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Volver a Mar del Plata

En invierno la ciudad parece otra. Entonces, recupera el señorío de antaño y se reconcilia con su pasado. Son muchos los que llegan atraídos por esta otra Mar del Plata, tan lejos de los días agitados y bulliciosos del verano.
Llegamos a primera hora de la tarde y enseguida buscamos el mar.

La rambla, muy temprano

Enfilamos por la avenida Peralta Ramos que nos conduce por el borde sinuoso de la costa. Ahora, casi desierta, resulta todo un programa andarla de punta a punta sólo por el placer de mirar ese mar aguerrido, a veces azul, por momentos marrón, que rompe contra las sucesivas escolleras.

Comenzamos por el Museo del Mar, un sitio único donde Kiki y yo pasamos el tiempo embobadas detrás de las múltiples vitrinas que exhiben cientos de maravillosos caracoles y otras especies marinas. Gigantes, diminutos, de colores fosforescentes o tan bellos que parecen pintados a pincel, la colección es increíble y merece una detenida visita. Las 30 mil piezas pertenecieron a don Benjamín Sisterna, que alguna vez fue el dueño del imperio Havanna. Durante 26 años el hombre recorrió el mundo en busca de rarezas y al morir, su hijo Pablo, decidió darles el destino actual.

Justo enfrente está la mansión Ortiz Basualdo, construida en 1909 como villa veraniega. Por fuera, muestra una línea anglo normanda con un trabajo de falso pan de bois, que le otorga una fachada singular, definida por múltiples tablas de maderas. El primer piso conserva intacta la ambientación de principios de siglo pasado. Los muebles, creados por el belga Gustave Serrurier-Bovy, son una joyita modernista de puro art nouveau. El resto del edificio alberga el museo de arte Juan Carlos Castagnino, que exhibe la obra de este artista marplatense y de otros importantes plásticos argentinos, representativos del período 1865-1920.

Anochece cuando llegamos al Amerian para instalarnos allí un par de días. El edificio fue adquirido hace poco por esta cadena cordobesa; ellos renovaron el perfil del hotel y lo convirtieron en un 4 estrellas para los que buscan una estadía con confort asegurado. Los cuartos están ambientados con sobriedad y tienen una vista a todo mar.

Andar la ciudad

Nos habían recomendado el oratorio de la Inmaculada Concepción que se encuentra en el Instituto Saturnino Unzué y allí fuimos. El edificio se debate a brazo partido entre la acción implacable del tiempo y el escaso mantenimiento. Adentro y gracias a Dios –nunca más adecuada la evocación– el oratorio parece inmune a esa misma amenaza. Las sólidas columnas revestidas en mármol, el techo trabajado y el altar realizado en mosaico tipo veneciano, nos transporta en un abrir y cerrar de ojos a una iglesia italiana del Renacimiento. Es un pecado perdérsela.

Después seguimos hasta el barrio El Grosellar. Entramos por una calle de tierra bordeada de arces hasta la casa del pintor Alberto Bruzzone, hoy convertida en museo. Nos espera Magda, su mujer. Después de la muerte del artista sanjuanino, ella decidió abrirla a la comunidad. En su compañía recorremos la casa, vemos los cuartos reformulados en salas de exhibición, el taller de grabado y el atelier. “Aquí uno tiene el privilegio de ver la obra con la misma luz con que fue pintada”, nos dice. De tanto en tanto, alterna la charla con historias de la vida familiar y de su propia historia de amor. Alrededor, todo está preparado para empezar a trabajar; lo dejaron así: el caballete, los pinceles listos, unos cuantos bosquejos y el Winco que muere por comenzar a sonar…

Hacia el mediodía vamos a Los Troncos y nos dedicamos a caminar el barrio sin rumbo. De tanto dar vueltas encontramos a Villa Victoria. La casa, que perteneció Victoria Ocampo, está prácticamente vacía. Lo mejor es llegar cuando hay visita guiada, entonces, las salas se llenan de historias y uno puede rastrear la vida de esa increíble mujer.

Victoria heredó la casa de una tía abuela. En realidad, es una vivienda prefabricada de lujo que los Ocampo ordenaron por catálogo a Europa, y su diseño es igualito al que se usaba en las colonias inglesas. Se construyó en madera y el cielorraso está realizado en lona pintada. Victoria pasó allí largos veranos en compañía de sus amigos más queridos, y varios integrantes de la revista Sur, disfrutando días de trabajo y placer. A la vuelta está Villa Silvina, la casa que su hermana compartió con Bioy Casares, hoy convertida en un colegio. Muy cerca, Villa Mitre, da lugar al Museo Histórico Municipal, que es el sitio indicado para aquellos que buscan datos sobre los inicios de la ciudad.

Decidimos ir hasta el bosque Peralta Ramos para tomar el té. En La Casa del Bosque, junto al hogar encendido, probamos las delicias de su repostería casera.

El centro y el  puerto

Por la mañana caminamos el corazón de la ciudad y cumplimos el rito de marchar hacia la playa Bristol. Sobre la costa se dibuja el perfil del hotel Provincial –cerrado desde hace años– y el casino, toda una marca registrada de la arquitectura marplatense de principios del siglo pasado. La rambla está desierta y bastante descuidada, es una lástima. Al verla uno no puede más que recordar sus épocas de esplendor y comparar.

Frente a la Bristol, hay novedades. El hotel Hermitage reabrió sus puertas el último verano con dos nuevas torres. Vamos a conocerlo. El gran hall central conserva la elegancia de los buenos tiempos. Visitamos los cuartos, ambientados con muebles Thonet auténticos. Ahora están reciclando el edificio original y piensan tener listo todo el complejo para fines de este año. Además, rehabilitarán el túnel que conecta el hotel con la playa por debajo de la rambla: el verano pasado lo abrieron y fue un éxito.

Dejamos atrás el centro y avanzamos hacia el sur para ver la otra Mar del Plata, la portuaria. Como es temprano, vamos hasta la Escollera Sur. Pasamos por la reserva de lobos marinos; apretujados sobre la orilla, estos animales parecen invocar al sol, empeñado en no calentar detrás de unas nubes espesas, que además amenazan con lluvia.
Más adelante encontramos un sitio magnífico, algo así como un cementerio de barcos; son decenas de barcos enormes y herrumbrados, varados a merced de las aguas saladas del Atlántico. Pasamos allí un buen rato porque es todo un espectáculo y Kiki no para de sacar fotos.

De regreso, nos espera Héctor Beccerini para mostrarnos el museo del Hombre del Puerto. Es un sitio pequeño, hecho a pulmón pero lleno de historias que él mismo se encarga de contar con verdadera pasión, a todos aquellos que lo visitan. Seguimos su relato y mientras recorremos la sala, imaginamos aquellos primeros años cuando el puerto estaba habitado por casillas de madera y chapa y era un ir y venir de pescadores venidos de Italia. La época de oro llegó después de la Segunda Guerra Mundial con la exportación de hígado de tiburón; luego vinieron los frigoríficos, las fábricas de conservas y los barcos preparados para pesca de altura, un tiempo de progreso que duró hasta finales de los ’70.

Es hora de almorzar y el mejor lugar para hacer un alto es Viento en Popa, donde nos damos el gusto de una cazuela de mariscos.

En la banquina de puerto, la mayoría de las lanchas regresaron de su jornada de trabajo. Por suerte ha salido el sol y es el mejor momento para visitar el sitio, que recupera su espíritu a todo color. Después manejamos por Juan B Justo, la avenida del Pulóver, donde uno no puede hacer otra cosa que comprar prendas de lana y salimos de la ciudad.

Habíamos quedado con Ezequiel Dignani para una tarde de parapente. La cita es en la Sierra de los Difuntos, camino a Laguna de los Padres.

Ezequiel y un grupo de amigos, todos fanáticos del deporte, no esperan para una caminata de media hora que conduce a la cima y sirve para espantar el vértigo y pensar en otra cosa. Arriba nos calzamos los equipos y en un segundo estamos en el aire. Como es mi primera vez, se trata de un vuelo de bautismo y Pedro es el encargado de llevarme por los aires con un parapente especial para dos. Al principio, estoy paralizada y trato de mover un músculo, pero al rato el susto inicial pasa. Entonces, disfruto del suave vaivén del viento y me animo a mirar el paisaje que, desde esas alturas, parece una maqueta diminuta y colorida.

Tiempo de relax

Los últimos días nos alojamos en Torres de Manantiales, en uno de los aparts justo frente a Bahía Varese. Están diseñados con formato de departamento y equipados con todo lo necesario para no extrañar las facilidades de la casa propia. Las dimensiones son más que generosas y la vista, inigualable. El complejo tiene un área enfocada a la familia con actividades para los niños que permiten a los mayores descansar en grande.
Nosotras estábamos entusiasmadas por conocer el Club de Mar de Manantiales donde funciona el centro de talasoterapia, un spa que recurre al agua de mar como eje de su propuesta.

Hacemos 18 km hacia el sur por la ruta 11 y estamos allí. El spa fue construido en medio de un bosque a orillas del mar. El diseño consideró las cinco condiciones básicas para que la talasoterapia funcione y potencie los efectos de los tratamientos corporales y faciales: clima marítimo, sol, aire de mar, agua de mar y algas.

Fernanda Mosquera y Ana Garcete nos reciben. Nos cuentan que el contenido mineral y de oligoelementos del agua marina es muy similar a la composición química del plasma sanguíneo, encargado de mantener el equilibrio de todas las células del cuerpo.

El spa está provisto de una piscina dinámica con jets de hidromasajes, bañeras de talasoterapia individuales y duchas romanas. En el hidromasaje marino se generan vapores para aumentar la incorporación por vía respiratoria. Además están los tratamientos de belleza donde se usan algas, sílice y serum de algas, todo salidito del mar.

La tentación de probarlo todo es enorme, pero ahora el spa está en receso, preparándose para reabrir en julio; prometemos volver. Después hacemos una última visita a los dormis y a las cabañas sobre la playa, que es casi privada.

Escapada a las sierras


Sólo hay que hacer unos 20 km para encontrase con el paisaje verde, ondulado y suave de Sierra de los Padres. En el camino de acceso hay de puestos que ofrecen verduras frescas, cosechadas en las quintas vecinas. Una vez allí, vamos a conocer La casa de los pavos reales, la granja donde Walter Dibene y su familia que se dedican a una tarea insólita: criar aves exóticas.

Trescientas aves nos reciben dando vueltas alrededor de Walter que las tienta con miguitas de pan fresco. Los pavos reales se pasean despreocupados, como si no midieran el efecto hipnótico que causan en los recién llegados. Ahora abren a desgano sus colas, pero en época de celo, cuando los machos se dedican al ritual del cortejo, protagonizan un verdadero espectáculo de color. Son cinco las especies que allí se crían y una es totalmente blanca.

Walter es un fanático de las aves raras: faisanes, gallinas de Guinea, patos mandarines, patos carolinas, gallinas sedosas del Japón, todas a cual más vistosa. Pasamos buena parte de la mañana espiándolas y escuchando a Dibene que conoce sus costumbres al dedillo. Al partir, nos regala una pluma de pavo real y nos cuenta que el “ojo” que se encuentra en el extremo es ideal para meditar.

Damos una vuelta por el pueblo y caminamos por las callecitas que suben y bajan. El centro comercial es una invitación para los espíritus golosos: dulces, salames, quesos, alfajores, licores… todo caserísimo.
Muy cerca, en Laguna de los Padres, está el antiguo casco de la estancia homónima, hoy sede del museo José Hernández; allí guardan parte de aquella primera historia. Luego vamos hasta la laguna y como despedida andamos un buen rato por la orilla del agua.

Balcarce

Nos habían contado que la ruta 226 hacia esta localidad es una de las más lindas del país. No tuvimos suerte, una niebla espesa nos escondió el paisaje y prácticamente adivinamos los alrededores. Si anda por esos pagos, le dejo la inquietud, después me cuenta.

Balcarce es la tierra Juan Manuel Fangio, quíntuple Campeón Mundial de Fórmula 1 y héroe del Turismo Carretera. Nos dirigimos directo al museo que lleva su nombre.

La verdad que los motores no me provocan absolutamente nada, sin embargo, la pasé bárbaro. El sitio fue pensado como un museo del primer mundo; son tres pisos divididos en ocho bandejas donde pueden verse 19 de los 40 autos que corrió Fangio a lo largo de toda su vida. La legendaria Flecha de Plata, el Buick de 1937 y el Chevrolet Guerrero, entre otros. Cada vehículo lleva una descripción técnica y un relato que va hilvanando la vida del campeón a través de sus autos.

También hay una reproducción de su primer taller. Allí, junto a sus amigos, Fangio era capaz de reconvertir el taxi de un vecino en un auto para correr TC y volverlo a la normalidad una vez terminada la carrera.

Salimos del museo a la hora de la siesta y aprovechamos la quietud para recorrer el pueblo. La Escuela normal Mixta –en la esquina de Uriburu y Rocha– y el antiguo matadero de 1937 –abandonado, en las afueras de la ciudad– muestran el sello inconfundible de la arquitectura de Francisco Salamone.

Después vamos en busca de los orígenes del postre Balcarce –versión criolla del imperial ruso– pero la confitería París, donde parece que lo inventaron, ya no existe. Sin embargo, en la panadería Como Antes, siguen fieles a la receta original.

De regreso tomamos el té en El Antiguo Casco La Brava donde Thelma Martín y su hija Geraldine nos esperan. La casa de 1877 fue el casco de la estancia La Brava, una de las propiedades más antiguas de la zona. Ahora sólo quedan 20 hectáreas. Recorremos el parque que conserva el diseño original con grandes avenidas de árboles. Atardece cuando nos sentamos a disfrutar de la mesa, mientras Thelma nos cuenta sobre los primeros habitantes de la zona.

Día de estancia

Bien temprano estamos en Ytuzaingó, la estancia que los Zubiaurre tienen en las afueras de Mar del Plata. Ni bien llegamos, Marisa López Zubiaurre nos recibe y nos muestra el casco que se construyó en 1862. Son dos casas enfrentadas estilo rancho con galería que dan a un jardín central. Allí mismo, un pino de Líbano que ya pasó los cien años, custodia el centro del patio. Caminamos hasta el montecito para ver los vestigios de la zanja que protegió a los primeros colonos del avance indígena. De esto los Zubiaurre saben bastante: dos hermanas de Don Eusebio –fundador de Ituzaingó– desaparecieron después de un malón y poco se supo de ellas. Luego vamos hasta el palomar –hoy en desuso– que sirvió para alimentar a los habitantes de la estancia.

En la matera nos espera el almuerzo, después partimos para relevar el camino de una nueva cabalgata, una propuesta que Marisa acaba de lanzar para aquellos que se animen a la experiencia. El grupo, a cargo de Claudia Fernández Puentes, recorre durante en tres jornada un trayecto que matiza el paisaje de pampa con sierras y lagunas. Son tres horas diarias de andar a caballo y cada día finaliza en una estancia diferente, con tiempo para disfrutar de la estadía y pasar la noche.

Además de Ituzaingó está previsto hacer un alto en La Peregrina. La estancia, que pertenece a los descendientes de Juan Manuel Bordeau, tiene un casco antiguo con interiores reciclados a nuevo que mantienen la atmósfera de época. La otra elegida es la estancia La Brava, de la familia Paz Anchorena. La casa de madera y piedra se levanta al borde de la laguna del mismo nombre y tiene un entorno increíble, todo agua y serranías.
Al caer la tarde regresamos a Mar de Plata, es nuestra última noche en la ciudad. A la mañana y antes de decir adiós al mar, la despedimos con paradita en la Boston: las mejores medialunas están aquí.  


Por Gabriela Pomponio
Fotos: Kiki Boccarelli

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