(0) (0)

Perú al sur: recorrido en 4 días

Un breve pero intenso programa de cuatro días para vivir desde Paracas, tradicional enclave costero de fin de semana de los limeños. Muy buena vida de hotel, un paseo mar adentro, el vuelo sobre las misteriosas líneas de Nazca y hasta una escapada a la magia de Machu Picchu. ¿Estuviste en Perú? ¿Conocés alguno de estos lugares?

Pelícanos peruanos. Autor:Ivana Salfity.

Perú al sur

La combi se dirige desde Lima hacia la costa sur, por donde corre la carretera Panamericana que atraviesa kilómetros interminables de desierto, salpicados cada tanto por un balneario, pueblos costeros y zonas de industria. El manto gris del cielo –esa espesa capa de neblina monocromática que en Perú llaman “panza de burro”– se extiende sobre buena parte del camino, y desde la ruta cuesta imaginar las playas llenas de limeños en los meses de verano, el surf, y las discotecas con movida nocturna.
Hasta Paracas son unas cuatro horas de trayecto a lo largo de 260 kilómetros. Del terremoto devastador que sufrió la zona en agosto de 2007, quedan pocos vestigios. La destrucción fue importante, a tal punto que el lugar donde hacemos base, el Hotel Paracas, debió reconstruirse prácticamente de cero. Del viejo hotel, ese que tradicionalmente disfrutaron los limeños durante los fines de semana desde mediados de los 40, queda el espíritu. El nuevo se construyó bajo los estándares de lujo de la marca The Luxury Collection, pero manteniendo la esencia del anterior. 
El circuito termal del spa es una buena forma de zambullirse en sus servicios como cierre de un día de excesivo viaje. La ducha española con aromaterapia suena –y huele– bien: de las paredes salen jets de agua que se dirigen a puntos estratégicos del cuerpo. Luego, la llamada terma romana, con una temperatura más baja que un sauna tradicional y bastante menos sofocante. De ahí al pozo de agua fría que, shock de por medio, ayuda a reactivar la circulación de la sangre y es un buen reafirmante de la piel.  La piscina climatizada dinámica viene después. Pero eso no es todo: completan el circuito “tumbonas” calentitas de mármol y un espacio muy original: una sala de sensaciones, con camillas tibias de madera, música chill out y un simulador de tenues estrellas.

Un mar de sorpresas
Las pastillas para evitar el mareo tienen buena demanda esta mañana. Aunque la bahía de Paracas está muy calma, dicen que la lancha que lleva 17 pasajeros, se puede mover en el Pacífico.
Primera parada, primera sorpresa a sólo unos minutos de navegación del muelle del hotel. ¿Es el Candelabro un anticipo de lo que veremos por la tarde al sobrevolar las Líneas de Nazca? Hay quienes dicen que este geoglifo con forma de tridente grabado en la colina arenosa de la península tiene relación con las líneas más famosas; otros dicen que es un cactus con propiedades alucinógenas, o que los antiguos piratas lo utilizaban como guía de navegación y que además escondían sus tesoros en las colinas. La figura de 150 metros de alto por 50 de ancho y escasa profundidad, se ve perfectamente desde la embarcación y por tierra está prohibido acceder.
En las Islas Ballestas no es temporada de lobos. Suele haberlos pero en los últimos días se han visto sólo 8 ó 9, nos anuncian antes de partir para evitar la decepción. Por eso, el desvío a San Gallán en busca de más lobos marinos. Segunda gran sorpresa: el espectáculo al por mayor de miles de lobos marinos “chuscos” –¿serán unos 18.000?– que ocupan un trozo de costa y otro de mar. El sonido abruma. Fuertes gruñidos –unos graves otros agudos– tapan el ruido del motor de la lancha, incluso nuestras voces. El olor es igual de intenso. Los lobos que se agolpan curiosos alrededor de la lancha buscan alardear de sus piruetas y parecen muy amigables.
Menos simpáticos resultan los machos que, en la playa, compiten y luchan cuerpo a cuerpo por su harén. Son polígamos, se sabe: andan por la vida raptando hembras para su harén. Serán unas quince por cada macho. Y que a ninguna se le ocurra abandonar el grupo; él se encargará de tenerla en su sitio. Con dos metros y medio de tamaño máximo, y hasta 300 kilos de peso, es muy difícil que alguna se les rebele.

Excremento for export
Son islas recubiertas casi por completo de guano, deposición de aves marinas. “Gracias al guano, que acumulaba unos 30 metros sobre las islas guaneras cuando se descubrieron, Perú pagó su deuda externa”, declara con orgullo el guía Nazareo Ramos. Las islas Ballestas son sólo unos islotes pedregosos dentro de las tantas islas guaneras que tiene el país (unas 23), y están protegidas por la División Extracción de Guano del Ministerio de Pesquería. 
Aunque ahora abastezca más bien el mercado interno, fue la principal exportación del país a mediados del siglo XIX. Este abono natural alto en fósforo y nitrógeno, es usado como fertilizante y se mantiene intacto sobre las islas gracias al clima árido y la escasa humedad.
El zarcillo tiene esa pluma que le cuelga del ojo como un arete; el cormorán de pata roja es el más lindo de la isla; al pingüino de Humboldt se lo ve en las pequeñas cuevas, y el cormorán guanay es el que más guano produce: no se mezcla con otras aves y anida en su propio excremento”, describe Nazareo al desfile de aves que posan frente a la embarcación. Piqueros, pelícanos y gaviotas también contribuyen con lo suyo. A todas las convoca la anchoveta, su principal alimento, que por estas aguas parece aparecer en cuantiosos cardúmenes.

Sobrevuelo al misterio nazca

El aeropuerto de Pisco, a pocos minutos del hotel, es un buen punto de partida para encarar las Líneas de Nazca, que en temporada maneja alrededor de 18 vuelos diarios. El tiempo de vuelo es mayor que si se toma una avioneta en Nazca mismo, pero desde aquí parten avionetas un tanto más grandes –para doce pasajeros– y, esperamos, estables. Más allá de las líneas paralelas de dunas, el desierto se muestra increíblemente productivo gracias a un sistema de irrigación de aguas subterráneas: desde el aire se ven en medio del terreno descolorido por el sol, cultivos de espárrago y uva para pisco.
El vuelo es tranquilo, y el cielo, despejado. El viento de las tardes aún no llega. Igual, mejor mirar el horizonte para evitar el mareo. Con el anuncio de la primera figura, adiós horizonte: para encontrar la ballena hay que mirar fijo el terreno. El avión se balancea hacia un lado, para que vean los del lado derecho, pega la vuelta en U y encara el cetáceo desde el otro flanco, para que lo aprecien los de la izquierda. La siguiente maniobra del piloto lo inclina, y a unos 200 metros de altura del suelo, ofrece la ballena en bandeja para los pasajeros.  Luego hace lo mismo con el astronauta que saluda, con el mono y su maravillosa cola rizada, el perfecto colibrí, la araña, el cóndor y el loro. Son bien grandes: llegan a medir unos 275 metros de largo. Desde al aire se ven también el árbol y las manos, bien cerca de la ruta Panamericana y sus miradores, uno de los pocos lugares para distinguir las figuras a nivel tierra.
¿Por qué las construyeron? ¿Cómo lograron líneas tan precisas y proporcionadas que sólo podían observarse desde el aire? ¿Tuvieron ayuda extraterrestre? Los estudiosos dicen que fueron hechas por las culturas nazca y paracas, al parecer en más de una etapa entre los años 900 a.C. y 600 d.C., que se marcaron con estacas y sogas, y que sobreviven tan bien por el clima seco y la poca erosión. Se cree también que conformaban en su conjunto un calendario astronómico. La teoría de los aliens queda reservada entonces para los turistas más imaginativos.

Hacia el Valle Sagrado
“Todos los días son el mejor día de nuestra vida: hoy lo es porque vamos a ir a Machu Picchu”, anuncia bien temprano el guía, Miguel Vergara Ugarte. Es un convencido, y cada acción la asocia a su cosmovisión andina de la vida que todo lo explica en su universo. “Cada vez que vemos un arco iris creemos que viene algo mejor: este nos va a dirigir hasta el Valle Sagrado”, había dicho cuando una tormenta pasajera amagó con arruinar el programa, recién aterrizados del avión en Cusco.
Tambo del Inka, en Urubamba, tiene estación de tren privada con destino a Machu Picchu. Son 500 los pasos exactos que separan el lobby del andén de la pequeña estación de tren, ubicada dentro del predio del hotel. A bordo del Vistadome de PeruRail –el servicio que parte del hotel y que en Ollantaytambo se une a la vía central que viene desde Cusco– el énfasis está en las vistas del Valle Sagrado: las ventanas son bien amplias y parte del techo es vidriado también.
A medida que avanzamos, la vegetación se hace más exuberante: nos encontramos en la ceja de selva, flanco amazónico de la cordillera. Orquídeas, retamas, helechos, bromelias, santa ritas, begonias, plátanos de enormes hojas, bambúes, se inclinan sobre un lado de las vías. Del otro, río de por medio, aparecen pequeños grupos arqueológicos y una primera aproximación a los andenes de los antiguos incas, anchos escalones construidos sobre las laderas de la montaña que los pobladores actuales reutilizan para sus cultivos.
A la altura del Km 82, porteadores aguardan a turistas para emprender una versión más agotadora del mismo viaje, el Camino del Inca. En sandalias y cargando un máximo permitido de kilos, el porteador es el personaje anecdótico: “Mediante un proceso de adaptación hemos desarrollado corazones más grandes (con los que amamos más), pies más anchos (con los que escalamos los cerros como pumas), y pulmones más grandes y resistentes”, apunta esta vez Miguel. ¿La otra clave? Las hojas de coca que se colocan en la boca junto a un catalizador para aliviar el sabor amargo y acelerar el proceso de los alcaloides en el cuerpo. En símbolo de agradecimiento y antes de masticar, anuncian el nombre de las montañas y luego desean algo, pues para ellos las hojas son un conector entre el alma y la tierra.

Por fin, Machu Picchu

El tren desciende hasta Aguas Calientes o Machu Picchu Town, a los pies de las ruinas incas. El corto camino entre la estación y la parada de los colectivos que suben a la ciudadela es un enjambre de puestos de artesanías imposible de evitar. Los buses ecológicos, uno detrás del otro parten hacia allá arriba a medida que se van llenando.
Entre los turistas que entran por el lado sur de la ciudadela y los que lo hacen por el camino del inca, suman unos dos mil diarios en temporada alta, entre junio y agosto. Esto, a pesar de que la Unesco –Machu Picchu es Patrimonio de la Humanidad desde 1983– ya advirtió de que el yacimiento no puede recibir más de 500 visitas al día para no causar tantos daños.
¿Se habrá imaginado el inca Pachacútec cuando, impresionado por la geografía del lugar, mandó construir Machu Picchu hacia 1450 como residencia de descanso o santuario religioso, que un día tendría molinetes de acceso?
Superada la aglomeración de la entrada y tras trepar unos metros, la sorpresa vuelve. No importa cuántas veces se haya visto Machu Picchu en fotos, o cuánto se haya leído acerca del lugar, la visión conmueve. De lo que vemos, 60% está en estado original, un 30% restaurado, y el restante sin tocar. Claramente se distingue una gran zona agrícola de extensas terrazas de cultivo, y otra urbana, construida sobre un sistema de drenaje de pequeñas rocas, pues esta es zona de terremotos y de copiosas lluvias. En el medio, se abre un espacio abierto central con un césped aterciopelado verde, y cuidados jardines de altura.
Entre tanta construcción de línea más bien recta, el Templo del Sol es un torreón semi circular que cumplía funciones astronómicas, en cuyo altar converge el sol cada 21 de junio durante el solsticio. Su parte inferior se convirtió en sitio para dejar ofrendas.
En el centro, la Casa Real, lugar de hospedaje del Inca, y la Plaza Sagrada, que nuclea el Templo Principal y el Templo de las Tres Ventanas, y un tercero donde el ritual hoy es jugar con la particular acústica que provoca recitar un ooommm en conjunto dentro de las hornacinas.
Una escalinata nos guía hacia la pirámide aterrazada donde reposa la piedra más estudiada de todas las ruinas, el Intihuatana, que es aquel lugar “donde se ata el sol”. Los estudiosos creen que esta escultura con forma de obelisco en miniatura, que atrae turistas en busca de energía, servía como calendario para definir las estaciones.
Hacia la tarde, con un “tupananchiskama” nos despedimos de Machu Picchu para desandar el camino en tren hasta Urubamba. Por suerte será “hasta la próxima”, porque según Miguel, en quechua no hay palabra para decir adiós.

Más de Perú: Fotoshock: Las líneas de Nazca / Lima

Si estuviste en Perú contanos tu experiencia y  subí tu foto.

Por Constanza Gecheter. Nota publicada en revista Lugares 203.