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Victoria renovada

Arquitectura de época, la atractiva costanera y un casino en la antigua ciudad de las rejas. En las afueras, vida de estancias y un río para explorar en busca de los grandiosos irupés.

Hojas de Victoria Amazónica o Victoria Regia, una ninfácea descomunal del Delta entrerriano.

Su nombre científico es Victoria amazonica y pertenece a la familia de las Ninfáceas, una categoría que hace imaginar orígenes de etéreo romanticismo. Y algo de eso hay, porque detrás de la Ninfa real, Plato de agua, Loto gigante, Irupé, Maruru, Victoria regia y algunas denominaciones más está la leyenda de un amor correspondido pero inalcanzable, entre una bella indígena y la luna. La joven, al verla reflejada en el río una noche de plenilunio, quiere tocarla y se ahoga; entonces la luna le devuelve la vida convirtiéndola en una maravillosa flor acuática. Solitaria, de pétalos blancos o tonos rosados que van virando al rubí, la flor nace como la leyenda subraya, al amparo de la noche, perfumándola con su delicadísima y dulce fragancia.

El apelativo Victoria no le viene por la localidad del sur entrerriano (ni viceversa) sino por la reina de Inglaterra, pues fueron botánicos del siglo XIX los primeros en describirla. De regia pasó a ser amazónica, en justa alusión a su hábitat de pertenencia. Es una planta de intenso color verde, con hojas que pueden llegar a medir hasta dos metros de diámetro y bordes perpendiculares que impiden que el agua la anegue. Y no hay que ir hasta el Amazonas para dar con ella, porque en el río Paraná, en el meandroso riacho Victoria, se esconde un jardín de tales desmesuras.

Ricardo (Chulengo) Nuñez es quien organiza la salida a los irupés gigantes, excursión doblemente recomendable, por instructiva y placentera. En sus alrededores es común ver vacas ramoneando entre camalotes y otras plantas flotantes con el agua hasta el caracú, pero a las Victorias regias no se arriman ni por equivocación: salvo en la superficie, están erizadas de espinas. Cada hoja, una red de nervaduras dispuestas en espiral por la cara inferior, se sostiene en un largo pecíolo que la une a un rizoma sumergido en el fondo limoso.    

El chiste favorito de Chulengo consiste en poner una silla de jardín, de esas de plástico, en el interior de una hoja para demostrar cuán fuerte pueden ser, que ni amaga con hundirse; en rigor, puede soportar hasta 20 kilos de peso. Es decir que si se le da un piquito a un sapo (residentes habituales de los irupés) para que se convierta en esbelto príncipe, éste se va a pique…

La ciudad y el ritmo

En Victoria sigue vigente una rutina natural de saludos que van de auto a auto y de vereda a vereda. Las calles tienen un clima casi teatral que crean las casonas antiguas con el sello de identidad de sus herrumbrosas rejas, evidencias de un amor ya desvanecido por la herrería. Y en la plaza San Martín, la banda municipal sigue dándole sentido a la hora de la retreta cada jueves y domingo. La fiesta patronal cada 8 de septiembre, el carnaval en febrero, la consiguiente redención que imponen las penitencias cuaresmales y a seguir viviendo. Pervive en Victoria cierta serenidad existencial, posiblemente por influjo de la abadía benedictina.

Pero el alma de los parroquianos anda un poco embrollada últimamente, con tantos cambios que se van arrimando por el puente que vincula ambas orillas del Paraná. El primer impacto fue comprobar que la conexión Victoria-Rosario queda zanjada en cuestión de minutos. Luego pasó que al barranco frente al riacho le brotó un hotel con comodidades y servicios que nunca imaginaron por acá y al poco tiempo se le adosó un casino. El estilo Miami beach acapara la vista al ancho mundo de agua dulce que arranca en la orla del paseo costero y se pierde entre los manchones insulares, las estelas de camalotes, la línea curva de hormigón que trazó el progreso de costa a costa.

Victoria ya dejó de ser esa eventual parada en el camino a otra parte que inspiraban las producciones de licor, de miel y excelentes hortalizas de los padres benedictinos. Otras son las expectativas, otros los bríos. Hay lugares nuevos donde comer, dormir o simplemente pasar el día. Y tan entusiasmados andan con el futuro que ya están trabajando para sumarse al turismo termal, invento entrerriano muy rentable.   

Hay Victoria para todos

Por el puente transfluvial se van los victorienses a hacer vida urbana a Rosario, y por la mano contraria llegan los rosarinos dispuestos a varias distracciones. Los fanáticos del green acuden al Victoria Golf Club, ubicado en un alto a 8 km de la ciudad, en la ruta a Paraná. Los que rinden culto al juego enfilan directo a la costanera y hacen check in en el mentado hotel Sol Victoria, que para ellos fue que se armó todo ese casino con cama al lado.

También hay quienes llegan en busca de las raíces de la historia local y verifican, por ejemplo, que Victoria fue dos veces fundada y que en 1784 ya había una parroquia cristiana, primera simiente que le valió el nombre de Nuestra Señora de Aranzazu, virgen a la que está dedicada la iglesia (de 1875) y patrona, por lo tanto, de la ciudad. Otro dato nada menor: en la primera mitad del siglo XVIII aquí corrió tanta sangre indígena que el lugar pasó a denominarse La Matanza; recién en 1829 hubo un gobernador que cambió la cruenta identidad por el eufemismo triunfalista de Victoria.

Sobre las riquezas pretéritas que este enclave supo multiplicar, el visitante hallará vestigios en el quinto cuartel, barrio original en realidad. Sucede que en la refundación, el trazado contempló una división en cuatro cuarteles y a aquél, por ser el primero, le tocó quedarse atrás. El paseo retrospectivo lleva hasta la orilla del riacho, donde aparecen casonas señoriales y edificios cuyo esplendor el paso del tiempo ha ido opacando sin lograr borrarlo.

Y están los que prefieren instalarse en el campo y matizar con escapadas a la ciudad. Mucho antes del efecto puente, El Cerrito y Las Margarita ya proponían hacer turismo de estancia. Tradicionales ambas, aplicadas desde sus principios a la actividad agropecuaria, no se comparan con el resto de la oferta actual.

En la primera propiedad, a 8 km de Victoria, reciben sus dueños Alicia y Rubén Reggiardo; el casco ocupa la cresta de un cerrito (de ahí el nombre) desde el que es un placer contemplar tanto espacio abierto alrededor, con cultivares que siguen las ondulaciones del terreno por allí y el riacho Victoria por allá. Tiene un parque de tres hectáreas, cuidadísimo y generoso de plantas que lucen saludables gracias a la buena mano de la propia Alicia, con su pileta a pasos de la casa grande, que es de 1900, de estilo colonial. En El Cerrito hay perros, que están muy mimados por sus dueños y por lo tanto son confianzudos, pero buenísimos.  

La estancia de Manena Reggiardo, a unos 20 km de Victoria, luce mejor que nunca desde su resurgimiento (LUGARES 131). La casa, muy bonita, está sobrada en comodidades y los ambientes son virtuosos ejemplos de mise en scéne sin faltar a su debida esencia campestre. Las Margaritas tiene un gran parque y no hay en él centímetro cuadrado que no merezca su momento; a cualquier hora del día, cada lugar específico convoca bajo cualquier pretexto; desde la posibilidad del desayuno al aire libre hasta el rito del aperitivo, a la hora en que el atardecer difunde su calidez sobre estos campos.   


Por Rossana Acquasanta
Fotos de Carolina Aldao


Publicado en Revista LUGARES 137. Septiembre 2007.

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