Tucumán: entre cerros y quebradas
Parapente en San Javier, cabalgatas por cerros y quebradas, sol todo el año en Amaicha, ruinas arqueológicas... Tucumán ofrece infinitas posibilidades a quienes buscan descanso o aventura. Aguerrida y hermosa como sus cardones, nos invita a transitar, renovados, los caminos del país profundo.
Y a eso vinimos: a recorrer los míticos senderos en busca de nuevos –y antiquísimos– encantos. Aterrizamos en San Miguel, en el aeropuerto Matienzo, una noche despejada y de inmediato nos dirigimos a Yerba Buena, donde nos espera Marta Carrasco en su acogedora posada Arcadia. A casi tres años de recibir huéspedes en su casa, esta anfitriona de lujo sigue poniendo un toque renovador por aquí y otro por allá con la sutil delicadeza que la distingue, y sus desayunos siguen siendo lo que ya publicó esta revista: “un festín para los sentidos”.
A la mañana siguiente visitamos la Fundación Lillo, en la capital tucumana: un complejo de laboratorios, biblioteca, facultad y museo emplazado en la que fuera casa solariega del científico Miguel Lillo. Aunque el museo reabrirá sus puertas en septiembre, pasear por los jardines (una muestra de la selva tucumana en plena urbe) conlleva un ejercicio de minuciosa contemplación: desde la reconstrucción escultórica de la fauna fósil de Ischigualasto en el triásico hasta el árbol caído cuya inmensa raíz expuesta interrumpe el sendero –¿o señala otros?– y las dos figuras femeninas con peinados elaborados como el de la Venus de Willendorf que custodian la tumba del Sabio (así llaman a don Miguel en Tucumán). El tiempo pasa, distraído, y luego de una fugaz visita a la biblioteca –imperdibles el Genera et Species Animalum Argentinorum y su sosías botánico– volvemos al auto.
A Raco y El Siambón
Pasando El Cadillal y bordeando el Parque Sierra San Javier –siempre por la ruta provincial 341– se llega a una villa veraniega derramada sobre las faldas de los cerros: Raco. Nos detenemos a contemplar el valle apacible y ondulado como sendero de vaquitas mansas que tanto amara Yupanqui, donde le han levantado un monumento.
El Siambón, siguiente destino, es una localidad cuyo mayor atractivo es el convento benedictino construido en 1956 donde hoy viven y laboran, en estricto voto de silencio, nueve monjes (el menor tiene 23 años y el más viejo 98). Al amparo de sus sobrios muros –sólo tres imágenes, obra de Ballester Peña y el hermano Leikan, adornan la piedra desnuda–, fieles e interesados pueden escuchar misa con laudes todos los días a las 7:30. Y al bajar, llevarse un frasco de la famosa jalea real de fabricación monástica.
Sin jalea pero con sendos dulces de cayote bajo el brazo volvemos por la 341 y en el km 12... ¡Un descubrimiento! La finca La Barranca, de Eva Witterman, una alemana que recaló hace unos años en la zona y que, además de ser carpintera de oficio –todo lo que hay allí en madera salió de sus manos, desde los muebles hasta los dinteles– se dedica a cuidar y domesticar caballos y organiza las mejores cabalgatas por las cercanías. Eva nos cuenta la historia de la indómita Cascarita, la yegua ciega, y nos comenta que si alguien quiere aprender a cuidar caballos en La Barranca puede hacerlo, pagando una tarifa menor por alojamiento y comida a cambio del servicio. El cielo espléndido, la llanura abierta y el pelaje lustroso de Cascarita son tentadores. Pero tenemos que ir volviendo.
Tomamos la 340 y llegamos a San Javier. Aquí hacemos noche en Sol San Javier, el único hotel del área que domina el paisaje desde lo alto, con una de las mejores vistas de la provincia.
Fácil es volar
Al breve recorrido por la bellísima Villa Nougués le sigue una escapada a Loma Bola, donde haremos parapente. La explanada es suave, tranquilizadora. El viento hace vibrar la manga, indicando que tenemos vía libre. Eduardo Deheza, nuestro iniciador, me da algunas instrucciones fáciles de recordar. Me tiemblan un poco las piernas. Xavier me mira y, apuntando su cámara, sonríe para animarme. A la voz de ¡áhura! Eduardo y yo corremos y corremos y corremos en nuestra nave biplaza hasta que la tierra se termina y quedamos pataleando en el vacío. En pocos segundos nos elevamos y me abandono, sin pensarlo, al vuelo.
El lema de Eduardo es “no te vayas al infierno sin antes conocer el cielo”. Y tiene razón: volar entre nubes, acompañando la cadencia de los pájaros y dejándose mecer por las corrientes, es una experiencia esencialmente serena. ¿Miedo? Nada de eso. Se está en el aire con la misma naturalidad con que se está en tierra. En suma: el sueño de Ícaro (y de Leonardo) hecho realidad. Aterrizamos en medio de un campo recién preparado para la siembra. Los que allí trabajan nos miran sin vernos; ya están acostumbrados.
Yunga tucumana
A la mañana siguiente, cuando el sol despunta entre las nubes, salimos rumbo a Tafí del Valle. Vamos hasta Acheral para luego tomar la RP 307. El recorrido es asombroso por sus cambios súbitos, marcados: al comienzo todo son llanos henchidos de naranjas y cañaverales pero luego desaparecen los cultivos y avanza la selva de laureles, horcomolles, tipas y cedros. Bordeando el río Los Sosa se extiende la Reserva Natural homónima: 910 hectáreas de yungas y mirtáceas protegidas. El río torrentoso resuena entre rápidos y cascadas, los árboles se recortan contra el cielo –algunos crecen perpendiculares al cerro, como flechas– y entretejen sus follajes en todas las gamas del verde mientras las mariposas más bellas se detienen, fugacísimas, sobre los pastos sedosos que cubren las piedras.
Pasando el monumento al chasqui del incario se abre un espléndido bosque de alisos y al llegar al Dique La Angostura (a 1.850 metros) los pastizales de altura instauran su reinado áspero en los faldeos. El agua es una lámina quieta donde veleros y barcazas parecen fundirse con el reflejo del cielo. En un abrir y cerrar de ojos, literalmente, hemos pasado del verde exuberante a las cumbres moteadas de queñuas y cardones, los pastos ralos, la calma suspendida de la villa.
Tafí del Valle, donde hasta 1943 se llegaba a lomo de mula, era llamada por los tafíes Tacktillakta: pueblo de entrada espléndida (o en voz aymará, taaui: lugar donde sopla un aire frío). Mucho después estuvo en poder de los jesuitas –varios cascos tricentenarios así lo atestiguan– y, más cerca en el tiempo, fue zona de invernada de granos y cultivos administrados por estancias queseras. La historia es apasionante, los nombres sugestivos y nosotros podríamos perdernos sin rumbo largas horas... Pero Jerónimo Critto nos espera en Los Puestos para la que será nuestra cabalgata cerreña de bautismo. Y allá partimos, Xavi orondo y yo tiesa, sobre las típicas monturas de pellón choriceado y carona corta.
La cabalgata
Subimos al cerro escarpado, silencioso. Los cascos de los caballos reverberan y los bufidos cortos denuncian el esfuerzo, pero allá avanzan los valerosos cerreños en diáfana caravana, de antiguo conocedores del terreno. Jerónimo (si alguien no se anima a montar, vaya con él y perderá el miedo) me aconseja tomarme de la crin de Muñeco para que el animal me tenga en cuenta si decide tomar un atajo (y yo lo dejo). Nos detenemos en una planicie amarilla que domina el paisaje tafinisto y que en verano se vuelve verde esmeralda. Después de unos mates y del merecido descanso de las monturas, Xavier encabeza el descenso a lomo de Escolta, la única yegua de la partida.
Casi de noche llegamos a Las Carreras: un lugar diríase que perfecto para pasar días recorriendo sus extensiones, conocer y disfrutar la vida de estancia –el ordeñe, la fábrica de quesos, la cosecha de la papa–, sentarse a conversar entre objetos atesorados durante generaciones, o jugar un rato con la amistosa pareja de perros San Bernardo y sus cachorros. Inés Frías Silva, generosa anfitriona, nos invita a probar las variedades de queso, elaboradas según la técnica manchega pero con leche de vaca, mientras nos cuenta que el comedor donde ahora estamos tiene más de 200 años de antigüedad (en el oratorio lindero hay una réplica de 1779 del Cristo sentado de la Catedral de Salta) y nos invita a hacer, mañana temprano, una cabalgata hasta las cumbres del Pelao por la huella de ovejas y cabras (quedará para la próxima). Se ha hecho tarde y, ligeramente embriagados por el perfume de las santolinas, nos vamos a dormir. La santolina es una planta de la región, de flor amarilla, muy bonita, y hojas que recuerdan las de la lavanda.
Antes de enfilar para Amaicha, bajamos al pueblo y visitamos Arte AlterNativo, donde Sergio Elhart nos muestra los originales y bellísimos tejidos –hay de todo, desde medias, ponchos y mantas hasta telas para confeccionar ropa– de un grupo de pobladores de los Valles Calchaquíes que esquilan sus propias ovejas, seleccionan la lana y la hilan según el diseño proyectado de la pieza: preincaico, incaico, mestizo, colonial o criollo. Xavier se deja tentar por un pie de cama bordado y yo por una ruana negrísima, como negra era la lana de la oveja (porque aquí respetan el color original o bien emplean tinturas vegetales).
Nos despedimos de Tafí y, tomando la 307, dejamos atrás El Infiernillo –abra a 3.042 metros por donde pasó el primer conquistador al llano– y allí nomás avistamos la Cuesta de los Cardones: un lugar misterioso, del orden de la maravilla. Xavier se detiene muchas, muchísimas veces a fotografiar los altos y erguidos atalayas verdes. Y es que a primera vista semejan una estructura uniforme, inmutable. Pero, para el ojo avezado, cada uno revela una forma inédita. Y en esa forma, contenidas, las maneras de la supervivencia: poca agua, exterior curtido e interior blando (igualito que el cardón, con esa misma noble insistencia, viven sus vidas los nativos de estas tierras.)
En el cielo, las estrellas
Dejamos nuestro equipaje en Amaicha, un pueblo de calles lentas y desparejas, y retrocedemos por la 307 hasta el Observatorio Astrofísico de Ampimpa: un hongo agrisado y solitario que enmarcan las sierras del Aconquija y del Cajón.
Ha anochecido y la luna refleja, poderosa, el blanco desfile de estrellas. Félix García, uno de los fundadores del observatorio, creado en 1984 por astrónomos aficionados, traza con el haz luminoso de su linterna las constelaciones de Escorpio y Alfa Centauro sobre el cielo y después invita a Xavi a tomar una astrofotografía (el telescopio captura la imagen de la luna, que pasa a la computadora y de allí a la cámara). Es amplia la oferta para el viajero que recala en Ampimpa: pernoctar, hacer caminatas arqueológicas al amanecer, observar las manchas solares, en fin... Basta una reserva telefónica para tocar el universo.
A la mañana siguiente, después de un reparador descanso en Altos de Amaicha, partimos rumbo a Tiu Punco (puerta del arenal en quechua) por la 357, desviándonos unos diez kilómetros por camino de duna (es imprescindible un vehículo alto).
Sebastián Pastrana, el guía de Sumajpacha, es un comunero –los comuneros son los pobladores originarios de la zona, que se maneja según las reglas de la comunidad indígena– que desde los seis años anda ayudando a los forasteros a descubrir las riquezas de Amaicha y alrededores. Cruzamos el arenal punteado por cardones en pleno mediodía y llegamos al rancho de doña Margarita Aguilar, una coplera de casi 90 años que fue elegida Pachamama en los festejos del 2002 y nos regala, luego de invitarnos a tomar asiento en una de esas inigualables sillas bajas de tientos, una de las tonadas que “se han sentido antes, cuando había carnavales”: “Le firmé un poder / por si se vaya y no pueda volver / Y ésta es la carta reveladora”. En Tiu Punco viven cinco familias de pastores como la de doña Maguita que siembran maíz para autoabastecerse, venden atados de leña a los puebleros y recogen agua de la toma comunal cada 40 días: así es este desierto. Nos despedimos y volvemos por donde vinimos, descifrando el rastro de un suri que acaba de pasar como relámpago.
Al caer la tarde Sebastián nos lleva a un bosque enterrado de algarrobos petrificados –hay que saber verlo entre los jumes– y cuenta que atrás de las quebradas hay cuevas de pumas (nada que temer: son tímidos). Nos invita, para la próxima, a una caminata con luna llena por Los Colorados del Tiu Punco: la perla escondida.
El Pichao + Ruinas de Quilmas
Pasando Colalao del Valle, nos enamora El Pichao, una comunidad de 80 familias que viven del pastoreo y la fabricación de dulces. Y allí nos quedamos, donde supuestamente “no hay nada para hacer” pero todo está al alcance de nuestros bucólicos sueños: andando por las callecitas sinuosas, bordeadas de pircas, nos olvidamos del tiempo. Mucho después, cuando salimos, nos cruza –emisaria quizás de la buena fortuna– una tropa de cabras blancas, negras, manchadas, pardas que escapan presurosas.
Bajando desde El Pichao por la ruta 40 y siguiendo un desvío moteado de churquis y algarrobos, llegamos a las Ruinas de Quilmes, en el cerro Alto del Rey, quizás el yacimiento arqueológico más importante de la Argentina por donde dicen pasaba el tramo inicial del inkañan o camino del inca.
En la ciudadela, parcialmente reconstruida (un Machu Picchu en miniatura), vivían cinco mil personas. Pero lo más interesante son las dos fortalezas escondidas monte arriba, ascendiendo entre las antiguas paredes de roca.
Un dato: en enero de 2008 los indígenas tomaron posesión de la ciudad sagrada y desde entonces ofician como guías (conviene visitarla antes del mediodía para conocer también el pueblo donde viven actualmente). Antonio Yapura nos comenta que los comuneros no admiten las divisiones acostumbradas (superficie, aire, agua, fauna, flora) porque el territorio abarca para ellos todos los elementos y la espiritualidad de la Pachamama. Maneras de estar en el mundo. Bajamos a San Miguel por la 307, amparados por las serranías que parecen tender puentes entre tierra y cielo.
Por Teresa Arijón
Fotos de Xavier Martín
Publicado en Revista LUGARES 148.Agosto 2008.
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