Salta ida y vuelta
Es el punto de partida y llegada de las escapadas, programas y recorridos en casi todo el escenario norteño. Detenerse en esta ciudad de antigua prosapia, es un deber histórico insoslayable, y con más razón ahora que acaba de estrenar hotelazo cinco estrellas.
Antes o después, todos los caminos conducen a Salta. Por eso volvimos, por eso nos quedamos y se lo volvemos a contar. ¿Para qué? Para comprobar que en el fondo continúa siendo la misma, aunque por fuera pinte diferente. Pese al desorden edilicio reinante, más allá o más acá del trazado original urbano, las casas siguen siendo de planta baja o de un solo piso; las veredas no dejaron de ser angostas, y las balconadas de antaño se mantienen dignamente enteras, memorias del esplendor colonial que hizo de Salta la ciudad linda, la ciudad criolla más soberbia, la ciudad de rango español más conservador de las provincias unidas del Sur.
Convengamos en que, pasar por alto el caos de tránsito y el mundo de gente que pulula en el centro, cuesta bastante. Pero la riqueza histórica y arquitectónica de la antigua Lerma, no merece olvidos ni omisiones.
Por algo cada vez hay más extranjeros, y por lo tanto, más hoteles. Cerca del centro abrió sus puertas el hotel Almería (Vicente Lopez 146), confortable opción para quienes buscan descansar en un ámbito tranquilo, de cálida informalidad. No muy lejos, el Alejandro I (Balcarce 320) está de estreno y pinta muy prometedor. De la torre de 11 pisos, todo el segundo está dedicado únicamente al gimnasio y el spa, una sala de Pilates y hasta peluquería.
Pero la noticia bomba es el flamante Sheraton Salta (Av. Ejército del Norte 330) es un síntoma de la importancia que está cobrando la ciudad a los ojos del mundo. Enclavado en el Cerro San Bernardo, ubicación de privilegio si las hay, el hotel inauguró en agosto de 2005 y ya funciona a pleno. Además de la vista excepcional que tiene desde cada una de sus 145 habitaciones, cuenta con pomposo casino –abierto todos los días las 24 horas– y piscina climatizada al aire libre.
Otra novedad mayúscula es el Museo de Arqueología de Alta Montaña (Mitre 77), que está justo frente a la bulliciosa plaza 9 de Julio. Creado para la conservación y exhibición de las momias de Llullaillaco (ver página ..), el MAAM es impactante sin vueltas.
En cuanto a sus tesoros de siempre, la plaza y sus recovas invitan a una retrospectiva ineludible. De un lado verá el Cabildo (Caseros 549), en donde se encuentra El Museo Histórico del Norte y su colección de arte religioso y moderno, además de muebles antiguos, monedas históricas y otros artefactos coloniales interesantes. El edificio del Cabildo es el más antiguo de la ciudad –data de 1780– y se jacta de ser el más completo y mejor conservado del país.
Enfrente, La Catedral (España y Mitre) alberga en el Panteón de las Glorias del Norte los restos de Alvarado y de Arenales, y las cenizas del muy salteño general Martín Güemes, héroe de la independencia. El altar mayor, laminado en oro (cuyo sol tiene por diámetro el ancho total de la nave central) es una manifestación inequívoca del estilo barroco de la época.
En Salta, quien se considere museoadicto, tiene para rato. La Casa de Uriburu (Córdoba y Caseros) es un modelo de arquitectura colonial de 1773 convertido en museo de usos y costumbres; a tres cuadras, el Museo de la Ciudad de Hernández (Florida y Alvarado) es una auténtica vivienda de los años de dominio español, y en la manzana de enfrente, la casa de Arias Rengel de mediados del siglo XVIII (Florida 20), es sede del Museo Provincial de Bellas Artes.
El Museo Antropológico está un poquito más lejos (Ejército del Norte y Polo sur, lunes a viernes de 8 a 19, sábados de 9 a 13) –justo arriba del monumento a Güemes, en el Cerro San Bernardo– y conserva el patrimonio arqueológico de las culturas precolombinas de la región.
A un par de calles de la plaza central, destaca la neogótica iglesia de La Merced (sobre Caseros), depositaria de la cruz que el general Belgrano hizo colocar en la fosa común a la que fueron a parar los soldados caídos en la batalla de Salta. Este es también el lugar donde se fundieron los cañones usados en las batallas de la Independencia, para convertirse en campanas; algunas hoy siguen repicando en la torre de San Francisco (Caseros y Córdoba), la iglesia más conocida. Es ésa de colores brillantes, uno de los más bellos edificios de Salta.
Si después de conocerla le pica el bicho por el turismo religioso, no se puede perder La Viña (Alberdi y San Juan) con su torre que es toda una joya arquitectónica; ni el Convento San Bernardo, (Caseros esquina Santa Fe), en manos de las carmelitas descalzas desde hace más de 150 años, con su magnífico portal indígena de algarrobo.
A la hora de tomarse un cafecito pruebe la confitería del Hotel Salta (Buenos Aires 1), eficaz punto de encuentro de toda la vida justo en una esquina de la plaza. Si busca eludir el vaivén de gente y anda con antojo de helado, entonces enfile hacia la nunca de más recomendada heladería Fili (Sarmiento 299), que tiene uno de dulce de leche glorioso.
Para hacer buenas compras, dése una vuelta por Río Luracatao (Leguizamón 515); encontrará la mejor calidad en trabajos de telar. O por el taller de Horacio Bertero (Ver página xxx) con excelentes piezas de platería. El referente más popularizado es La Feria Artesanal (San Martín y Sacarías Yanci), casi en las afueras de la ciudad. Funciona en una casona con blancos muros de adobe y tejas rojas, en lo que fuera morada de jesuitas y sitio del primer molino salteño. La feria es eso: un rejunte de artesanos de distintos pueblos de la provincia que ofertan un poco de todo: cerámicas, ponchos, frazadas, instrumentos musicales bien salteños.
La calle Balcarce, en la zona de la estación de trenes, sigue siendo territorio de la movida nocturna. En realidad son dos cuadras que se poblaron en pocos años con boliches pegados uno al otro: La Vieja Estación, Gervasio, Frida… La mayoría de los restaurantes está instalada aquí, algunos más clásicos, otros más modernos. El comer telúrico es otro cantar. Para unas buenas empanadas, un locro y un tinto salteño con bombo y guitarra, tendrá que ir hasta La Casona del Molino (Luis Burela 1), bien pero bien auténtico.
Dos mesas de hoteles deparan buenas experiencias gourmet en lo que a clasicismos salteños concierne. Una, la del restaurante del Hotel Portezuelo (Av. del Turista 1); otra, la del Solar de la Plaza (Leguizamón 669), de lo mejor de Salta. Una recomendación: vaya donde vaya y para no desentonar, recuerde que en esta ciudad la gente sale bastante empilchada a la noche.
Por último, el Cerro San Bernardo, icono local que con sus 200 metros de altura invita a mirar la ciudad desde muy arriba. Para apreciar la vastedad del valle de Lerma, es el lugar. Vaya en auto, a pie o en el teleférico que parte del Parque San Martín, pero vaya. Sólo así terminará de comprender por qué la apodaron La Linda. No falla.
Por Lucía Jutard
Fotos de Eugenio Mazzinghi
Publicado en Revista LUGARES 120. Abril 2006.
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