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San Martín entre lagos

Con un pie en el aeropuerto, al equipo de LUGARES le pasó lo que a cualquier argentino: el vuelo se canceló y quedó de a pie. La decisión fue no darse por vencidos y buscar en San Martín de los Andes un dúo de cronista y fotógrafo que pudiera cumplir con el itinerario previsto, viendo su propia tierra con ojos de turista. Estas son sus impresiones.

La cascada Chachin.

Escribir acerca del lugar donde se vive, si ese lugar es San Martín de los Andes, es correr con ventaja. No en vano, y en calidad de anfitriona, me la he pasado asesorando amigos y conocidos que llegan de visita, ávidos de recomendaciones acerca del lugar adonde resido desde hace siete años. Aún así, la propuesta de LUGARES me deparó sorpresas y no pocas aventuras, a las que hasta ese momento no tenía idea de que un día iba a asomarme. El rafting fue la primera de ellas. Gallina confesa como soy, jamás consideré esa posibilidad. Pero cuando el momento llega, armo mi mochila y la de mis hijos y parto junto a la gente de Chilco Viajes, rauda, cauta y con los dedos cruzados.

A puro remojón

El camino hacia el circuito elegido, una bajada de 5 km por el río Caleufu, es aperitivo de lo que seguirá. Son 24 km de asfalto por la RN 234 hasta el empalme con la RP 63, punto inicial de la travesía por ripio que cruza y sigue de largo la villa del lago Meliquina. Tremendo entorno para este asentamiento poblacional que crece y crece. Montañas bien cerca, pinares que parecen forestados con prolijidad maniática dan paso a un espeso bosque nativo. Pasamos de largo el cartel que indica la presencia a 5 km del Filo Hua Hum, lago entre los lagos opinamos todos por acá. Antes de lo pensado, la llegada a Casa de Piedra, nuestro destino, marca el fin de la parte contemplativa del viaje. Caramba.

Hay que ponerse los trajes que los guías nos van alcanzando, mientras calculan con buen ojo cada altura y cada talle. Enfundados en neoprene, casco y chaleco salvavidas, recién entonces marchamos en procesión hacia la costa para escuchar las instrucciones del experto. Por un momento considero quedarme en la costa, inventando alguna excusa operativa para seguir los pasos de Efraín y su raid fotográfico. Manuel, mi hijo de cinco años, fuerza la decisión: familia a bordo, nada de remilgos y remos a la obra. El resto hay que vivirlo. Entusiasmo puro y guías que le ponen onda para que uno pierda el miedo, se divierta y de paso se concentre en lo que a todos toca hacer: trabajar en equipo, darle a veces para adelante y otras para atrás, atacar las balsas vecinas retrucando su avanzada de mojadura adrede, y, por sobre todas las cosas, sentirse parte del medio natural en el que la experiencia tiene lugar. Resultado: una tarde lujosa, con momentos de buena adrenalina y algunos remojones, coronada por un estupendo asado junto al río.

Ya en la fase del fogón, sentada con los guías, pregunto y aprendo que el Caleufu es buena opción durante los meses de octubre y noviembre, mientras el caudal de agua es suficiente para ofrecer rápidos y buenas correntadas; más tarde, cuando Parques Nacionales habilita el río Hua Hum éste toma la posta: ambos son grado II, dificultad poca y diversión garantizada.

De vuelta, tras obligado paso por la ducha y con el estómago de buenas, me siento a tomar un aperitivo en el Munich mientras repaso la lista de tips urbanos que no puedo olvidar. El chocolate artesanal, por ejemplo, que según mi adicto entender encuentra en La Vieja Aldea su mejor relación precio-calidad. La evocación surte efecto y me encamino a comprar algunas ramas, trufas y bombones que endulcen nuestra próxima salida. De paso voy ideando una incursión nocturna a La Reserva, referente gourmet de la ciudad, uno de mis templos favoritos del buen comer.

Arrimes al catch & release


La siguiente estación del periplo es número puesto. Con la temporada de pesca ya en marcha tenemos una buena excusa para visitar el Lolog, lago cuya cabecera este se encuentra a 12 km de San Martín de los Andes y a la que se accede por la RP 62.

Sabemos que un experto sumará sabor a la salida, de manera que invitamos a acompañarnos a Martín Castañeda, que además de guía habilitado es un amigo con gran sentido del humor. A cargo de la expedición, Martín propone recorrer la margen oriental del lago hasta donde un viejo puente de madera cruza el río Quilquihue. El trayecto es bien corto y nos conduce a este lecho de aguas frías y transparentes, nacidas en el Lolog, que corren en dirección este para unirse, un trecho más adelante, con el Chimehuin, otra opción para la pesca.

Martín se calza el equipo, arma la línea y entra al agua dispuesto a vadear el río para mostrarnos cómo se maneja un equipo de pesca con mosca. Son dos los pescadores en el agua y resulta fascinante ver con qué elegancia las líneas trazan sus trayectos en el aire antes de apoyar la mosca en el agua, con qué precisión recogen y vuelven a lanzar, una y otra vez, concentrados en esa coreografía. Efraín lo sigue desde la costa, sin perder uno solo de sus movimientos.

Un rato más y ya vamos todos en fila india, siguiendo el curso de las aguas río abajo, cambiando de escenario en busca de alguna pequeña bahía. El lugar está lleno de pampitas que se prestan a la fiaca agreste. De repente el viento arrecia y el grupo empieza a levantar campamento. Con ganas de más pese al fresquete, retomamos el camino por donde llegamos, bordeando ahora la costa en dirección a un sector de playa con embarcadero, popular por la alameda que lo resguarda. Es playa Bonita, ideal para visitar con chicos sin miedo a perderlos de vista en una bajada abrupta del agua.

La fase nocturna de esta jornada se cumple en el Wine Bar de Paihuen, reducto ineludible según opinión de turistas y fanáticos locales. El concepto del lugar está a la vista: buena música, iluminación justa y a la hora de beber, buenos tragos, una cava de 300 etiquetas o cervezas en versiones clásica y artesanal. Nuestra norma será el disfrute moderado: nos espera una nueva salida y habrá que madrugar.

Hacia Hua Hum

Nos encontramos nuevamente con la gente de Chilco Viajes. El calendario anuncia que es domingo y el reloj marca las 8; así y todo, entusiasma la idea de partir hacia alguna parte. Nos acomodamos en la combi de la empresa Patanor, provistos de riguroso mate, aún sabiendo que el asfalto de la RN 234 cederá lugar muy pronto al ripio de la RP 48. A mi lado está Silvia, guía conocedora que se presta a mis miles de preguntas. La primera parte del camino difiere a cada lado; hacia la izquierda están las tierras de la comunidad mapuche Cayún, y al otro lado se extiende el territorio militar, establecido originalmente para vigilar de cerca el único paso a Chile (abierto durante todo el año), más bajo que los otros pero algo incómodo porque se depende de una balsa para hacer el cruce.

Unos cuantos kilómetros más adelante –13 desde el empalme de rutas– aparece la piedra del Trompul. Hay muchas historias sobre esta formación rocosa, solitaria y magnífica. Se dice que es un desprendimiento del Abanico, cerro que separa las populares playas de Quila Quina y Catritre, ambas sobre la margen izquierda del lago Lácar. Se dice que los mapuches la consideran piedra mística porque su rugido anuncia la llegada de tormentas. También se dice, y más de uno lo jura por su madre, que se trata de un sitio energético desde el que pueden avistarse naves y luces extrañas.

Unos 14 km más adelante nos topamos con un cartel que señala el desvío hacia Yuco. Efraín prepara la cámara y dispone una pasada por el lugar. Nadie discute, todos sabemos que esta playa pedregosa con piletones naturales, aptos para nadar en ellos sin sucumbir a la hipotermia, merece el desvío. Damos una vuelta mientras se nos cruza un par de liebres y descubrimos a cada rato ejemplares jóvenes de arrayán. Yuco no se presta para el acampe pero sí para pasar el día; cuando la idea es tirar la carpa hay que seguir adelante unos 20 km hasta el lugar donde el Lácar pierde el nombre y se transforma en Nonthue, lago que ofrece balneario agreste y buenas playas. Ahora sí (las fotos ya están tomadas y el viaje sigue), nos queda un tramo de 20 km por recorrer.

Hua Hum
es uno de los puntos con mayor promedio de lluvias del país: 3.500 milímetros anuales. Se hace evidente que nos estamos acercando; de a poco la vegetación cambia, se vuelve más verde y tupida, llena de matices e intensidad. Lo dicho, por fin divisamos la hostería y el muelle del Hua Hum; seguimos de largo por el camino que conduce a Chile, pasamos el puesto aduanero y también la casa Van Dorsen, reciclada y convertida en museo de Parques Nacionales desde el verano pasado. El camino se bifurca entonces hacia la izquierda y la tentación manda: hay que hacer un nuevo alto en el puente que cruza el río Hua Hum y desde allí admirar la fuerza de sus aguas, que corren en dirección este-oeste teñidas de esmeralda y encajonadas en un marco de plena selva valdiviana. Una vista difícil de olvidar.

Trekking y botánica

Lo que sigue es volver a la combi para cruzar el puente y emprender la subida por el camino que tuerce hacia la izquierda; diez minutos más y llegamos al claro donde los autos estacionan y los servicios sanitarios, flamantes, aguardan fecha de inauguración. A partir de ahora la cosa es cuesta arriba y caminando, algo así como 600 metros de un sendero por momentos bastante escarpado que nos lleva en forma directa a la perla del circuito, la cascada de Chachín.

Apostados en un mirador natural con asientos y todo, nos sorprenden los rayos de sol que se filtran cada tanto y dibujan un arco iris allá abajo donde las aguas se estrellan contra las piedras en una caída rugiente de 30 metros. Esta cascada se alimenta del deshielo que llega desde las altas cumbres y también de las aguas que aporta el lago Queñi, a unos 800 metros sobre el nivel del mar. Los visitantes se suman y hay ganas compartidas de disfrutar del momento; un rato más tarde pegamos la vuelta y el camino es perfecto para pedirle a la guía que me ayude a distinguir las especies arbóreas de la zona: coihues, robles pellín, laureles, raulíes...

En un alto del camino, tenemos un encuentro casual con Marcelo, guardaparques que hasta el año pasado trabajaba en Puerto Canoa, lago Huechulafquen, y ahora cumple funciones en este lugar. Evocamos juntos la belleza de aquella zona, conocida por él palmo a palmo, con el volcán Lanín tan cerquita y las muchas posibilidades recreativas que ofrece. Por ejemplo, desde Puerto Canoa parte periódicamente La Trinidad, embarcación cubierta que conduce a Punto Encuentro, en el lago Epulafquen, desde donde se llega, en camioneta, y después de 5 km, a Lahuen Co, un spa termal de montaña con un restaurante que promete.

Para ir hasta el puerto desde San Martín hay que tomar la ruta 234 hasta el empalme con la RP 61, unos pocos kilómetros más allá de Junín de los Andes, y seguir el camino de ripio que avanza bordeando la costa del Huechulafquen. En total, unos 100 km de viaje por tierra.

Pispeando hoteles

Fin de la evocación y misión cumplida; ahora urge volver a la ciudad porque nadie trajo vianda y el hambre cunde. Inocentes, todavía no sabemos que además de una pasadita por el muelle nos esperan los tulipanes que nuestro fotógrafo divisa y, lo conocemos, no querrá dejar pasar.

El trueque es inminente: sus flores por una breve visita al flamante LoiSuites Chapelco Hotel; éste es el único cinco estrellas de la zona, con 85 amplias habitaciones, dos restaurantes de cocina internacional, piscina y futuro spa. A medio camino de las ciudades de San Martín y Junín de los Andes, y a sólo 7 km del aeropuerto, el hotel forma parte del Chapelco Golf & Resort, de la familia Taylor en tierras de la estancia Chapelco Chico. Son más de 430 lotes residenciales y una cancha de golf diseñada por Jack Nicklaus y su hijo, reconocidos expertos en la materia.

Se nota que los descendientes directos de aquellos pioneros -llegados en 1918 y criados ellos mismos en la estancia- han marcado a fuego el estilo cuidado del emprendimiento. Como ejemplo, no hay más que echarle un vistazo a su lodge, emplazado a la vera del río Quilquihue, réplica del casco original de la estancia. Tres habitaciones, cada una decorada en color diferente de acuerdo a la versión original, reproducen el clima de aquella casona prefabricada traída desde Europa.

En tren de buscar otras opciones para pescadores fanáticos o turistas que buscan paz, La Araucana es un lodge que ofrece ambiente distendido y cuenta con cinco habitaciones, una de ellas en suite, todas decoradas con estupendo gusto y una vista espectacular. El lugar cuenta con ocho hectáreas cercanas al pueblo; para llegar hay que subir un buen trecho y recorrer camino ganado a la montaña, mientras los líquenes anuncian con su presencia la pureza del aire que nos toca respirar.

Teresa de Alvear es dueña de casa y encargada de atender a sus huéspedes con dedicación exclusiva. Mientras tomamos el té, nos cuenta acerca de las salidas de pesca, cabalgatas y asados de cordero que organiza para ellos. Su idea rectora es que todos se sientan en casa, por eso la cocina es territorio accesible y las comidas se sirven en el horario que cada comensal prefiera. Parece otro mundo pero queda en el barrio Altos del Chapelco; la pesca opcional se realiza en los ríos Malleo, Filo Hua Hum o Chimehuin.

De regreso a la ciudad

Le doy un último recorrido a sus calles, observo sus particularidades y llego a la conclusión de que lucen cada vez mejor. De verdad. San Martín de los Andes ha preservado su estilo más allá de los cambios. La oferta comercial ha crecido y mucho, y en todos los rubros la calidad es muy buena.

Pienso en el Patagonia Design, por ejemplo, donde hoy pueden hallarse piezas de arte, objetos y muebles de muy buena factura.

Sin inocencia, mis pasos me acercan a Mónica Due, un lugar de pocas mesas y ambientación sencilla dirigido por una boloñesa de pura cepa que, solita, se ocupa de todo; ella atiende las mesas, cose las cortinas y de paso prepara a las mil maravillas los platos típicos de su ciudad: tortelloni, capelletti y lasagna. Pasta casera ortodoxa, fiel a las recetas familiares de la abuela; sabrosa propuesta y buen momento para terminar mi cobertura, con un brindis, repleta de imágenes e información por enhebrar.


Por Christine Clark
Fotos de Efraín Dávila


Publicado en revista LUGARES 140. Diciembre 2007.

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Comentarios » Hay 3 comentarios

  • 3 Mangruyo Ver perfil del usuario

    2011-01-02 08:17:56

  • Agradezco revivir el frío y transparencia de esos lagos y ríos blancos, los olores y luces de esa naturaleza, mágica, de nuestra patagonia, en esta nota, me la he agendado, para recordar y aprender, en mi próxima visita a esos paraísos, aunque con cierto retraso, encontré nota hoy!..:>)
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  • 2 calamar50 Ver perfil del usuario

    2010-07-21 22:19:25

  • sin dudas San Martin de los Andes es un paraiso, yo voy seguido y no paro de sorprenderme en cualquier estacion , todas tienen un encanto distinto.
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  • 1 solomochila Ver perfil del usuario

    2010-07-17 16:53:34

  • La foto de la cascada es lo más!!.. uno de los mejores lugares!!
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