(0) (0)

Rosario, donde brilla el Paraná

Diseño, arte, cafés y arquitectura son el signo de la gran ciudad santafesina que no para de crecer y cambiar, sin perder su encanto ribereño.

El MACRO.

¿Hace mucho que no va a Rosario? ¿No cruzó a Victoria por el nuevo puente inaugurado en 2003? ¿Conoce el Macro –el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario– que funciona dentro de los silos Davis y se ha convertido en la nueva postal de la ciudad? ¿No tomó un café en El Cairo, después de que abrió en 2004? ¿Observó el nuevo diseño de iluminación del Monumento a la Bandera, estrenado con motivo del 50º aniversario, justo el 20 de junio?

Y aún en materia de naturaleza y buenas compras hay más. ¿Recorrió la nueva costanera? ¿Visitó el shopping Alto Rosario, instalado en los viejos talleres de ferrocarriles? ¿No se tentó con los zapatos de Escalfe y la ropa de cuero de Sánchez Becchi, (puro diseño rosarino al que los porteños haríamos bien en envidiar)?

Si reúne más de tres respuestas negativas, entonces usted haría bien en recorrer los 320 km que separan Buenos Aires por pura autopista y llegarse a la ciudad de los cafés, del teatro El Círculo –sede en 2004 del Congreso Internacional de la Lengua Española–, de los palacetes del boulevard Oroño y del Paseo del Siglo –en el tramo de calle Córdoba que va del 2200 al 1600, antes de convertirse en peatonal– y cuna de los artistas Berni, Grela, Vanzo o Bertolé.

El siglo XXI entró a Rosario con nuevos bríos y el turismo no tardó en reaccionar. Para recibirlos, la ciudad ya tiene un cinco estrellas de ley, el Rostower, que inauguró en diciembre de 2006 y ya se posicionó a la cabeza –y lejos– de los demás hoteles. Madera oscura y mármol, tonos sobrios en la decoración de las 138 habitaciones, un desayuno pantagruélico y un pequeño y agradable spa son las buenas armas con las que el hotel conquista al nuevo público que empieza a llegar. Como buenos pioneros, están haciendo punta y lo saben. El año que viene volverá a agitarse el avispero: la cadena Fën anunció la apertura de un hotel boutique en lo que fuera el Savoy, magnífico hotel en la esquina de San Lorenzo y San Martín que en 2008 cumpliría los cien años.

El reciclado no es, sin embargo, el signo urbano que domina la escena arquitectónica. Y si bien en barrios más arrabaleros y bohemios como Pichincha (el de Alberto Olmedo) la dupla de grúas & volquetes no sienta tan bien, hay otras zonas en las que las torres son recibidas con fervor, al menos inmobiliario. La nueva skyline de Rosario es un fenómeno en auge que muta a medida que se elevan las torres más mentadas como Aqualina –junto al Monumento a la Bandera– y las Dolfines, de 40 y 45 pisos respectivamente. Aún no están terminadas, pero ya están casi completamente vendidas.
Derribar silos en desuso para construir torres con vista al río es la tendencia de una ciudad que se ha propuesto seriamente ser vista con otros ojos. Bromean los mismos rosarinos diciendo que dejarán de ser la Chicago argentina –mote que ganaron en los años 20 y 30 con el furor de las mafias y la prostitución legalizada– para pasar a ser la New York del continente.

En ese plan, sin embargo, hay hitos que no se cuestionan. Uno de los más interesantes son los edificios que aparecen en la obra Manifestación de Antonio Berni. Se trata de un sector en pie del barrio de Refinería, donde funcionó la importantísima Refinería Argentina de Azúcar –fundada por Ernesto Tornquist– de 1889 hasta 1930. El predio rojizo que se ve en la pintura está situado en la actual Av. Carballo (Unidad Portuaria Nº 2), a menos de una cuadra de Puerto Norte, uno de los hot spots de la ciudad.

Hablando de hot, otro hito clave en el recorrido urbano es el burdel de Madame Safó, donde hoy funciona −y vaya cuánto− el hotel de alojamiento Ideal. Si bien las habitaciones han sido completamente remozadas, conserva intactos el foyer, la galería y la sala en la que las chicas esperaban turno. Mucho más sofisticado que los demás prostíbulos del barrio de Pichincha −el Petit Trianon, el Chantecler, el Venecia, el Moulin Rouge, o el Royal−, en el de Madame Safó había que pagar cinco pesos, lo que en los otros se pagaba sólo uno. De más está decir que no reciben visitas del tipo turísticas, pero si la ocasión pinta…la arquitectura no defrauda.

En plan iconos, los silos Davis son definitivamente el nuevo obelisco de Rosario, y un verdadero desafío al estado físico. Si bien hay ascensor para cubrir los siete primeros pisos, al mirador del piso 9 se accede por escalera, y como las salas son muy pequeñas –los silos en realidad no se aprovechan: resultan un verdadero desperdicio arquitectónico una vez que dejan de funcionar como lo que fueron concebidos– lo cierto es que lo más lógico es bajar por la escalera. Si quiere lucir su buena forma, puede hacer al revés e ir subiendo... Además de la admiración de quienes bajan con la lengua afuera tendrá de premio la gran vista al río –con el puente incluido– que va mejorando a medida que gana altura.

Suba como suba, al bajar es deber tomar algo en el bar Davis: se trata de la terraza más cercana al río en todo Rosario y un clásico a la hora del desayuno, sobre todo si hay solcito y no es verano a pleno, cuando llegan los otros infaltables de la urbe ribereña, los mosquitos.

Con ganas de naturaleza, una caminata por el Parque España o una visita a las islas del delta son clásicos perfectos para días de templados y de sol. Para llegar del otro lado del río, puede tomar el catamarán Ciudad de Rosario a pocos metros de La Fluvial o bien contactarse con algunas lanchas taxi o embarcaciones más chicas, propias de los paradores que ofrecen almorzar y pasar la tarde a orillas del Paraná.

A la noche, el porteño que oriente bien la antena no tendrá de qué quejarse. La oferta de buenas mesas crece enhorabuena. A los clásicos de toda la vida −como los pescados de Escauriza− se suman algunas ya reputadas como Muelle 1 y Metropolitan o el flamante Sr Ming que más que riguroso en su cocina oriental es escénico y con muy linda vista.
En esas deliciosas terrazas, los porteños se revelan siempre como un target fácilmente detectable: son aquellos que se quedan atónitos mirando las embarcaciones de gran porte que surcan el Paraná a toda hora. Mirá el barco, dicen por lo bajo, para no quedar como lo pajueranos fluviales que son. Los locales, en cambio, no se inmutan. El río les pertenece.



Frase 1
Cúpulas gloriosas e históricos cafés, restaurantes novísimos y teatro off: lo mejor de la ciudad se concentra en sus esquinas.

Frase 2
Si habrá charlado Fontanarrosa en El Cairo acerca de sus favoritos de Rosario: lindas minas y buen fútbol. En ese orden.


Por Soledad Gil


Publicado en Revista LUGARES 137. Septiembre 2007.