Travesía al Cabo de Hornos
Vincular los océanos Atlántico y Pacífico es posible desde la comodidad de un moderno crucero. La travesía de cuatro días en el Vía Australis propone ir de Punta Arenas a Ushuaia por un laberinto de canales e islas fueguinos hasta alcanzar el punto más austral del planeta, el Cabo de Hornos.
Al pensar en un crucero, uno imagina tragos junto a la piscina, shows musicales y noches de casino. El que decida embarcarse en el Vía Australis, un coqueto barco de bandera chilena, encontrará un menú diferente: excursiones por fiordos y glaciares, charlas audiovisuales de etnografía, documentales sobre fauna silvestre y una biblioteca con títulos como Misión al Cabo de Hornos o Los indios de la Tierra del Fuego. La ruta de navegación la tejen los mares australes, esos que tiempo atrás sólo eran desafiados a vela por audaces exploradores y buscadores de oro, y hoy pueden ser surcados con toda seguridad y sofisticación. Y que nadie crea que adrenalina y emociones no serán de la partida. Ésta es una auténtica expedición por el sur del sur.
A zarpar
La bienvenida a bordo es a toda pompa, con espectáculo folclórico y bandejas de canapés. Quince nacionalidades, con amplia mayoría de europeos, se reúnen en el barco. Es tiempo de conocerse. De impecable traje blanco, barba y sombrero, el capitán Oscar Sheward presenta al resto de la tripulación. Luego es tiempo de acomodarse en alguno de los 64 camarotes. La primera sorpresa es que, en lugar de ojos de buey, hay ventanas amplias y rectangulares, como para no perderse nada de lo que pasa afuera.
Desde la terraza observamos cómo se va desdibujando la ciudad de Punta Arenas en el horizonte. Las primeras millas náuticas son sobre el Estrecho de Magallanes, el mismo que Fernando de Magallanes descubrió en 1520 como paso hacia el Pacífico y que separa como una grieta el continente de la Tierra del Fuego y otras islas. Mucho le debemos a este navegante portugués: la Tierra fue finalmente redonda y el estrecho se lo demostró a los más escépticos.
En el comedor nos espera una mesa bastante ecléctica. Por un lado, dos señoras australianas, trotamundos de primera clase, y por otro la dupla de Igor y Sergey, un bon vivant con chispa que viaja con su guía excéntrico, ambos rusos. Con este recorrido austral concluyen un largo periplo latinoamericano. Igor es el más charlatán. Sergey es de pocas palabras, pero contundentes. En algo coincidimos todos: se trata de un viaje iniciático y la gran expectativa es el Cabo de Hornos, aunque para eso falta.
El all inclusive es un privilegio que todos sabemos aprovechar. Más aún, si se tiene en cuenta que lo que está en juego son los mejores pescados del Pacífico y seleccionados vinos chilenos. Al menos, el menú de bienvenida no defrauda: merluza austral a la canela con salsa de naranja. Sergey repite el plato tres veces. Y, de vuelta al camarote, se carga una docena de frutas por si lo asalta el hambre durante la noche.
Bahía Ainsworth e Islote Tucker
A las ocho de la mañana, la voz de una mujer anuncia por medio de un intercomunicador: “buenos días, damas y caballeros, estamos navegando el Seno Almirantazgo. El desayuno está servido”. Correr las cortinas permite descubrir la geografía finisterre: laderas escarpadas cubiertas de nieve, cascaditas, bosques tupidos y bloques de hielo que flotan en el mar azul profundo.
Explorar esa naturaleza virgen nos estimula a seguir cual soldados –y con riguroso chaleco salvavidas– las instrucciones para el primer desembarco. En cuestión de segundos, los Zodiac nos arriman a la Bahía Ainsworth.
Estamos en plena Cordillera Darwin, un elevado cordón montañoso cubierto de hielo y bautizado así en honor a Charles Darwin, tiempo después de que éste navegara la zona a bordo del buque Beagle, capitaneado por Robert Fitz Roy. Fue en ese viaje, en 1832, que el científico empezó a arrancarle los secretos a la naturaleza y a delinear la teoría que revolucionó la noción sobre el origen del hombre.
Desde aquí se puede apreciar el frente del Glaciar Marinelli, el mayor de los que descuelgan de esta cordillera, pese a que viene sufriendo un retroceso de 750 metros por año, la tasa más dramática de Sudamérica.
Un grupo de elefantes marinos descansa, panza arriba, sobre la playa. “El macho sultán, de casi 400 kg, cumple una función reproductiva especial”, explica Rodrigo Fuentes, el jefe de expedición. Durante la época de celo empieza una feroz lucha por el dominio territorial y sexual. El triunfador o rey de la playa puede reunir hasta 100 hembras. Pan para pocos, deberían decir los otros, que tienen vedado el acceso al harén. Lo que les queda a las hembras no es mucho mejor. Viven amontonadas, a disposición del sultán y sin posibilidad de rechazarlo. Ni siquiera gozan de un cortejo romántico. La embestida del macho es sin rodeos: las muerde en el cuello hasta hacerlas sangrar, y así logran aparearse.
La caminata se extiende por unos senderos hacia el bosque, donde prosperan especies como el canelo, la siempreviva (una flor roja que parece de papel) y la chaura. Este paisaje tiene un enemigo de dientes filosos: el castor canadiense. La especie fue introducida en Tierra del Fuego para desarrollar la industria peletera, en los años 40. Pero a los empresarios les salió el tiro por la culata. La piel nunca estuvo bien cotizada y el castor se reprodujo hasta convertirse en una plaga imparable que destroza árboles a destajo. Algunos vaticinan que en un tiempo no muy lejano podría cruzar la isla, si ya no lo hizo. Y entonces sí, el problema sería mayúsculo.
De vuelta en el barco, el generoso almuerzo buffet repara cansancios y reintegra calorías. La charla sobre el pingüino de Magallanes es un buen preámbulo teórico de lo que vemos minutos más tarde en el islote Tucker. Para eso, otra vez a los Zodiac, ya cancheros con el procedimiento. Esta vez no nos bajamos de los botes. Circunnavegamos las paredes rocosas donde anidan cormoranes, que conviven con cauquenes y cóndores. Algunos se posan sobre troncos retorcidos.
Más adelante, los motores de los botes se apagan para avistar una colonia de pingüinos. Ellos ni se inmutan ante semejante despliegue. Nosotros, en cambio, los observamos embobados. Son graciosos estos seres chaplinescos. Los primeros navegantes los llamaban pájaros burro, porque decían que el sonido gutural que emiten se parece al rebuznar de ese mamífero. Primer mito que se derrumba: no son tan fieles como nos habían contado. Si el macho vuelve a la costa y, después de tres semanas, su pareja no aparece, se va con otra. Y a la inversa.
A la noche, un sacudón nos sorprende mientras dormimos. “Acabamos de salir al Pacífico”, explica una de las guías a un pasajero que sale a preguntar qué pasa. Parece que el ímpetu del océano no tiene matices por estas latitudes. Por unos segundos, las olas barren el casco de proa a popa, y ningún objeto se salva del piso. Dura poco el vaivén; al instante es inofensivo, casi un arrullo.
Glaciar Pía
Amanece lluvioso, grisáceo. El cielo está cubierto de un vapor denso y cuesta divisar los picos de las montañas. Según la tripulación, éste es el auténtico clima austral.
Como la primera excursión en tierra es más tarde, hay tiempo para conocer la sala de máquinas. Debemos usar tapa orejas para bajar a la bodega donde están los motores. El ruido es infernal. La recorrida sigue hacia el puente de mando, algo así como la cocina del barco. Los oficiales enseñan la ruta de navegación, trazada con precisión trigonométrica. El timón es eléctrico, de última generación. Sin embargo, nos cuentan que en casos de emergencia, no hay instrumento más efectivo que el viejo timón hidráulico de madera.
A media tarde, el capitán realiza una maniobra complicada para anclar en el brazo noroeste del Canal Beagle. Estamos listos para otro desembarco.
Ni bien tocamos tierra, el Glaciar Pía concede el primer desprendimiento. El fuerte estruendo nos deja boquiabiertos. “Está bastante activo”, comenta uno de los guías con orgullo, como si hubiera planeado el espectáculo. Las cavernas que se forman en la parte inferior de la mole demuestran que los trozos de hielo se desgajan con frecuencia.
Buenas noticias: este glaciar no está en retroceso; incluso le está ganando terreno al mar. Por sus capas de color azul intenso se sabe que data de varios miles de años. El nombre es todavía un misterio. En los mapas antiguos figura como “San Pío”. Nadie sabe a ciencia cierta por qué cambió de sexo y resignó su santidad.
Los guías proponen una caminata tranquila hasta un mirador y, durante el ascenso, otro desprendimiento acalla a la multitud. A la vuelta espera una barra de bebidas sobre la playa. El barman pica un bloque de hielo que encuentra en la orilla y sirve whisky on the rocks. Los abstemios se contentan con un chocolate caliente. Nuestro amigo ruso, Sergey, aprovecha la ocasión para alejarse del grupo sigilosamente. En un instante se desviste y se sumerge en el mar helado, frente al glaciar. Algunos lo aplauden como si fuera un héroe; otros, lo tratan de lunático. A él nada le importa. Sale del agua como si estuviera en una playa caribeña, sacude su melena y se suma al grupete del whisky. Más tarde nos enteramos que esto de lanzarse en aguas extremas no es cosa nueva. Su última incursión acuática fue en la Antártida, nada menos.
El atardecer nos encuentra pegados a los ventanales del barco, pisco sour en mano. En menos de una hora, nos salen al paso media docena de glaciares (España, Romanche, Alemania, Italia, Francia y Holanda). Las lenguas de hielo descienden de la Cordillera de Darwin, en la parte más estrecha del Canal de Beagle.
Nos creemos solos en estos confines. Por eso, cuando nos cruzamos con el buque gemelo de la empresa (el Mare Australis), salimos desesperados a saludarnos con los pasajeros que pasan en sentido contrario, mientras los barcos se reconocen con luces y bocinas.
Cabo de Hornos
En otra época, bastaba nombrarlo para que cualquier navegante entrara en pánico. El Cabo de Hornos tenía mala fama. Después de que los holandeses Le Maire y Schouten descubrieran, en 1616, que el mundo se acababa en ese islote rocoso, cruzarlo se convirtió en el desvelo de muchos que preferían jugarse la vida en sus aguas crispadas y revueltas antes que afrontar los vericuetos del estrecho de Magallanes. Y no era chiste; la mayoría de las veces, la aventura terminaba en naufragio.
Esta vez, una atmósfera plomiza y brumosa envuelve al archipiélago. La lluvia no quiere detenerse y las ráfagas de viento llegan a los 45 nudos (el límite para poder desembarcar). Los guías van y vienen, murmuran acerca de las condiciones meteorológicas. Por fin, dan el visto bueno. No hay tiempo que perder; a los botes, antes de que alguno se arrepienta. ¿Qué sentido tendría llegar aquí un día soleado y manso? Así queremos conocer el cabo, con la furia que lo hizo célebre.
Después nos toca subir los 160 escalones que separan el mar de la estructura metálica con la figura del albatros (un homenaje a los que dejaron sus vidas allí). El cabo es un punto cartográfico exacto (55° de latitud sur). Un paso más y nos caemos del mapa. Ahí nomás se encuentran las corrientes del Atlántico y el Pacífico, que en algún momento se abrazan en un único océano, infinito. Y en unos mil kilómetros más empieza la Antártida. Entonces, uno sabe que ha llegado a un punto culminante. El fin de las Américas conmueve en toda su expresión bioceánica.
¿Cómo se antojará la vida en un peñón de apenas 12 kilómetros cuadrados en esas lejanías? Sólo un matrimonio chileno y su hijo de 5 años pueden saberlo. Ellos son los únicos habitantes de la isla (Reserva de Biosfera de la UNESCO, desde 2005) y están a cargo de la Alcaldía de mar, junto al faro y la pequeña capilla. Lo nuestro es algo efímero, aunque queremos dejar constancia de nuestro paso en el libro de visitas. Llegar al Cabo de Hornos es un acontecimiento digno de señalar en la vida.
Lo que sigue es enfilar de nuevo tierra adentro, hacia el norte. Más al sur no se puede. Atravesamos la Bahía Nassau y, para cuando recalamos en Bahía Wulaia o Bahía Bonita, el cielo está despejado.
Fue en estas playas donde Darwin tuvo su primer contacto con los yámanas. Poco le simpatizaron estos indios al científico que, incluso, llegó a considerarlos infrahumanos. Es que, desde su cosmovisión eurocentrista no llegó a comprender su rica lengua, ni su nómade vida en canoas, ni su costumbre de untarse en grasa de lobo marino para enfrentar el frío extremo.
Tampoco pudo la civilización con el nativo Jemmy Button. Intercambiado por un botón del saco de Fitz Roy –de allí su apodo–, fue llevado a Londres con la intención de reeducarlo según los parámetros de la corona británica. No sólo no transmitió a los otros nada acerca del british way of life sino que, a su regreso, reasumió su plena identidad yámana. Hoy, la única conexión con aquel mundo es Cristina Calderón, la última descendiente yámana, que vive recluida en Puerto Williams, en la Isla Navarino.
Las propuestas en Wulaia son recorrer el museo –que funciona en lo que fue una estación de radio de la Armada Chilena– o hacer un mini trekking. Nos inclinamos por la segunda opción. Hay que decir que la bahía es de lo más verde que se ve en toda la travesía. Lengas, coihues, canelos y helechos acompañan el sendero hacia un mirador. Allá arriba, con la impresionante postal del barco perdido entre canales e islas, es posible tener una real dimensión de la geografía austral que recorrimos los días anteriores.
Hay algo de atemporal en este paisaje virgen, pero a nosotros nos rigen otros tiempos. A volver se ha dicho. El último fondeo austral es a medianoche en el muelle de Ushuaia, acostumbrado a amarrar embarcaciones de todo porte. Desde la cubierta superior del barco disfrutamos de la última bocanada de aire marino. Pronto será hora de poner los pies en la tierra.
Por Cintia Colangelo
Fotos de Xavier Martín
Publicado en Revista LUGARES 157. Mayo 2009.
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