nivel del mar– el camino continúa trepando sin tregua. Al cabo de dos horas, llegó por fin la bajada, un verdadero bálsamo para nuestros apunados espíritus. En Cauchari abandonamos la RN 51 que llega a Chile por el Paso de Sico. Nosotros, en cambio, enfilamos hacia el sur por la RP 27. Al cabo de 39 km, un antiguo vagón de pasajeros abandonado nos invitó a detenernos, treparnos e intentar recorrerlo. Las pisadas hacían eco dentro de los camarotes y reconozco que me corrió un escalofrío. Estábamos en la fantasmagórica estación Laguna Seca del ramal C14, que circuló hasta principios de los 90´.

Al cabo de otros 30 minutos ingresamos al Salar de Pocitos, donde el óxido de hierro pincela el suelo colorado. Tanto traqueteo en pleno desierto ya se siente en el cuerpo, aunque invertimos nuestras últimas fuerzas en trepar a pie una empinada cuesta de 45 metros.

Una vez arriba, la vista nos quita el poco aliento que nos quedaba. A 3.845 metros de altura, se despliegan ante nosotros las Siete Curvas o Desierto de los Colorados, un universo montañoso de color rojizo contrastando con el azul puro del cielo.

Ni una gota de agua, ni un solo rastro de vida vegetal a nuestro alrededor. Sólo algún suri, un par de llamas y la carrera de las tropillas de vicuñas que no se dignan a posar para nosotros. “Mejor no despierten la ira de Coquena”, nos dice Fabrizio con su tonada tana. Medio en broma, medio en serio, nos cuenta la leyenda según la cual Coquena, temible figura humana vestida de negro con bastón que merodea entre las montañas con un rebaño de vicuñas, es el cuidador celoso de estos preciados camélidos, aquel que defiende sus vidas desviando del camino a aquellos que las matan o maltratan. Dice Fabrizio que nadie lo ha visto pero todos le temen. Y de allí en adelante, nosotros también.

Con el sol ya escondido detrás de las montañas, llegamos por fin a Tolar Grande, un recóndito pueblo resguardado detrás del cerro Macón. Hasta su sagrada cumbre de 5.700 metros suben las 150 almas que habitan este poblado todos los últimos sábados de noviembre para rezarle a la Pachamama y organizar una misa.

Tolar Grande surgió en los años 40, gracias a la construcción del Ferrocarril Huaytiquina. A 3.800 metros, el pueblo tuvo su momento de auge cuando cobijó a gran parte de las 3000 personas que habitaban el campamento minero La Casualidad, a 131 km, cerrado en 1976 por la Junta Militar. Pero faltaba lo peor. El olvido absoluto llegó cuando el tren dejó de pasar definitivamente en 1995. “Quedamos desamparados”, reconoce Elsa, del comedor familiar El Puneño, con un gesto de tristeza. Junto a su hermana Marta prepararon la ansiada cena: un delicioso plato de pollo con arroz, del que no dejamos ni las migas.
A esa hora del día y después de andar 357 km por caminos pedregosos, suplicábamos por una buena ducha. Nada de toilettes privados, ni sommiers. Baños compartidos y camas cuchetas son el bienvenido confort que ofrece el refugio Afapuna, de limpieza impecable. Eso sí: lleve linternas porque a la 1 de la mañana cortan la luz.

Vertiginosas alturas

Amanecimos bien predispuestos a enfrentar un circuito de 180 km por huellas hasta Antofagasta de la Sierra. Fabrizio debía volver a Salta, de manera que nos despedimos y continuamos con David en una sola camioneta.

Avanzamos por la RP 27 hacia el oeste atravesando el Salar de Arizaro, el más grande del país, sometidos al ripio y la nula señalización. Justo en el km 137 nos desviamos hacia el sur, por un camino que no figura en el mapa. Ahora el destino es Mina Arita, un campamento minero donde se explota onix y cobre. David nos cuenta la historia de un ermitaño que vive allí desde que la empresa se retiró hace 30 años.
Luego de un sabroso picnic improvisado sobre una enorme piedra de basalto en la zona de Campo de Oro, justo en el límite entre Salta y Catamarca, seguimos el recorrido hacia el sur. En breve nos topamos con el volcán Antofalla a nuestra derecha, una suerte de vigía que nos dio la bienvenida al pueblo del mismo nombre. Mínimo pero encantador y sobre todo, inesperado, apareció como un espejismo de la puna.

De vuelta al ruedo, en pocos minutos estaríamos atravesando uno de los momentos más vertiginosos de toda la semana: al borde de un precipicio y en ascenso continuo, atravesamos la Serranía de Calalaste. Para festejar el exitoso descenso, nos refrescamos en una corriente de agua que baja del deshielo de la montaña.

Entre tantas subidas y bajadas, al atardecer llegamos exhaustos a la Hostería Municipal de Antofagasta de la Sierra.

Al súper volcán

Al día siguiente, partimos después de cargar provisiones para sortear la jornada más exigida del programa: doce horas para recorrer 340 km en forma circular. Todo fuera por conocer el Volcán Galán, el plato fuerte de nuestro viaje.

“¿Por qué Galán?”, pregunté. “Porque es un súper volcán”, respondió Santos Soriano, un simpático baquiano que oficiaría de guía hasta este gigante cráter a cielo abierto que mide 40 km de diámetro, considerado el segundo más grande del mundo detrás del de Yellowstone.

Emprendimos la marcha hacia la RP 43 para ingresar por el costado sur del volcán. Tras pasar por el poblado El Peñón, se abandona la ruta para continuar por una huella ausente en los mapas. A partir de allí, el trayecto se transformó en un desafío: estábamos a 4.000 metros de altura y empezamos a ascender a través de una inmensa planicie pese a que la rocosa superficie no permitía avanzar a más de 20 km por hora. Rodeados por piedras gigantes que, según Santos, pertenecen a la última gran erupción del Galán hace 2.5 millones de años, llegamos al borde del cráter. Allí, a los 5.000 metros, se aprecia “la enorme caldera formada por un gran estallido que expulsó todo el magma hacia arriba dejando una capa hueca donde luego se hundieron las cenizas”, explica Santos. La increíble vista nos tentó para bajar la pronunciada pendiente y atravesarlo de lado a lado.

Bien valía la pena contemplar de cerca el color turquesa intenso de la Laguna Diamante, denominada así ya que se cree que los indios escondían allí sus tesoros.

Soledad no es sinónimo de inactividad. Las entrañas del volcán todavía bullen, como puede comprobarse en el sector sur, donde se detectan enormes burbujones que brotan a 84 grados, dando vida a unas desconocidas aguas termales que nos prodigaron alivio con el calor de su vapor.
Quizás una sola vez en la vida tenga uno el lujo de almorzar en este inmenso cráter que recién fue catalogado como tal cuando una foto satelital reveló su explosivo origen allá por el año 1970.

El viento comenzó a levantar el salitre de la laguna y supimos que era la despedida. Había que emprender la vuelta porque el camino desde el costado norte es mucho más largo y complicado. La noche nos encontró siguiendo huellas mineras de camiones que van y vienen, iluminados sólo por la luz de la camioneta, hasta que David frenó y apagó el motor. Por un minuto, sólo existió un silencio estremecedor con un cielo reventado de estrellas. Definitivamente, los antofagasteños se robaron el cielo.

Cambio de planes

Un adiós al desierto, el viento frío y la sequía. Luego de tres formidables días en la Puna, nos levantamos temprano para embarcarnos a la segunda parte de la travesía. Bienvenidos al calor, la humedad, el asfalto y las calles arboladas.

La localidad de Fiambalá era nuestro próximo destino. Queríamos llegar por la RP 34, que de ruta tiene sólo el nombre puesto que es apenas una huella… Pero no contábamos con el exacto pronóstico de David, quien no se equivocó al presagiar una tormenta de arena que convirtió en intransitable el camino. Con tres horas de viaje encima, a la altura del Campo de Piedra Pómez… ¡Se quedó la camioneta! Ni la doble tracción podía sacarla de la arena. Bendita sea la improvisada fila de rocas detrás de las ruedas que nos ayudó a regresar a la RP 43. Una vez corregido el itinerario, partimos directo a Belén, sin escalas.

Amante de la aventura, David no pudo evitar unos bostezos al manejar sobre el pavimento que cubre la Cuesta de Randolfo, comodidad que reaparece en Puerta de Corral Quemado. En El Eje la RP 43 se cruza con la RN 40 y a medida que el camino desciende de las alturas, la aridez merma y se transforma en vegetación verde y tupida.

Por fin arribamos a Belén, fundada en 1681 por Don Bartolomé de Olmos y Aguilera. La ciudad se nos antojó un oasis después de tantos días expuestos a las impiedades de la puna. Ni hablar del hotel Belén que cumple con todas las expectativas del buen viajero.

Conocida como la Cuna del Poncho, Belén es el lugar para aproximarse a las célebres teleras catamarqueñas. Para verlas en plena labor, recurrimos a la casa-taller de Elinda Figueroa. Además de ella, trabajan otras dos mujeres que hacen todo a mano, desde el hilado con pushcana y muyunas (varillas de distinto tamaño), hasta el teñido y el tejido con lana de llama u oveja.

A escasos 50 metros de la plaza principal se encuentra el reconocido museo Cóndor Huasi. No espere encontrarse con grandes escalinatas ni solemnes estatuas. Se trata de un modesto primer piso con espacio insuficiente para exponer las 2700 piezas arqueológicas que integran su riquísima colección de arte precolombino. Por problemas de presupuesto, sólo el 10 por ciento de las figuras está exhibido. Las demás, atrincheradas en el depósito.

Una buena ducha y una breve horita de descanso antes de salir a cenar. Y de postre, un helado caminando por la placita. Placer impensado unos días atrás.

Termas, sol y vino

Para llegar (por fin) hasta Fiambalá rumbeamos por la 40 hasta que se cruza con la RN 60. Resabios de casas señoriales ya deshabitadas se suceden en pueblitos como Andaluza, Carrizal, Santa Rosa y El Puesto, pero la curiosidad sólo nos detiene en la abandonada estación de trenes Copacabana. El amarillo de sus paredes desgastadas, una ventanita con la insignia Boletería y los preciados durmientes tapados por la tierra, hacen que luzca tal como en una película del Far West.

Los 200 km que separan Belén de Fiambalá nos hicieron sudar la gota gorda. Afuera, la térmica marcaba 35 grados. Sólo motivadas por unos buenos chapuzones fuimos un poquito más allá, a escasos 15 km hacia el este, donde se encuentra el famoso complejo termal de Fiambalá.

Miramos aliviados los 14 piletones escalonados, cada uno con mini cascada propia por donde baja la vertiente de agua ¡que brota a borbotones entre las rocas a 51°! Por suerte, al bajar por la montaña se enfría hasta llegar a los 28°… pero si algo no hicimos fue refrescarnos, aunque sí nos relajamos.
Las propiedades curativas de estas aguas parecen ser indiscutibles. Y de fama internacional: “Luciano Pavarotti vino en el 91 y 93 desde La Rioja con todo su equipo e hizo camping. Viajó con su chef, su novia y el personal de seguridad que decretó absoluta privacidad a pedido del tenor”, nos contó Amado Quintar, actual intendente de la localidad.

Hay bancos para comer y vestuarios donde cambiarse. Sin embargo, la estructura en general es bastante precaria y un poco descuidada. Si bien aseguran que limpian las piletas una vez por semana, la realidad no da cuenta de esa frecuencia. Es una pena que los bungalows estén tan fané, porque el sitio merece un hotel con todas las letras.

Por cierto, Catamarca entera acusa ese contraste entre su magnífico entorno natural y la escasez de sus servicios. Probablemente la industria vinícola y del aceite propicien un crecimiento en este sentido.

Don Diego

Finca Don Diego es una de las bodegas más importantes de la provincia. Con su nombre honra a tres grandes Diegos que vanagloriaron los orígenes de Fiambalá y el cultivo de la vid. Uno de ellos, Don Diego Centurión, es el abuelo de los actuales propietarios. Entre 70 y 100 años de antigüedad tenían los viñedos cuando la familia Navarro vendió estas tierras que yacen a la vera de la ruta 60, en la localidad de San Pedro. La bodega, fundada en 1996, es hoy una de las más premiadas de la provincia.

Al pie de Los Andes se extienden las 82 hectáreas, 40 de ellas destinadas a la vid y el resto a los olivares. Las visitas con degustación están abiertas al público. De ellas se encarga Ruth Reinoso, encargada del lugar y nueva Secretaria de Turismo de la localidad. En la visita, Ruth relata que Don Diego se especializa en las uvas Syrah y en particular el Syrah Castaño, criado seis meses en barricas de madera castaña, las primeras del país.

A su vez, Ruth recomienda visitar la finca en época de la vendimia, durante febrero y marzo de cada año, o en Semana Santa, cuando se organizan la tradicional pisada de uvas o la cosecha de luna llena, recogiendo los frutos de noche y celebrando con pizza o asados.

Entre adobe y aceitunas

En el pueblito de Anillaco, a mitad de camino entre Fiambalá y Tinogasta, el cartel Olivares de la Costa sobre la ruta 60 indica la entrada hacia la flamante hostería Las Pircas donde nos alojaríamos las próximas dos noches, rodeados por 600 hectáreas de olivares.

Ubicado en el corazón de Alma Oliva, una importante productora de aceites, se trata de un emprendimiento que nació en 2004 y brinda seis coquetas suites bautizadas con los nombres de las variedades de la aceituna, a escasos metros de la piscina y un mirador con vista a todo el predio. Tenga en cuenta que sólo se toman reservas con anticipación, para un mínimo de 4 personas (dos dobles) que permanezcan durante tres noches, y a tarifa dolarizada.

Amaneció con un molesto viento Zonda, las puertas se golpeaban y las hamacas paraguayas se mecían solas. Una espesa bruma de arena impedía distinguir las infinitas plantaciones y cerros a lo lejos. Adiós a los planes de deslizarnos en tablas de sandboard sobre las Dunas de Tatón, gigantescas montañas de arena blanca que se jactan de ser las más altas de América.

Sin un programa fijo, partimos hacia la ciudad de Tinogasta. Nos habían dicho que era la capital de la aceituna, aunque paradójicamente no encontramos ni la fotocopia de un carozo. No hay duda de que la Ruta del Adobe, en la que se esparcen viejas construcciones y monumentos históricos, es la excursión más atractiva y más promocionada de la zona. Ahora era el turno de visitar uno de sus emblemáticos sitios: Nuestra Señora del Rosario, la capilla más antigua de Catamarca que data de principios del siglo XVIII. Nos emocionó su sencillez, con una pequeña virgencita en medio del altar moldeado por completo en adobe y el piso de tierra despojado de bancos.

El silencio de nuestra Londres


¡A madrugar se ha dicho! Por tratarse del último día queríamos aprovecharlo bien. Aún estaba pendiente la visita a algunos de los pueblos que yacen en el camino de regreso a Salta. Por eso repetimos el recorrido al revés, esta vez en dirección hacia el norte por la RN 40. En la llegada a Londres, 20 km antes de pasar nuevamente por Belén, el pueblo parecía todavía dormido. A la sombra de sus sauces, las calles transportaban el silencio que reinaba en el ambiente.

Londres se convirtió en el segundo pueblo fundado en territorio argentino (el primero fue Santiago del Estero) cuando el 24 de Junio de 1558 Juan Pérez de Zurita lo bautizó con el nombre Londres de la Nueva Inglaterra en honor a la esposa de Felipe II, recién casado con María Tudor.


Su geografía abriga a unos 2.600 habitantes que viven, entre otras actividades, de la confección de telas y la producción de nuez.


Las historias brotan de su gente, como la de Segundino Moreno, un simpático abuelo de 86 años que aún atiende la pintoresca despensa que inauguró su padre allá por 1900, a pasos de la plaza Hipólito Irigoyen. Londres también es conocido como pueblo de hilanderas. Las calles no tienen nombres ni hay carteles en las puertas, pero igual preguntando se llega al taller de Ángela Gutiérrez y su cuñada Graciela. Entre los obligados mates de cortesía, ambas enseñan cómo es todo el proceso, las diferencias entre los tipos de lanas y los secretos del teñido natural.

A unos 8 km de Londres nos topamos con un cartel que anuncia: "Por milenarios y sabios los pueblos indígenas tienen mucho para comunicar al mundo". Se trata de la Reserva Arqueológica El Shincal, un conjunto arquitectónico de 23 hectáreas al pie de la sierras de Quimivil, que se cree fue habitado por los incas entre 1471 y 1536. En este sitio precolombino, hoy declarado Monumento Histórico Nacional, funcionaba un centro administrativo y de redistribución de riquezas que fue protegido durante siglos por la planta que le dio nombre: el shinqui.

Según nos cuentan, todos los veranos llegan grupos de arqueólogos de la Universidad de La Plata para trabajar en su restauración. El área es enorme, por lo que es imposible recorrerlo completo en un día, pero un rato basta para distinguir los centros rituales y ceremoniales, como la Kallanka Nº 1 o el Ushno, escenario donde se presidían fiestas cívicas, religiosas y desfiles militares. Lo mejor del sitio es la vista panorámica que se obtiene desde lo alto de una extensa escalinata por la que se accede a la plataforma occidental. Treparla es una buena excusa para transportarse al pasado y evocar la templanza de este fascinante imperio.

Hualfìn, el mejor de los finales

Una inevitable melancolía se apoderó de nosotros al notar que el viaje estaba por terminar. Hualfín, un pueblito de 700 almas, nos esperaba con su tesoro más preciado: la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, una joya arquitectónica que lleva en su dintel la fecha de 1770, lo que la convierte en la segunda iglesia más antigua de Catamarca.

Hasta hace unos años la llave se conseguía en la municipalidad o en la casa de la familia Saravia Leguizamón, sus actuales dueños. Hoy está abierta al público en general y hasta tiene horarios de visita. Humilde y silenciosa, sabemos por Ivana, la encargada, que esta pequeña capilla permaneció hasta nuestros días en la misma línea familiar, transmitida por herencia de generación en generación.

Reza la historia que en 1664 la corona española premió a Don Asencio de Mercado y Reinoso y su esposa Josefa Sánchez de Loria con una Merced Real por el triunfo obtenido en la Segunda Guerra Calchaquí.
Este noble título de tierras finalmente llegó a manos de Doña María Medina de Montalvo, distinguida dama del Tucumán colonial. Viuda ésta, obtuvo la licencia en 1767 para construir la capilla.

Flanqueada a sus costados por un museo y un antiguo cementerio de españoles, luce tan simple por fuera como por dentro. De nave única y con una sola torre campanario, en su interior se destaca la ausencia de todo tipo de figuras ortodoxas. En su lugar, inocentes pinturas con dibujos de animalitos y colores pasteles decoran el altar y las columnas de mampostería.

A la salida, Ivana nos contó que en 1989 fue la última vez que se llevó a cabo una misa. La mujer hablaba pausado y sin prisa. Como casi todos en Catamarca. Nosotros en cambio, sí teníamos apuro por regresar a Salta. Con un dejo de tristeza, debimos emprender el viaje de vuelta bajo una inesperada lluvia.


Por Nadia Durruty
Fotos de Pablo Castagnola

Publicado en Revista LUGARES 144. Abril 2008.