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Río Deseado

Paseo por el Cañadón Torcido

Comienzan los deshielos, el sol se acerca al hemisferio sur y las aguas heladas del océano Atlántico toman la temperatura perfecta para que los pingüinos se sientan a gusto y con ganas de buscar pareja y de retozar al sol.

Así es como la comunidad –alrededor de cien mil ejemplares– que en el invierno, y tras renovar su plumaje, viajó hasta la costa sur de Río de Janeiro, comienza a bajar en septiembre y octubre para disfrutar del cálido sol patagónico. Y qué mejor sitio para hacerlo que las espectaculares costas e islas de los alrededores de Puerto Deseado, en apariencia el lugar “in” de la fauna para pasar el verano: allí cada temporada se reencuentran las comunidades más numerosas de pingüinos magallánicos y de penacho amarillo, de lobos marinos de uno y dos pelos, de cormoranes, gaviotas, gaviotines, cauquenes, garzas, skúas, toninas, delfines australes, elefantes marinos... Sepan disculpar si me olvido alguno: ¡es que son tantos!

Con rumbo a Deseado salimos a la mañana temprano desde Comodoro Rivadavia, después de hacer noche en el Hotel Austral, bordeando la costa por la ruta 3 y pasando por Caleta Olivia, donde nos encontramos con una estatua tan única como la ría: El Gorosito, monumento al trabajador petrolero.

Desde allí, atravesamos la meseta patagónica hasta Port Désir, como la bautizara de forma definitiva el pirata Thomas Cavendish en 1594, en honor a su nave. Antes, don Hernando de Magallanes había puesto pie en esa tierra a la que  llamó Bahía del Trabajo y también el corsario inglés Sir Francis Drake, que la denominó Bahía de las Focas. Más tarde vendrían Darwin –en 1833– y el perito Moreno, en 1876. Desde entonces, cierto espíritu aventurero ha quedado impregnado en la atmósfera de esta pequeña ciudad que sirve de cobijo a todos los que, inevitablemente, quedan imantados por este mar y el viento implacable que, por suerte, amaina en los meses más cálidos, sin disminuir el poder de atracción del lugar.

No bien llegamos, pasamos a buscar información por la oficina de turismo. Dejamos los bolsos en el Hotel Los Acantilados (nos dio gusto saber que volveríamos rendidos a él cada día); luego partimos directamente a conocer la ría, lo más maravilloso de este lugar.

Isla de los Pájaros

Es la hora de la siesta y aquí estamos con Claudio y Chantal. El, guía naturalista, y ella, bióloga marina. Ambos están a cargo de Los Vikingos, la empresa de turismo aventura que llevan juntos desde hace diez años.

El gomón descansa en la orilla y nosotros hacemos lo propio, mate en mano, sobre la playa pedregosa, junto a cientos de pingüinos magallánicos (son esos chiquititos de lomo negro y pancita blanca, tan dulces y graciosos que dan ganas de hacerles upa). Venimos de recorrer parte de los 42 km de esta ría color esmeralda –única en Sudamérica– que se consolidó como tal a fines del cuaternario, cuando el río Deseado liberó su cauce para que el Atlántico lo invadiera. Esta intervención natural formó uno de los sitios de mayor biodiversidad de fauna que existen en la costa patagónica. Pudimos constatar el dato ya que, en dos horas de paseo entre islas y canales, vimos lobos marinos de un pelo, colonias con cormoranes imperiales, grises y roqueros –que habitan sobre enormes extensiones blancas de guano–, garzas brujas, palomas antárticas, gaviotas australes, patos crestones y vapor, gaviotines reales,  sudamericanos y de pico amarillo y...  la lista sigue y la vista no para de deleitarse, junto con los pulmones, que reciben bocanadas de un aire puro que activa el gen de la felicidad.

Ya de vuelta en tierra firme, fuimos a  echarle  un vistazo a la ciudad: edificaciones como la de CarsaCarnes Santacruceñas SA–, construida con bloques trabajados por picapedreros yugoslavos, delinean la arquitectura típica de Deseado. El estilo se repite en la ex estación del ferrocarril, que data de 1908 y fue clausurada 70 años más tarde. El proyecto original tenía la intención de unir Puerto Deseado con Bariloche, pero, por problemas económicos, la obra quedó trunca en Colonia Las Heras. Aunque de corta vida, el ferrocarril alcanzó a promover el asentamiento que dio origen a la ciudad y desde 1990 la estación es monumento histórico municipal.

Intentamos visitar el vagón histórico y el cine-teatro Español, pero una tormenta se descarga con todas sus ganas sobre nosotros y nuestros equipos de fotografía, haciéndonos correr al hotel. Sólo volvemos a asomar las narices para ir a cenar a Puerto Cristal, a pasos de Los Acantilados.

Isla Pingüino

La lluvia parece haber limpiado toda huella de mal tiempo: el cielo es de un azul brillante y  despejado. Estamos de suerte: es un día perfecto para ir a la isla Pingüino. Nos encontramos en la cafetería del hotel –enseguida descubrimos que se trata de un importante centro de la vida social de la ciudad– con Ricardo Pérez Bueno y Javier Fernández Bueno, primos y socios en Darwin Expeditions, que nos adelantaron en qué consistiría la expedición y, de paso, nos aconsejaron llevar ropa a prueba de agua, lentes de sol y abrigo. 
Les hicimos caso y ahora estamos,  a las ocho de la mañana, listos para zarpar.

Apenas pasamos la isla de Chaffers, la más poblada de las seis pingüineras de la ría, vemos las primeras toninas overas. Al principio pasan rápido, asomándose tímidamente y, cuando se dan cuenta de la emoción que provocan en nosotros, se adueñan del momento y se lucen con sus piruetas sobre la estela del barco. Nada de visita mezquina la de estos delfines: se quedan un buen rato a jugar (igual, cuando se van, nos dejan con ganas de más).

Pasamos por la cormoranera más grande de Sudamérica, totalmente blanca por el guano, y nos adentramos en las olas y escarceos del océano Atlántico, que hacen dar saltos espectaculares a nuestro barco (y eso que parece ser un día de los calmos). Nuestras caras, que traducen entusiasmo y un poco de miedo ante lo desconocido, se distinguen de las de Ricardo y Javier, que, además de estar tostadas por el sol marino, exhiben la sonrisa de quien conoce el terreno de toda la vida y disfruta de poder mostrarlo. 

Llegamos a la isla. El barco queda anclado lejos de la costa y nos trasladamos hasta la orilla en gomón. Dejamos las cosas junto a la factoría lobera –donde hace más de dos siglos se capturaban animales por millares para quitarles el cuero y obtener aceite de la grasa– y empezamos el recorrido por el faro (al que todavía, y con mucho cuidado, se puede entrar), siguiendo por las colonias de aves:  pingüinos de penacho amarillo –únicos por estos pagos– y  skúas, una variedad de rapiña a cuyos miembros les gusta hacer vuelos rasantes sobre las cabezas de la gente y que encontraron en la isla su sitio favorito para nidificar.
Nos quedamos horas en cada una de ellas, incrédulos ante esa cantidad de animales instalados en lo que es su hogar: la contemplación se vuelve más fascinante a medida que pasa el tiempo.

Todavía nos queda ver a los lobos marinos de un pelo y a los elefantes, que son lo más impresionante de todo: se trata de miles de bestias gigantescas amontonadas sobre la playa, por la que desplazan, como si nada, sus varias toneladas. Antes llega  un reparador almuerzo con sandwiches caseros y frutas, junto a la factoría, y un breve recreo de cara al sol y brazos en la nuca que deja sentado que un  expedicionario de ley es aquel que también sabe aprovechar un buen descanso.

De Cabo Blanco a los
Miradores de Darwin


Una vez más, madrugón. Y esta vez para ir hasta Cabo Blanco. Resulta realmente difícil, ya que la noche anterior, con no sé qué fuerzas, decidimos ir a conocer la movida del fin de semana en Deseado y pasamos un buen rato en El Quinto Elemento. Pero se sabe que en los viajes el descanso tiene más que ver con la calidad que con la cantidad, así que a las siete y media de la mañana tomamos un rápido desayuno con vista a la ría y nos subimos a la camioneta de José y Carolina, de la Secretaría de Turismo de Santa Cruz, para salir raudos por la 281, doblar a la derecha en el kilómetro 35 para tomar la 14 y cortar la meseta por la 91, hasta llegar a una enorme mole rocosa que, desde 1915, concluye en un faro.

Subimos hasta el farol, desde donde disfrutamos de la vista de las dos caletas que forman el Cabo y los tres morros que irrumpen en el mar. En una de las playas se ve la casilla del correo y el telégrafo que funcionaron desde 1902, cuando empezó a explotarse la salina de novecientas hectáreas que rodea Cabo Blanco. Al bajar del faro nos encontramos con Ricardo Moreno, de la Armada Argentina, quien nos recibe amablemente con mate y una torta de manzana deliciosa que acaba de hornear, tarea en la que se ha especializado luego de reiterados turnos de quince días en el Cabo, solito con su alma.  Una vez que dejamos asentada nuestra visita en el libro y hojeamos unos interesantes apuntes con datos históricos del lugar, partimos hacia los morros para ver los apostaderos de lobos marinos de dos pelos.

Estos animales parecen ser mucho más ágiles que los de un pelo: saltan como locos desde las rocas al agua y juegan con el vaivén del mar, buceando profundo para volver a saltar.
Aquí también, entre los siglos XVIII y XIX, los cazaban por millares  por el alto valor de sus pieles pero afortunadamente, desde 1937, Cabo Blanco es una reserva natural intangible.

Seguimos camino a la salina, acompañados por esporádicos grupos de guanacos y choiques, unas aves corredoras parecidas al ñandú, pero más chiquitas. El blanco del salar es un paisaje permanente, pero resulta inalcanzable hasta que, como si fuéramos por un laberinto totalmente chato, damos por fin con el camino que nos llevará a esa planicie inmaculada y sólida que parece de otro planeta. Totalmente hipnotizados por su resplandor infinito, intentamos  disimular la perplejidad con una vianda bendita que nos devuelve a la realidad.

En la estancia La Aurora nos espera Matilde Wilson, la simpática nieta de Rosa Vericat de Wilson, quien llegó a estos pagos con la expedición de Oneto y fundó el establecimiento –de veinte mil hectáreas– en 1905. Subidos a su camioneta recorremos quince kilómetros hasta llegar a un paisaje completamente distinto del que veníamos viendo, el mismo que impactó a Darwin en 1833. “No creo haber visto jamás otro lugar que pareciera más aislado del mundo que esta grieta de rocas, en medio de la inmensa llanura”, escribió el explorador entonces.

Los tonos ocres y rosados dominan los acantilados que flanquean el extremo final de la ría, donde ésta se transforma en el río Deseado. Matilde nos cuenta que, hasta mediados de 1900, por este lugar (que ahora se ve magro como una serpiente) llegaban embarcaciones que dejaban víveres en la pulpería que se divisa en la costa de enfrente y cargaban lana para llevarla a Puerto Deseado. Todo ha cambiado:  ahora incluso se puede caminar por el cauce y cruzar al otro lado por el paso Mariscano. Pero el día se nos escapa, así que agradecemos a Matilde, damos la vuelta y seguimos viaje hasta el cañadón de las Bandurrias para alcanzar el santuario natural de la Gruta de Lourdes con los últimos rayos de luz.
Deseado por tierra y por aire

En nuestro cuarto y último día en esta comarca que nos tiene totalmente prendados, decidimos aprovechar al máximo la jornada. Ricardo, de Darwin, nos pasa a buscar bien temprano en su 4x4 para hacer el camino costero.

Entre subidas y bajadas se suceden cañadones y miradores que muestran a la ría desde todos los ángulos posibles. El más impresionante es el mirador del cañadón del Puerto, desde donde la bahía Uruguay destella un verde tan increíble que nos tienta a navegarla una vez más. En cinco minutos ya estamos soltando amarras para ir hasta el cañadón Torcido –aprovechando la marea todavía baja– y en cinco más, nos vemos rodeados por altísimos acantilados mientras nos deslizamos sobre el agua de color tan intenso.

Y, como si dos ángulos para ver la ría no fueran suficientes, después de un soleado almuerzo en Kokomo –pintoresca pizzería de Deseado–, vamos volando hasta el Aeroclub, donde José Luis Pérez ya tiene preparado un Piper PA 32 para disfrutar de toda la zona desde lo alto.  Como me tocó ser copiloto, puedo afirmar que los 42 años de experiencia de vuelo  de José Luis se hacen notar en este viaje soñado, por el que Darwin hubiera dado cualquier cosa. Sobrevolamos la costa hasta la isla Pingüino y volteamos para seguir el curso de la ría hasta los Miradores de Darwin, mientras el mapa nos va quedando impreso en el cuerpo con emoción.

Y con esta sensación de haber ganado el triatlón que acabábamos de hacer, nos despedimos de todos los que colaboraron para que, sin habernos ido, ya tuviéramos ganas de volver.



Por Ana Schlimovic
Fotos de Martín Gómez Alzaga


Publicado en Revista Lugares 104. Octubre 2004.

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