(0) (0)

San Luis: provincia con mucha imaginación

Un recorrido desde Estancia Grande hasta La Carolina, pasando por Trapiche y el Valle de Pancanta. Pocos kilómetros y mucho para ver a tiro de piedra de la capital puntana. Si estuviste en San Luis, contanos qué conocés y qué recomendás.

Las Verbenas. Autor: Mariana Roveda

Llegamos poco antes del atardecer desde San Luis a nuestra primera meta, la estancia Altos del Durazno. Vamos por una ruta ondulada que hoy llaman Circuito Serrano. Había estado en la zona hace diez años, cuando todo esto no existía, y no puedo creer lo que ha crecido. “Todo esto es nuevo”, me explica Alfredo, nuestro anfitrión. “Es parte de un nuevo municipio creado en 2008 para fomentar el turismo en la región, que agrupó los sitios más relegados”, aclara. Y agrega: “ahora se lo llama Estancia Grande, nombre de una localidad ya existente donde antes estaba el club de fútbol y las típicas pulperías, centros sociales donde se juntaban los paisanos”. Cuando la gente empezó a irse de la sierra, las pulperías desaparecieron y el campo quedó desierto.
Ahora todo ha vuelto a tomar color. Siete localidades forman parte del municipio, al que se entra por simbólicos portales de piedra con fuentes de agua y  una serie de esculturas simbolizando al sol y al viento. Se ha hecho un centro urbano, hay radio y TV municipal, una escuela digital (similar al sistema de las rurales, pero con contenidos dirigidos y monitoreados por computadoras), un camping con micro-cine, un campo de polo, y por último, el llamado “Camino de las pulperías”, restaurantes y bares con personalidad propia, algunos en el centro, otros más alejados, entre las sierras. “Están locos, ahí no va a ir nadie”, le decía la gente a Alfredo y Patricia cuando decidieron comprar la estancia. Pero ellos siguieron su intuición, y aquí están, en el corazón de la nueva movida serrana.

TREKING DE HISTORIAS y RELATOS

Caminar con Patricia es un placer que recomiendo a quienes conjugan amor por la naturaleza con pasión por la historia. A cada rato te cuenta anécdotas jugosas, relatos sobre antiguos habitantes del lugar. Vamos al despeñadero, una caminata que dura tres horas.
El sendero está limpio, atravesamos arroyos y vertientes estivales, subimos y bajamos rodeados de espinillos y esqueletos de molles, vestigio del incendio que arrasó en 2009, extendiéndose desde Potrero de los Funes, a unos 25 km de allí, y del que se salvaron por muy poco.
Al tiempo de caminar llegamos al puesto La Borja, la primera parada con historia propia. Dicen que la Borja era una viejita que vivía sola en la sierra, se dedicaba a la siembra de maíz y con la cosecha bajaba a las pulperías a intercambiarla por lo que necesitara. Hoy pueden verse los restos de un antiguo cerco de pircas que utilizaba para proteger sus maizales de los chivos.
En el campo ya han descubierto 20 refugios indios, hechos por los pacíficos michilingües, para resguardarse ante los ataques de malones pampas que por superstición no se animaban a subir a la sierra. Nos muestra, como ejemplo, uno de ellos; un círculo perfecto en piedra antiguamente cubierto con paja y barro.
Por debajo, formando un cañadón de agua transparente, corre el río del Salto, que desemboca en Las Águilas: a nuestra derecha, el cerro Retana, el más alto de la zona, de 2200 metros. Patricia se detiene. Tiene entre manos una espeluznante historia:
Esto le pasó a una tatarabuela de nuestros vecinos, los Calderón. Cuando tenía diez años, la secuestraron los pampas, se cree que la llevaron a Villa Mercedes y como era costumbre, le cortaron el talón del pie para que no pudiera escaparse. Pero se escapó igual. De noche caminaba, y de día se escondía, tardó casi dos meses en llegar, sobreviviendo gracias a la sangre de los quirquinchos”, evoca.

EXCURSIÓN A LA LUNA
Después de un buen baño de agua helada en uno de los piletones del río y de un riquísimo asado acompañado de cerveza artesanal, emprendemos una nueva aventura con nuestros anfitriones; en su 4x4 amarilla nos llevan a conocer “la luna”, una extensión de las sierras donde sus cerros de origen volcánico, sus colores y su soledad dan la sensación de un paisaje lunar.
Es el camino que va desde La Carolina, antiguo pueblo minero al que iremos más adelante, hasta San Francisco del Monte de Oro, pequeño poblado donde está la primera escuela que fundó Sarmiento en 1826. Antes de llegar a la parte más alta del camino (1700 m) atravesamos la Pampa de la Invernada. Aquí se filmó la película Iluminados por el Fuego. La locación fue especialmente elegida por su parecido con el paisaje de las Islas Malvinas.
La cuesta de San Francisco es sinuosa y llena de curvas pronunciadas. Nos cuentan que acá se corren carreras de bicicletas de una semana. No cruzamos un sólo auto en todo el trayecto. Una vez abajo, el paisaje vuelve a cambiar, se vuelve verde y bordean la ruta largos palmerales. Como muchos sitios de San Luis, San Francisco parecería tener una proyección que aún no ha alcanzado su objetivo, una gran promesa turística que está a punto de cumplirse.
La vuelta por la ruta 146 es llana hasta el pueblo de Nogolí. Casi anocheciendo, la luna, redonda, se despega y parece que rodara bajando por la ladera de los cerros. En Nogolí comienza un hermoso camino de quebradas y precipicios que vale la pena ver. Es la ruta que regresa a Río Grande cruzando la sierra, y de allí se regresa a la estancia.

EL TRAPICHE DE ORO

Esta villa veraniega lleva el nombre de El Trapiche porque en el auge minero aquí se molía y procesaba el oro traído de La Carolina, a unos 50 km de distancia. Se calcula que ya para fines de 1700 vivían allí unas tres mil personas. Hoy hay menos de la mitad. Al pueblo lo atraviesa el río homónimo; da tantas vueltas, que al ir por la ruta se cruzan cuatro puentes y por los cuatro pasa debajo el cauce del Trapiche. Es un pueblo turístico con poca vida en baja temporada, escasos comercios abiertos, restaurantes casi vacíos, y muchos hospedajes cerrados.
Tenemos suerte de alojarnos en Siyabona, (“Hola, bienvenidos” en zulú); un complejo de cabañas octogonales, de piedra y onda africana, muy lindas y originales. Fue hecho por Peter y Gabriela, sus dueños, con sus propias manos, e inaugurado en enero pasado. Él, sudafricano, era barman en un crucero de Disney en Bahamas donde ella, Gabriela, nacida y criada en Estados Unidos (pero de padres argentinos), trabajaba como bailarina. Se enamoraron, y luego de años de compartir la vida en alta mar, decidieron tocar tierra de nuevo y eligieron para ello San Luis, donde Gabriela había vivido con su familia al regresar a la Argentina.
Todo está por hacerse”, cuenta Gaby, entusiasmada con ideas a futuro, restaurante con horno de barro, clases de gym a cargo suyo para los huéspedes, fogones en la noche con guitarra y tambores, por qué no.
Desde Siyabona hacemos algunos de los paseos típicos de la zona, caminamos bordeando el río en la parte céntrica, espacio público municipal donde los locales y turistas suelen instalarse los fines de semana o en vacaciones, hacer un buen asado y disfrutar de largos baños de río. Vamos también a Siete Cajones, un balneario más apartado donde es necesario ir con auto. Es un lugar más bien agreste, sin senderos para bajar al río. Para llegar al agua hay que ir sorteando el camino, trepando y bajando entre piedras gigantescas; pero los piletones son un premio para el que se aventura a llegar.
Por último, un picnic a orillas del dique La Florida. Se puede hacer windsurf, kayak y pesca.

TAMBIÉN, TIERRA DE ESCRITORES

Cuando conocí a Liliana Bodoc en septiembre de 2012, estábamos en Tierra del Fuego. Al vuelo me contó que vivía en San Luis y que manejaba unas cabañas con su marido. Por esas casualidades que en realidad no lo son, estando en Siyabona recordé este dato y se me ocurrió que quizás viviría cerca de la capital. Enseguida confirmamos que la reconocida escritora argentina, autora de La Saga de los Confines, no sólo está cerca sino que vive en el mismísimo Trapiche. No lejos de allí, en El Durazno, vive también un gran escritor oriundo de San Luis, Eduardo Belgrano Rawson.
Al llegar a Horizonte Alto, nombre que los Bodoc le han dado a su lugarcito en el mundo, Liliana, entre mate y mate, nos cuenta nuevas historias de la región, como la de “la negra libre” una esclava que escapando de su amo se internó en la sierra y para no ser atrapada y esclavizada de nuevo, eligió darse muerte tirándose al río en un salto de 80 metros de altura que hoy lleva el nombre de Salto de la Negra Libre y que amerita una visita.
Hace unos pocos años que Liliana vive allí con Jorge, su marido, tienen dos cabañas para turistas, muy bien puestas, en un predio pequeño sobre una loma con una hermosa vista. Conversamos un rato más de bueyes perdidos y partimos al encantado valle de Pancanta.

VALLE DE PANCANTA, A CABALLO
En la estancia Las Verbenas nos reciben Eduardo y Analía, señores y dueños de este sitio privilegiado donde viven desde el año ´75. El casco está a 1200 metros de la ruta, se llega por un camino de ripio, hecho a pico y pala. Tienen 600 hectáreas con costa de río propio, un gran parque arbolado con cipreses, robles, pinos y cedros, la mayoría plantados por ellos al llegar.
Después de almorzar, nos montamos a dos caballos “manchados”, Chalchalero y Jonás. Vamos al cañón del Río Grande, una cabalgata de tres horas que ofrecen como alternativa a los huéspedes. Diego Camargo, nuestro baqueano, monta a Colibrí, una yegua que todavía “amamanta” un potrillito que quiere seguirnos, pero finalmente queda atrás. Eduardo nos cuenta que estas cabalgatas fascinan a los extranjeros acostumbrados a cabalgar en picaderos. No pueden creer que aquí pueden andar campo traviesa, por subidas y bajadas empinadas, entre piedras enormes y paisajes inhóspitos, atravesando ríos, playas de arena o canto rodado, y ollas profundas de agua cristalina.
Al llegar al Cañón, después de hora y media de andar, nos bajamos para ver de cerca cómo cae a pique en el cañón una gran cascada, sobre una olla espumosa y salvaje. Estamos aproximadamente a 60 metros de alto en relación a la base. Al observar el salto, y la olla caudalosa, recuerdo la historia de la negra que nos contó Bodoc, y de la que hablan los paisanos del lugar.

LA CAROLINA, PARADA OBLIGADA
No se puede visitar San Luis sin hacer una excursión al pueblo minero de La Carolina, el más alto de la provincia (1650mts). Gracias a un proyecto de código urbanístico, la municipalidad se propuso recuperar la aldea manteniendo las construcciones originales, o en su defecto, las fachadas.
Entre las primeras casas está la actual vivienda de doña Salinas, la mujer más viejita del lugar. Allí, funcionaba un almacén donde los mineros intercambiaban oro y wolfrang por mercadería y dinero. Enfrente, otra casita que resistió a la embestida de los malones ranqueles de 1834 y donde luego se instaló la primera estafeta postal. Las calles son escalonadas e irregulares, hay una vieja iglesia en la placita central y en todos lados se respira un aire limpio de otros tiempos.
Quien descubrió la mina de oro fue Gerónimo, en 1784. Era un portugués que vivía en este paraje, llamado en ese entonces San Antonio de las Invernadas. Trabajaba en el campo, pero tenía conocimiento del oficio de pirquinero. Así, mientras sus cabras vadeaban el río, un día vio un brillo especial en el agua. Su descubrimiento desató la fiebre de oro más grande de la Argentina, según nos cuenta Gastón Balderrama, nuestro guía en la excursión de la empresa Huellas . “Se asentaron sin reglas, se robaban y mataban unos a otros, hacían sus propios pozos, hasta que la Corona española, con la excusa de poner orden, formó un asentamiento que pretendía proteger a los locales, pero que en definitiva marcaba a quién pertenecía el oro”, indica.
Ahora, con los cascos reglamentarios y unas botas de goma entramos al oscuro túnel. Gastón se ocupa bien de contarnos la historia con detalle y profesionalismo. Según nos informa, en 1955 las minas dejaron de explotarse porque el oro comenzó a escasear, y la rentabilidad se hizo muy baja. Hoy sólo lo extraen libremente los pirquineros, a cielo abierto, casi como un ritual. Gastón es uno de ellos.
Al terminar el recorrido hacemos una visita al original Museo de la Poesía, inaugurado en 2007 en honor al poeta puntano Juan Crisóstomo Lafinur, tío bisabuelo de Borges. La madrina del museo es María Kodama. Hay un buffet literario, una sala de cine, y cuadros de Roux y Alonso inspirados en poemas de Lafinur. Afuera,  dos extrañísimos “monumentos”, un laberinto hecho con piedras de la zona representando los laberintos de Borges y un poco más alejado, un ajedrez en granito, inspirado en el poema que el autor del Aleph le dedicara a su tío. En un extremo, la tumba de Lafinur.
Desde allí, vamos a la gruta de Inti Huasi (“Casa del Sol” en quechua), a sólo 20 km de La Carolina. Como me habían advertido, lo más impactante de la excursión es el camino. Se llama Ruta de los Cerros, todos de origen volcánico, con formas diversas que asombran a cada rato.

FLOTANTE, POTRERO DE LOS FUNES

Potrero de los Funes es el pueblo con mayor desarrollo turístico de toda la zona. Llegamos casi de noche al hotel que lleva ese nombre. Está frente a uno de los primeros lagos artificiales de Sudamérica. Es un hotel 4 estrellas inaugurado en enero de 1985 y utilizado en ocasiones importantes como la Cumbre del Mercosur y el Mundial de Ajedrez. Pero lo que lo distingue es su confitería flotante, abierta hace menos de dos años. A la noche, se ilumina alternando colores, con ventanales al lago y un puentecito de madera que conecta con las cuatro suites flotantes, recomendadas para parejas.
Es muy recomendable hacer una breve pasada por la Oficina de Turismo antes de planear cualquier actividad en el Potrero. Javier Pedernera, el Secretario de Turismo, nos hace un completísimo paneo de las opciones: paseos por la costanera y los balnearios, actividades acuáticas en el lago, trekkings, alquiler de bicicletas, cuatriciclos, escalada y rapel, cabalgatas, parapente, y tirolesa. Hacia esta última nos aventuramos.
En un paraje a 1200 metros de altura, nos esperan Guillermo y David, los guías del complejo La Salagria. Dividida en tres tramos, son mil metros de largo en total, a unos 100 metros de altura sobre el suelo: es una de las más largas de nuestro país.
Me tiro, no me tiro, me tiro no me tiro, pienso yo, y seguramente Guillermo se percata. Con mucha paciencia me explica cómo hacerlo y me advierte que al lanzarme, el miedo pasa.
Razono: si mi sueño es tirarme en paracaídas, tengo que empezar por algo. Finalmente lo hago, recordando un proverbio de MiloradPavic: “Uno de los caminos seguros que conducen al futuro verdadero –porque también existe un futuro falso– es ir en la dirección en que crece tu miedo”. En el aire reafirmo que lo que nos aterra es lo desconocido, y una vez que uno se larga, el miedo desaparece.

FINAL METAFÍSICO

Ultimo día. Armamos las valijas, con esa nostalgia típica del fin de viaje. La noche anterior la pasamos en el Vista Suites, el mejor hotel de San Luis capital. Andando sus calles, descubrimos perlas arquitectónicas como la antigua casona de Mollo, la Plaza Independencia y su vieja Casa de Gobierno, la emblemática Plaza Pringles que al igual que la peatonal del casco antiguo está siempre llena de gente. Hay que decirlo, la movida nocturna es el gran atractivo de esta ciudad.
Ahora nos queda La Punta, fundada en el año 2003, una de las ciudades más jóvenes de la Argentina. Las principales atracciones de esta localidad están en las afueras. Una, la réplica del Cabildo de 1810, edificado en medio del llano, a campo pelado, que ofrece un espectáculo bastante surrealista.
La segunda, y quizás la más impactante, el novedoso PALP, el planetario astronómico de La Punta. Para destacar, la “sala de imaginación cósmica”, una cuarto con luz negra donde con unas cuerdas y uniendo las luces que en ella se proyectan el visitante puede armar nuevas constelaciones. Y más aún, el museo a cielo abierto de instrumentos de observación pre telescópicos, como el nefoscopio, en el cual los antiguos leían los movimientos estelares reflejados en el agua, y  un sextante, que servía para medir la distancia angular aparente entre dos astros y que en el año 1400 demostró calcular con un error de sólo siete segundos. En el mismo predio, como si fuera poco, hay un “telescopio remoto”, único en Sudamérica, que por sus características puede ser manejado desde cualquier lugar del mundo, por internet. Sólo hay que pedir turno, te dan 40 minutos para que, estés donde estés, puedas observar el cielo nocturno del momento, monitoreado online por dos astrónomos sanjuaninos. 
Este tipo de “detalles” tiene San Luis. El sistema solar en las esculturas que se ven de tanto en tanto por el campo, rutas alumbradas por postes de luz celestes, rosas, verdes, lilas; laberintos, ajedreces gigantes; como dije, el universo a mano para el asombro del paseante.
Puedo decir que por momentos al recorrer estos sitios tan particulares, todo parece parte de un escenario fílmico donde no se sabe qué es ficción y qué es realidad. ¿Un país aparte? Es la pregunta retórica de todo viajero. En todo caso, una provincia con mucha imaginación.

Por María Casiraghi. Nota publicada en revista Lugares 206.